2.7.08

Las invasiones bárbaras

Soy un enamorado de Madrid. Convencido, que no dogmático. Y vehemente, que no cerrado. Me gustan todas y cada una de las ciudades que conozco, que visito, que comparto, pero siento una predilección especial por esta ciudad que emerge como eterna superviviente a lo largo de su Historia.

Y no me refiero a la supervivencia de invasiones como la francesa (no entiendo tampoco por qué conmemorar a bombo y platillo el habernos quitado de encima la única opción de europeísmo que nos quedaba en aquel momento, tras haber tenido un siglo XVIII ultracatólico, cateto y pazguato..., más o menos como lo que tenemos ahora), sino a invasiones mucho más terribles y, peor aún, cotidianas.

La primera la hemos disfrutado esta pasada semana, en la que hemos celebrado el éxito del fútbol con la elegancia que nos caracteriza. Así, gracias a la euforia nacional, hemos arrancado postes, quemado contenedores, asaltado estatuas (cuando la Cibeles se largue, a ver quién se atreve a reprochárselo), colapsado vías, agredido a las fuerzas de la seguridad y, por si fuera poco, hemos contribuido a romper los tímpanos de la ciudad con el uso y abuso del siempre dulce cláxon. Todo un ejemplo de espíritu deportivo que espero siga cundiendo y dé lugar a nuevas celebraciones multitudinarias de la misma índole. Hasta yo, que no sigo el fútbol, me alegré del resultado de la final e incluso (sí, lo confieso), vi el partido, pero supongo que me faltó salir a la calle a quemar algo. La próxima vez, por supuesto, lo haré.

Así que, tras sobrevivir al podemos de Cuatro, a la plaza de Colón teñida de rojo, al Que viva España de Manolo Escobar (¿a nadie le ha parecido peligrosamente rancio ese momento...?, ¿seguro que Cuatro no es de Losantos?), al vaciado mental que ha provocado esta ola de fútbol (¿por qué los periódicos han dejado ocultos todos los demás titulares tras las camisetas de la selección? ¿es que la crisis cesa cuando marca Torres? ¿baja el euribor cuando para Casillas?), tras sobrevivir a tanta euforia y tanto festejo, ahora Madrid se prepara para el segundo asalto: el del orgullo.

Y es que desde esta tarde un sinfín de personas muy orgullosas (bien por ellas, que tan claro lo tienen, a mí que soy un eterno inseguro, el orgullo no es la virtud que más me gusta ni en mí ni en nadie), llenarán el centro de la ciudad para exhibir ese mismo orgullo teñido del archisabido arcoiris (en qué hora se rodó esa memez sobrevalorada del mago de Oz...) y, sobre todo, para lucir el orgullo de las anfetas y los ciclos que más de uno se ha puesto este año para contribuir muscularmente al evento en cuestión. Y es que sin unos buenos ciclos y unas cuantas mandíbulas cuadriculadas (efecto secundario de los primeros) no se puede estar orgulloso de nada. Evidentemente, este orgullo conlleva la discriminación efectiva de los gays diferentes, aquellos que no pertenecen ni a secta ni a grupo alguno y que, por supuesto, no tienen cabida en esta pride-party, tan llena ella de convivencia y de purpurina. Todo un ejemplo de la supuesta reivindicación que se ejerce en esta semana de tanto calado social...

Personalmente, nada me gusta tanto como comprobar que vivimos en una sociedad de estereotipos donde quienes los padecemos no solo no luchamos contra ellos, sino que los fortalecemos, para convencer a todo el mundo que son ciertos. Así que desde hoy todos los gays vamos sin camiseta, somos musculocas o similares, nos disfrazamos de purpurina, bailamos hasta el amanecer, dejamos Chueca hecha unos zorros (todos los años se celebra la Olimpiada de meada en la calle: no es oficial, pero sí cotidiana) y abrimos los garitos gays como si de pequeños zoos se tratara para que entren curiosos que consideran que el orgullo es algo así como la versión con pluma de San Isidro.

Por supuesto, me parece fenomenal y muy enriquecedor que en un país como el nuestro, donde al fin es legal casarse y adoptar, los homosexuales sigamos haciendo el indio durante esta semana para reivindicar no se sabe qué, solidarizándonos claramente con aquellos otros gays que no pueden vivir su homosexualidad en libertad en otros países, en los que se les persigue y maltrata con ello. Evidentemente, nuestro carnaval les ayudará a demostrar en sus países que la homosexualidad no es más que una de las miles de características que se suman en cada persona y que solo determina con quién nos vamos a la cama, pero nada más. También podríamos practicar una lucha real y activa, dejando a un lado el carnaval del orgullo y dando ejemplo de tolerancia, modernidad y progreso social, pero eso, evidentemente, es mucho más coñazo y, además, hay que hacerlo con la camiseta puesta. En fin, una lata.

