28.5.08

Sharing happiness

Dicen -repiten con frecuencia- que todo el mundo está con nosotros en los buenos momentos y que, sin embargo, es difícil encontrar a quien quiera compartir los malos... Personalmente, nunca estuve de acuerdo con esa afirmación y, cada día -en cada nueva etapa- me reafirmo más en esa idea (me alegra saber que amigas como Pal, por ejemplo, también piensan lo mismo). Resulta fácil encontrar gente a la que llorarle en las crisis, en las etapas conflictivas, en los problemas. No me refiero a amigos de verdad -esos siempre son joyas que, cuando se hallan, se deben cultivar-, desde luego, sino a gente dispuesta a consolar, dar consejos (se los pidas o no), adoctrinar (sepan de lo que hablan o no) y arañar, si se puede, en la herida ajena para sacar temas de conversación que compartir con sus amigos y con los que construir un culebrón que sirva como sustitutivo del folletín televisivo de rigor.

La felicidad, sin embargo, no suele admitir giros tan novelescos y su narración suele incomodar a quienes no están preparados para compartirla o, más difícil aún, para sentirla -empática, íntimamente- con quienes supuestamente son sus amigos. Así que -camuflada en desinterés, apatía o pura huida- surge la envidia. O surge el mutismo. O surgen actitudes incomprensibles que me topo de vez en cuando y que, francamente, ni siquiera me importan ya. Solo me hace pensar en la cantidad de esfuerzos que hago a menudo por los demás y en cómo no estoy muy seguro de si merecen la pena. A ratos, me agota pasar exámenes continuos -me niego a ser un eterno opositor al amigo correcto- de quienes me exigen más de lo que puedo o quiero dar. Ya saben como soy -yo sé cómo son la gente a la que quiero- y creo que la tolerancia, tal vez, podría ser un buen timón para reconducir toda relación que de verdad importa. Tolerancia y empatía, porque no concibo una amistad sincera si no se pueden alegrar conmigo y por mí, si no saben hacerme llegar esa sonrisa que me gusta ver en ellos cuando sonrío yo. Esa sonrisa que me gusta que me contagien cuando son ellos los que se sienten bien.

Afortunadamente, etapas tan rotundamente felices como la que ahora atravieso son momentos idóneos para darse cuenta de quién nos rodea. De quién realmente está ahí y con quién me puedo emocionar al contar lo que he vivido, lo que estoy viviendo, lo que quiero vivir. Luego están esos amigos -encima, supuestamente comunes- que -oh, sorpresa- callan, como ciertos personajes con quienes me reencontré -nos reencontramos- no hace mucho y que callaron -a propósito- cualquier referencia a nuestra nueva situación (¿tan duro era preguntar un qué tal, un cómo os sentís, un cómo os va). Ya no me importan ni las razones por las que callaban, tan solo sé que no puedo sentirme cerca de quienes no saben alegrarse junto a mí, de quienes no me dan la libertad de sentirme tan ñoño, tan repetitivamente contento, tan eufórico como me dé la gana. Y como ahora mismo necesito. Por eso he puesto cruces a más de uno, gente a la que seguiré sonriendo con cortesía pero que he decidido que ya no quiero que tengan más lugar en mi vida, porque no pienso ocultar lo que sienta -ni cuando vuele, ni cuando me arrastre- ante quien diga ser amigo mío.

A la gente -y perdonen la misantropía- le molesta la felicidad. A mí, la verdad, me da la vida. Por eso adoro a la gente feliz (como a mi linda inquilino, incansable en esa búsqueda de la alegría y capaz de contagiarla tanto y de tantas formas...). Por eso adoro a mi pareja. Por eso adoro a mi familia. Porque todos hemos vencido situaciones duras -mucho- en estos años y todos seguimos persistiendo en esa necesidad de vida, de energía, de felicidad. Y por eso, cuando la gente a quienes queremos atraviesan una buena etapa nos gusta saber, oír, compartir y celebrar. Porque en eso, creo yo, consiste la amistad. En estar -compartir- de verdad. No en el consejo fácil ni en el llanto morboso. Eso, francamente, lo hace bien hasta la tal Patricia en su infame Diario de la ídem. Y eso de compartir tragedias como quien colecciona cromos, será lo que sea, pero no es amistad.

