31.10.08

Toda la noche en la calle

Semana de conciertos, pero -sobre todo- de grandes amigos. Conciertos facilones y llenos de ritmo -como la fiesta del lunes de OBK, donde lo de menos es la música y lo de más, seguir el ritmo y volver a cuando tuvimos quince-; conciertos sofisticados y alternativos -como el del martes con los interesantes Vetusta Morla y los consagrados La Habitación Roja, que sonó peor de lo que debieran y en el que no pudimos disfrutar como nos hubiera gustado de sus estupendas letras; conciertos en los que el grupo decide dejarse la piel -como el de este jueves de Amaral, donde el dúo dio lo mejor de sí mismo durante casi tres horas de un excelente espectáculo. Y entre acordes, bailes y coros a voz en grito, junto a mí, David, Lydia y Álvaro. Así, como en la canción de Amaral, es fácil querer pasar toda la noche en la calle. Con ellos, sin dudarlo.
La Habitación Roja
Obk
Amaral

24.10.08

Un dios salvaje

Empezaré siendo un snob (lo siento, pero es inevitable). Hace solo unos meses vimos esta obra en su estreno parisino (he aquí su reseña en este mismo blog), con una excelente Isabelle Huppert en el papel de la madre del niño agredido. No sin miedo hemos repetido y, sinceramente, nos hemos sorprendido con una adaptación digna, divertida, inteligente y respetuosa -con cambios comprensibles- con la propuesta original. Nada que envidiar tiene el fabuloso trabajo de Aitana Sánchez-Gijón a la interpretación de la Huppert y eso que, lo confieso, no soy especialmente aitanófilo. Sin embargo, el cuarteto de actores de la función asume sus roles con tantas ganas como talento y consigue regalarnos una función ágil, ácida, cómica, dura y, en esencia, profundamente trágica, aunque las carcajadas no cesen durante la hora y media de espectáculo.

Que Yasmina Reza es un nombre imprescindible en el teatro actual es un hecho, pero que desde Arte no había vuelto a acertar con contundencia también parecía serlo. Ahora, de nuevo, recuperamos su esencia: obras entre intelectuales y sencillas donde, de modo nada pretencioso, se plantean temas cercanos y, a su vez, interesantes. Personalmente, coincido con ella como autor y como director en criterios como el uso de una escenografía mínim, la supresión de frases vacuas y pedantes (qué harto estoy del teatro que solo trata de escucharse a sí mismo a través del altavoz de la pedantería) y de la potenciación del actor en un espacio casi desnudo, donde la palabra (sí, la palabra, eso que también obvian ciertos teatros modernos que, en realidad, juegan a destiempo a imitar al teatro experimental de los 70) juega un papel esencial. No es un teatro físico, sino verbal, y por ello mismo las acciones cobran, por su rotundidad y escasez, un gran significado dentro del montaje y alcanzan, asimismo, un enorme impacto y efecto sobre los espectadores. Entre sus habilidades como dramaturga destacaría, en esta obra, su capacidad para hilvanar los pequeños detalles hasta configurar un universo escénico escueto y, sin embargo, interesante y compacto, donde todo cobra sentido. El empleo del detalle aparentemente superficial y su posterior recuperación a lo largo de la obra -como el motivo del hámster, por ejemplo, o el fármaco en el que trabaja Alex- forma parte de las técnicas más queridas por la Reza, con las que sabe llevar al público por el camino que se propone.

En definitiva, este sí es un montaje recomendable. Unas actuaciones soberbias -Aitana, de diez; la Verdú saca un lado cómico que ya echábamos de menos y demuestra que ahora también sabe enfrentarse al teatro, tras sus algo fallidas Después de la lluvia y Te quiero, muñeca; Molero cumple a la perfección con su rol cómico y Pere Ponce se quita la sotana -¡por fin!- para sacar al actorazo que lleva dentro y que descubrimos en la deliciosa Amo tu cama rica. En resumen, una hora y media estupenda en la que reírse sin complejos a la vez que se lleva uno a casa la inquietante pregunta de: ¿cuánto tiempo al día consigo encerrar yo a mi dios salvaje...? Tengan cuidado, por si acaso...

