18.4.08

Quince

Aquí, en este lado, de pie y junto a la pizarra. Debería sentirme firme, rotundo, evidente y, sin embargo, cada vez siento más interrogantes -del qué, del para qué- y, sobre todo, más proximidad hacia mis alumnos. Sigo siendo uno de ellos, aunque la edad se empeñe en negarlo y el tiempo me ayude a convertirme en el adulto que ya soy. Quince. Dieciséis. Los noto demasiado cercanos a mí, aun cuando ni siquiera creo entenderlos en su lenguaje-messenger o en sus nuevas tribus urbanas.

Ahora, en estas intensas semanas (tantas ganas de que llegue el día 8...), es inevitable hacer balance. Y el balance, a pesar de mi actual cansancio físico e intelectual (pocas veces me he sentido tan exhausto), es más que positivo. Porque todo se desequilibra hacia el lado de lo hermoso, de lo emocionante, de lo sincero. Y los pasos que vienen, los nuevos edificios que construir -a dos, entre los dos-, son lugares en los que deseo y necesito habitar. Y el traslado conlleva también la valoración -el recuerdo- de esos quince. De esos dieciséis. De los veintipocos y hasta de los veintimuchos. Son solo treinta, pienso, pero la barrera invisible de esta década se hace presente y me lleva a interrogarme acerca de qué más quiero sumar. Qué más quiero restar.

Debe ser que Peter Pan se jacta de su puerilidad inmortal mientras yo intento compensar la madurez con la adolescencia, porque de ambos encuentro rastros en mi forma de ser. De actuar. De comportarme. Y es que en esa madurez que sí he adquirido -con permiso del tipejo ese de las mallas verdes y el hada chismosa- va incluido el aprendizaje de disfrutar más de mí mismo, de mi tiempo, de mis deseos. El aprendizaje de decir no a esos que jamás valoran el tiempo ajeno -aunque me siga costando no tender mi mano- y decir que sí a esos que siempre están junto a mí en los mejores y en los peores momentos. El aprendizaje a relajarme, a soñar, a ilusionarme desde el trabajo cotidiano y la certeza del presente. Un presente que, cerca o lejos de esos quince o esos dieciséis, es hermoso y excitante.

La pizarra me da vértigo a ratos. Supongo que por eso nace este post. Esta sensación pegajosa de hoy. Porque siento que esta labor prosaica, casi vulgar, de la enseñanza -así es como se ve o como nos la quieren dibujar: se necesita sensibilidad, algo que no abunda, para entender este trabajo visto desde fuera- entraña mucha más responsabilidad de la que creemos soportar. Tal vez por eso el reto del instituto me gusta, tal vez por eso amanezco feliz cada vez que sé que veré a mis chicos y que trataré de entablar un diálogo que ellos llaman clase y que a mí me gustaría llamar de otra manera: intercambio, trueque, debate. Porque en estos dos primeros años soy yo quien más ha aprendido: de ellos y de mí mismo. De lo que de mí queda de aquellos quince y de lo que en mí suponen estos recientes treinta. De lo afortunado que fui en esos dieciséis y de la suerte que tengo de compartir -con mi pareja, con mi familia, con tantos buenos amigos- estos ya cercanos treinta y uno. De que tal vez no es necesario ponerse mallas verdes y creerse Peter Pan para seguir vivo, joven, cambiante. De que sumar momentos es una forma de crecer y de seguir alimentando al niño, al adolescente y al joven sin, por ello, renunciar a la progresión y al avance. Algo así me gustaría mañana escribir en la pizarra. Algo así, en el fondo, es lo que intento escribir cada día. Tan solo una reflexión sobre la literatura como forma de vida, sobre el lenguaje como vida social e íntima, sobre la cultura como necesario alimento vital. Hacia los demás y con uno mismo. Lo de la sintaxis y el comentario de texto es solo un camuflaje del auténtico discurso. Lo importante -más allá del complemento directo y los marcadores discursivos- son tan solo los quince. Son tan solo los treinta. Es tan solo vivir.