Y como colofón, moleste o no a esos conocidos que me han demostrado que nunca debieron ocupar el lugar que ocuparon, ahí van algunas fotos de una de las etapas -de los momentos- más importantes, más íntimos y más inolvidables de mi vida. Y no es exhibicionismo -o tal vez sí, qué más da-, sino explosión. ¿Por qué es más correcto explotar en el llanto y exhibir el drama que explotar de alegría y exhibir la vida? Por favor, no se repriman y exhiban lo segundo. Sean felices y no se autocensuren: exhíbanlo. Aquí, se lo prometo, nos alegraremos de ello :-)

24.5.08

Perlas...

1. Modelo 1 a Modelo 2:
- Me ha gustao el traje ese que nos han puesto.
- ¿Cuál?
- El de Valenci.
- ¿El de Valenci?
- Sí, el negro de Valenci.

NOTA: Hablaban, evidentemente sin saberlo, de Balenci...aga.

2. Modelo 3 a Modelo 4:
- Seguro a Nora le dan un bote de confianza.

NOTA: ¿Envasado al vacío?

Y luego dicen que con la televisión no se aprende...

P.S. En cuanto al maravilloso mundo del dvd (y teniendo en cuenta que, con contadas excepciones, la cartelera de estrenos solo provoca unas intensas ganas de llorar...), este mes salen auténticas joyas de las que más controversia -a favor y en contra- han generado en los meses pasados. De momento, en nuestra estantería ya figuran Deseo, peligro; Leones por corderos; Casandra's dream; Las aventuras amorosas del joven Molière (una película realmente digna de las que provoca envidia: ¿por qué nosotros no sabemos aprovechar con tanto talento nuestro teatro barroco?); o pequeños tesoros kitsch como la serie V que, por supuesto, he empezado a ver con tanta fruición como cachondeo (imposible no reírse ante tanta nostalgia..., con lo que me ponía a mí hace años Mike Donovan y hasta la perra de D-aia-na...)

20.5.08

Tele-i-rrealidad en Cuatro

La nueva temporada de realities -cada vez más parecidos entre sí: uno ya no sabe dónde acaba GH y dónde comienza OT- arranca con fuerza. Sobre todo, gracias al esfuerzo de la cadena "de la calidad" -la (según ellos) intachable Cuatro- por compaginar la emisión a las tres y media de la mañana de Queer as folk -cómo emitir en un horario normal una serie bien rodada cuando se puede atormentar a la audiencia con ese espanto que protagoniza el de El canto del loco- con la emisión de programas culturales de tanto calado como Cuarto milenio, ese canto a la superstición y el analfabetismo científico donde Iker Jiménez nos convence de que las manchas de humedad en el techo no existen: son siempre un ectoplasma. No contentos con esta contribución semanal a la simplicidad patria, nos regalan tres programas -tres- de contenido absolutamente imprescindible.

El primero, Fama school, la versión adolescente de su estirado Fama. Por si no tuvimos bastante con el comportamiento infantil de la primera versión, ahora sacan a niños de verdad haciendo el mono e imitando las coreografías de sus -ejem- profesores (uno de ellos, por cierto, ha sacado uno de esos discos que elevan la contaminación acústica sin piedad). Del formato adolescente no comentaré nada -salvo que la repelencia de los concursantes alcanza cotas nunca vistas desde aquellos programas de niños que preguntaban absurdeces a famosos en presencia de ese presentador con nombre de barra de pegamento-, y no lo comentaré porque tras pasar horas con adolescentes en el trabajo no me quedan demasiadas ganas de verlos bailar delante de Paula Vázquez...

El segundo, Supermodelos, arruina el legado de su anterior temporada. Y es que, lejos de seguir los pasos de sus dos primeras -y míticas- ediciones, ha optado por suprimir a la ineficaz y necesaria Judit Mascó, cuyos errores daban sentido al visionado del programa. Además, en un alarde de cansinería sinigual, también optan por el formato diario en vez de por la gala semanal, lo cual no sé qué sentido tiene ni qué fin persigue. Lo mejor del programa, donde -por cierto- esperaba ver modelos masculinos más potentes y excitantes de los que hay, son -de nuevo- sus profesores. En este caso, una francesa de mentira y un gay de mentira también. La francesa -definida por un amigo mío como "una arruga con sombrero" y que recuerda lo que podría haber sido Lucía Bosé si no se hubiera cuidado y teñido de malva- exagera las erres hasta en las palabras que no la tienen y tiene una pronunciación idéntica a la de Marianico el Corto cuando imitaba a un francés en sus chistes. En cuanto al profe gay, cuyo albornoz con pajarita ha dejado a la altura de betún los modelos horrendos de la anterior estilista, dice llamarse "Jousi" (léase "Yousi"), así que suponemos que debe ser el Jose o el Pepe en su barrio. Su nivel de pluma da pie a pensar que haya ensayado para ello, porque solo el gay de Yo soy Bea se le acerca un poco. A su lado, el otrora Richi Bastante parecía un émulo de Burt Reynolds.

