27.12.09

Pocahontas 3D

Podría entender que alguien alabara el mérito técnico de la última película de James Cameron. Incluso podría entender que ese elogio fuese hiperbólico y desmesurado. Pero lo que no puedo entender que es que se califique de "revolución del lenguaje cinematográfico" una película tan profundamente convencional como Avatar. Y es que el lenguaje cinematográfico es un código de semiótica demasiado compleja como para limitarlo al uso de los efectos especiales, la infografía o las nuevas técnicas digitales.

Una revolución del lenguaje cinematográfico no es contar -por enésima vez- el cansino mito de Pocahontas sustituyendo a los indios por alienígenas azules y a los conquistadores por astronautas y marines que parece que se hubieran escapado de una secuela de GI Joe. Y,para colmo, nos lo narran durante tres horas de película previsible y anodina, sin un solo alarde imaginativo y con algunas escenas sonrojantes, como los cantos a la tierra madre que nos hacen echar de menos al arbolito aquel de la Pocahontas de Disney, donde -por cierto- se contaba la misma tontería en solo noventa minutos y hasta les daba tiempo a marcarse aquello de y colores en el viento descubrir... Aquí, por cierto, no quedan animalitos simpáticos, sino híbridos que parecen sacados de unos saldos de El señor de los anillos y Jurassic Park.

No tengo nada en contra de esta película como puro invento palomitero, es decir, como un pasatiempo para las Navidades en el que dejarse llevar por una historia tontorrona y juguetear con las Rayban 3D en una multisala. Bien. En ese sentido es tan poco nociva como otras tantas bobadas meramente taquilleras y que, al menos, se ahorran la filosofía pronazi de Emmerich.

Sin embargo, me parece francamente triste y lamentable que se considere que una historia tan plana, unos personajes tan invisibles (salvo el malo malísimo de Stephen Lang, ese impagable Papá Dragón que hace de Jafar un personaje creíble) y un filme tan convencional constituyen un evento cinematográfico de primer orden y que acaparen tanta atención mediática como si de una verdadera revolución se tratase.

En su momento, cuando John Lassetter estrenaba aquella maravilla llamada Toy Story, todo el mundo ponderó el avance que suponía su filme desde el punto de vista técnico. Él, en la mayoría de las entrevistas, insistía en una misma idea: esa tecnología que todos admiraban quedaría obsoleta en breve -y así fue- pero su película sería memorable si la historia y los personajes lo eran -y así fue también. Lo demás, es puro fuego de artificio, new age de bolsillo (¿a alguien no le ha quedado claro el mensaje de la peli?) y bichejos 3D.

19.12.09

Programa doble

Dos montajes en el Teatro Español. Dos experiencias bien diferentes... Mucho, en realidad.

1. Glengarry Glen Rose

No puedo evitar que mi yo-director/autor de teatro alternativo se indigne ante espectáculos como este. Y es que, después de tantos años luchando con la falta de medios y sustituyendo los presupuestos por pura y dura imaginación, resulta aberrante contemplar cómo, quienes sí disponen de ese dinero con el que las pequeñas compañías ni siquiera soñamos, despilfarran los medios en ejercicios que denotan una ausencia total de talento y, peor aún, de imaginación.

Resulta difícil arruinar un texto tan sólido como el Glengarry Glen Rose de Mamet. Pero aquí, hay que admitirlo, casi lo consiguen. Y para ello les basta una escenografía hórrida -no hay palabras para describirla- y un reparto entre inadecuado e insulso. Solo Carlos Hipólito y Alberto Jiménez están a la altura, aunque naveguen en un mar anodino y carente de dirección, donde todo es simple, burdo y torpón. Humareda tras humareda, los diálogos de la primera parte se suceden en un espacio tan plano como las ideas de puesta en escena, con cigarrillos que se consumen atropelladamente y palabras que se queman sin que nadie les dé la vida que el texto de Mamet reclama. Y así, su carnaval de la crueldad, su vómito contra el capitalismo, su radical vigencia en este tiempo de crisis se queda en un frío -tímido- alegato con algún que otro chiste que ni siquiera la mediocridad de este montaje es capaz de anular.

Rostros televisivos como Gonzalo de Castro -tan sobreactuado y limitado como de costumbre- o Ginés García Millán -demasiado mayor para el papel (ese niñato al que los demás reprochan su ignorancia) y totalmente invisible en su ejecución- y actores a la deriva en roles marcados por el peso de una brillante película estrenada unos (muchos) años atrás. Así, Hipólito -al que salvo por pura y dura admiración: es uno de los grandes, incluso en estos festivales de la torpeza- lucha contra la sombra de Jack Lemmon y se esfuerza por hacer creíble un personaje al que no le da ni el patetismo ni la desesperación que reclama. Su interpretación es correcta, pero no se acerca al drama -a la auténtica tragedia- que vive el personaje. Seguramente, es imposible conseguir mayor intensidad en semejante montaje. Además, todos los personajes son de la misma generación y demasiado iguales entre sí, de modo que los matices de la obra -la lucha generacional de la misma- se pierde y resulta tan falsa como la caracterización que le han dado al pobre Hipólito o el policía de chiste que aparece en el segundo tramo de la obra y que es, posiblemente, la peor interpretación secundaria que he visto este año.
Un desastre -sin paliativos- que se ve intensificado gracias al maravilloso público asistente, ya que gran parte de ellos vienen únicamente motivados por su afán de ver sobre las tablas a su Doctor Mateo (Gonzalo de Castro). Y así, estos cultivados espectadores nos honran con ronquidos, comentarios en voz alta, aclaraciones de garganta, toses estereofónicas y otras muestras de que en este país se siguen prefiriendo las torturas taurinas o los canibalismos futboleros a cultivar el hábito teatral. Una lástima, sí, pero también una (jodida) realidad.

2. En la roca

Escribo teatro por culpa de Ernesto Caballero. Así de simple. A su vez -en ese eterno efecto mariposa que es la vida- la culpa de que yo admire a Caballero la tuvo una profesora mía (entonces) y amiga (ahora), que nos descubrió Retén, Auto y Squash. Una trilogía que sigue siendo, en mi modesta opinión, una de las mejores del teatro español de los noventa.

Quizá por eso espero tanto cuando veo un nuevo montaje suyo y quizá, también por eso, prefiero al Caballero que se ríe de la estupidez humana -Auto- o al Caballero que le da la vuelta a nuestra tradición literaria -como en su hermosísima Pepe el Romano- antes que al Caballero que se amayorga ante la influencia de su amigo y, desde luego, también gran escritor.

En la roca es un diálogo histórico y eminentemente discursivo (muy próximo a algunos textos de Mayorga) en el que dos actores -correctos, sí, pero no especialmente afortunados en su ejecución- debaten sobre temas tan fascinantes como la ética del magnicidio o la responsabilidad individual en la Historia. Se agradece la pregunta y, sobre todo, la exigencia de acción (intelectual) al público, alejando la obra de toda posible complacencia y presentando un texto eminentemente árido.

Seguramente la puesta en escena podría haber convertido esta obra en algo muy diferente a lo que es. Y quizá la clave resida en el final -típico de Caballero- donde los personajes rompen la cuarta pared y se sitúan a este lado de la Historia. Ellos ya han visto lo que pasó y conocen las consecuencias que tendrán sus actos. De repente, Brecht se hace presente y el distanciamiento enriquece la obra y sus lecturas. Sin embargo, la dirección jamás apunta en esta dirección y se conforma con plasmar -con corrección y estilo aplicado, pero sin excesivo aliento- las palabras del autor. Tampoco se aprovecha la relación entre los personajes que, si bien es uno de los puntos débiles del texto (se plantea una tensión sexual que jamás se desarrolla: el autor prefiere el tema a la psicología de sus criaturas, así que olvida esta última en favor del primero), podría haber sido uno de los aciertos de la dirección escénica. Y en ese titubeo se enmarca también el vaivén del personaje de Eloy Azorín, que a veces cae en el exceso de pluma al estilo Wilde y a veces se olvida de todo ello para volver por la senda del discurso. Hubiera sido interesante marcar la oposición entre ambos personajes e incluso jugar con unos referentes mefistofélicos que habrían dado otro cariz a la función.

Aún así, la obra es digna -Eloy Azorín y Chema León luchan por hacer un buen papel y dejan un buen sabor de boca al público- y el texto deja preguntas que invitan al debate, así que solo por eso bien merece la entrada. Sin embargo, habría preferido saber qué habría ello el Caballero director con el Caballero autor. Echo de menos una puesta en escena menos verista y que enriquezca el texto, no que se limite a ilustrarlo en un ejercicio correcto, pero algo pobre, de teatro (casi) leído.

13.12.09

Bodas de... plomo

Hay textos teatrales eminentemente difíciles y Bodas de sangre es, sin duda, uno de ellos. No por su argumento, mil veces contado en la literatura universal, sino por su complejo lirismo, que dificulta la puesta en escena y exige soluciones eficaces, creativas y muy personales por parte del director que se aproxima a esta obra. No se trata de un lirismo integrado en la psicología de los personajes, como ocurre en Bernarda Alba, sino de una poesía que se convierte en antagonista de los caracteres principales en forma de luna y mendiga vengativas, convertidas en personificación del miedo, la represión y la censura. Un texto que, además, integra la palabra y la música con una fluidez de la que solo un autor como Lorca era capaz y de la que muy pocos directores saben sacar partido, ahogándose en la estridencia del verso y lanzándose, de cabeza, por los vericuetos trágicos de la obra.
El montaje de Bodas de sangre que, bajo la dirección de Plaza, nos ofrece actualmente el CDN en el María Guerrero es, simplemente, un despropósito. En él encontramos un abanico de sobreactuaciones que rozan lo demencial (imposible comparar a las criadas chillonas de este con la fabulosa Poncia del montaje de Pasqual) y donde nadie se molesta en darle un toque mínimamente humano a sus personajes. Las palabras y los gestos -excesivos, de alumno de primer año de academia teatral de barrio- convierten a cada criatura lorquiana en un remedo (malo) de Antígona y todo suena tan falso y tan de cartón piedra como el hórrido escenario que decora la función. Y sí, solo hace eso: la decora, porque no tiene semántica alguna y es un ejemplo de feísmo inútil solo comparable a la simpleza del vestuario y a los simbolismos torpones e infantiles que se nos proponen de vez en cuando (como la madeja de roja lana, por ejemplo). En este sentido, la propuesta escénica no sabe si ser verista o simbólica y tan pronto nos exhiben una navaja tamaño familiar o nos presentan a una luna con bombillas de saldo como nos miman unos regalos de boda inexistentes e innecesariamente invisibles.

