9.11.08

Sharing changes

De nuevo, una semana más marcada por los amigos. Por los de verdad. Por los de siempre. Y, mejor aún, amigos que también comparto en pareja, porque sabe bien eso de sumar independencia y dependencia sin perder la primera ni temer en absoluto la segunda. Depender de aquel a quien se quiere y saberse, sin embargo, libre y poseedor de claves y ratos propios -ya sean sus músicas y sus óperas o mis bailes y mis vodkas- que luego se comparten -ya sea conversando el día siguiente o haciendo el amor en una tórrida madrugada. Pero también hay momentos comunes, como los de esta semana, para amigos de ambos y con los que se sigue creciendo, cambiando, evolucionando...

Amigos que te aguantan cuando las cosas no salen como esperan, como la presencia de Lydia -generosa y atenta incluso cuando el tiempo no le llega, incluso cuando es imposible que esté- y el abrazo de Rafa y Ainhoa tras el complejo -para mí, decepcionante- estreno de este miércoles... Como las hemerocañas de Pilar, siempre capaz de contagiar vitalidad y humor aun cuando los vientos no sean favorables. Como los sms de Camino, siempre altruista y al pie del cañón, llena de energía y de entusiasmo del que me hace sonreír y querer que sea lunes para compartir unas risas juntos. Como los correos de mi diva (sorry, aún te debo uno: ni siquiera he tenido tiempo de responder, cielo), siempre elegante y cercana, dando mucho más de lo que pide. Como los sms de Dave, a quien quiero imaginar feliz e ilusionado en su nueva aventura este largo fin de semana... Como las comidas del lunes con Mercedes (qué sería de tu gatín sin ti...) Amigos, como Isa y Steve, que buscan un hueco -aunque no lo tengan- para darte un abrazo y un beso en su viaje relámpago a Madrid desde esa Irlanda en la que han edificado su vida desde hace años. Amigos, como Pal, Yol, Pablo y José Enrique, con los que pasar un sábado que no parece acabarse porque siempre hay algo que decir, algo que comentar, algo que compartir... y, además, todo ello se acompaña con un menú delicioso y unas formas exquisitas (gracias Pal y Pablo: sois unos anfitriones excelentes y fue un día excepcional). Amigos con los que sientes que sigues siendo esencialmente el mismo -porque en ellos está lo mejor de ti- y, a la vez, percibes cómo sigues cambiando en tantos aspectos. A veces, hasta de número, porque ayer era hermoso notar con tanta claridad que Yol y su chico ya no son dos: son tres ;-) Y de nuevo, cuando ese número se haga del todo realidad, también lo celebraremos juntos.

Por eso, porque la vida está hecha de sencillos instantes compartidos, de conversaciones sin freno, de sinceridades a medias, me llama la atención leer en El País una noticia tan insólita como el deseo de ciertos servidores de correo electrónico de frenar el envío de e-mails en estado de ebriedad. Para ello, sigue la noticia, se harán tres preguntas al usuario y solo si demuestra no estar borracho, podrá mandar su texto. De este modo, aseguran, se evitan reacciones peligrosas o no deseadas cuando se está sobrio. Lo leo y lo releo y no salgo de mi asombro, porque no creo que se pueda evitar el error y, seguramente, tampoco creo que se deba hacerlo. Porque hablar -borracho o no- es necesario y los límites -del quién, del qué y del cómo- debe aprender cada cual a establecerlos por sí mismo. Hay quien, seguramente, necesite una copa para decir -en persona o por mail- alguna que otra verdad y seguro que también hay quien necesite esa misma copa para decir alguna que otra mentira. Es tan ingenuo como pretender que los escritores siempre compongan sobrios sus textos, que jamás se inspiren en sus vidas, que nunca toquen temas que puedan herir sensibilidades de su entorno, que no digan nada que les desnude en público. Entonces, seguramente, haría años que ya habría dejado de escribir teatro y, por qué no, hasta de escribir en este simple blog.

La vida es algo mucho más sencillo en su infinita complejidad. Algo mucho más cambiante, más voluble, más vulnerable. Y por eso tenemos derecho a escribir borrachos. O a escribir sobrios. O a no escribir. Y de eso -del error, o del miedo, o de la duda- no hay servidor de correo -ni palabra de verificación- que pueda protegernos. Ni consolarnos. Los amigos, sin embargo, sí.

3 comentarios:

SisterBoy dijo...

He tratado de imaginar qué tres preguntas pueden hacersele a alguien para que demuestre que no está borracho. Sigo pensando

Queer Enquirer dijo...

¿Soy el único que ha roto una relación por enviar un sms a la persona equivocada en la agenda del teléfono?

He vueltoooooo

Arual dijo...

Ya echaba de menos leer uno de estos posts tan y tan tuyos... no sabes cómo!
Me falta tiempo, tiempo, pero no te olvido.

PD. Qué ridículo esto que comentas sobre sobrecontrolar el envío de mails ¿dónde vamos a parar xddd?