25.2.09

Oscars. Valoración a modo de esquema (o algo así)

Lo que más me gustó...
...los discursos del guionista y el protagonista de Milk, película necesaria y, aunque discutible, interesante (a mí, personalmente, me gustó mucho). Estupenda -y valiente- reivindicación del matrimonio homosexual en un foro tan abierto y mediático como el de los Oscar. Bravo por ambos. Y el guionista, por cierto, muy guapo, lo cual no deja de ser un mérito añadido y agradecible. Esos dos Oscar, lo mejor de la noche.
...el vestido de Pe. Un Oscar inmerecido por un filme menor y un personaje de brocha gorda, pero la chica iba guapa, es simpática y no me cae del todo mal. Eso sí, el Oscar se lo tenían que haber dado a su agente y a su asesor de imagen, que ha sido capaz de refinarla y sacar un bellezón a partir del tapocente vulgar de La fuerza del destino. Sea como sea, enhorabuena.
...la presentación desaforada de Hugh Jackmann. Sigue siendo el más guapo, con permiso de Daniel Craig, y encima es un bailarín y cantante estupendo. ¿Para cuándo le van a dar un musical cinematográfico? Lástima no haberle visto en Broadway... Me lo anoto como tarea pendiente.
...el Oscar, por fin, a Kate Winslet. Me gustó mucho más en Revolutionary Road, pero, qué más da, se lo merecía. Lleva años haciendo papeles arriesgados e interesantes, como en la fantástica y oscura Little children. Además, una película tan especial como El lector no merecía irse de vacío.
...el triunfo alocado y colorista de Slumdog Millionaire. Ya la he visto dos veces y gana con cada visionado. Videoclipera, con final edulcorado, tramposa..., pero eficaz en sus propósitos, con estupendas interpretaciones -esos niños son increíbles- y con una estructura inteligente y juguetona. Solo por conseguir que salgamos del cine con una sonrisa a la vez que con el corazón encogido por la miseria vista en la pantalla, ya merece toda mi credibilidad.
...el aplauso a Almodóvar en pleno agradecimiento de Pe. Fue una de las pocas ocasiones en las que el auditorio rompió a aplaudir con ganas sin necesidad de que nadie se hubiera muerto.
...los vestidos en tonos crema y con palabra de honor. Pe, de nuevo, acertó y marcó tendencia. Junto a ella, destacaron la Winslet, la Tomei...
...el medley de los musicales: inteligente, hábil y estupendo. Bravo por su compositor.
Lo que menos me gustó...
...que Benjamin Button, una maravilla lírica de Fincher (a ver cuándo le reconocen su talento), se fuera casi de vacío.
...que el Oscar a Heath Ledger fuera tan previsible y no sé hasta qué punto tan innecesario. Me quedo con su papel en Brobeback Mountain y, en esta ocasión, prefiero la interpretación de Brolin en Milk y la del actor secundario de Revolutionary Road, que compone un loco con muchos más matices -y dificultades- que el histriónico Joker.
...el vestido de Meryl Streep y el saco con el que acudió Tilda Swinton. ¿No encontró ninguna boutique abierta?
...la pesadísima y engolada presentación de los intérpretes ganadores, con cinco presentadores y cinco discursos plomo por barba. Como si no hubiera bastante con los agradecimientos a familia, amigos, vecinos y demás parentela de los premiados.
...que La clase se quedara sin su Oscar al filme extranjero.
...que La duda, un prodigio interpretativo a cuatro bandas, no lograra ni un solo Oscar al trabajo actoral.
...que Ben Stiller no decida dejar para siempre el mundo del cine y se limite a hacer un programa como el de José Mota, para que no tengamos que sufrirlo tan a menudo.
...la ausencia de humor (compensada por la música) y los malos gags. No solo los guionistas de los Goya son penosos.
...el vestido negro de la Jolie: ¿se ha abonado a él? ¿Nadie le ha dicho que no es el color más apropiado para la ceremonia? A ver cuándo se renueva la imagen. Esmeraldas aparte, claro.
...la ausencia de Bardem. Su divismo, su antipatía y su poco saber estar no conoce límites. La excusa del rodaje no cuela. Demasiado fácil para evitar la foto incómoda con su pareja.
...la falta de nominaciones para Revolutionary Road, una de las mejores películas del año.
...el look de Mickey Rourke, de un frikismo aburrido y cansino. Menos mal que la Tomei contrarrestaba sentada cerca de él.