Pero todo ello serían males menores si no vinieran acompañados de un uso casi escolar de la luz (toda ella sombría y fúnebre, sin matizar ni uno solo de los elementos del texto: ¿nadie se ha dado cuenta de que esta obra no es un funeral de principio a fin, sino que hay mucho más -muchas más pasiones- latiendo en ella?), de una composición musical tediosa, anodina y profundamente mediocre (todas las canciones suenan a canciocilla de corro infantil, solo que hasta los niños se aburrirían de entonarlas), de unos actores entre malos y muy malos (la novia me recuerda las peores interpretaciones de Blanca Romero en FoQ y la madre de la mujer de Leonardo parece que se ha escapado de una sitcom freaky) y de unas ideas más que desafortunadas en la puesta en escena. Entre estas ideas, me quedo con estos momentazos:

- la aparición de la luna-Gusiluz: una actriz envuelta en un peluche gigante que se ilumina -como el muñeco de nuestra infancia- y que se pasea por el techo mientras un CD nos vomita -a pelo y sin previo aviso- una canción en la que Ana Belén grita como si de una concursante de OT se tratara..., sin palabras;

- la presencia de la vieja mendiga, disfrazada de Gandalf con una túnica blanca imposible y rodeada de los peores tics de cualquier intérprete aficionado;

- la inclusión del coro de los tres hombres de blanco, que cambian las gafas del antiguo CQC por tres hachas y que ponen un puntito de humor surrealista a escenas má que trágicas;

- la omisión del duelo en una elipsis que a su director debe parecerle de lo más transgresora y que yo me temo que huele a pura y dura incapacidad: o cómo anular de un plumazo a los dos protagonistas masculinos dejándolos convertidos en elípticos títeres;

- la boda en sí, un alarde de caos y ruido, donde todo el mundo se empeña en bailar continuamente digan lo que digan los demás personajes y haciendo caso omiso al texto que, total, para cómo lo dicen, casi se agradecerle oírlo medio ahogado por la música cansina y el eterno zapateado;

- la absoluta ausencia del deseo, de la pasión y de la sexualidad de un texto donde esos elementos son vitales para darle sentido a la función: no tiene sentido el grito de libertad de unos personajes tan anodinos y que no reflejan, ni por asomo (y pese a sus enormes aspavientos), la lucha del deseo frente a la convención y del placer y la libertad frente a las normas, tal y como se recoge en la obra.

Ante semejante cóctel de simplezas (¿un Lorca no merece algo más de riesgo, de pasión, de mérito y de tiempo?), lo mejor de la función es el intento de la madre por construir a su personaje (sobreactuada, sí, pero al menos sabe decir el texto) y, cómo no, disfrutar del cuerpazo de Leonardo, que está estupendo cuando sale sin chaqueta (véase la foto que lo demuestra) y que, aunque no lo haga del todo bien (le faltan tablas y, seguramente, una buena dirección actoral), al menos da bien en escena y uno sí que se lo imagina subido a su caballo. O subido a otros lugares que no precisan -lector, haga aquí uso de su fantasía- mayor matización.

Como colofón, cabe destacar el dudoso acento andaluz de todos y cada uno de los actores, que sea natural o no, está trabajado de manera que recuerdan a la mismísima Pe en Volver, así que uno no sabe si -como le ocurría al acento fluctuante de la de Alcobendas- las bodas tienen lugar en Cáceres, en la Mancha o en un episodio de CSI Las Vegas.
En fin, un desaguisado que demuestra que no todo texto debe ser montado por todo el mundo. Y que, de vez en cuando, no estaría de más que los directores, los escenógrafos, los iluminadores, los figurinistas, los compositores musicales y los diseñadores de vestuario fueran elegidos, realmente, por su talento y por la calidad de sus propuestas. Sobre todo porque hay profesionales excelentes de estos gremios en nuestro país que no son, ni de lejos, los que han participado en este montaje gris, grandilocuente y plúmbeo.

12.12.09

In the loop


Humor e inteligencia. Así de simple. Un binomio sencillo pero, honestamente, difícil de encontrar en el cine reciente. Y sin embargo, hay quien con no demasiados medios pero sí una desbordante imaginación, lo consigue. Así que aquí tenemos una parodia demasiado irreal como para no ser real en la que USA quiere provocar una guerra -sin pruebas- y convence a Inglaterra para que se deje manipular y arrastrar, de paso, a parte de Europa. El argumento de In the loop, como ven, no tiene relación alguna con la historia internacional reciente.

Y como, para colmo, la película es británica, el guión no opta por la complacencia (como los chistes en plan "qué guay que somos" de la autocomplaciente Spanish movie..., pero de esa cosa hablamos otro día), sino por una crítica ácida, dura e inmisericorde con todo y con todos. Los actores, por si fuera poco, no solo lo hacen bien, sino que improvisan aún mejor y construyen personajes llenos de vida y matices dentro del estereotipo caricaturesco que representan.

Algunas escenas son simplemente soberbias y, aunque el conjunto no deje de tener la factura de un gran episodio televisivo, la película resulta interesante y divertida a partes iguales. La pega, que le debe mucho a series como El ala oeste de la Casa Blanca y que, quizá por su origen televisivo (The thick of it) parece un producto televisivo. El pro: ¿y qué más da? ¿Por qué no ver en pantalla grande historias como esta? Sinceramente, prefiero cualquier episodio de Desperate Housewives o Mad Men a la mayoría de simplezas americanas -con o sin Sandra Anniston ¿o era Jennifer Bullock?- que se estrenan sin compasión en nuestras salas. Por mí, que empiecen a estrenar las series en cine y dejen el cine para la televisión. Total, saldríamos ganando.

En defnitiva, un sanísimo ejercicio de sátira política que consigue lo que no redondeaba la fallida Burn after reading (aquí no necesitan toques estrafalarios como la máquina sexual que montaba Clooney) y que, a su modo y salvando las distancias, constituye una estupenda puesta al día de aquel Teléfono rojo de Kubrick. Bien, en esta no tenemos a Peter Sellers, pero cada escena del malhablado y genial Peter Capaldi nos permite olvidarnos también de eso. Ah, y para quienes echamos de menos a Tony Soprano, aparece James Gandolfini. Nota (de un fan desesperado) al margen: ¿Por qué no vuelve la familia Soprano? ¿Realmente es posible la vida sin ellos? (...)

6.12.09

Brecht y Weill, náufragos

Hay textos capaces de sobrevivir a (casi) todo. Die dreigroschenoper (La ópera de los tres peniques o, también llamada, La ópera de los cuatro cuartos) es uno de ellos. Es difícil que el corrosivo texto de Brecht y la pegadiza música de Weill sucumban a la puesta en escena de cuanto director asuma el reto de darle vida a estos personajes tan mezquinos, crueles y mentirosos como inolvidables.

En este caso, Mackie Navaja, el señor Peachum y la mismísima Jenny Travers han sobrevivido -a duras penas, eso sí- a un montaje infantil, evidente y, básicamente, de brocha gorda. Una apuesta infantil -¿de veras no es un montaje de alumnos de Secundaria?- en la que uno no sabe muy bien si está viendo una obra de Brecht o un episodio de los Lunis. Y eso que yo disfruto con cuanta crítica se pueda hacer a los desmanes peperos en la Comunidad de Madrid, pero quizá por eso mismo me resulta tan pueril convertir la coronación de la reina en la coronación de la presidenta o colocar pancartas inanes y oportunistas con "Tengo una cabezonada" (aquí la crítica debe ser mucho más sangrante, hábil y, sobre todo, profunda). Lo malo de este tipo de bromas tontorronas -chascarrillos, en realidad- es que convierten una obra de alcance despiadadamente hobbsiano -todos somos corruptos, así que cuidado con el ser humano, porque le clavará el puñal de su codicia tarde o temprano- en un episodio provinciano y casposo de Aida. Y en ese provincianismo inciden juegos tan ingeniosos como convertir al comisario lockit en Julián y al señor Peachum en el señor Muñoz... Todo es obvio, todo ramplón, todo a ras de suelo. Chistes de patio de colegio que no permiten que la obra sea tan divertida y cínica como realmente es -ni rastro del humor negro, brutal del texto- ni, por supuesto, le permite conservar su acerado sentido crítico y antiburgués, convirtiendo ese puñetazo brechtiano contra la moral acomodada en un chiste infantil que no serviría ni para la más floja de las páginas de El Jueves.

Los actores carecen de carisma y la escenografía apuesta por un feísmo avulgarado que revela pobreza de medios y, sobre todo, de ideas. Las coreografías (pohasta mis alumnos de 3º de la ESO hicieron el año pasado bailes mucho más sofisticados en nuestra versión de La boda de los pequeños burgueses) tienen que haber sido idea de Marbelys o de Rafa-hot (ya saben, los de Fama) y aunque la música suena bien -el director de orquesta se salva de la quema- no todos los cantantes están a la altura.

Pero, aparte de usos tan desfasados y pobretones como el del hombre pancarta anunciando las canciones (un recurso que ya era antiguo hace veinte años...), la obra se estrella en la recreación de uno de sus personajes más carismáticos y magnéticos: la prostituta Jenny Travers. En este caso se decide que ha de ser un travesti y, lejos de dotar al personaje de toda la fuerza femenina que tiene en el texto, se la presenta con forma de hombre que canta como hombre y que se mueve como un hombre. ¿Esa es la idea que de la transexualidad y el travestismo tiene la directora de este montaje? ¿Un hombre que sigue siendo hombre pero se viste de mujer como si se hubiera escapadao del carnaval de Pinto? Lamentable. Una decisión equivocada y peor ejecutada que huele a rancio y a naftalina.

El montaje es un eterno quiero y no puedo, con un Mackie gris, una Polly aburrida, un señor Peachum tan solo pasable, un Filch invisible, un(a) Jenny imposible, un Lockit anodino, una Lucy apenas paródica y una señora Peachum zarzuelera y cansina que, entre grito y grito, arranca las risas del sector del público acostumbrado a las matrimoniadas y engendros similares.

Una ensalada de topicazos y una demostración de que hay obras que no deben ponerse en pie si no se tienen los medios ni las ideas para ello. A pesar de eso, Brecht y Weill, a su manera, sobreviven. Y cuando suenan los acordes del Anstatt dass o de Die Kanonen uno siente que pudo haber disfrutado de un espectáculo memorable. Evidentemente, este no es el caso.

P.S. Sobre la aburrida, acartonada y pretenciosa Trilogía de Goldoni del Festival de Otoño no haremos crítica alguna. Nos limitaremos a constatar que Goldoni es un autor definitivamente menor, al que se empeñan en emparentar con el genial Molière o con el siempre ágil Lope. Pero ni sus tramas tienen la rapidez y astucia de este ni sus personajes -arquetipos de la commedia dell'arte pasados por el tamiz de la Ilustración- consiguen alcanzar la hábil pintura psicológica de aquél. Para colmo, el montaje del Piccolo presumía de seguir las directrices de Strehler y, como todo lo strehleriano que no dirigió el propio Strehler, resultaba inofensivamente estético, pesadamente plástico y morosamente iluminado. Un bluff.

3.12.09

Una lectura muy televisiva

Caí en Los Soprano, como en tantas otras cosas, gracias a mis amigos. En este caso, el amigo se llama Ignacio y es, además de un profesor excepcional, un agudo cinéfilo/teléfilo cuyas recomendaciones suelo seguir al pie de la letra. Tras insistirme en que debía acercarme a la familia de Tony Soprano, decidí seguir su consejo y me descubrí viviendo en pareja -no hay mejor modo de vivir algo así- una de las experiencias televisivas más complejas, fascinantes e interesantes de mi vida.