8.4.08

...de un patio de Sevilla

Paloma. Yolanda. Dos amistades imprescindibles en mi vida desde hace ya unos cuantos años que, por la magia de todo cuanto compartimos, parecen más bien horas, minutos, casi segundos. Instantes de una amistad que sigue rejuveneciendo, creciendo, avanzando. Y esta vez, con Sevilla como marco, celebrábamos que Paloma se casa. Que Paloma, nuestra Pal, decía que sí a ese hombre encantador y estupendo que es su Pablo. Así que ahí estábamos nosotros, con ganas de compartir ese instante. De firmar ese libro. De decir que, con o sin iglesia, somos testigos de su entrega, de su pasión, de su vitalismo. Testigos que tienen la suerte de disfrutar la energía y el cariño de Pal y de saber que, en breve, estará de regreso en nuestro Madrid... Por eso he escogido esta foto, porque en ella está feliz, radiante, dinámica. Porque ella no sabe ser si no es en perpetuo movimiento, en constante ilusión, en continua acrobacia de valentía y de generosidad. Hay gente mediocre y gente que, como nuestra Pal, nos demuestra que la mediocridad es para los cobardes, para los que no apuestan por la vida, para quienes no saben compartir su alegría -construir su alegría- con los demás. Y, por si fuera poco, mi viajero también estaba allí, muy cerquita de mí, dispuesto a dejarse llevar conmigo por el sol de Sevilla. Y por su embrujo...

¿Qué mejor hotel que el Alfonso XIII para pasar estos días...?

¿Y qué mejores inquilinos para el Alfonso XIII que nosotros dos? :-)

Siempre hermosa, la Plaza de España

Orgullosa y mestiza, la Giralda

Ningún poeta supo adentrarse con tanta hondura en mi adolescencia como Cernuda.
Su sombra nos acompañaba en las calles de su ciudad...
El Guadalquivir y la Torre del Oro.
Muy cerca, las tapas de la calle Betis. Hmmmmm
La magia árabe del mundo andalusí.
Entre los arcos -enigmáticos y cómplices- del Alcázar

"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla" (A. Machado).
Me tiran tanto mis raíces andaluzas...

Moi, de testigo. Y de chaqué.

Mirando. Observando. Disfrutando. Sintiendo. Viviendo. En plenitud.
En suma de uno que somos dos. De dos que, independientes y libres, son uno.
En los jardines del Alcázar. En Sevilla. En la boda de Pal.
En el aquí y ahora.
Feliz.

3.4.08

Monarquías televisivas, shakespeareanas y monegascas

Y es que los reyes, de todo tipo y condición, dan mucho juego cuando de obras teatrales y series televisivas se trata. Y con esa monárquica excusa, este nada monárquico bloguero comienza su repaso semanal antes de que mañana nuevos vientos lo lleven -más que bien acompañado...- a Sevilla, a compartir uno de esos días excepcionales en la vida de una amiga igualmente excepcional... Comenzamos.
1. Los Tudor

Imprescindible. Y no solo por retratar una de las épocas más apasionantes de la Historia europea (ojalá hubiese presupuesto, talento y ganas para hacer algo similar con la truculenta vida de los Austrias españoles...), sino por saber hacerlo con todos los ingredientes del mejor folletín sin que, por ello, se disminuya un ápice la calidad narrativa ni interpretativa. Al igual que en Roma, también aquí se apuesta por un guión que alterna la densidad de los planteamientos políticos con la intensidad de las escenas violentas y, sobre todo, eróticas. Se agradece dar un paseo por la Historia Moderna con un Jonathan Rhys Meyers permanentemente descamisado y luciendo mirada y labios (totalmente comestible, desde luego) en su peculiar interpretación de Enrique VIII. El coro de personajes que lo rodean funciona a la perfección (e incluye otros tantos guapos y guapas más que sobresalientes) y el conjunto convierte la serie en un producto adictivo que, para colmo, ha sido muy bien editado en dvd para los que coleccionamos con fanatismo estas ediciones especiales... Solo una pega: los subtítulos traducen con inexactitud algunos de los diálogos, pero la dicción de los actores es tan buena que pueden entenderse sin dificultad.

