5.8.08

Hombre imperfecto a la izquierda. Disculpen las molestias

Some would call me a cheat, call me a liar
Say that I've been defeated by the basest desired
Yes I have strayed and succumbed to my vices
But I tried to live right

But I have no regrets, no guilt in my heart
I only feel sadness for any pain that I've caused
I guess I wouldn't bother to worry at all
If I'd lived right

Do you live by the book, do you play by the rules?
Do you care what is thought by others about you?
If this day is all that is promised to you
Do you live for the future, the present, the past?

Tracy Chapman, Unsung psalm



Han sido -están siendo- días intensos. Días de cajas por hacer en las que se mezcla el futuro que ya es casi presente (al fin nuestro, am) y el pasado que se acumula en un olvido no siempre pretendido pero, eminentemente, sí ocurrido. El tiempo que sucede podría haber sido el título de aquella obra donde cambié el sustantivo tiempo por el verbo no conjugable sexo. Y así, en ese suceder, en esas cajas, se amontonan nombres, lugares, historias, olvidos y fotografías cada vez más borrosas de tres décadas -tres ya...- en las que hay mucha más vida de la que estos cartones permiten ver.

Pero en toda esa intensidad no deja de atormentarme ese yo melancólico y autocrítico que he sido desde niño. Ese yo que desde siempre -tres décadas, tres- se ha flagelado cada vez que algo no salió bien, cada vez que alguien no se sintió bien, cada vez que creyó haberse equivocado en algo. O en alguien. Por eso, en esas cajas, no puedo evitar detenerme ante los testimonios de aquellos amigos que dejaron de serlo. De los primeros amores, equivocados sí, pero necesarios para aprender a amar ahora. De quienes prometían amistad sincera y acabaron clavando aguijones, venenos y puñales de diversa e innecesaria consideración. De los trabajos por los que fui pasando y en los que siempre robé algo de madurez y me dejé algo de inocencia. De amantes que se creyeron en posesión de verdades que no tuvieron nunca. De nombres a quienes adolescentemente amé y jamás poseí. Del principio de mi actual historia de amor -la que hoy me hace respirar- y su continuación a través de tantos pequeños guiños guardados en cada una de las cajas... De las irrenunciables presencias que ya no están a mi lado porque la muerte me las arrebató y que aún abrazo en fotografías que ha sido especialmente doloroso recuperar.

Quitarle el polvo al tiempo no es una tarea fácil. Apenas es un oficio deseable. Sobre todo si se tiende -es mi caso- a la mortificación por todo y por todos. Si, como yo, se es incapaz de alzar los hombros y despreocuparse de lo que suceda. Si se es de los que sufren por no poder llamar a todo el mundo, por no poder hablar con todo el mundo, por no poder contentar a todo el mundo. Porque, y por eso me siento tan asfixiado con cierta frecuencia, siempre siento que no doy lo suficiente, que no hago lo suficiente, que no entrego lo suficiente. Resulta difícil hacerlo cuando se tiene la suerte de contar con gente tan extraordinaria en la agenda del móvil, llena de amistades sinceras, puras, esenciales, a las que jamás podré medir por el tiempo que compartimos juntos, nunca proporcional al nexo que me une a ellos y a ellas.