Quizá por eso, porque tengo mono de una serie que -como todo lo genial- nunca debería haber terminado, me ha gustado tanto esta pequeña maravilla titulada Los Soprano forever (pulicada recientemente por Errata Naturae). Se trata de un conjunto de ensayos -de calidad desigual, sí, pero todos interesantes a su modo- en los que se analiza la serie de David Chase desde una perspectiva eminentemente filosófica. Un auténtico festival de reflexiones éticas, gnómicas e incluso metafísicas a partir de algunos de los momentos y personajes más destacados de esta serie.

En definitiva, un ejercicio contracultural absolutamente recomendable y donde, salvo algunas páginas, no se busca una recreación en la pedantería o en la vacuidad, sino que se pretende llevar a cabo un análisis riguroso a la vez que ameno de la filosofía que subyace en cada una de las inolvidables líneas del guión de esta mítica serie.

Deconstrucción en la que se funde lo sesudo con lo pop (cómo habría disfrutado Derrida con algo así), tal y como corresponde a esa palabra maldita pero todavía difusa que se dice a sí misma posmodernidad.

1.12.09

1/12/09

Hay fechas que son, por diversos motivos, un hito en la biografía personal. Y la de hoy, este uno de diciembre, es uno de esos hitos. Un uno que equivale, más que nunca, a inicio. A aventura por hacer. Y que, en cierto modo, es el resultado de muchos años de trabajo y de esfuerzo. De desazones y de dudas. De incertidumbres y de miedos. Pero aquí -junto a mí y a mis inseguridades- estaban la pareja, la familia, los amigos. Ahí estaban sus palabras de aliento, sus abrazos, sus miradas cómplices, sus escuchas atentas. Y quizá por eso no hubo capitulación, sino nuevas batallas. Otras luchas en frentes que ya creía perdidos y que, más por su fe que por la mía, hoy se hacen realidad. Un día que, en unos meses, podré explicar en este mismo espacio con más detalle. Y que, durante este 2010 que ya casi ha llegado, seguirá haciéndose presente hasta que algo, por fin, se convierta en una ansiada realidad.

Hay fechas que son, por diversos motivos, imborrables. La de hoy, al fin, lo es. Y solo puedo sentir una emoción inmensa. Y una ilusión enorme por ese nuevo y apetecible camino que, tras tantas horas de dedicación, se dibuja ante mí.

24.11.09

Poesía en youtube

Hoy fue un buen día. Un día excepcional, en realidad. Y entre los motivos que lo han hecho así, me quedo con uno de esos pequeños instantes que, en realidad, no son tan diminutos. En este caso, el hallazgo de un vídeo en youtube, puro azar (como casi todo), donde -para mi sorpresa- descubro a dos ex alumnos míos poniéndole música a un texto medieval. La música, rockera y pegadiza, se ajusta mejor al texto de lo que hubiera imaginado y siento una emoción especial al descubrirles en la pantalla. Y los alumnos, además, dos de esos chicos a los que se recuerda con un cariño especial. De nuevo, gracias a ese océano de vidas que se llama internet, les localizo y me cuentan que aquella canción la grabaron hace un par de años cuando formaron un grupo de nombre en latín, tomado de los tópicos con los que les machacaba en clase de literatura. Al parecer, un día -en una de mis clases- estaban escribiendo la lista con los posibles nombres para su grupo cuando les dio la risa y yo, cómo no, les regañé por hablar y distraerme. Tiene gracia, les eché la bronca por asimilar lo que estaba explicando y, mejor aún, por darle vida y forma. Me ha gustado oír su relato y reírme con ellos de ese momento. Es bueno darse cuenta de que no siempre tenemos la posesión de la verdad absoluta, por mucha tarima a la que nos subamos.

Hallazgos como este son parte de lo bueno de esta profesión, que a menudo te toca la fibra y, aunque a ratos te preguntes si merece la pena, a menudo descubres que sí, que frente a ti siempre hay chicos y chicas llenos de intereses, inquietudes y vitalidad que hacen que cada día, cada esfuerzo y cada nueva mañana tenga un cierto sentido. En cuanto a la parte negativa, aquí dejo un enlace con una noticia de El País muy ilustrativa sobre la falta de incentivos para los docentes. Y es que, si somos críticos y realistas, no todo puede basarse en el voluntarismo de quienes creemos en la enseñanza: a veces no estaría de más premiar el esfuerzo de quienes lo merezcan.

20.11.09

Vaho

Viernes. 13.45. Sexta hora de la mañana. Para ellos. También para ti. Unos textos seleccionados del Libro de Buen Amor. Una antología elaborada por ti mismo a la que has dedicado ¿cuántas horas? Realizada con cierto esmero. Con mucho cariño. Con bastante paciencia. Con el único afán de demostrarles por qué merece la pena estudiar un texto como ese. Convencido de que su transgresión, su poder subversivo, su sana ambigüedad podrá despertar en ellos un ápice de sentido crítico.

Viernes. 13.50. Se suman los minutos y los suspiros. Miran el reloj. A veces, incluso hacen un intento de acercarse a la fotocopia. Preguntas. Insisten en callar. Suspiran de nuevo. Te esquivan. Y tú te niegas a darles la respuesta, porque no crees en la clase como un sermón, ni como una conferencia. Crees, por algún estúpido motivo, que la clase debe ser activa, participativa, colectiva. Lo crees aunque solo colaboren tres o cuatro. Atentos, curiosos. Nadie más. El resto siguen suspirando.

Viernes. 13.55. Piensas que pudiste dedicar la tarde a cualquier otra tarea más grata que escanear esos textos. Incluso piensas que podrías pasar esta última hora del viernes de modo mucho más sereno, mucho más relajado. Tan solo bastaría con abandonar la pizarra y sentarte en tu butaca -en tu tarima, ¿no es eso?- y dictar los apuntes que parecen reclamarte. Nada de debatir el texto. Nada de pedirles su opinión. Nada de considerarles adultos y activos. Mucho mejor infantilizarles y seguir el libro al pie de la letra. Incluso sugerirles qué deben subrayar. Y, cómo no, darte aires de erudito con datos que olvidarán tras el examen y que jamás les servirán de nada.

Viernes. 14.00. Estallas. Harto de que se den cuenta de que están desperdiciando una buena ocasión. Y no porque tú te creas el mejor de los profesores -tienes demasiadas dudas como para creerte el mejor en nada-, sino porque sabes que, al menos, les permites hablar. No todos lo hacen. Luego se quejarán de que no les escuchan. De que no les dan la palabra. Tiene gracia... Por eso no te aguantas y hablas. Aunque, eso sí, cuentas antes hasta tres para no decir algo que te pueda salir muy caro. Es curioso: su impunidad verbal nunca será la tuya. Y les preguntas. Y les pides que hagan una crítica. Un comentario. Una maldita sugerencia. Algo. Pero en su aséptico bachillerismo se limitan, otra vez, a callar. ¿Así es como les estamos educando?

Viernes. 14.02. Dos minutos de silencio son demasiado. Incluso para ellos. Alguien rompe el hielo. Y entonces, con un tono airado que tratas de entender, te dice que no prentederás que les entusiasme lo que les cuentas. Que cómo van a mostrar entusiasmo ante la literatura medieval. Entonces vuelves a moderte la lengua -sientes que te duele un poco, incluso que te sangra- y tras contar tres -uno, dos y...- respondes que no aspiras al entusiasmo, sino al interés; que no pides pasión, sino sentido crítico; que no quieres loros que reciten datos de memoria, sino ciudadanos capaces de interpretar la información y adoptar un punto de vista ante cualquier tipo de texto. Y sí, ojalá les apasionase la literatura, pero entiendes que la pasión no se inculca -aunque, si hay suerte, a veces se contagie-, pero el pensamiento crítico, sí.

Viernes. 14.05. Aguantas los diez últimos minutos hasta que suena el timbre. Cierras de mala manera el comentario -a trompicones, sin escucharte, sin mucha idea de lo que estás diciendo. Y sales del aula sin tu habitual pasad un buen fin de semana. Sin una última sonrisa. Sin ningún guiño que alivie la tensión de esta clase. Tan sólo -solo- sales y buscas a los compañeros con los que apurarás una cerveza. Y luego regresas a casa. O pasas antes por el gimnasio. O hasta te haces con un par de dvds que no necesitas en la Fnac. Y por último, tras agotar la tarde, llegas a casa y te dispones a ducharte para una ansiada cena. Y antes de vestirte te miras al espejo y te peleas con el dichoso vaho -¿por qué siempre tiene que empañarse tanto?- hasta buscarte en el cristal para no verte. Porque desde las 14.05 de hoy no tienes un contorno definido. Ni tan siquiera estás seguro de que tu identidad se haya podido mantener intacta. En tu lugar -donde deberían estar tus labios, tus ojos, tu mirada- solo hay una pregunta dibujada insegura en medio del vapor. Una puta pregunta que, de momento, nadie podrá ayudarte a contestar.

16.11.09

Hiperqué

Es falso que la hiperestesia sea un don. Una mentira como otra cualquiera para buscarle sentido al dolor que nos causa el exceso de sensibilidad. La recepción hiperbólica del entorno. Y sí, puede que eso favorezca la empatía. Y que nos haga más conscientes de todo y de todos. O hasta, como creen los snobs y los creadores de la autoproclama y el libelo, que nos dé ideas artísticas. Pero todo eso no son más que excusas para ocultar que la hiperestesia nos lleva a sufrir por el detalle, aun cuando queramos borrarlo, olvidarlo, convertirlo en una décima de segundo que no deje rastro. Pero ahí está. Persistente y obsceno. Opaco en su presencia y cansino en su rutinario recuerdo del dolor que provoca. Aunque solo sea una llamada, un telefonazo, el sonido que se hace presente una y otra vez cuando no debiera. Una llamada -una visita, una llegada, una simple amenaza- que interrumpe la tarde y se suma a interrogantes más o menos justificados. A iras más o menos conscientes. A eventos tan absurdos como racionales que, en su cóctel de real irrealidad, nos llevan a dejar que la hiperestesia nos sacuda, nos ahogue, nos devore. Y todo ese huracán sin más razón que sabernos débiles y frágiles. Vulnerables y huraños. Radicalmente humanos.

15.11.09

El sexo que sigue sucediendo

De nuevo a las tablas. De nuevo, una de nuestras obras más queridas, El sexo que sucede. Y de nuevo, en la sala DT, uno de los pocos espacios que realmente cuida el teatro alternativo en Madrid. Y, de momento, con una buena noticia: el cartel de No hay localidades colgado para hoy en la puerta del teatro.

Y por todo ello, horas antes de comenzar la función, siento los mismos nervios y miedos de siempre. Esos que me acompañan hasta que se apagan las luces y se encienden los focos. Justo hasta que todo -salvo la ficción- desaparece. Todo salvo las emociones de dos mujeres, Ruth y Eva, que nunca habrían sido posibles sin la magia de sus dos intérpretes, mis queridas Silvia y Paloma, dos animales escénicos y, sobre todo, dos excelentes amigas.

De nuevo, a montar luces. A dirigir focos. A colocar el escenario... Y de nuevo, a disfrutar con uno de los textos que más me gustó (y costó) escribir y que más nos sigue gustando representar.

La próxima función, el día 29. También aquí, en DT. Y con los mismos nervios y, cómo no, con la misma ilusión.

