27.12.08

2/3

1. Buscando un beso a medianoche
Sensible. Inteligente. Cercana. Generacional. Un clásico instantáneo que relee, desde los tiempos y las ciberpremisas del facebook, el gaydar o el meetic, las historias de Breve encuentro o de, la mucho más reciente, Antes de amanecer. Una de esas historias que sabe a verdad y que te rasga en algunos de sus momentos -no todos brillantes, pero sí los suficientes como para enamorarse de esta película- por aquello de que nos recuerda noches, ansias, lugares y fotogramas tan erráticos y privados como el lirismo visual de esta película que huye del preciosismo vacuo de la sobrevalorada My blueberry nights, para dar dosis de verdadera poesía con cuatro duros y mucho menos envoltorio. Los planos de los zapatos olvidados, algún gag -como el inicial- y la química entre los protagonistas deja a Jude Law & friends a la altura del betún. Sí, es obvio: esta hay que verla.
2. El intercambio

Bien, de acuerdo, estupendo. Esta vez tocaba criticar a Eastwood y acusarle de hacer un drama facilón y tramposo por aquello de que se basa en un hecho real. Sinceramente, no entiendo ese despelleje de la crítica hacia esta película ni la tirria que le tiene todo el mundo a la Jolie. Que sí, que vale, que busca el Oscar. ¿Y qué? Se lo merece con su maravillosa interpretación, con su mirada, con sus gestos, con ese envoltorio magnífico que es el vestuario y la decoración de una película mucho más dura de lo que su apariencia elegante nos hace suponer. Un filme que nos recuerda los fantasmas de Mystic River y les suma los demonios de una de mis películas favoritas, L.A. Confidential. No, no es tan redonda como ninguna de estas, pero sí es una película emocionante, terriblemente dura, honda como todo lo que toca Eastwood y afortunadamente seca en su narración, ya que de lo contrario caería en el folletín una y otra vez. Y, además, recuperamos al mejor Malkovich. Súmenla a sus listas, por favor. Merece la pena el intento.

3. High School Musical

No, no quería ir a verla. Lo prometo ;-) Pero la cara de ilusión de mi prima pequeña al sentarse en el patio de butacas y oír a sus adorados Gabriella y Troy, justificaba el esfuerzo. Y eso es lo mejor que puedo decir de este musical: que da justo lo que quiere su público y, además, admitámoslo, está bastante bien ejecutado. El elenco, joven y entusiasta, se defiende bien cantando y bailando, con algunos personajes especialmente bien trabajados y otro mucho más grises. La historia (¿hay alguna historia?) no arriesga nada en ningún momento, pero tampoco importa gran cosa. Los números musicales son irregulares, pero los más corales consiguen que uno se olvide del tostón de las baladas (uffffff) y, en el plano positivo, es un festival de cuerpos estupendos -ellos, brazos espectaculares los de Chad y musculatura espectacularmente proporcionada la del Troy que actuó en mi función, y ellas- y la melodía, de puro simplona, acaba pegándose (para bien o para mal). El musical, eso sí, no se corta ni lo más mínimo al tocar las fibras más facilonas del público y juega con todos los sentimientos posibles haciendo cuanta trampa se le ocurrió a sus libretistas, ya sea el amor, la paternidad o la amistad, siempre desde la emoción más sensiblera y superficial. Pero..., ¿y qué? Los críos que llenaban la sala no esperaban mucho más y tampoco se tomaban en serio la historia. Solo querían cantar, bailar, reírse. Y eso, admitámoslo, lo consiguen. Además, hay un elemento perturbador en este experimento Disney que sí me gusta: su tema. Y es que es la historia Disney más gay desde Peter Pan -exacto, ese muchachote que vivía rodeado de piratas osos con los que debía jugar a algo más que a cazar cocodrilos-. Genial el momento en que la estrella de baloncesto sale del armario y dice que quiere cantar. A partir de ahí, la salida del armario se generaliza -por no hablar del malo, malísimo gay de la función, redimido solo al final de la obra- y todos deciden romper sus tabúes. La idea no puede ser más simple, pero consigue dos aciertos: plantea un tema interesante para la adolescencia (los tópicos que los encarcelan y su necesidad de pertenecer al grupo) y, cómo no, acercarse al público gay con este guiño que de puro naive resulta divertidísimo. En fin, una tontería superfical y americanizadísima que se pueden ahorrar perfectamente, pero que si se ve acompañado de críos o preadolescentes fans puede ser una experiencia divertida. Eso sí, como entren en el espéctaculo, les costará recuperar la madurez y quitarse el sabor a melaza (o a ketchup) durante, al menos, una semana...
Y de momento, nada más. Mañana me espera Londres, mi hotel favorito del mundo mundial (One Aldwych), la Tate Modern, unas entradas para Hairspray, otras para el Cascanueces en el Convent Garden y, con todo ello, la bienvenida british y en pareja al nuevo año... A la vuelta, hablamos. Feliz 2009 ;-)

20.12.08

Radiofórmula

Esta fue una semana de cenas navideñas, de bailes, de despedidas de un año que se acaba y en el que ha cambiado mi mundo. Un año en el que he dicho que sí a la persona más importante de mi vida, en el que me he instalado en un hogar hecho a medias y donde la luz entra con tanta fuerza y tanta intensidad como la alegría de estar en él. De estar aquí con él. Un año en el que siento, con más fuerza si cabe, que mis amigos son absolutamente esenciales en mi vida y que cada encuentro -cada coincidencia que nos hizo conocernos- fue un regalo del azar. Un año en el que me reafirmo en que he encontrado el trabajo de mi vida, algo que idealizaba de adolescente y que ahora se materializa en las risas con mis alumnos, en la emoción que me provocan, en la vida compartida en las aulas. Un año en el que vuelvo a sentir ganas de escribir novela, en el que he acabado más de un texto y en el que siguió habiendo suerte con la locura del teatro que tanto me aporta, que tanto me agota, que tanto necesito. Y por eso, de estas cenas, de estos bailes, de esta semana de eterna resaca y de noches en vela, me quedo con tres canciones que, casualidad o no, he bailado las tres noches y que tienen, como en toda radiofórmula que se precie, su pertinente dedicatoria...