22.2.09

It's written

Conducir por primera vez mi nuevo Mini contigo al lado. Saberme seguro a pesar de que aún me impresione la carretera. La velocidad. El recorrido. Y moverme -movernos- en dirección a una comida familiar. O al cine. O a una exposición -brutal e imprescindible- de Bacon. Pasear por el Prado. O probar un japonés al que regresaremos. Respirando el aire que se cuela en las ventanillas de este Mini modelo Brithish Green en el que me sonrío pensando que quién me lo iba a decir a mí. A mí que siempre renegué de los coches. De conducir. A mí que sigue sin gustarme demasiado pero que al menos, a tu lado, hasta me suelto y disfruto del momento. Del instante. Y luego paseo a los Verdi. E inmersión en una película que no te atraía y que al final te encanta. La música del número final. La estación. It's written, dice su guión. No, en realidad, nada está escrito. La vida no está escrita. Se va escribiendo. Y nuestra novela -o nuestro libreto operístico, como prefieras- está siendo una obra de lo más emocionante. Y de lo más hermosa.
Regresa pronto. Yo, por si acaso, le diré al relojero de Benjamin Button que invente un reloj que, en vez de ir hacia atrás, acorte las semanas y extienda los días de acuerdo con el capricho del usuario... para que los viernes se precipiten. Y se multipliquen...

18.2.09

Leer el cine


Domingo. Cines Verdi. Siguen siendo mis -nuestros- favoritos. La sesión de las ocho y media está llena. La gente se amontona ante Slummdog millionaire (ya hablaremos de ella en otro post) y The reader. Dos propuestas diferentes pero interesantes. Divergentes pero necesarias. Resulta algo angustioso encontrar la butaca en la sala. Sentarse. Encontrar la calma para ver el filme de Stephen Daldry a pesar del agobio pre-oscar. Son tiempos difíciles para quienes amamos ir al cine con o sin alfombra dorada. Pero es natural que la cercanía del tío Oscar atraiga a más público del habitual. Las filas se mezclan, se colapsan, se agolpan... Y la magia del cine, una vez más, detiene el bullicio en un ejercicio de buen cine.

No es una película recomendable sin más. Es una película especial, absolutamente artificial, evidentemente poética. Y, por supuesto, con todos los subrayados -estructurales, formales, visuales- a los que nos tiene acostumbrados su director. Así pues, detractores de Daldry, mejor no vayan. Tampoco es una película de acciones emocionantes, ni siquiera el misterio se sostiene con la eficacia con que lo hace en la novela. Sin embargo, es una gran película de sentimientos, de culpa, de pasión y, sobre todo, de atmósfera.

Pocos largometrajes he visto recientemente con tanta capacidad sensual como este, donde la primera mitad es una hermosísima historia de amor y sexo contada con tanto lirismo como falta de pudor, con tanta verdad como poesía. Y no resulta fácil arriesgar y fundir el erotismo con la buena literatura cinematográfica, porque el salto a lo cursi o a lo vacuo se puede dar con excesiva facilidad. Los actores, espléndidos, incluso aunque el maquillaje esté a años luz de lo que uno espera de esta producción (¿es el mismo pésimo maquillador de Las horas?). Pero eso poco importa, el romance es envolvente, inquietante, confusamente reconocible. Los silencios -el diálogo escasea en el filme: se agradece- lo dicen todo.