Y así, fuera o no culpa mía, en estas tres décadas deconstruidas en tan solo tres días (primera fase de la mudanza superada) se han ido sumando los hallazgos -nombres nuevos de amistades que me hacen sonreír con su sola presencia- y las pérdidas. No supe hacerlo mejor, como canta Tracy Chapman en la canción que hoy me sirve de cita para este post. Un tema que, por cierto, me regaló mi amiga Ana, una de las personas que más ha significado en mi vida y de la que hace ya siete años que no sé nada. Tampoco ella sabe nada de mí. Nos distanció querernos tanto, supongo, y no saber entender que el tiempo tiene límites, que la necesidad no los domina, que somos imperfectos. Hoy sigo escuchando esa canción y sigo viéndome tan reflejado en ella como cuando la escuchábamos juntos tumbados en un sofá. Ella solía acariciarme con ternura cuando oíamos canciones como esta y yo me dejaba llevar a su mundo a la vez que la invitaba al mío. Ahora, en esas cajas, han aparecido libros que nos regalamos, postales que nos enviamos, cartas que nos escribimos, cintas -sí, casettes, parece la Prehistoria- que nos grabamos (Pedro Guerra y aquel concierto juntos) y entradas de películas que veíamos los jueves por la noche en el cine de barrio de aquel Alcorcón que hoy ya no existe. Por lo que sé, intentó arreglarlo. Yo también. No lo hicimos bien y preferimos borrarnos para no herirnos más. Hoy no tenemos noticias el uno del otro -aunque nos intuyamos, aunque pudiera ocurrir que volviésemos a cruzarnos- y sé que, aunque nuestro orgullo jamás lo admita, el espacio que dejan nuestros huecos está tan vivo como lo estuvo siempre. No es culpa de ninguno, diría Tracy, simplemente nos hicimos un daño inútil y cada uno se torturó por él a su manera. O culpó al otro en la medida en que creyó que debía hacerlo. Lástima, nunca podré decirle -tal vez ni siquiera haga falta- cuánto cariño siento hacia ella y con qué mimo atesoro nuestros recuerdos. No se puede dejar de querer al amigo que nunca nos traicionó, al amigo -la amiga- que, simplemente, se alejó y que nos hizo daño sin pretenderlo jamás. Diferente al de quienes sí lo pretendían y, paradójicamente, jamás lo consiguieron.

Esta tan solo es una historia entre todas las que encierran esas cajas. Pero, como cada minuto que comparto con la gente que quiero -o que he querido-, es una historia importante que, desde su hueco en el ayer, forma también parte de la silueta de ese futuro en el que, como afirman rotundas estas setenta y una cajas perfectamente precintadas, seguiré siendo el mismo tipo inseguro, huidizo, autoexigente e imperfecto de siempre.


P.S. En breve me subo a un avión. Nos leemos a la vuelta.

2 comentarios:

Reality Bit dijo...

Dicen que el tiempo lo cura todo. Pero cuesta tanto dejar que pase...

Amelia dijo...

Se me acaba de hacer un nudo de emoción en la garganta...una vez más,tus palabras no sólo hablan de tu vida,sino que nos ayudan a otros a describir lo que sentimos...

" Estos son recuerdos del pasado de lugares ya remotos
cuando no era más que un trozo del adulto que ahora soy
de ese viaje que hize en bicicleta
con burbujas en el aire.

La ciudad que eran dos calles tan enanas como yo
tengo en un baúl dos mil recuerdos
que quedaron de aquel tiempo, donde guardo la ilusión
la venta de la rosa, mil nueve siete dos
un duro de palotes y un polo de limón
películas con rombos Gustavo y dos son dos,
la calle de adoquines, la tiza y el creyón.

Nada me ha servido tanta cosa
que he aprendido con los años
otra vez sobre mis pasos el recuerdo me encontró.
Vuelvo la mirada hacia el pasado y revivó en mis canciones

Esas viejas emociones que he perdido de mayor
Tengo en un baúl dos mil recuerdos
que quedaron de aquel tiempo,de ese olor tan infantil.
Las bolas de los flipper, el gesto de sentir, la calma como
norma, Enero como Abril, un sol de plastilina, veranos por vivir
los mistos que hacen ruido, petardo y regalín,
y la patrulla x ganando para mi y estampas en los kioskos
sin tanto que pedir, la plaza como excusa, el verbo sin abrir,
un chicle de bazoka y un cuento de tín tín."

Dos mil recuerdos.Pedro Guerra

UNA FORTA ABRAÇADA!