10.11.09

Clases de cocina

Hoy vamos a centrarnos en una de esas películas que deberían estrenarse directamente en televisión y que, sin razón alguna, amenazan con tener candidaturas en los próximos Oscar. Sí, cómo no, se trata de Julie&Julia, una de las muestras del cine más ñoño que he visto en mucho tiempo.

Ni siquiera nuestra devoción por Meryl Streep pudo hacer frente a una película previsible, anodina, gris y, cómo no, reaccionaria, llena de valores añejos y de una misoginia encubierta en lo que, misterio entre los misterios, es una supuesta muestra de cine femenino.

Para colmo, el olor añejo es intergeneracional, ya que salta del personaje de la Streep -sobreactuada hasta límites inconcebibles- hasta el personaje de Amy Adams, prototipo de treinteañera cursi y simplona cuyas crisis son menos profundas que la de Bambi al descubrir el hielo. El guión recurre a un humor, digamos, simple y la directora -la temible Nora Ephron- nos da un recital de caspa con una ambientación que convierte a Amar en tiempos revueltos en una joya de la decoración y el atrezzismo.

Lo que no entiendo -entre otros miles de cosas que tampoco entiendo: cada día debo ser más simple- es cómo se pueden escribir guiones tan ingeniosos y llenos de humor para televisión -como Mujeres desesperadas o hasta algunos episodios de Dexter y Gossip Girl (el 3x18 de esta última es una joya que comentaremos en detalle más adelante), pese a las carencias de estas últimas- y caer, sin embargo, en tales ramplonerías cuando de escritura cinematográfica se trata.

Evidentemente, después de ver este canto a la cocina -que parece sacado del Yo Dona- aún me parece mejor la última de Woody Allen. Y no porque sea una obra maestra, sino porque, a pesar de todo, sigue haciéndome reír y consigue lo que la comedia americana actual ha olvidado hace siglos: convertir el humor en un instrumento crítico e inteligente.

Por lo demás, un film olvidable y tedioso -lo mejor es que, aunque parezca imposible, se acaba después de casi cien minutos (tal vez más, tal vez menos, no sé) de sufrimiento- que se suma a la lista de pelis sobre la cocina y la comida, en la que o se dan pequeñas joyas -El festín de Babette, Comer, beber, amar e incluso Tomates verdes fritos- o se perpetran cursiladas como esta -o Sin reservas, por poner otro ejemplo reciente- donde el star system se pone a pelar cebollas mientras nos intentan emocionar con historias de amor de cartón piedra y traumas tan falsos como el histrionismo de la Streep.

(Y esta semana prometo que cuelgo el post pendiente sobre Bolonia... ¡¡¡Que el día tenga más horas, por favor!!!)

6.11.09

Aciertos... y desaciertos

Días de mucho (muchísimo) trabajo en todos los sentidos: docente, editorial, literario... Y, por si fuera poco, con unas cuantas funciones de El sexo que sucede a la vuelta de la esquina. Estaremos en DT (C/ Reina, 9 - Metro Chueca y Gran Vía) los domingos 15 y 29 de noviembre a las 20 h. Si alguien se anima a pasar la tarde con nosotros, podéis ver más información en este enlace de la revista Red teatral.

Y ahora, para recuperar el tiempo perdido, pasemos brevemente revista a dos temas pendientes de la cartelera... Trataré de ser breve, que la noche nos llama fuera de la pantalla... ;-)

1. El secreto de sus ojos

Iba con dudas. Temía encontrarme una película sobrevalorada... Pero me llevé una de las más gratas sorpresas de lo que va de otoño. Una película bien contada, sensible, inteligente y adulta. Quizá con algunas escenas más o menos obvias, pero -en cualquier caso- capaz de atrapar al espectador y de narrarle con solvencia dos tramas paralelas y diferentes entre sí: el mero thriller político-policíaco y la historia de amor. Esta última se nos relata en escenas de auténtica antología, como el no-beso que los protagonistas se dan en la estación y cuya intensidad erótica me recuerda a una de mis escenas cinematográficas favoritas: el momento en la biblioteca entre Emma Thompson y Anthony Hopkins en Lo que queda del día.

Los intérpretes están soberbios (inmensos Darín y Villamil: sus miradas son tan expresivas como requiere un título como este) y la estructura (como el cuaderno o la máquina de escribir: me encantaron esos pequeños guiños) cumple bien su función. Es inteligente y, a la vez, eficaz, sin retruécanos torpes ni barroquismos inútiles. Una puesta en escena limpia que recoge, sobre todo en su inicio, la dificultad de organizar un recuerdo a la hora de narrar una historia. Una reflexión metaliteraria que recorre de algún modo el film y que inventa a otras lecturas. A fin de cuentas, el tiempo y la memoria son otros de los temas que desarrolla con acierto, así como su capacidad para desdibujar o subrayar nuestras vivencias.

En conclusión, véanla. Una película absolutamente disfrutable y, a su modo, también una rareza. No es necesario ser televisivo ni tontorrón ni sanguinolent para rodear un buen policíaco. Este film lo demuestra.

2. La italiana en Argel
La música, como siempre en Rossini, es divertida, ligera, amenísima y, desde luego, muy fácil de escuchar. Sin embargo, esa facilidad es inversamente proporcional al reto que supone su libreto: una historia simplona, pésima y previsible que se convierte en un duro escollo si el director escénico no sabe cómo convertir lo bufo en divertido. En este caso, la propuesta del Teatro Real es tan estética como hueca. Todo muy bonito, muy conjuntado, muy grandilocuente... y muy vacío. Sin gracia, sin vida, sin una pizca de talento personal por parte del director, que se limitó a colocar a los cantantes y al coro de modo que no desentonasen con el colorista vestuario y el colorista decorado y la colorista iluminación. Todo muy a su estilo, como corresponde al director de Els Comediants, pero sin aportar nada que no fueran fuegos de artificio. Se echaba en falta la creación de un subtexto que permita que la función no se venga abajo, sobre todo cuando se tiene a un director musical como López Cobos, excelente, sí, pero empeñado en convertir al pobre Rossini en una suerte de Wagner. Por no hablar de la mezzo, que en vez de a la mujer pícara y seductora del libreto, debía creer que estaba haciendo la Salomé de Strauss: una bellísima voz -eso es indiscutible- pero sin ningún tipo de empatía ni con el público ni con su personaje, en un ejercicio de frialdad que evitaba cualquier atisbo del aliento rossiniano. En su conjunto, la música sonó solemne y apocada, evitando la gracia y la viveza de la partitura y condenándonos a los espectadores a ver una ópera correcta y -horrible adjetivo- bonita, pero tan pálida en su fondo como una naturaleza muerta. Lástima. Pudo ser tan distinto...

25.10.09

La visita

Llega a veces. Sin avisar. Traidora y alegórica, como la hora que se resta al día para que anochezca antes. Para que la oscuridad nos ahogue con la excusa del ahorro energético. Para que sigamos siendo productores de no sabemos qué para no sabemos quién. Y se instala sin decirnos por qué. Con la sonrisa boba de uno de esos sociólogos que nos llaman generación peter pan y que se enzarzan en debates estériles sobre lo que soñamos y lo que tenemos. Sobre lo que somos y lo que quizá vayamos a ser. Y, entonces, sin decir apenas nada, nos acompaña como la losa de esas hipotecas de las que habla el sociólogo en un dominical donde no se cuenta nada más que trivialidades, como la publicación de un nuevo best seller que nadie necesita o la conversión en actriz de una protagonista insulsa del papel couché. Luego, sin hacer ruido, se sienta junto a nosotros y ojea ese periódico mientras encendemos la luz, porque en nuestro ecomundo ecoperfecto hoy hay menos horas de ecoluz y más minutos de ecooscuridad. Nos hace un guiño insípido y la sabemos ahí, agazapada en el dvd donde dudamos si poner el House 6x03 o el Mad Men 3x08. Tal vez no lo dudamos, tal vez fingimos dudarlo para ganar más tiempo. Para sumar minutos y lograr que regrese a nosotros la hora que nos quitaban. Que pretendían hacernos creer que ganaríamos. Igual que ganamos el nombre de X, o de Peter Pan, o cualquiera de esas etiquetas que fabrican en serie los sociólogos cuando les regalan una hora de luz y de madrugada. Deberían robarnos los domingos y regalarnos sábados, supongo. Llenos de músicas y de bares. De ruido y de restaurantes. De sexo y de furia. Pero queda el domingo y el periódico sobre el sofá y las páginas naranja que ya ni siquiera consulto y el 6x03 recién descargado en el que seguramente los subtítulos no vayan al mismo tiempo que la imagen. Y mientras se toman decisiones vanas -dominicales- sabemos, por fin, que ella está ahí. Que nos mira densa y rutinaria. Y pensamos su nombre pero preferimos no decirlo en voz alta. Confiamos que el silencio deshaga su existencia abstracta, pero pegajosa. Y entre anuncios que venden familias en coche y amigos en pizzas para microondas, pulsamos el play. Para nuestra sorpresa, los subtítulos van bien sincronizados. Show must go on.

24.10.09

Don Carlos

Se me acumula el trabajo..., pero los días -estos días- no dan para más. Tengo pendiente un resumen del reciente viaje a Bolonia -ciudad más que recomendable- y, como el tiempo sigue escaseando, de momento intentaré ponerme al día con una recomendación teatral: el Don Carlos, de Schiller, que se representa actualmente en el CDN.

La dirección de Bieito auguraba, cuando menos, sorpresa. La presencia escénica de Carlos Hipólito suponía, sin duda, más de un acierto. El resultado, para mi sorpresa, un montaje inteligente y más sutil que estruendoso, con un empleo inteligentísimo de la música -su bagaje como director teatral es más que evidente- y unas buenas dosis de sano cachondeo sobre el typical spanish, muy de agradecer en estos tiempos de neobeatería y confusión. Al son del pasodoble, la España negra trata de romper el jardín con el que Felipe II -reverso histórico de los que hoy alientan al foro de la familia y similares- intenta ocultar la podredumbre -moral y vital de todo un país- en un inmenso invernadero que funciona como una gran metáfora del poder y de cuanto bajo él se esconde. Cortinas de humo que, transformadas en enrededaderas, sirven para alojar una versión sintética y depurada de la obra de Schiller, respetando sus excesos románticos, pero evitando las reiteraciones y los circunloquios menos afortunados de un texto que, en ciertos aspectos, no puede dejar de envejecer mal.

Lejos de quedarse en el armazón, en el montaje se bucea en aquello que el texto puede tener de moderno y se nos ofrece un retrato cruel y humorístico -próximo, en ciertas escenas, al esperpento- que no deja de ser romántico -¿algo más romántico que la hipérbole?- y, sobre todo, que nos resulta absolutamente contemporáneo. Secundarios impagables, como el gran Inquisidor -todo un Rouco Varela cargado de bilis y de prejuicios- o la espléndida princesa de Éboli que, una vez más, tiene el personaje más agradecido de la función. Además, Bieito no teme respetar las escenas intimistas y nos ofrece duetos y monólogos expresados en un tono intimista, que no menor, sin caer en el grito ni el subrayado, de modo que el humanismo del Marqués de Poza o el amor de don Carlos y la reina se expresen con emoción y solvencia, pero sin caer en tipografías de negritas y cursivas que arruinen la función.