22.10.08

Cine light

1. Vicky Cristina Barcelona
Baja en calorías intelectuales. Densa en tópicos. Baja en interpretaciones (¿por qué aparece una Scarlett tan vulgar y prefuturamatrona? ¿por qué Bardem aparece tan desganado y poco verosímil?). Baja en localizaciones (es un tomavistas simplón de la Barcelona más turística: mucho Gaudí y poca vida barcelona). Baja en música (¿por qué no asesinan a la cantante del temita machacón?). Baja en su capacidad de sorpresa (todo previsible, todo evidente, todo vodevilesco). Baja en su humor (gags manidos, salvo por la presencia de Pe y de algún que otro barbarismo hispánico). Baja incluso en su final y en el pesado del narrador (basta de voces en off inútiles, por favor). Y sí, es Woody, pero hasta los genios deberían replantearse si es necesario producir tanto. ¿Una película al año? Tal vez no sea oportuno. Tal vez no sea el momento. Tal vez un descanso nos devuelva al director de Balas sobre Broadway o Delitos y faltas y nos haga olvidar al autor de aquella memez que aquí se tradujo como Y todo lo demás.

2. Los girasoles ciegos
Baja en contenido. Baja en capacidad de adaptación literaria. Baja en síntesis. Baja en su forma de convertir en un cuento de buenos y malos uno de los cuatro complejos relatos de Alberto Méndez. Ah, no solo uno, también mutila -destroza y pisotea- el segundo de ellos. La Verdú hace lo que puede, Javier Cámara está horrendo (por favor, que lo retiren ya), el niño se defiende (creo que es el actor que más me convenció) y Raúl Arévalo da bandazos con un personaje simplón y maniqueo (otro de los actores sobrevalorados que están bien cuando dan con directoras como la Querejeta y que vuelven a su vulgaridad cuando dan con directores mediocres como Cuerda). Si la intención era hacer un remake curil de La lengua de las mariposas, lo han logrado. Si la intención era captar un ápice de la amargura, el horror y la complejidad de la novela de Alberto Méndez, el saldo es -definitivamente- negativo.

3. Quemar después de leer
Baja en pretensiones (evidente su tono cartoon). Baja en sus referencias cinéfilas (demasiada autoparodia y automención: los Coen hacen cine para sus fans en esta ocasión). A cambio, un estupendo Brad Pitt. Algo de humor chusco (¿qué pinta la máquina fabricada por Clooney?). Y muchos actores repitiendo sus estereotipos (la Swinton vuelve a hacer de zorra perversa y John Malkovich..., bueno, Malkovich sigue empeñado en demostrarnos que perdió la cabeza hace décadas y que desde Las amistades peligrosas, más o menos, no levanta la cabeza perdida). Por lo demás, la moraleja misántropa del filme no es original, ni novedosa. Ni siquiera es necesaria. Lo mejor, el final del personaje de Pitt (lástima, era el que más me gustaba) y las conversaciones entre los jefazos de la CIA. Por lo demás, una suerte de cruce entre Fargo (solo que a años luz de su calidad) y El gran Lebowski. Básicamente, un filme ideal para los fans del Nota que, a mí, siempre me dio urticaria... Al menos solo dura noventa minutos y hasta tiene ritmo. De las tres hoy mencionadas, sin duda, es la más interesante.
Tiempos light en el cine. O leído de otra forma, tiempos de cierta -y contundente- mediocridad.

19.10.08

Son mis amigos

Son mis amigos, en la calle pasábamos las horas...
Son mis amigos, por encima de todas las cosas.
Amaral



