24.8.08

Cine estival

1. Mamma mía
Igual que el musical (hasta en los bises finales: ese Waterloo...) pero con un reparto de lujo y absolutamente desatado. La dirección, ramplona hasta decir basta, desaprovecha cada ocasión de convertir la cinta en una verdadera película, pero poco importa eso ante lo pegadizo de la música y el vitalismo de sus protagonistas, absolutamente encantados de participar en este film de verano que tan solo pretende ser eso y que, honestamente, lo consigue. Hay que hacer verdaderos esfuerzos por no dejarse llevar por el ritmo de Dancing queen, SOS y demás temas made in ABBA. El desenfreno pop elimina de un plumazo la ausencia de guión (la historia sigue siendo tan endeble e inexistente como lo fue siempre en este musical: es más, ¿a quién le importa la historia?) y hasta consigue que olvidemos la cursilería de la pareja joven protagonista. A cambio, es una gozada ver desatada a la Streep (sí, claro, tan excesiva como siempre: o se la odia o, como yo, se la ama) y a unos más que guapos Pierce Brosnan y Colin Firth (les sienta bien la autoparodia). Confieso que volvería a verla con gusto (y, en cuanto salga en dvd, lo haré). De momento, la banda sonora se viene en mi i-pod a todas partes...

2. El caballero oscuro
Y sí, es realmente oscuro este Batman del talentoso Nolan. No me gusta su duración (¿realmente se necesitan dos horas y media para este tipo de filmes?) y echo en falta algo más de humor negro (sigo prefiriendo la visión de Burton: más infiel al cómic, pero profundamente inspirada). En cualquier caso, y pegas aparte, la película es soberbia en su género. Sobrecogedor, sin duda, Heath Ledger. Y espléndida la narración, sobre todo por su capacidad de sorpresa (desagradable y pesimista, eso sí) y de ritmo. Dura, violenta, desabrida, más próxima al último James Bond que al cine de superhéroes convencional. Cine negro. Negrísimo. Y desolador.

3. Wall-e
Magnífica ejecución. Impecable diseño. Increíble caracterización de personajes (su expresividad solo merece elogios). Exquisitos homenajes al cine mudo... Y un tostón de película que se alarga hasta la náusea para contar una historia de amor cursi y una fábula ecológica y moralista. Ni una pizca del ingenio y de la complejidad de Ratatouille o Los increíbles, guiones llenos de curvas frente a esta línea plana -perfecta, sin duda, pero plana también en esa perfección- donde no conseguí emocionarme una sola vez. No sé qué opinará el público infantil, pero a mí -lejos de compartir el entusiasmo general de la crítica- la película me parece evidente en sus logros y tediosa en su resolución. La emoción no consiste en hacernos ver continuamente lo acertados de sus homenajes cinéfilos o la calidad técnica de cada uno de sus planos, sino en conseguir que olvidemos todo eso para entrar de lleno en la historia, ya sea en la vida de un ratoncito chef o en la de una familia de superhéroes con problemas de lo más variopinto. En esta caso, confieso que no conseguí entrar en la nave espacial. Me sentí, definitivamente, en otra galaxia.

4. Dejad de quererme
Buenos diálogos. Una soberbia interpretación protagonista (qué actor, qué actor...). Y alguna escena brillante (bravo por la fiesta de cumpleaños). Sin embargo, la película se apoya en exceso en un giro de guión que, según el espectador, puede resultar muy previsible... Personalmente, no suelo adelantarme a lo que va a ocurrir (es más, lo evito) y, pese a ello, en este caso me bastaron diez minutos de proyección para adivinar el final. Aún así, es una película sincera y, por momentos, emocionante. Sencilla en la ejecución pero con buen oficio y algunas conversaciones que permiten al espectador sentirse cerca de la historia y de sus personajes. Pequeño cine francés que, sin levantar grandes pasiones, sí eleva el tono de una cartelera demasiado lejana de lo humano. En este caso, lo humano -afortunadamente- es protagonista.

5.8.08

Hombre imperfecto a la izquierda. Disculpen las molestias

Some would call me a cheat, call me a liar
Say that I've been defeated by the basest desired
Yes I have strayed and succumbed to my vices
But I tried to live right

But I have no regrets, no guilt in my heart
I only feel sadness for any pain that I've caused
I guess I wouldn't bother to worry at all
If I'd lived right

Do you live by the book, do you play by the rules?
Do you care what is thought by others about you?
If this day is all that is promised to you
Do you live for the future, the present, the past?

Tracy Chapman, Unsung psalm



Han sido -están siendo- días intensos. Días de cajas por hacer en las que se mezcla el futuro que ya es casi presente (al fin nuestro, am) y el pasado que se acumula en un olvido no siempre pretendido pero, eminentemente, sí ocurrido. El tiempo que sucede podría haber sido el título de aquella obra donde cambié el sustantivo tiempo por el verbo no conjugable sexo. Y así, en ese suceder, en esas cajas, se amontonan nombres, lugares, historias, olvidos y fotografías cada vez más borrosas de tres décadas -tres ya...- en las que hay mucha más vida de la que estos cartones permiten ver.