Y después de esta primera mitad, irrumpe el tema de la duda, de la culpa, del remordimiento. Del tiempo que pisa los talones de los actores y los condena a mirarse en espejos que, como si fueran émulos tardíos de Dorian Gray, los deforman y les devuelven sus miserias, sus pasados, sus cicatrices. El tiempo no parece curarles, tan solo les da nuevas perspectivas que, como ocurre en la excelente escena entre el personaje de Ralph Fiennes y la superviviente judía, no desembocan jamás en una catarsis. Lástima: por eso la Historia -y la historia, la personal- es tan dolorosa.

No hay momentos -salvo alguna excepción- de la intensidad de Las Horas. Resulta difícil repetir el milagro de una de las películas que más me han gustado jamás (Julianne Moore siempre está en mi memoria desde aquel personaje), pero sí que se respira ese mismo aire de intensidad poética que funde el barroquismo con la sensorialidad modernista. Y, por si fuera poco, el juego intelectual (los libros -Odiseo y Circe- omnipresentes en todo el filme) consigue sumarle más y más capas semánticas -y semióticas- que harán las delicias de quienes disfruten con estos juegos de artificio.

Y no, no es una película que ni siquiera se esfuerce por ser del todo verosímil. Pero no se trata de eso. Así que si van a verla tendrán que dejarse llevar por su atmósfera. En el fondo, hay en ella tanto retorcimiento formal y argumental como en el Benjamin Button de David Fincher. Pero ambas respiran verdad y emoción. Y ambas forman parte del primer conjunto de películas americanas que, en bastantes años, realmente merecían su nominación al Oscar. Personalmente, no podría elegir... Que lo hagan, si pueden, los académicos.

14.2.09

Still (always)



I am a question to the world.
Not an answer to be heard.
All a moment that's held in your arms.
(...)
And you see the things they never see
All you wanted, I could be
Now you know me, and I'm not afraid
And I wanna tell you who I am
Can you help me be a man?
They can't break me
As long as I know who I am

Johnny Rzeznik, I'm still here

I'm still here, am. Always here... By your side. Our side.

8.2.09

Dudas y certezas

En la cartelera cinematográfica y teatral de esta semana parece que la duda se ha puesto de moda. Hamlet, desde luego, estaría más que satisfecho al ver que su ejemplo sigue cundiendo unos siglos después...
1. Doubt (La duda)
La duda no es más que una obra teatral que , en efecto, sigue siendo teatro a pesar de haberse estrenado en salas de cine. Su director -ausente durante la hora y media de función: ¿realmente la ha dirigido alguien?- se limita a rodar, como si de un Estudio 1 se tratase, el texto que ya triunfara en Broadway y el West End. La obra tampoco es especialmente brillante, aunque tenga alguna que otra escena de cierto interés y, sobre todo, un buen final. Sin embargo, si por algo merece la pena sentarse en una butaca durante sus noventa minutos de duración, es por el excelente trabajo de su cuarteto protagonista. De la Streep y de Seymour Hoffman ya lo sabíamos (por cierto, absténganse aquellos que no soporten su técnica interpretativa, porque aquí la emplean al 100%), pero me ha sorprendido gratamente el personaje de Amy Adams, justa ganadora de un Oscar de reparto que no sé si se llevará, y -cómo no- los diez minutos en los que Viola Davis consigue dejar clavado al espectador en su asiento (impagable su diálogo -casi monólogo- con Meryl Streep). Por lo demás, una película poco brillante y más bien anodina en su puesta en escena, donde la dirección de actores es soberbia y, todo lo demás, más bien rutinario.