Tantas noches juntos. Tantos días de resaca. Tantas risas y tantas coreografías imposibles con canciones infames. Tantas confidencias. Tantas lágrimas en momentos difíciles. Tanto apoyo siempre que lo buscamos. Tanta complicidad. Tanta belleza... Todos nosotros sabíamos que ayer sería un día especial, que nos emocionaríamos, que sería inevitable sentir una felicidad intensa, rotunda, contagiosa. Pero ni siquiera así pudimos imaginar el extraordinario sábado que nos aguardaba. Ni el recuerdo de un día imborrable ya para todos (hubo hasta cierto apuesto galán que bailó a mi lado por primera vez desde que nos conocemos...). Una fecha llena de luz para quienes, Paloma y José Carlos, os queremos con locura armandeña. Y así transcurrió el día, rememoranndo tiempos bagusianos, queenéfilos y polanizados. Sintiendo que la amistad sigue creciendo y se hace más fuerte con los años, con sus trampas, sorteando el azar y sacando partido de él incluso a sus espaldas. Y así, en un abrazo inmenso -qué magnífico grupo formamos todos los que allí estuvimos- bailamos a voz en grito la canción de Amaral que hoy cierra este post. Confieso que no pude evitar emocionarme y, en plan cómico, hasta se cayó una de mis lentillas por culpa de las lágrimas. Daba igual: ya iba ciego, y no solo de vino y de vodka, sino de amistad. Y de felicidad.

Gracias por regalarnos un día inolvidable. Y feliz viaje al muy cinéfilo Nueva York... ;-)


17.10.08

Ni feria, ni ciencia

Y Madrid sigue convirtiéndose en un ghetto privado. Esta vez, gracias a la clausura -por falta de presupuesto, dicen- de uno de los pocos eventos científicos para escolares que se organizaban en la ciudad: la Feria de la Ciencia. Un evento en el que participaban decenas de centros educativos y en el que los escolares exponían sus creaciones, más o menos logradas, pero al menos suyas y originales.
La Comunidad, eso sí, nos ha dejado una opción fascinante: ahora la Feria es virtual, es decir, que los alumnos pueden exhibir sus obras... en internet. Perfecto, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de sus trabajos son interactivos y que, además, la Feria no solo era una muestra científica sino, además, un espacio de convinvencia e intercambio personal y cultural para los alumnos de Secundaria y Bachillerato.
Por otro lado, ¿a quién le importan esos adolescentes? Total, siempre pueden sumarse a las estadísticas del fracaso escolar, ¿no?, que nunca viene mal para seguir desacreditando la enseñanza pública.
Ah, y además, también cierran el Mercado Fuencarral. Con un poco de suerte vuelven a convertir el barrio de Chueca en la zona de delincuencia que era hace un par de décadas. Total, qué más da. Solo se trata de Madrid, una ciudad que, por lo visto, solo amamos quienes no estamos a cargo de su gobierno...

12.10.08

Nociones de aritmética

Andrea y Sara rompieron hace años. Lo hicieron civilizadamente y mantuvieron, con esfuerzos y gran éxito, su íntima amistad. Por eso, cuando Laura se enamoró de Sara, enseguida tuvo noticias de tan imponente lazo fraternal. Sin embargo, algo en su interior le decía a Laura que la vida acabaría recolocando las nuevas posiciones sin demasiado esfuerzo, que las tres se reubicarían en el lugar menos doloroso y que, sin imposiciones, se dispondrían como adultas en el lugar de las sábanas -y del recuerdo- que les correspondiese.

Por eso, años después, Laura sigue sin entender esas llamadas. Ni esas palabras. Ni esa presencia cansina e inevitable del pasado que se hace real cada día. Mensajes, mails, llamadas. Poco importa el medio, la tecnología -cada día más compleja- asegura la interrupción y el boletín diario. A Laura la incomoda saberse tan conocida, tan investigada, tan relatada a oídos de Andrea. Sabe cuándo salen, con quién, cómo. Sabe cuándo sufren, por quién, cómo. Sabe dónde viajan, en qué, hasta dónde. Andrea, con la excusa de la fraternidad, conoce la respuesta a todos los adverbios interrogativos, a todos los pronombres, incluso a algún que otro determinante díscolo a los que ni siquiera Laura se sentiría capaz de responder. Discontinua pero férrea, se erige como una interferencia obstinada -e interesada- que impide la comunicación. Que la dificulta a conciencia hasta convertirse en el único obstáculo de una relación que, sin tanto pasado, sería perfecta. Quizá por eso Andrea, bajo su camuflaje de eterna víctima y samaritana contumaz, sigue insistiendo. Quizá no espera nada -Laura piensa que sí, que lo espera aunque jamás se lo confiese a nadie-, tan solo las migajas de lo que pueda ocurrir si el tiempo -y sus llamadas- corroen la solidez de una relación a la que ella no pertenece. Una relación en la que ella, tan solo, se inmiscuye.