Pero en toda esa intensidad no deja de atormentarme ese yo melancólico y autocrítico que he sido desde niño. Ese yo que desde siempre -tres décadas, tres- se ha flagelado cada vez que algo no salió bien, cada vez que alguien no se sintió bien, cada vez que creyó haberse equivocado en algo. O en alguien. Por eso, en esas cajas, no puedo evitar detenerme ante los testimonios de aquellos amigos que dejaron de serlo. De los primeros amores, equivocados sí, pero necesarios para aprender a amar ahora. De quienes prometían amistad sincera y acabaron clavando aguijones, venenos y puñales de diversa e innecesaria consideración. De los trabajos por los que fui pasando y en los que siempre robé algo de madurez y me dejé algo de inocencia. De amantes que se creyeron en posesión de verdades que no tuvieron nunca. De nombres a quienes adolescentemente amé y jamás poseí. Del principio de mi actual historia de amor -la que hoy me hace respirar- y su continuación a través de tantos pequeños guiños guardados en cada una de las cajas... De las irrenunciables presencias que ya no están a mi lado porque la muerte me las arrebató y que aún abrazo en fotografías que ha sido especialmente doloroso recuperar.

Quitarle el polvo al tiempo no es una tarea fácil. Apenas es un oficio deseable. Sobre todo si se tiende -es mi caso- a la mortificación por todo y por todos. Si, como yo, se es incapaz de alzar los hombros y despreocuparse de lo que suceda. Si se es de los que sufren por no poder llamar a todo el mundo, por no poder hablar con todo el mundo, por no poder contentar a todo el mundo. Porque, y por eso me siento tan asfixiado con cierta frecuencia, siempre siento que no doy lo suficiente, que no hago lo suficiente, que no entrego lo suficiente. Resulta difícil hacerlo cuando se tiene la suerte de contar con gente tan extraordinaria en la agenda del móvil, llena de amistades sinceras, puras, esenciales, a las que jamás podré medir por el tiempo que compartimos juntos, nunca proporcional al nexo que me une a ellos y a ellas.

Y así, fuera o no culpa mía, en estas tres décadas deconstruidas en tan solo tres días (primera fase de la mudanza superada) se han ido sumando los hallazgos -nombres nuevos de amistades que me hacen sonreír con su sola presencia- y las pérdidas. No supe hacerlo mejor, como canta Tracy Chapman en la canción que hoy me sirve de cita para este post. Un tema que, por cierto, me regaló mi amiga Ana, una de las personas que más ha significado en mi vida y de la que hace ya siete años que no sé nada. Tampoco ella sabe nada de mí. Nos distanció querernos tanto, supongo, y no saber entender que el tiempo tiene límites, que la necesidad no los domina, que somos imperfectos. Hoy sigo escuchando esa canción y sigo viéndome tan reflejado en ella como cuando la escuchábamos juntos tumbados en un sofá. Ella solía acariciarme con ternura cuando oíamos canciones como esta y yo me dejaba llevar a su mundo a la vez que la invitaba al mío. Ahora, en esas cajas, han aparecido libros que nos regalamos, postales que nos enviamos, cartas que nos escribimos, cintas -sí, casettes, parece la Prehistoria- que nos grabamos (Pedro Guerra y aquel concierto juntos) y entradas de películas que veíamos los jueves por la noche en el cine de barrio de aquel Alcorcón que hoy ya no existe. Por lo que sé, intentó arreglarlo. Yo también. No lo hicimos bien y preferimos borrarnos para no herirnos más. Hoy no tenemos noticias el uno del otro -aunque nos intuyamos, aunque pudiera ocurrir que volviésemos a cruzarnos- y sé que, aunque nuestro orgullo jamás lo admita, el espacio que dejan nuestros huecos está tan vivo como lo estuvo siempre. No es culpa de ninguno, diría Tracy, simplemente nos hicimos un daño inútil y cada uno se torturó por él a su manera. O culpó al otro en la medida en que creyó que debía hacerlo. Lástima, nunca podré decirle -tal vez ni siquiera haga falta- cuánto cariño siento hacia ella y con qué mimo atesoro nuestros recuerdos. No se puede dejar de querer al amigo que nunca nos traicionó, al amigo -la amiga- que, simplemente, se alejó y que nos hizo daño sin pretenderlo jamás. Diferente al de quienes sí lo pretendían y, paradójicamente, jamás lo consiguieron.

Esta tan solo es una historia entre todas las que encierran esas cajas. Pero, como cada minuto que comparto con la gente que quiero -o que he querido-, es una historia importante que, desde su hueco en el ayer, forma también parte de la silueta de ese futuro en el que, como afirman rotundas estas setenta y una cajas perfectamente precintadas, seguiré siendo el mismo tipo inseguro, huidizo, autoexigente e imperfecto de siempre.


P.S. En breve me subo a un avión. Nos leemos a la vuelta.