Afortunadamente, desde esta noche -con pregón del intelectual Hugo Silva: puestos a pregonar, mejor que el tío esté bueno, no vaya a saber hablar y diga algo inteligente-, Madrid se va a llenar de carrozas dispuestas a demostrar lo contrario y, sobre todo, de gente que aprovecha la excusa del orgullo para darse esa fiesta que no es capaz de darse a lo largo del año. ¿Por qué este gusto por la masificación? ¿Por qué el hedonismo tiene que ser comunitario y vulgarizado? ¿Por qué hay gente que solo sabe divertirse cuando lo manda el calendario? Entretanto, los que siempre hemos luchado por la igualdad y la equiparación de derechos desde otros frentes menos coloristas -la literatura, el teatro, nuestra propia conducta en el trabajo, en la familia...- nos sentimos plenamente agradecidos ante esta eclosión de himnos gays, músicas de los Village People, banderas de colorines y, sobre todo, calles llenas de minis de calimocho y cerveza que dejarán el barrio tan degradado como cada mes de julio.

Pero no importa, porque Madrid -cuando pase esta orgullosísima semana- seguirá siendo la superviviente que es y, ante nosotros, se dibujarán dos meses de verano en los que la ciudad se irá quedando cada vez más vacía, más placentera, más secreta. Dos meses en los que la única bandera que quedará será la de la libertad que siempre defiende y ha defendido la gente -acogedora, cálida, paciente- de esta (nuestra) ciudad.

5 comentarios:

Amelia dijo...

"DIME DE QUE PRESUMES
Y TE DIRÉ DE QUE CARECES"

Seguro que muchos de los que han salido durante estos días a las calles,nunca se han emocionado viendo un partido de futbol y/o viven escondiendo "en un armario" su realidad cotidiana.

UNA FORTA ABRAÇADA!

Anónimo dijo...

Pues sí, también yo estoy de acuerdo con lo que dices. Afortunadamente no tiene sentido plantearse hoy en día en España un día del orgullo gay.Además tampoco me he sentido nunca vinculado a esa forma de reivindicación masiva y, sobre todo, folclórica. Aparte de mi orientación sexual no creo tener demasiado en común con los tíos que medio se despelotan para mostrar sus cuerpos, bonitos o no y que se suben a una carroza para organizar un desfile de carnaval. Lo respeto y lo sufro, aunque no comparto las formas, en Madrid pero nunca he ido ni iré. Prefiero quedarme en casa, con mi chico, naturalemente, o ir al cine en algún barrio por el que no pase la caravana de folclóricos/as, travestídos/as o miles de gays en vaqueros y en camiseta de tirantes, o aún peor, sin ella y, desde hace unos años en sandalias "hawainas", tenga o no, unos pies bonitos, o unas chicas tipo camionero, estereotipadas como ellos. Ni con ellas ni con ellos me identifico ni se identifican los hombres y mujeres de mi entorno gay aunque tanto ellos como ellas, sin hacer apología de sus gustos, llevan una vida mucho más comprometida, entre otras cosas no ocultándose ni dejando su condición para exhibirla en ese sambódroma en el que se convierte estos días la ya de por sí degradada Gran Vía madrileña, que también es mi ciudad.

Arual dijo...

Me parece tan estúpido el día del orgullo gay como el día de la mujer trabajador o como cualquier otro día que sólo sirva para remarcar diferencias. Hoy en día en España te casas con quien quieres, sin importar si es de tu mismo sexo o no, y puedes adoptar niños con esa pareja, eso es lo perfecto. Salir a bailotear sin camiseta luciendo pechito con 40º a la sombra es simplemente hacer el bobo, no?

Reality Bit dijo...

Yo huyo el fin de semana que se celebra porque vivo en Madrid y el centro no es que esté imposible, es que es un horror. Respeto a todos los que aprovechan el momento para hacer de la reivindicación una fiesta, y los apoyo desde la distancia, pero yo no comulgo con esta forma de manifestarse.
El viernes pasado, horas antes de la locura, estuve por la zona por obligación, y hablé con cuatro o cinco personas: todas decían que iban a ir a la "cabalgata", así, con esa denominación, y cuando les recordé que es una manifestación, dijeron que bueno, que eso era antes. Cuando sólo era una manifestación ya era bastante exagerada; ahora que es una "cabalgata", ni te cuento.
Repito, respeto y apoyo a los que van, pero esa forma de reivindicar los derechos no va conmigo. Aparte de que uno se convierte en parte de la masa, nunca mejor dicho, y yo, qué queréis que os diga, no me siento identificado con los especímenes que hoy han salido hablando en las noticias: entiendo que los saquen a ellos y no a la gente convencional, porque esos no dan espectáculo.
En fin, que podría estar dos horas contando mi particular visión de esta fiesta, que cada vez es menos una reivindicación y más una excusa para tomar las calles.
Da gusto leerte de nuevo!
Saluditos apretados

coxis dijo...

Desde el provinciano que convive en este cuerpo que escribe no dejo de sentir cierta nostalgia por no poder haber ido este año al orgullo (aunque las veces que he ido he preferido salir por la mañana, retirarme cuando está la manifestación e intentar tomar una copa por la noche) aunque sí que es cierto que no me identifico con la gente que se queda sin camiseta o que se trasviste, pero, desde la periferia lo digo: Sigue siendo necesaria -además de dejar caer sutiles cargas de profundidad a los alumnos para que se críen más tolerantes-, todo viene bien...

Y qué suerte tienes por vivir en Madrid...! Ciudad que adoro