Y por último, esa joya incomprensible de Cuatro: El gran quiz, donde un jurado debe nombrar al más listo, o al que más memoria tiene, o al que más sabe, o al que más algo a partir de una serie de preguntas y respuestas sin ton ni son. En este caso, lo mejor es el jurado en sí, compuesto por un tío repelente que dice ser superdotado y que provoca ganas de no serlo jamás, Jaume Figueras -que debe echar de menos los tiempos en los que presentaba aquel (buen) programa de cine en Canal Plus- y, sobre todo, Marta Sánchez, que está allí para juzgar... para valorar.. pues para juzgar... Bien, no sé qué puede juzgar Marta Sánchez, cómo no sea testar el nivel de pluma de Jousi o comprobar si la francesa sabe cantar con acento galo su gran hit "Soy yo". Salvo por estos pequeños detalles, la presencia de Marta Sánchez en un concurso pretendidamente intelectual es, cuando menos, un misterio. A ver para cuándo Iker Jiménez dice alguna chorrada al respecto...

18.5.08

Una buena crítica

Ayer amanecí inquieto, con esos nervios -pegajosos, profundos- que preceden a cada representación. No importa cuántas funciones vayan, cuántos escenarios se hayan pisado con un mismo montaje, da igual esa aparente seguridad porque siempre se amontonan los miedos, los fantasmas y las dudas. Todo ello mezclado con las ganas -la vehemente necesidad- de que todo salga bien y de que el público respire la misma emoción que quienes trabajamos en esta locura que es el teatro.

Amanecí cansado, preocupado por el montaje de luces que me esperaba en un teatro tan grande como el Buero Vallejo, donde las posibilidades técnicas son proporcionales a la dificultad y el esfuerzo que requiere coordinarlas. Cansado -a veces eso me agota- por el obligado nomadismo de los grupos independientes, que como no queremos plegarnos a exigencias comerciales y seguimos creyendo firmemente en lo que hacemos, tenemos que movernos de sala en sala, de lugar en lugar, de ciudad en ciudad, de escenario en escenario. Un nomadismo que nos enriquece y que, al mismo tiempo, supone un gran esfuerzo personal del que solo las personas que nos rodean -parejas, familia, amigos muy íntimos- son conscientes.

Pero también amanecí ilusionado, porque estaba acompañado al despertar. Porque ese desayuno a medias -qué lujo compartirlos, sobre todo cuando se ha luchado tanto por poder compartirlos- me dio fuerzas para afrontar el día. Porque sabía que la actriz -qué suerte trabajar con actrices que son tan grandes en el escenario como en la amistad que me une a ellas- lo daría todo en la obra. Y así fue.

Una gran actuación -bravo, Silvia, bravo- que pude, además, compartir con un número más que abultado de las personas más importantes en mi vida. También estaban allí los que no pudieron estar físicamente, presentes con sus mensajes y su ánimo constante -como mi hermano y su chica, desde Barna; o mi diva, siempre animosa y cercana, desde su trabajo. Y presentes en una platea llena de público anónimo, muchas caras conocidas y, sobre todo, mucho cariño de quienes hacen que seguir luchando por esto tenga sentido. Amigos con sensibilidad -humana y artística- capaces de hacerme creer que el esfuerzo de cada función merece la pena, aunque solo sea por los abrazos y las sonrisas cómplices que me regalan cuando se baja el telón. No pondré nombres, temo olvidar alguno, pero todos sabéis quiénes érais -quienes sois- y, aunque tras una obra siempre me muestro disperso e incluso alocado, espero que notarais la ilusión y la emoción que me provoca vuestra presencia. Un simple gracias no basta, lo sé, pero sí resume -en parte- lo que siento. Así que, gracias :-)