Por eso, cuando hace un par de semanas fueron juntas como tres adultas civilizadas y modernas a disfrutar del último Woody Allen, Laura no pudo evitar sentirse asqueada ante la simpleza con la que su admirado director analizaba el conflicto de la convivencia del pasado y el presente en una relación. Porque la auténtica comedia -como las grandes de su otrora idolatrado Woody- precisa análisis, crudeza, realidad. Y allí, salvo la excitación que le produjeron los cuerpos de Penélope y Scarlett, poco más encontró. Solo podía ver el espejo ridículo de una situación que conocía demasiado bien y que sabía que requería mucho más esfuerzo, mucha más lucha y mucho más dolor del que aquella situación frivolona mostraba. Porque, mientras la película avanzaba, Laura se sentía extraña sentada junto a aquellas dos mujeres que decían ser amigas y que habían compartido noches, semanas, años. Y Laura se preguntaba qué papel debía jugar en esa relación, en ese pasado que tanto la inquietaba. No por celos de un improbable polvo, sino por celos de su propia intimidad, por la necesidad de saber que su mundo -el de ella y el de Andrea-, era realmente suyo, sin esa huésped que se negaba a ocupar un espacio distinto. Porque, y quizá eso era lo que más la derrumbaba, se sentía incapaz de hacérselo a entender a Sara, que ahora solo reaccionaba hastiada ante sus comentarios. Y esa acusación implícita de egoísmo era, entre otros de los sentimientos obviados por Allen en su superficial tomavistas barcelonés, una de las sensaciones que con más fuerza -y amargura- ahogaban a Laura.

Las tres -número imposible y poco recomendable- salieron de la película comentando lo habitual. El guión, las interpretaciones, los primeros planos, hasta la cansina música de una película que ninguna de las tres encontró brillante. Laura, sin embargo, hablaba sin tan siquiera escucharlas. Sin escucharse. Laura solo quería que aquel pasado -la número tres- se ubicase lejos y que no se le exigiese una generosidad que le seguía pareciendo excesiva. Cuando Sara y Laura se quedaron a solas, .ya en su casa, ya en su cama-, Laura sintió la misma desazón que la Vicky de Allen en el plano final. Desazón por la necesidad de borrar para siempre ese tres y dibujar, rotundo y cómplice, tan solo el dos. Y al apagar la luz, justo en el fundido en negro de la una y media de la madrugada, descubrió que quizá la película de Allen no había sido tan insulsa. Ni tan vacía. Ni tan superficial. Que quizá sus fantasmas. como los de Vicky, estaban justo ahí. En el fundido en negro.

6.10.08

De los institutos y la CAM...