2. El rey Lear
Necesaria. No es una función perfecta, desde luego, pero sí digna. Mayorga adapta el texto con humildad, sin intentar destacar sobre Shakespeare, y esa postura le honra, además de constituir la clave del éxito de esta función, donde la modernidad nace de la obra original, a la que su adaptador se ha limitado a depurar de pasajes y léxico que romperían el ritmo de una función en la que el tempo está muy bien medido. La dirección, a pesar de algunos excesos populistas (como las proyecciones en vídeo o las carreras de los actores por el patio de butacas), apuesta por la interpretación de los actores y, sin aportar novedades, tampoco estropea el texto. Gerardo Vera demuestra una técnica mucho más depurada que en montajes anteriores y su labor resulta si bien no brillante, sí correcta. En cuanto al elenco, destaca un inmenso Alcón en el rey Lear (sublime), unas más que correctas Carmen Elías y Cristina Marcos y un interesantísimo Edmond, papel aprovechado con inteligencia y astucia por el actor que le da vida. Los temas de la obra, universales e inmortales, ya justifican por sí solos la necesidad de este montaje, pero la coherencia de su puesta en escena y el esmerado trabajo de sus artífices lo salvan de la mediocridad reinante en la cartelera madrileña de esta temporada.

3. El asombroso viaje de Pomponio Flato
Un republicano, que no un monárquico, es el protagonista -escéptico y aerófago- de la nueva novela de Eduardo Mendoza, una de esas obras que se leen en una tarde y que, sin embargo, dejan cierto poso a pesar de su brevedad e incluso de su previsibilidad. Mendoza vuelve al humor, género denostado y que muy p0cos saben cultivar con dignidad. También se agradece ese retorno a la prosa humorística en tiempos donde triunfa la prosa cursi, meliflua y romanticona de quienes no tienen nada que contar. En este caso, la novela se convierte en una doble parodia: parodia de los best-sellers historicistas, en un alarde de inventiva casi quijotesca, y parodia (más bien, crítica acerada) de los rituales religiosos y de las supersticiones que de ellos se desprenden. La novela, construida como una suerte de evangelio apócrifo, no reniega de recursos tan obvios como la escatología -presente ya en el título- o la proximidad al humor blasfemo -marketing evidente. En cualquier caso, es una narración bien construida y decididamente amena que demuestra que el humor de Mendoza sigue vivo y, sobre todo, que se puede entender el humor como un recurso inteligente y crítico.

4. Reyes monegascos...
Aprovechando que Almodóvar organizó el baile de la rosa de Montecarlo de este año (curioso verle en Hola emulando la movida -transgresora en su origen- desde la más pura convención... ¿no es un tanto triste convertir la modernidad de aquellos años en amarillismo simplón e inofensivo?) y que Pe y Ba(rdem) han regresado de Niza -también según Hola-, dejo aquí algunas imágenes de nuestra reciente visita a la costa azul francesa. Niza, Cannes, Montecarlo..., un viaje lleno de sol, de luz, de colores y de vida. Siete años de vida ya sumados y un futuro de soles, de luces, de colores y de mares por sumar...

Nuestro hotel en Niza
Paseando por el Paseo de los Ingleses
Al fondo, Cannes
Los colores (mediterráneos) de Niza: la Nápoles francesa
El azul de Montecarlo
Razones para llamar azul a la costa...
Imposible viajar (viaje siempre fue vida) sin ti
Naturaleza y lujo en Montecarlo

Muy cerca del palacio de Carolina, Estefanía y Alberto...