En suma, un montaje más que disfrutable y lleno de propuestas escénicas. No todas perfectas. No todas necesarias. Pero sí forman un conjunto plenamente semántico en el que Schiller no parece ejercer como un dramaturgo romántico alemán, sino como un columnista coetáneeo español. Puro siglo XXI versión invernadero. Si pueden, véanla.

17.10.09

Si la cosa funciona... y sí, funciona

Hacía tiempo que no me reía en una comedia. No me interesan ni me divierten las supuestas gracietas de Appatow ni, mucho menos, las de sus imitadores. Tampoco me han gustado nunca las comedias supuestamente gamberras ni las parodias facilonas y hace siglos que no se hace una buena comedia al estilo clásico de Hollywood. Creo que la última vez que me reí con ganas tuvo que ser en alguna peli de Pixar y, para mi sorpresa, en aquella rareza de Lars Von Triers llamada El jefe de todo esto, que me pareció hilarante en su crueldad. Sin embargo, la comedia es un género descuidado en el cine, quizá porque es francamente difícil hacer reír sin caer en lo zafio, en lo banal o en lo tópico. Por otro lado, no entiendo que la comedia cinematográfica esté de capa caída cuando los guiones televisivos sí que aportan ideas más que válidas en este género, ya sea en comedias menores pero eficaces como la de Cómo conocí a vuestra madre -que sin volverme loco, me divierte- o en soap operas entretenidos y ácidos como las ya clásicas Mujeres desesperadas.

Por eso, supongo, he agradecido tanto los noventa minutos de Si la cosa funciona (Whatever works), la última película de Woody Allen. Su estreno no me suscitó mucho interés -salvo por el nombre de su director, claro- y la presencia del actor principal tampoco me parecía un gran motivo para ir a verla. No me suelen gustar las películas en las que Woody emplea a otro como alter ego. Tenía curiosidad por ver a Evan Rachel Wood (sobre todo porque sé de dos que nos vamos a Nueva York en unos meses para verla estrenar el musical de Spiderman con música de Bono) y admito que siento cierta debilidad por Patricia Clarkson, además de por ese bellezón llamado Henry Cavill, que tan buenos momentos nos ha dado en esa gozada sensual llamada Los Tudor. Pero, en conjunto (y sabiendo que ni siquiera aparecería desnudo Mr. Cavill), la película no me atraía en exceso y, lo confieso, tampoco he corrido a verla.

Quizá por todo ello, ayer me encontré con una gratísima sorpresa. Una película sencilla, nada pretenciosa, lejos de los excesos rimbombantes de algunos títulos recientes de Woody y, sobre todo, con un necesario regreso a ese Nueva York donde ha dado lo mejor de sí mismo. No cuenta nada nuevo -en el fondo, lleva años sin hacerlo-, pero lo cuenta bien y consigue, con una habilidad pasmosa, retratar neurosis, miedos y obsesiones actuales (muy actuales: me admira su capacidad para integrar el hoy en su cine) en un guión divertido, hilarante e ingenioso. Por supuesto que la acción es evidente, pero en ningún caso pretende que no sea así: el desenlace se anuncia desde el comienzo y el autor insiste con guiños diversos en que solo estamos viendo una ficción caprichosa donde los sucesos se guían por el arbitrio de su autor (divertidísimo el momento del destino llamando a la puerta, por ejemplo, o la caída sobre su nuevo y definitivo amor: el final, en el fondo, no es más que un fin de fiesta gozoso y cínico a la vez que pone en evidencia el nulo afán realista de la trama). La acción solo se plantea como una excusa para desarrollar un monólogo cínico, desengañado y, sin embargo, feliz sobre la condición humana, así como sobre otra de las grandes obsesiones del último Woody: la suerte, aunque aquí se cambie la trama dostoievskiana y la pelota de tenis de Match point por una comedia ácida y supuestamente trivial. El film se presenta como una suerte de mezcla imposible entre Sartre y Molière con ciertos toques de Bernard Shaw y, cómo no, de Brecht, en esa continua ruptura de la cuarta pared para distanciarnos de la acción y obligarnos a fijarnos en las palabras.

Larry David domina la función con soltura (parece que su personaje fuera la evolución esperable desde Seinfeld) y, sobre todo, con gracia, dándole a su rol una credibilidad que me resulta francamente difícil de conseguir, ya que todos los papeles de la película son claros y forzados estereotipos. Y, sorpresa entre las sorpresas, Evan Rachel Wood le da una respuesta más que aceptable en la enésima recreación woodyallenesca de la nena-rubia-mona-tonta, que nos recuerda -inevitablemente- a la Mira Sorvino (¿qué fue de esa mujer?) de Poderosa Afrodita (¿y por qué -a propósito- ni este título ni Balas sobre Broadway han podido aún ser editados en dvd?).

Personalmente, me sorprende la capacidad de Allen para seguir escribiendo conversaciones -y monólogos- tan divertidos y punzantes, su talento para un humor intelectual -que no pedante- y su capacidad para seguir usando los mismos temas con diferentes recursos. Escenas como el diálogo entre el padre de la joven y el gay divorciado, por ejemplo, son ejemplos de cómo escribir un gag cómico sin caer en el humor de brocha gorda y resultando, sin embargo, francamente gracioso. Lástima que el hecho de hacer reír -con o sin talento- sea condenado siempre al ostracismo artístico tanto en novela, como en teatro o cine, motivo por el que esta película puede verse como una nadería sin fijarnos en lo difícil que resulta arrancar tanta carcajada con una idea tan sencilla.

Si la cosa funciona, exactamente como ya nos avanza su título, no creo que aspire a ser una obra maestra. Tan solo aspira a eso: a funcionar (mientras lo haga). Inevitablemente, hay algún bache, e incluso algún momento más insulso, pero el conjunto es divertido, ágil y directo. Y la crítica que contiene resulta mucho más mortífera e inteligente que cualquier alegato de Michael Moore (cómo la idea de situar el diálogo madre-hija ante las figuras republicanas del museo de cera).
Lo mejor, supongo, es que me quedé con ganas de volver a verla para reírme de nuevo y, sobre todo, que sigo recordando algunas frases, ideas y citas de una película que, sin grandes aspiraciones, respira mucha más verdad que gran parte del cine que se estrena a su alrededor. Si les apetecen, véanla. Pero sobre todo, riánse.

15.10.09

Perplejidad(es)

Debe ser porque me siento un poco más misántropo de lo habitual, pero mi capacidad de sorpresa se ha visto renovada estos días. Y no tanto por la novedad, sino por la repetición de modelos que creía ya más que superados... Empecemos.
1. Perplejidad A
Antena3 ha estrenado un nuevo cutre-reality en el que unos adolescentes son educados como si, supuestamente, viviesen en el año 1963. La propuesta está producida con toda la pobreza y falta de imaginación a la que esta cadena nos tiene acostumbrados y, en definitiva, no deja de ser otra variante -entre cientos- de Gran Hermano. No me sorprende que encierren adolescentes, ni siquiera que disfracen a unos supuestos profesores del modelo más rancio y casposo imaginable, es más, ni siquiera me sorprende que un bodrio de estas dimensiones tenga un éxito absolutamente inexplicable. Lo que sí me deja boquiabierto es que esta memez reaccionaria dé lugar a supuestos debates en los que hay quienes defienden un modelo de educación similar, basado en el autoritarismo más decadente y en la disciplina más incontrolada. Algo se tiene que estar haciendo realmente mal para que haya quien defienda un modelo dantesco como una opción real. O eso o hay mucho descerebrado suelto por ahí.
2. Perplejidad B
Tampoco me sorprende que siga teniendo éxito cierto programa en el que la reina de la telebasura, Emma García, busca novio/novia a unos tipos a los que llaman "tronistas" y que deben seleccionar a su amor ideal entre un grupo inefable de pretendientes. Tampoco es un formato novedoso, se basa en provocar la vergüenza ajena -eso, admitámoslo, lo consiguen- y en despertar, continuamente, el morbo del espectador. Ni siquiera me sorprende que uno de los tronistas sea un tipo rapado y cargado de anabolizantes que luce su analfabetismo con la misma apostura con la que exhibe bíceps, convirtiéndose en lo que, según el programa, sería un ideal de galán y, por tanto, de "tronista". Lo que sí me deja, de nuevo, perplejo es que haya mujeres dispuestas a pretender su conquista después de ver cómo veja a todas y a cada una de las chicas que pasan por su lado. Bien es cierto que solo he soportado ráfagas de este programa -soy incapaz de digerir más de diez minutos de este veneno-, pero en todas ellas ha tenido algún tipo de comportamiento vejatorio, sexista y, cuando menos, borde y grosero con las supuestas pretendientas. ¿Tan poco hemos avanzado en este asunto? ¿Tanto se cotiza el kilo de músculos de gimnasio de barrio? ¿Cómo es posible que se vea ese trato violento y ordinario contra la mujer como una conducta normal en pleno siglo XXI?
3. Perplejidad C
En esta misma línea, tampoco me sorprende que sigamos teniendo Gran Hermano, a pesar de que el formato haya muerto en todos los demás países del mundo civilizado o, en su defecto, haya quedado como un simple reducto a olvidar de televisiones pasadas. Aquí, lejos de desaparecer, se mantiene con elevados índices de audiencia y sigue siendo protagonizado por una presentadora que, hace tiempo, perdió la cabeza. Pero lo que me sorprende, una vez más, no es su existencia -cada cual pierde tiempo con lo que le apetece- sino el modelo de tío que, de nuevo, se nos ofrece. No conozco a los concursantes de este año, pero sí he visto en algún zapping a un tipo vulgar, basto, malhablado y profundamente hortera que dice llamarse Arturo y que tiene por costumbre insultar a la chica -de esa sí que no sé el nombre- con la que supuestamente está enrollado. La emisión de esas trifulcas de un gusto pésimo a todas horas en la -recordemos- "cadena amiga" es, cuando menos, un acto totalmente irresponsable en un país como el nuestro, donde la violencia doméstica alcanza unas cifras tan desoladoras y elevadas. Lo peor tampoco es que algo así se emita -hace tiempo que no espero ética de la televisión- sino que el público lo valore como algo normal, gracioso o hasta pintoresco. El argumento de "pero está muy bueno" parece que tanto en este caso como en el del primate calvo del otro programa anulan cualquier otra opinión sobre sus formas o sus ideas. Es decir, que se puede ser misógino si se está cuadrado. Genial, todo un alivio.
4. Perplejidad D
Entiendo el éxito (frívolo) de Sexo en Nueva York, siempre que no se tome como una especie de biblia sobre el amor y la sexualidad femeninos. Si se ve como un pasatiempo tontorrón de gente vestida de marca en sitios monos de NY, vale. Pero nada más. Lo que no entiendo es que se acabe de publicar -con visos de best seller- un libro titulado Por qué los hombres quieren sexo y las mujeres necesitan amor. Y lo peor no es que haya un cenutrio -o una cenutria, vaya usted a saber- que escriba semejante prejuicio en no sé cuántas páginas, ni que una editorial decida publicarlo (es evidente que el criterio editorial -con excepciones- murió hace años), lo que me sorprende es que se esté vendiendo y, sobre todo, que haya mujeres que lo compren, en lugar de sentirse ofendidas al ser, una vez más, privadas del sexo como parte de su identidad. Que si ellas de Venus, que si nosotros de Marte... Y el tópico sigue vendiendo y funcionando, porque de repente parece que nadie se da cuenta de que está volviendo una ola brutal de conservadurismo que amenaza con llevarse todos los logros conseguidos -y eso que estaban a medio hacer- en décadas anteriores.

