14.12.08

Ansias de volar

Hacía tiempo que no me emocionaba tanto en una sala de teatro. Y es que, además de la maravillosa música de Janacek, la Katia Kabanova que nos ofrece este mes el Teatro Real es, sin duda, un espectáculo teatral de primera magnitud.
La escenografía, sencilla, inteligente y moderna en el mejor sentido de la palabra, capta toda la intensidad dramática del conflicto, la lucha entre el individuo -la mujer que da título a la pieza- y la sociedad -mezquina, totalitaria y gris, representada en la odiosa figura de la madre. La puesta en escena no subraya lo obvio, sino que crea nuevas sugerencias, nuevos estados anímicos, nuevos matices. Y el director sabe ser terrorífico -en la tormenta- y poético -en el reencuentro- sin perder nunca la capacidad de sorprendernos y, sobre todo, de emocionarnos. Y es que esta pieza, en la que se habla de la libertad individual, de la búsqueda de una vida sin límites en un mundo que nos limita continuamente, de la realización de un yo al que los demás agotan hasta vaciar de significado, no admite distanciamientos brechtianos ni fórmulas falsamente transgresoras. Al revés, esta obra requiere ese verismo simbólico -curiosa mezcla: hay que ser realmente bueno para lograrlo- que le otorga el director de escena y que se ve reforzado por la precisa -y sublime- interpretación de todos y cada uno los cantantes, miembros del coro y bailarines.

Resulta inevitable no emocionarse, no llorar, no sentir impotencia ante la tragedia de una mujer que solo quiere volar (¿por qué los hombres no vuelan como los pájaros?, le canta a su cuñada), como La gaviota de Chejov, como la Nora de Ibsen, como la Ozores de Clarín..., como todas las mujeres del XIX con las que los novelistas y dramaturgos realistas dibujaban las ansias de una existencia en la que el yo no fuera empequeñecido por las barreras del entorno. Barreras económicas, sociales, culturales, sexuales, familiares... Límites como los caminos de madera que bordeaban el Volga en el que transcurre la acción de esta Katia Kabanova, en la que la única fuga es la muerte -heroica y libre, eso sí- de su protagonista. Muerte que grita la necesidad de una vida que supere los límites de lo convencional y que ahogue las voces de los mediocres que, como la suegra, sonríen ante el triunfo de sus fantasmas.

Nadie debería dejar de ver un espectáculo como ese. Tanta genialidad hace imposible la indiferencia. Obligatoria la ovación. Y, mejor aún, la emoción. Gracias, am, por convencerme... ;-)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por haberte dejado convencer.Fue una gran tarde, desde luego

NaT dijo...

Sólo paso a dejarte un beso más después de los de anoche.
Y ya te pasaré alguna de las fotos.