El tú de esta canción es evidente. Ese tú que me hace sentir vivo, que me equilibra, que me complementa, que me apasiona, que me inspira ternura y morbo, inteligencia y sensibilidad, presencia y necesidad. Así que, aunque él -como me confesaba esta mañana- prefiera la versión de Marisol, aquí dejo una -creo que lo fue- canción del verano que, en su estilo naive, resume exactamente lo que, hasta un ateo confeso como yo, se atrevería a decir: y doy gracias a la vida y le pido a Dios que no me faltes nunca... que mi vida comienza cuando te conocí. Exactamente entonces. Cuando te conocí.


Aquí va una para los amigos -y las amigas- a las que he visto emocionarse con esta letra. Porque todos tenemos fracasos y éxitos, todos guardamos pasados y recuerdos, todos convivimos con la dificultad de ser solos y, a la vez, ser duales. Ser sociales. Así que, de nuevo en su simplicidad pop, la letra habla de esos imposibles que lejos de ser sencillos, resultan tan complejos. Y tan amargos. Pero para eso están los bailes, la tónica (con vodka o con lo que se tercie), la cerveza, la risa y la complicidad. Para seguir andando. Y para dar aquello que nos quema a quien sí lo merezca. O a quien sí se atreva a recibirlo. O, siempre libres, a quien nos dé la gana.


Dime si tú sientes lo mismo, si estás conmigo o contra mí... Y eso se sabe, se sabe con la rotundidad con la que lo expresa Lydia, Camino, Silvia, David, Paloma, Pilar, Rafa, Mercedes, Gracia, María Jesús... Todos ellos estuvieron junto a mí esta semana. Todos ellos caminan en esta dirección que es la nuestra: la de compartir, la de soñar, la de crecer, la de ser diferentes y, sin embargo, siempre tan parecidos. Así bailar es muy sencillo: ellos -con su entusiasmo- marcan el ritmo. Porque estas ansias de vivir no caben en una canción...

Necesito dormir. Me consta. Es evidente. Pero tengo tantos motivos como canciones para hacerlo. Y si me abrazas, si tú me abrazas fuerte como lo haces cada noche, el descanso vendrá acompañado del más hermoso -el más nuestro- de los sueños.

14.12.08

Ansias de volar

Hacía tiempo que no me emocionaba tanto en una sala de teatro. Y es que, además de la maravillosa música de Janacek, la Katia Kabanova que nos ofrece este mes el Teatro Real es, sin duda, un espectáculo teatral de primera magnitud.
La escenografía, sencilla, inteligente y moderna en el mejor sentido de la palabra, capta toda la intensidad dramática del conflicto, la lucha entre el individuo -la mujer que da título a la pieza- y la sociedad -mezquina, totalitaria y gris, representada en la odiosa figura de la madre. La puesta en escena no subraya lo obvio, sino que crea nuevas sugerencias, nuevos estados anímicos, nuevos matices. Y el director sabe ser terrorífico -en la tormenta- y poético -en el reencuentro- sin perder nunca la capacidad de sorprendernos y, sobre todo, de emocionarnos. Y es que esta pieza, en la que se habla de la libertad individual, de la búsqueda de una vida sin límites en un mundo que nos limita continuamente, de la realización de un yo al que los demás agotan hasta vaciar de significado, no admite distanciamientos brechtianos ni fórmulas falsamente transgresoras. Al revés, esta obra requiere ese verismo simbólico -curiosa mezcla: hay que ser realmente bueno para lograrlo- que le otorga el director de escena y que se ve reforzado por la precisa -y sublime- interpretación de todos y cada uno los cantantes, miembros del coro y bailarines.

Resulta inevitable no emocionarse, no llorar, no sentir impotencia ante la tragedia de una mujer que solo quiere volar (¿por qué los hombres no vuelan como los pájaros?, le canta a su cuñada), como La gaviota de Chejov, como la Nora de Ibsen, como la Ozores de Clarín..., como todas las mujeres del XIX con las que los novelistas y dramaturgos realistas dibujaban las ansias de una existencia en la que el yo no fuera empequeñecido por las barreras del entorno. Barreras económicas, sociales, culturales, sexuales, familiares... Límites como los caminos de madera que bordeaban el Volga en el que transcurre la acción de esta Katia Kabanova, en la que la única fuga es la muerte -heroica y libre, eso sí- de su protagonista. Muerte que grita la necesidad de una vida que supere los límites de lo convencional y que ahogue las voces de los mediocres que, como la suegra, sonríen ante el triunfo de sus fantasmas.

Nadie debería dejar de ver un espectáculo como ese. Tanta genialidad hace imposible la indiferencia. Obligatoria la ovación. Y, mejor aún, la emoción. Gracias, am, por convencerme... ;-)