6.10.09

Días de series

El otoño no me ha sentado nada bien... y llevo en cama desde el viernes. De momento, me esperan unos días más... Soy un pésimo enfermo y echo de menos el trabajo, a mis alumnos, el barullo de la ciudad y entrar y salir normalmente. En fin, una lata.

Al menos, he podido ponerme al día con unas cuantas series y ya solo me quedan dos episodios para terminar las magistrales seis temporadas (con esa intensísima, oscurísima y peculiar sexta-bis) de Los Soprano. A ver qué tal ese comentadísimo episodio final del que no he querido saber nada, a pesar de que ha sido más que difícil no enterarse de su contenido, ante los ríos de tinta que generó en su momento y que aún pueblan la red.

En cuanto a los vicios televisivos de este mes -algunos nuevos y otros, no tanto-, aquí van algunos apuntes...

Me divierte Miénteme. Su planteamiento imita punto por punto el esquema de CSI, sustituyendo la investigación científica por el lenguaje no verbal. Entre sus defectos, además, hay que admitir que sus técnicas de investigación son tan pobres que parecen sacadas de los capítulos más flojos del libro de Flora Davis y los secundarios sobreactúan para que notemos sus gestos en todo momento, de modo que todos sabemos que mienten en cuanto lo hacen. Sin embargo, su ritmo es ágil, sus personajes no funcionan del todo mal -muy mono, por cierto, el chico que solo puede decir la verdad- y, ante todo, sale Tim Roth, uno de los actores que más me gustan -enorme carisma y fuerte personalidad escénica- y al que podría soportar hasta en un remake de Aquí no hay quien viva si fuera necesario. Solo por verlo a él sigo la serie, con la esperanza de que los guionistas descubran que su prota es un punto fuerte y se despeguen de CSI para ofrecernos otra cosa. De momento, ya han creado un misterio en su pasado -el porqué de su interés en el lenguaje gestual- y hasta lo han aproximado a la línea de series como House en algún capítulo. Supongo que lo que les falta es decidir un camino y otorgar al producto una auténtica personalidad. Veremos.

Me interesó (a medias) Flash Forward. La obsesión de su equipo -y de su cadena, ABC- por convertirla en la nueva Perdidos, me chirría en exceso. Seguramente porque Lost no pretendía ser Lost, pero se convirtió en un hito televisivo por sí misma, a pesar de sus trampas y sus retruécanos de guión. Da igual. Somos una legión de fanáticos los que contamos los días para ese enero de 2010 en el que comenzará la última temporada. En Flash Forward también se nos ofrece un piloto espectacular -aunque no creo que sea comparable al accidente inicial de Perdidos- y una idea inteligente, pero es todo mucho menos natural, menos complejo y, a estas alturas, menos sorprendente. Además, Joseph Fiennes (todavía no he visto un solo papel de este chico en el que me convenza) no es tan sexy como Jack o Sawyer y la protagonista, la Penny de Perdidos, no tiene el carisma ni de Kate ni de Juliet (¿quién ha hecho un casting tan anodino?). La serie -aunque sea también coral- tiene una estructura mucho más sencilla que Lost y empezó con una trampa tan pueril (ese vídeo captado por las cámaras de seguridad y, alehop, cazado casualmente por la policía: parecía hecho de coña) que hace prever un desarrollo quizá precipitado, al estilo de la última y patética temporada de Prison Break (con lo geniales que fueron , en sus subgéneros, las dos primeras). De momento, habrá que seguir viendo cómo evoluciona la serie, pero no acabo de saber si este cruce de Memento-Lost-K.Dick funcionará como pretenden.

Me provocó curiosidad el arranque de la nueva temporada de House. El hecho de que sigan inventando y sorprendiendo al espectador es más que meritorio en una serie que comienza ya su sexta temporada. La duda es hasta cuándo pretenden alargarlo... Ojalá decidan parar en un momento en que serie y personaje aún mantengan su dignidad. De momento, el episodio de hora y media con House en el psiquiátrico es, cuando menos, interesante. A ver qué viene luego...

Me aburre -infinitamente- la segunda temporada de True Blood. Tampoco me entusiasmaba la primera, pero al menos era brutalmente sexy, muy atrevida y, sobre todo, funcionaba como una crítica durísima y gamberra de todo tipo de fanatismo. Ahora, de repente, desaparece la oscuridad turbia y real de los guiones del principio y se convierte en un serial teen tontorrón y sentimentaloide de vampiros-niñatos y víctimas-niñatas. Qué pena que se haya preferido lo comercial a lo transgresor. Tal vez, en una tercera temporada, se recupere el malsano criterio original.

Me alegra -sobremanera- que hayan echado a Violeta de Física o Química. La serie -todo un sacrilegio mencionarla en este post, lo sé, pero la fiebre es lo que tiene- ha empezado este curso con guiones aún peores que los de la temporada anterior (¡y parecía imposible!), repitiendo las mismas tramas y alargando hasta la náusea historias de nulo interés (el fanático religioso que quiere cantar ¡con Nacho Cano! y otras ideas igualmente brillantes). Para colmo, se han montado su propia versión de Juno (peli moralista y sobrevalorada, he de decir) con la tal Angy, una de las actrices más inexplicable de ese gazpacho folletinesco (¿quién le ha dicho que colgarse todas las muñequeras de su barrio y mirar al suelo con cara de bizca es actuar?). De momento, Blanca Romero sigue actuando (¿no se han dado cuenta de que es un peligro para la salud pública?) y hasta ha estrenado una película (sin comentarios), con lo que el virus FoQ parece ir más allá del televisor. Yo, de momento, sigo consumiéndolo como mi dosis de telebasura semanal (qué le vamos a hacer, no tengo fuerzas para desengancharme), incapaz de dejar de reírme ante las frases de sus personajes (sobre todo, de las supuestamene dramáticas) y las situaciones que se plantean. Como ejemplo, me quedo con los cuadros perpetrados por el supuesto profesor de Arte: ¿no había dinero en producción para encargar algo mínimamente digno? Digamos que parecen pintados por la mismísima Belén Esteban después de un maratón en Sálvame...

Y, por último, volviendo a eventos más, digamos, culturales, me muero de impaciencia por ver tanto la tercera de Mad Men -que me espera seductora en mi pc- como por saber qué hace la Adrianna de Los Soprano en la nueva temporada de Desperate Housewives. El fichaje -con guiño autorreferencial y televisivo incluido- promete...

Por ahora, poco más, me vuelvo al sofá, manta y mando de televisión en mano, deseando que la salud posea mi cuerpo cual Megan Fox en Jennifer's body para retomar la normalidad. Quién me iba a decir a mí que iba a echar tanto de menos a mis alumnos... Con lo felices que deben de estar ellos sin aguantar al pesado de su profe de literatura...

29.9.09

Refugios

Cada cual tiene sus refugios, y el mío -uno de ellos- es la Fnac. No es un lugar cómodo, ni amplio, ni siquiera está mínimamente organizado. Después de un buen arranque hace ya unos cuantos años, comenzó a convertirse en un bazar cultural donde cada vez impera más el caos y la desidia. Aún así, a pesar de que ya no sea lo que pudo haber sido, sigo escondiéndome allí de vez en cuando, sobre todo en momentos en los que no acabo de entender al entorno o en los que el entorno no acaba de entenderme a mí.

Ayer no fue fácil llegar. Primero tuve que sortear todos los socavones que el ayuntamiento ha ido dejando a lo largo de la ciudad, un Madrid hipotético que hace años fue una hermosa ciudad y que ahora es un inmenso agujero lleno de zanjas y hórridas grúas. Da igual, hago como si el ruido, y el polvo, y la fealdad no existiesen y llego hasta Preciados. Allí me espera una versión castiza de la Corte de los Milagros, con turistas de saldo, repeticiones clónicas de tiendas inditex y alguna que otra actuación entre cutre y simplemente patética de gente que hace cosas que ni me interesan ni me importan, trileros y otros eventos populares incluidos. El ambiente tiene un ligero tufo al Madrid de la Gran Familia, igual de feísta y de rancio que en aquella terrible loa a la familia franquista, como si por aquí jamás hubiera pasado el siglo XXI (tal vez sí pasó, pero se cayó en una zanja gallardoniana y por eso no hay ni rastro de él).

Finalmente, alcanzo mi objetivo. La librería hoy está más descuidada que nunca. Las películas han sido clasificadas en estanterías imposibles y los discos responden a un criterio indescifrable que me impide encontrar lo que busco. Da igual. No tengo prisa. Necesito tiempo, así que me sumerjo en la búsqueda hasta que doy con el dvd de Mishima (al fin editaron la biografía de Schrader), con una rareza de Weill, con algo de pop -cómo no- y con una buena pila de libros que me apetece leer y que, pienso, pueden ser buenos libros que comentar con mis alumnos de 4º y Bachillerato. Entonces, a pesar de hallarme en el refugio -supuestamente a salvo- vuelvo a recordar por qué estoy allí. Porque ha sido una mañana llena de zafiedades y pequeñas miserias -esas son las peores, porque las grandes miserias son, al menos, interesantes-, una de esas mañanas donde me dan ganas de volver (otra vez) a cambiar de aires. O de rumbo. Y no porque no me guste lo que hago. Sino porque, con excepciones (pocas y con nombre propio), no me gustan quienes lo hacen junto a mí. Quizá ese sea -con o sin pacto de educación- uno de los problemas de la enseñanza: quién se sitúa frente a ellos. Es imposible que los adolescentes aprendan nada si se sigue subiendo a las tarimas -o donde nos quieran subir, porque a este ritmo tendremos que dar la clase desde las grúas traídas de las obras- gente gris, mediocre, aburrida, monótona, sin expectativas y sin ningún tipo de inquietud. Gente que cree que esa tarima es el foro donde vengarse por todos sus complejos, o gente que, como no tiene vida fuera, decide generar folletines absurdos allí dentro. Es imposible que los chicos aprendan algo positivo de docentes incapaces de dar los buenos días por el pasillo, o de profesores de literatura que jamás conversan sobre un libro porque desconocen que se ha seguido publicando incluso después de La colmena. Supuestos profesionales que se limitan, año tras año, a leer los mismos folios enmohecidos y que luego se quejan de no estar motivados, de que se aburren, cuando el problema no es que se aburran ellos: es que aburren -y desmotivan- a los demás. No, el problema no es dónde subirnos -tarimas, globos... me importa un bledo- el problema es quién se sube al lugar en cuestión.

