12.10.08

Nociones de aritmética

Andrea y Sara rompieron hace años. Lo hicieron civilizadamente y mantuvieron, con esfuerzos y gran éxito, su íntima amistad. Por eso, cuando Laura se enamoró de Sara, enseguida tuvo noticias de tan imponente lazo fraternal. Sin embargo, algo en su interior le decía a Laura que la vida acabaría recolocando las nuevas posiciones sin demasiado esfuerzo, que las tres se reubicarían en el lugar menos doloroso y que, sin imposiciones, se dispondrían como adultas en el lugar de las sábanas -y del recuerdo- que les correspondiese.

Por eso, años después, Laura sigue sin entender esas llamadas. Ni esas palabras. Ni esa presencia cansina e inevitable del pasado que se hace real cada día. Mensajes, mails, llamadas. Poco importa el medio, la tecnología -cada día más compleja- asegura la interrupción y el boletín diario. A Laura la incomoda saberse tan conocida, tan investigada, tan relatada a oídos de Andrea. Sabe cuándo salen, con quién, cómo. Sabe cuándo sufren, por quién, cómo. Sabe dónde viajan, en qué, hasta dónde. Andrea, con la excusa de la fraternidad, conoce la respuesta a todos los adverbios interrogativos, a todos los pronombres, incluso a algún que otro determinante díscolo a los que ni siquiera Laura se sentiría capaz de responder. Discontinua pero férrea, se erige como una interferencia obstinada -e interesada- que impide la comunicación. Que la dificulta a conciencia hasta convertirse en el único obstáculo de una relación que, sin tanto pasado, sería perfecta. Quizá por eso Andrea, bajo su camuflaje de eterna víctima y samaritana contumaz, sigue insistiendo. Quizá no espera nada -Laura piensa que sí, que lo espera aunque jamás se lo confiese a nadie-, tan solo las migajas de lo que pueda ocurrir si el tiempo -y sus llamadas- corroen la solidez de una relación a la que ella no pertenece. Una relación en la que ella, tan solo, se inmiscuye.

Por eso, cuando hace un par de semanas fueron juntas como tres adultas civilizadas y modernas a disfrutar del último Woody Allen, Laura no pudo evitar sentirse asqueada ante la simpleza con la que su admirado director analizaba el conflicto de la convivencia del pasado y el presente en una relación. Porque la auténtica comedia -como las grandes de su otrora idolatrado Woody- precisa análisis, crudeza, realidad. Y allí, salvo la excitación que le produjeron los cuerpos de Penélope y Scarlett, poco más encontró. Solo podía ver el espejo ridículo de una situación que conocía demasiado bien y que sabía que requería mucho más esfuerzo, mucha más lucha y mucho más dolor del que aquella situación frivolona mostraba. Porque, mientras la película avanzaba, Laura se sentía extraña sentada junto a aquellas dos mujeres que decían ser amigas y que habían compartido noches, semanas, años. Y Laura se preguntaba qué papel debía jugar en esa relación, en ese pasado que tanto la inquietaba. No por celos de un improbable polvo, sino por celos de su propia intimidad, por la necesidad de saber que su mundo -el de ella y el de Andrea-, era realmente suyo, sin esa huésped que se negaba a ocupar un espacio distinto. Porque, y quizá eso era lo que más la derrumbaba, se sentía incapaz de hacérselo a entender a Sara, que ahora solo reaccionaba hastiada ante sus comentarios. Y esa acusación implícita de egoísmo era, entre otros de los sentimientos obviados por Allen en su superficial tomavistas barcelonés, una de las sensaciones que con más fuerza -y amargura- ahogaban a Laura.

Las tres -número imposible y poco recomendable- salieron de la película comentando lo habitual. El guión, las interpretaciones, los primeros planos, hasta la cansina música de una película que ninguna de las tres encontró brillante. Laura, sin embargo, hablaba sin tan siquiera escucharlas. Sin escucharse. Laura solo quería que aquel pasado -la número tres- se ubicase lejos y que no se le exigiese una generosidad que le seguía pareciendo excesiva. Cuando Sara y Laura se quedaron a solas, .ya en su casa, ya en su cama-, Laura sintió la misma desazón que la Vicky de Allen en el plano final. Desazón por la necesidad de borrar para siempre ese tres y dibujar, rotundo y cómplice, tan solo el dos. Y al apagar la luz, justo en el fundido en negro de la una y media de la madrugada, descubrió que quizá la película de Allen no había sido tan insulsa. Ni tan vacía. Ni tan superficial. Que quizá sus fantasmas. como los de Vicky, estaban justo ahí. En el fundido en negro.

3 comentarios:

SisterBoy dijo...

Por eso digo yo que las cosas terminarlas de cuajo y dejar espacio sólo para un, casual breve, emotivo y nostálgico encuentro callejero diez años más tarde.

No he visto ni veré la de Allen porque no tengo manera de verla en versión original. Pero sí he visto Everyone say i love you que me encantó :D

Vargtimen dijo...

A los antiguos amores cuanto más lejos los tengas mejor.
A no ser que te vaya muy bien en la vida y seas de los que disfruta restregándoselo. En caso contrario, si a tu ex le va mejor que a tí, no le cojas ni el teléfono. Si quiere amistad que se busque un amigo imaginario o se vaya a freir espárragos

SisterBoy dijo...

¡Que horror! Es cierto, por mucho que la quisieras y por muy civilizada que haya sido la separación siempre quieres que despues de tí le vaya como al diablo y acabe triste y amargada pensando en que perdió la gran oportunidad de su vida. Que perra es la gente :(