Y como colofón, inesperado y positivo, una crítica aparecida esta misma semana en un periódico Gente de Madrid. Una reseña -basada en las funciones que ya tuvimos en el Centro Cultural de Moncloa- que nos sorprendió a todos por su extensión y, sobre todo, por los comentarios -elogiosos y hasta cariñosos- del cronista. No puedo evitar colgar aquí la crítica y compartirla con quien la quiera leer. Sobre todo porque me parece un hermoso premio al duro trabajo que ha supuesto escribir, dirigir y montar esta obra. Al esfuerzo -inmenso- que hace su actriz al ponerla en escena y dar lo mejor de ella -darse entera- en cada función. Sin ella, sin mi Silvia, esta Melibea no habría sido posible. Y es que sin mis chicas - Silvia, Paloma, Nuria, Eva- el teatro no sería lo que es en mi vida. Una pasión. Un motor. Una irresistible necesidad de seguir sintiendo ese miedo que se resuelve en aplauso, esos nervios que se transforman en emoción y ese pánico escénico que cesa cuando sube el telón. Pero, ¿qué sería de la vida sin miedos -y telones- que vencer?

14.5.08

Melibea sigue su camino...

En esta ocasión, el camino de nuestra Melibea continúa este sábado 17 de mayo a las 20 h. en el Teatro Buero Vallejo de Alcorcón (autobús 512 desde Príncipe Pío y Cercanías Renfe San José de Valderas). De nuevo, como en todas las funciones anteriores -afortunadamente, este está siendo un muy buen año en lo teatral-, será la actriz Silvia López-Ortega quien llene el escenario con su inmenso talento y con su interpretación emocionada -y emocionante- de este personaje, a través desde el que en Armando no me llama hacemos, con toda humildad, nuestro propio homenaje a la mujer.

Si alguien se anima a asistir, aún puede conseguir sus entradas en la taquilla del teatro o a través de www.servicaixa.es.

11.5.08

Save tonight



Save tonight... Creo que la incluí en uno de los primeros cds que te grabé. Una de esas mezclas imposibles en las que te copiaba canciones tan eclécticas como todo en nosotros. Y así, siguiendo el estribillo de este tema, guardando cada una de aquellas primeras noches, fuimos construyendo una historia que se hacía cada vez más fuerte y sólida a pesar de los aviones que se alejaban o de los aeropuertos que nos hacían regresar solos a casa. El tiempo -París, Madrid, Bruselas, Londres- siguió su curso y cuando las ausencias empezaron a resultar dolorosas y la necesidad se hizo palpable y profunda, tuvimos que elegir entre ser valientes o rendirnos ante los mapas y los calendarios, pero no hicimos caso de las amenazas de la geografía ni de sus trampas -valor nunca nos ha faltado- y nos convertimos en pasajeros habituales de vuelos a cualquier ciudad -siempre París, luego Roma, Florencia, Nueva York, Berlín, Atenas...- donde hubiera una cama que compartir, una noche que estrenar, un lugar en el que perdernos. Así, ahorrando noches, sumando horas, venciendo a la tristeza de la ausencia y reinventando nuevas formas de presencia que solo nosotros entendemos, hemos ido caminando hacia este hoy que acabamos de estrenar eufóricos en la mejor de las compañías. Porque en este trayecto siempre estuvimos bien arropados, bien acompañados -aún recuerdo cómo apostó mi hermano por nosotros cuando tal vez ni nosotros mismos éramos conscientes de la suerte que habíamos tenido al conocernos-, y quizá por eso estos días han sido tan hermosos, tan especiales, tan íntimamente perfectos. Porque, igual que en la canción, tú y yo siempre hemos disfrutado cada segundo como si fuera único, -sí, en verdad lo son-, como lo es el río de Heráclito y el tiempo circular -del mito maya, de su reinvención azteca- que nos ha envuelto en nuestra experiencia mexicana. Save tonight... Y por eso hoy sonrío, cómo sonrío..., pensando que ese tonight complejo en fechas y aviones de los primeros tiempos se ha convertido ahora en un tonight factible, cercano y próximo. En un nuevo piso -tan metálico como mi traje del día 8, tan elegante como el tuyo- que estrenaremos dentro de mucho. En nuevos viajes que ya empezamos a planear. En noches de hotel como esta del Ritz en la que contemplar un Madrid que parece construido solo para nosotros... Así que seguiremos haciendo estallar pasiones, deseos y cuerpos como si el siguiente amanecer fuera a interrumpirnos, pero sabiendo -en medio de esa voracidad, de esta felicidad- que el amanecer no será ya más signo de despedida, sino inicio de un día más que sumar. Que respirar. Y que abrazar...