En las cajas hay menos gente de la habitual. Saco la tarjeta de cliente -más bien, de refugiado cultural- y me concentro pensando en todo lo que quiero hacer este curso -planes, proyectos, ganas- para anular el maleficio de los que no hacen, de los que solo viven para zancadillas, maldades y envidias al trabajo ajeno. No es eficaz, pero al menos amortigua el golpe y, sobre todo, permite recobrar fuerzas. Quizá por eso hoy, al ver a algunos de esos elementos mezquinos y diminutos no he sentido la ira de ayer. Ni siquiera un mínimo de enojo. Tan solo un profundo aburrimiento. Y una profunda lástima. Pero no por ellos y su gris -bastante tienen con su estulticia como para culparles por ella-, sino por los alumnos que habrán de sufrirles. Espero que ellos también descubran pronto sus refugios. Y, sobre todo, que lo hagan antes de que el ayuntamiento de Madrid los convierta en un infinito socavón.

17.9.09

Silencio, silencio he dicho

La casa de Bernarda Alba es una obra difícil. En primer lugar, porque se trata de un texto que casi todos hemos visto y/o leído más de una vez, por tanto, no se cuenta con el factor de la novedad y, para colmo, se ha luchar contra todos los prejuicios que el espectador lleva consigo. Además, es un texto tan sublime como difícil, con elementos poéticos que dificultan su puesta en escena (los episodios simbólicos de la abuela, por ejemplo) y que obligan al director a posicionarse con respecto a la obra desde el primer minuto. Todo ello suele dar lugar a versiones más o menos correctas, acartonadas y donde el aliento lorquiano brilla por su ausencia, aunque la palabra de ese inmenso poeta y dramaturgo sobresalga sobre la mediocridad reinante.

No es este el caso del montaje que el trío Lluís Pasqual-Rosa María Sardá-Nuria Espert nos ofrece ahora en el Matadero. Tras haber sufrido los excesos entre ridículos e ingenuos de Tito Andrónico, se agradece una puesta en escena como esta, donde la modernidad no nace de la estridencia, sino de la relectura de un texto al que hemos convertido en símbolo, deshumanizándolo siempre y dando lugar a una serie de personajes míticos más próximos a la tragedia griega que al teatro del siglo XX.

En este caso, Pasqual sigue al pie de la letra la indicación de Lorca de que esta obra es un "drama" (que no tragedia, es decir, que ha de contener elementos cómicos) y que posee la intención de un "documental fotográfico". Esa sensación, la de documento, se consigue gracias a elementos tan sabiamente empleados como la luz o el espacio escénico, situado entre las dos tribunas de espectadores y obligándonos a entrar en la casa cada vez que la familia se queda a solas, sin visitas del exterior. La claustrofobia se intensifica conforme avanza la obra, consiguiendo que seamos parte de ese pueblo opresor, crítico y mezquino que denuncia Lorca. En su afán por convertir la obra en documento se llega a ciertos excesos, como los momentos en los que aparece la abuela, donde se ha omitido cualquier visión poética del personaje y se nos la presenta de manera descarnada y un tanto esperpéntica. Quizá sean las dos escenas que menos me convencieron, pero admito que nunca he visto una resolución de las mismas que me haya convencido, así que, en parte, supongo que la dificultad reside en su propia escritura y en mi dificultad para integrar al personaje -que me resulta demasiado obvio- dentro de una obra mucho más sutil.

Pero el gran hallazgo del montaje reside, sobre todo, en haber convertido a Poncia en parte de un tándem indisoluble con Bernarda. No se trata de una secundaria , ni de una simple heredera de la tradición celestinesca, ni de la acompañante cómica de la protagonista. Al revés, la Sardá convierte a su Poncia en un personaje esencial para entender a la propia Bernarda, llenándola de matices y robando cuanta escena se encuentra a su paso. La simbiosis de ambas, que está en el texto y que casi siempre se pasa por alto, funciona a la perfección, de modo que la obra, automáticamente, comienza a humanizarse, con una Bernarda cansada, mayor, fatigada y que ejerce su rol represivo desde un carácter y una educación que nos obliga a verla como una mujer y no como un simple símbolo casi mítico. De ahí que su interpretación del texto final de la obra - ese Silencio. Silencio he dicho casi siempre declamado de forma pétrea, incólume, brutal-, sea aquí de un desgarro tan terrible como contenido, releyendo al personaje desde un presupuesto menos habitual y ahondando en sus sentimientos como madre, sin renunciar por ello al lado despótico y tirano de Bernarda.

Y en cuanto a las hijas, lo que más me interesó fue el afán del director por diferenciarlas, algo francamente difícil y casi siempre mal logrado. Salvo Adela, el resto de las hermanas suelen conformar una masa más o menos homogénea donde solo los incidentes permiten distinguirlas, pero no su propia psicología. Aquí, sin embargo, la dirección de grupos funciona y se esmera por dotarlas de rasgos individuales que las actrices aprovechan con mayor o menor fortuna. El retrato, bajo mi punto de vista, está bien conseguido y evita que las cinco hijas se conviertan en el coro monocorde y gris que estamos tan acostumbrados a ver.

Por todo ello este montaje me parece más que recomendable. Porque no resulta fácil aportar algo nuevo a una obra tan célebre y, sobre todo, porque es difícil que esa novedad no atente contra la esencia misma del texto. En este caso, se puede discutir si Bernarda puede ser o no esa mujer que dibuja la Espert, pero -guste o no esa visión del personaje- se trata de un retrato bien construido y justificado, sostenido en el "típico estilo Espert" (quien la conoce ya sabe cómo es sobre el escenario). Un montaje, en conjunto, más que notable. Y, sobre todo, otra ocasión -tras aquel fantástico Wit- de comprobar lo estupenda que es la Sardá, tan desaprovechada en el cine español de los últimos años.

12.9.09

De brocha gorda

Azuloscurocasinegro era un título original, confuso, errático y, a su modo, sutil. En definitiva, un título tan interesante como la película a la que daba nombre, en la que, a pesar de los pequeños errores de una ópera prima, se respiraba una buena historia que atrapaba al espectador y que, personalmente, me gustó mucho más de lo que esperaba.
Gordos, sin embargo, es un título evidente, obvio y orondo. Un título tan grueso como el contenido de esta película donde se ha perdido toda la sutileza del filme anterior para dar cabida a un supuesto mosaico de vidas en las que la gordura se convierte en metáfora de todo cuanto le apetece a su director. Metáfora de la mentira, de la envidia, de la obsesión, de la incomunicación... Metáfora facilona que, por si fuera poco, nos explican (cada día estoy más harto de las películas con manual de instrucciones: ¿tan tontos nos ven?) y que dan lugar a una ristra de tópicos que están muy lejos de la verdad que se respiraba en su obra anterior.

En primer lugar, chirría la estructura, supuestamente ingeniosa -a partir de la teletienda- y, en la práctica, demasiado ramplona, propia de un curso de guión para principiantes, como si el alumno quisiera epatar a su profesor con una idea endeble pero que al estudiante se le antoja genial. El esquema resulta cansino, previsible y, para colmo, da lugar a esa frase final con toda la moralina posible: "Mírate a ti". En ese momento habría querido poder llorar o gritar o mostrar mi indignación ante semejante golpe propio de las fábulas de Esopo.

Peor aún que la estructura son las historias, con algún que otro acierto -más bien escaso- y, a cambio, un puzle de vidas sin interés que se llevan al extremo en todos los casos. La peripecia inverosímil -y aburrida- del ADN en la familia de gordos, la historia de los dos miembros creyentes de "la comunidad" (de los que no se sabe por qué viven en el decorado de Cuéntame y que solo podría ser salvada por la interpretación de Raúl Arévalo, que consigue ser eficaz en un papel plano y caricaturesco), la memez de la relación entre el terapeuta y su novia (una Verónica Sánchez que jamás debió hacer nada más que Los Serrano, porque sus límites interpretativos son más que obvios), a la que él no puede desear porque la ve gorda al quedarse embarazada (¿no había otro punto de vista más interesante sobre el embarazo y lo que esto puede suponer a a la mujer? ¿realmente tenemos que emocionarnos ante el "drama" -permitan que me ría- de un hombre que no soporta que las tetas de su mujer engorden?), y como colofón, el relato más grueso (nunca mejor dicho) de todos: la historia del protagonista (Antonio de la Torre) y la mujer de su socio (Pilar Castro), un auténtico vodevil barato que parece sacado de una película de la transición. Para salir corriendo, literalmente.

Las interpretaciones, en general, están a la altura del guión. Es decir, bajo mínimos. Hay quien se salva -pocos-, pero todo se hunde cada vez que Antonio de la Torre entra en pantalla. No solo parece Jeckyll y Hyde -entre el vendedor de la teletienda y el gordo de las sesiones no hay un cambio: hay dos personajes distintos-, sino que construye a un supuesto gay desde todos los tópicos y amaneramientos posibles. No entiendo por qué susurra como Marlon Brando en El padrino, ni por qué mueve las manos como si se tratara de la versión plus-pluma de Boris Izaguirre, ni por qué camina como si fuera la señora Doubtfire, ni por qué es tan absolutamente inverosímil en cada una de sus escenas. Tampoco le ayuda su historia, en la que -para mi sorpresa- el director demuestra -junto con su equipo- no tener ni idea de relaciones homosexuales, creyendo que el hecho de que una mujer emplee una polla de látex puede heterosexualizar, en cierto modo, a un gay. La historia de amor/desamor -con escenas patéticas, como la que tiene lugar en el club gay, que a su vez parece inspirado en los cómics de Ralph König: todo cuero y cadenas, claro- se ve alimentada por una insólita selección musical: el espantoso Casi, casi de Raphael, con el que nos calientan la cabeza cada equis minutos de metraje. Pilar Castro -¿por qué a todo el mundo le gusta esta mujer tan histriónica y avulgarada en sus interpretaciones?- sobreactúa como de costumbre y trata de ser cómica y trágica según el momento. Obviamente, no consigue ser ni lo uno ni lo otro.

Por supuesto, el autor no nos ahorra ni un solo monólogo explicativo (en eso cae en los mismos errores que Fernando León: no saben decidir si sus personajes han de ser poéticos o realistas, así que los convierten en una suerte de rapsodas cansinos que ni el más plasta de los cantautores de Malasaña), ni una voz en off, ni un barroquismo de planificación y montaje innecesario... Al revés, se nos cuentan los hechos -no se nos narran: se ve que el presupuesto no da para grabar exteriores- y se nos aportan reflexiones facilonas y tontorronas que pretenden desvelar grandes verdades sobre la capacidad para mentirnos a nosotros mismos. Es curioso que un tema tan bueno como este -el de la mentira- haya tenido dos tratamientos tan pésimos en el cine español reciente: Mentiras y gordas y Gordos, ambas, por cierto, con semejanzas hasta léxicas en sus títulos. Too much.

Pero, con mucho, lo peor de la película es su desenlace. Una boda onírica que pone un punto y final absolutamente terrible y sonrojante, de esos que -como ya pasara en Caótica Ana- provocan auténtica vergüenza ajena. A mí, lo admito, me costó no bajar la mirada y apartarla de la pantalla, porque no podía dar crédito ante lo que estaba viendo. Para rematarlo, se nos regala la coletilla final, esa gran frase en la que nos recuerdan que esta película es para reflexionar y sentirse muy intelectual al llegar a casa, aun cuando lo que se nos ha relatado es tan bizarro, superficial y astracanado como las peripecias de Sexo en Nueva York, solo que en esta última aparece gente guapa y se asume que todo es una simpleza desde antes de empezar la película.