Al fin. Algo mejor. En parte porque he podido descansar algo. Y en parte porque el dia ha sido tan caotico que he acabado estallando en una enorme carcajada que, como no, mi linda inquilino ha compartido conmigo via telefono. Ademas, ahora mismo estoy en un hotel pequenho, en un teclado donde no encuentro la tilde ni la enhe, en una habitacion desde la que veo la calle serrano y un sinfin de gentes pasar por delante de esos escaparates en los que, zegna y ferragamo -alla vamos-, me gusta perderme. No ha sido voluntario -el parquet y su barnizado mandan-, pero la fuga dentro de la propia ciudad supone una ruptura que, a mi modo, creo que necesitaba. El hotel, mas que recomendable, se llama Petit Palace Serrano y, para aquellos que quieran acercarse a Madrid, merece la pena alojarse en el. Muy gayfriendly y con unos chicos estupendos en todas sus secciones, por cierto...
Por lo demas, sigo con mi animo incendiario -gracias, diva, por aplacarlo con tu hermoso correo de hoy- ante la desfachatez de la Comunidad Madrid en su actuacion contra la educacion y la sanidad publicas. Como los grandes datos ya figuran en los periodicos y en la red, prefiero aportar hechos concretos y singulares que apoyen esas macrocifras alarmantes que a nadie parecen inquietar...
El anho pasado, en mi centro, habia dos profesores de compensatoria, es decir, dos personas expertas en la atencion de ninhos con necesidades educativas especificas. Las leyes educativas, desde la LOGSE, propugnan su integracion en el grupo comun pero, para ello, es preciso que reciban ayuda especial de pedagogos y profesores capacitados para ello. Se trata de alumnos con deficiencias de comprension o incluso con problemas de incapacidad comunicativa, pues -a menudo- no conocen ni una palabra de nuestro idioma, y no basta con que se esfuercen, requieren ayuda real e inmediata.
Este anho, sin embargo, los recortes en educacion publica han reducido las 2 plazas de compensatoria a... tachan... cero plazas, asi que los alumnos con problemas especiales estan en las aulas con los alumnos que no tienen problema alguno. Esto, evidentemente, perjudica a todo el mundo, al profesor que no sabe como actuar, a los alumnos que no acaban de entender el cambio y, sobre todo, a los chicos con problemas a los que nadie ayuda por falta de capacidad y de tiempo.
A cambio, se siguen regalando terrenos a los colegios concertados y se potencia la ensenhanza privada y religiosa, mientras que la publica y laica se ve sometida a un continuo acoso y derribo contra el que seguimos resistiendo.
Personalmente, entre mis pocas o muchas convicciones, hay una que figura inamovible, mi conviccion en el sistema publico, en los servicios sociales, en la ensenhanza y la sanidad publicas y gratuitas. Por eso, seguramente, me indigna tanto la conducta despota, arbitraria y antisocial de la Comunidad de Madrid. O quiza no, quiza no es tan grave y, en realidad, tienen razon al afirmar que en educacion no hay verdaderos problemas. Seguramente es que mi cansancio de esta semana me impide darme cuenta de ello...

5.10.08

Filling the gaps

Pausa. El trabajo desparramado sobre la mesa. La pantalla invadida por las palabras. Los folios que se amontonan junto al teclado. Músicas a todo volumen en el ipod. El flexo a todo gas. La luz afuera cae. Se desvanece. Se aniquila. Y los verbos que ya no se quieren conjugar. Las palabras que ni siquiera salen. Las teclas cansinas. El adsl ralentizado. La noche inminente. El otoño y sus trampas. El mal tiempo. El cansancio. El mal humor. La rutina del lunes. El domingo agonizando y el flexo incendiándose de tareas por hacer. De sueños por quemar. De naves por arder. Pausa. Y -en cinco minutos robados al deber- este post nominal. Sin nada que decir. Sin ni siquiera texto. Y la música fuera. O dentro. Igual que el otoño. Que el domingo que acaba. Que la tarde vacía. Vacua. Tan solo una vocal. Tan solo una vocal y cambia todo. O quizá ni siquiera cambie nada. Pausa. Silencio y otra pausa. Leer y decidir no publicar este post. No leerlo y publicarlo. Este post sin nada que contar. Ni nada que decir. Solo domingo. Solo otoño. Solo -el flexo acaba de devorar la habitación- un algo de confusa tristeza, un algo de soledad -hoy no sé si elegida- y un mucho de contumaz -agotador- cansancio.

1.10.08

Retales

Y los recuerdos al aire me besan la cara.
Solo recuerdo lo bueno; de lo malo nada.
Celtas Cortos
Qué difíciles los días en los que, por tonterías, por detalles, por instantes o por simples segundos, se hace difícil sentir un equilibrio que creemos perder. Qué estupendo debe ser saberse -siempre o casi siempre- eufórico, seguro de uno mismo y sin tanto vaivén ciclotímico. El cansancio, supongo, tiene estos resultados. O el exceso de autoexigencia. O la realidad que, en alguna que otra arista, se empeña en darnos una visión afilada y cortante. Tonterías diminutas y solucionables, sin duda, pero que exigen sacarle brillo al yo funambulista y realizar, con gesto grácil, la acrobacia de la cotidianidad.