Sé que una segunda obra es una tarea difícil y compleja. Que existe mucha presión. Que se cometen errores por querer innovar y abarcar demasiado. Pero lo que no entiendo es que nadie en todo el equipo de la película despertase al director y le hiciese darse cuenta de que se estaba gestando un bodrio monumental que, para colmo, tiene ínfulas de cine intimista y reflexivo. Sin embargo, el resultado se acerca mucho más a los peores filmes de Antonio Mercero que al Woody Allen que le gustaría ser a su director (y que, según las películas, ni el propio Allen consigue ser ya).

Y, honestamente, si una película supuestamente moderna, joven, novedosa, tiene una visión del mundo gay y de su realidad como la que demuestra este filme, resulta del todo preocupante hasta qué punto estamos atrapados en una sociedad con prejuicios, tabúes y desinformación. Una sociedad tan gorda y poco sutil como esta película que, sinceramente, podían haber estrenado directamente en dvd. A ver si con la tercera, como dice el refrán, va la vencida. Y esto lo dice uno que se sabe de memoria el corto Física II, donde -por cierto- los adolescentes respiraban una naturalidad que los de Gordos no conocen ni por el forro, con su imitación -actores incluidos- de los peores tics de Física o Química.

10.9.09

¿Más ordenadores en las aulas?

Un ordenador por cada alumno es, según los medios de comunicación, la medida más necesaria de la educación española. El defensor del pueblo, por si acaso, apunta otra idea: hay que renunciar al tuteo alumno-profesor y volver al usted para evitar los problemas de disciplina. Ya, de paso, ciertos columnistas y otras especies periodísticas se apuntan al tema del botellón para culparlo de todos los males que nos aquejan.

Es curioso que un tema como la educación se analice de manera tan superficial y, cómo no, tremendista. De nuevo se insiste en que faltan ordenadores, cuando lo que realmente faltan son recursos humanos. Volvemos, de repente, a las aulas con más de treinta alumnos en la Secundaria y el Bachillerato de la enseñanza pública, lo que va en detrimento de la calidad de enseñanza. Que tengan un ordenador o no en su mesa es lo de menos: han nacido con ello y lo manejan con total normalidad. El problema no está en las pizarras digitales, sino en las aulas sobrecargadas, en los absurdos itinerarios escolares y en el nulo interés de sentarse a establecer un verdadero plan educativo que borre los desastres ocasionados en sucesivas leyes estúpidas: LOGSE, LOCE, LOE... un sinfín de siglas para resumir un fracaso rotundo del que se empiezan a atisbar las consecuencias. Evidentemente, entre las propuestas para mejorar la calidad de enseñanza nunca figura ningún tipo de revisión de las condiciones laborales de los profesores. Productividad, aumento salarial, pluses a cambio de ciertas funciones..., todo ello ayudaría -igual que ocurre en el sector privado- a incentivar al sector. El hecho de que esas mejoras no existan tampoco nos exime a los profesores de ningún tipo de responsabilidad, pero digamos que ambos conceptos no son incompatibles. ¿Se puede mejorar un sistema sin intentar mejorar también las condiciones de quienes forman parte activa del mismo?

En cuanto al tuteo y al botellón, se trata de simplificaciones lamentables. Y cansinas. Creer que el modo de mantener la disciplina es emplear el usted en las aulas resulta, cuando menos, irrisorio. Personalmente, jamás he tenido problema alguno al respecto y, por supuesto, tuteo y tutearé siempre a los alumnos quienes, con el tiempo, tal vez se conviertan en amigos o, cuando menos, en conocidos. Claro que no se trata de fingir colegueo, pero el respeto y la autoridad no van reñidos, en absoluto, con el afecto. Y sobre el botellón, ¿qué esperamos? ¿Que los adolescentes paguen un dinero que no tiene por entrar a locales donde no pueden pasar? ¿Que no prueben sus primeras copas, sus primeros ligues, sus primeros lo que sea en un parque o en una plaza? Por supuesto que hay que evitar la violencia y los actos de vandalismo, pero esos son casos aislados. No generalizables. Es curioso que algo así desate tanta polémica y que, sin embargo, nos parezca tan normal que nuestras calles se llenen de encierros -esa costumbre bárbara y lamentable-, o de tomatinas y otras sandeces en las que se tira de una coartada supuestamente cultural para hacer el merluzo.

Sin embargo, mientras los periódicos se preocupan de este tipo de cuestiones e insisten en colgar ordenadores a los alumnos a la vez que se nos insta a hablarles de usted, la televisión nos deja imágenes que, honestamente, sí me preocupan y alarman a partes iguales. Imágenes que hacen plantearse cuál ha de ser el sentido de la educación, si es que lo tiene. En concreto, hoy me he sorprendido al ver un vídeo del nuevo GH (nota al margen: ¿cómo es posible que siga habiendo nuevas ediciones de un formato agotado?) en el que unos simpáticos jóvenes fingen violar a una muñeca con un cepillo de dientes. Se supone que es una broma divertida (así lo vende el programa en los vídeos que ofrecen en su web) y un simple juego en un país donde, lamentablemente, tenemos un número alarmante de episodios de violencia sexista. Después, en otro programa de esa misma cadena -Hombres y mujeres y viceversa- aparece un tipo hipermusculado, calvo y malhablado que, a pesar de su corto vocabulario -tanto como sus neuronas- dice todo tipo de brutalidades a una serie de chicas que aspiran a estar con él (esto último me resulta del todo incomprensible). A su lado, otro individuo menos musculado pero igulamente vacuo y antipático, reparte idénticas barbaridades a una chica morena y de pelo rizado de la que dice desconfiar y a la que trata con un desprecio injustificable. El público del plató, lejos de escandalizarse o de mandar a la mierda a esos dos especímenes, ejemplo del macho ibérico que yo creía en vías de extinción, resume la bronca como un ejemplo de relación fogosa o pasional, es decir, como algo natural y cotidiano. Está claro que si el hombre no pierde el respeto a la mujer y la trata como si fuera un objeto, la relación no es ni fogosa ni pasional ni nada que se le parezca. Al menos, esa es la imagen que el programa transmite.

Eso sí que me parece grave. Algo debemos estar haciendo mal para que los alumnos no solo no sepan escribir o leer correctamente, sino -mucho peor- para que no sepan relacionarse entre sí sin reproducir modelos violentos, misóginos y homófobos que ha costado mucho tiempo superar y que, evidentemente, no se han superado del todo. Si las dos escenas de estos programas son algo tan aceptable y lúdico, es que realmente sigue siendo necesario que en las aulas trabajemos conceptos como el respeto o la igualdad en vez de empeñarnos en que los chicos hagan toda suerte de trabajos más o menos estúpidos en powerpoint.

7.9.09

De altos vuelos

Excepcional. Así fue el Spartacus que este sábado nos ofrecía el Ballet del Teatro Bolshoi en el Real. Y es que no es habitual ver a un bailarín volar -literalmente- de una forma tan gimnástica y, a la vez, tan intensamente lírica. Un auténtico poema físico, muscular, de movimientos elegantes y brutalmente inverosímiles, capaz de provocar el entusiasmo y la admiración de todos cuantos allí estábamos. Un cuerpo de baile lleno de primeras figuras y de artistas que llenaban de vida los personajes de una historia ya de por sí apasionante: pérfida y seductora Aegina, exquisita Frigia, malvado y convincente Craso. La música de Jachaturian era tan envolvente como la coreografía, así que las tres horas volaron -como Ivan Vasiliev en su fabulosa recreación de Espartaco- sin dejarnos apenas respirar. No sé si quedarán entradas para alguna de las próximas funciones, pero de ser así, deberían verla. Hay ocasiones, como esta, que no se deben desaprovechar.
Y, ya que estamos con personajes excepcionales, sumemos dos más del mundo del cine. Pixar y Burton quienes, a pesar de sus detractores, tienen -cuando menos- un estilo más que personal. Yo, lo admito, soy un fanático seguidor de ambos, así que espero con ansiedad sus nuevos filmes, de los que dejo aquí el trailer oficial. Por cierto, cuento los días que me quedan para ver la exposición sobre la obra de Tim Burton en el Moma de Nueva York... Sé de uno que en unos meses se irá con su pareja dispuesto a inflitrarse en el mundo burtoniano para dar después un paseo por la Quinta Avenida ;-)

2.9.09

Hung

Treinta minutos de comedia -amarga, eso sí- para tiempos de crisis. HBO vuelve a arriesgar y nos ofrece en Hung su visión de la cruda coyuntura económica internacional a través de una peripecia que, en manos de otros guionistas, podría haberse quedado en un juguete cómico burdo y puramente vodevilesco. La premisa, en realidad, no puede ser más simple: un profesor de secundaria -el más que macizo Thomas Jane- afronta una situación desesperada con la única herramienta de la que dispone: su enorme sexo. Con la ayuda de su peculiar chulo, una ingenua poeta amateur, decide aprovecharse de su gran talento para sacar algo de dinero extra. Con semejante pretexto, es mejor no imaginarse lo que habría hecho de esta serie el equipo de Aida, por ejemplo.

La idea inicial de Hung no es ni excesivamente original ni demasiado anodina, pero aunque pueda parecer prometedora, también podría dificultar un desarrollo interesante si no se cuenta con los ingredientes apropiados. Se trata del clásico fogonazo de ingenio que puede dar pie a un buen piloto y no a una serie como tal. De momento, y a pesar de los escollos que ha de salvar el guión, esta primera temporada sabe plantear diversos temas con humor -ácido, pero eficaz-, sin excesos de moralina (se agradece) y con una planificación y una puesta en escena que convierten treinta minutos aparentemente triviales en una serie francamente disfrutable.

No es, ni de lejos, el nuevo Six feet under ni tampoco un sucesor de Los Soprano -como se ha dicho en algunos foros-, pero tampoco creo que pretenda serlo. Tan solo es una sitcom sin risas enlatadas (cómo se agradece ver una serie cómica sin que nos dicten cuándo hemos de reírnos) en la que, por si fuera poco, se habla de sexo con naturalidad y se desnuda con saludable frecuencia a su protagonista, de quien consiguen -¿cómo lo habrán hecho?- que sea algo más expresivo que de costumbre. Yo, lo admito, me tragué The punisher y La niebla por su sola presencia -el muchacho, sin camiseta, actúa estupendamente aunque en su rostro no diera muestra alguna de movilidad facial-, así que ahora que parece que lo dirigen bien -e incluso actúa- dispongo de una excusa más que decente para seguir siendo parte de su pequeño club de fans. Por lo menos, Thomas Jane -también presente en joyas del cine de autor como Deep blue sea...- no es un jovencito insulso a lo Efron o a lo Pattinson, que me sacan de quicio con su rollo aniñado.

En resumen, un entretenimiento más que digno de esos que merece la pena bajarse. Y una nueva prueba de que la comedia sigue existiendo en los guiones made in USA, aunque sea en los televisivos y no -desde luego- en los cinematográficos. Como aperitivo, aquí dejamos sus títulos de crédito iniciales que son, como siempre en la HBO, de antología.