2. El encuentro de Pascal y Descartes
Este nuevo estreno de Flotats -a quien admiro por su trayectoria y por su capacidad como actor y director- es profundamente decepcionante. Se trata de un supuesto tour de force entre dos intérpretes donde, en primer lugar, hay un evidente desequilibrio entre los dos protagonistas. El actor joven se esfuerza, pero no llega nunca al nivel de su oponente, así que la lucha está perdida de antemano y la obra -consistente en un diálogo supuestamente filosófico entre ambos- se halla inevitablemente desequilibrada y coja desde el primer minuto de la función. El texto, pedante y vacuo, tampoco ayuda mucho. Se plantea la duda, en este caso, como motor de la ciencia y se debate sobre los fanatismos religiosos y su intromisión en el avance del pensamiento. Sin embargo, todo ello está condimentado con tal cantidad de anécdotas insustanciales y frases grandilocuentes que el debate se deshace sin emocionar ni un ápice al patio de butacas. Tampoco hay evolución en los personajes, que se mantienen planos e inamovibles a lo largo de todo el texto, sin que su autor haya sabido construir dos identidades que, muy al contrario, son solo dos tristes estereotipos. Para colmo, la dirección vuelve a ser, en este caso, inexistente. Un escenario casposo e incomprensiblemente feísta (con muebles que parecen sacados de una función escolar de bajo presupuesto), un uso de la luz pobre, limitado y prácticamente nulo, una falta de ideas de puesta en escena que resulta alarmante y, por último, una visión paupérrima y estatuaria de la obra (los dos personajes están sentados frente a frente durante la práctica totalidad del espectáculo: ya que el texto no ofrece alternativas, la dirección sí debería proponerlas) acaban de matar el mínimo interés del montaje y lo convierten en una función tediosa y, desde luego, más que olvidable. Lejos está de aquella Cena en la que Carmelo Gómez sí sabía darle la réplica a Flotats y en el que el debate político era realmente denso e interesante. Aquí no hay más que una exhibición de citas pretenciosas y vacías que se pierden en la memoria con mucha más facilidad que el horrible vestuario y peluquería de la función, digno candidato al premio a la peor caracterización teatral del año y causa más que probable de mis pesadillas durante la semana entrante.

3.2.09

Juegos dialécticos



Es un alumno del año pasado. Casi no me di cuenta de que existía hasta que, a mitad de curso, me sorprendió con un relato notablemente bueno. No era más que un ejercicio de clase y, sin embargo, me bastó con leerlo una vez para darme cuenta de que aquello era pura -y adolescente- literatura. Los siguientes meses intenté motivarle para que siguiera cultivando la palabra -las palabras- y cada nuevo texto era una pincelada de talento que, por su timidez, supongo que le costaba compartir. Ahora, la excusa de crear un periódico en el instituto ha hecho que volvamos a ponernos en contacto. Y en mi ordenador, mientras dedico un tiempo que no tengo a bucear en los correos e ideas de decenas de alumnos, hay ya grabados un par de textos suyos que son, otra vez, notablemente buenos. Imperfectos, sí, pero llenos de rabia, de belleza, de ganas de expresarse y de una sintaxis valiente y antirretórica donde las metáforas significan y los adjetivos suponen. Donde se evita lo accesorio porque para repeticiones ya nos basta con la vida y su monotonía. Y la literatura, él lo intuye, no es eso. No es rutina realista. Es otra cosa. Así que, en un arranque de semiautoconsciencia, titula uno de sus textos Por qué escribo y lo llena de veneno dialéctico con la misma ingenuidad con la que un niño desarma un juguete. Pero, igual que el niño no adivina cómo funciona lo que acaba de romper, él tampoco halla una respuesta a esa pregunta y, probablemente, rompe la ingenuidad en su búsqueda. Me gustaría decirle -pero no debo- que no la hallará nunca y que, quizá por eso mismo, seguirá escribiendo. No porque tenga gran cosa que contar -nadie la tiene: las vidas son emocionantes cuando se viven, no cuando se narran-, sino porque necesitará seguir preguntándose por qué lo hace, por qué teclea el ordenador, por qué rasga el folio, por qué esa ansia y esos personajes y hasta esos versos que tal vez nadie vea. No sé si en unos años compraré un libro suyo, ni siquiera sé si publicará una página, pero sé que -aunque nunca pueda responder a ese por qué- él ya es un escritor, un joven dotado con el don maldito de la palabra y de su necesidad. Como todos los que -¿cuántas veces habremos desarmado ese juguete de los porqués?- necesitamos respirar a través del arte, sea el que sea. Y nunca sabremos por qué escribimos, por qué ensayamos, por qué actuamos, por qué dibujamos, por qué creamos... pero en esa eterna pregunta -en esa eterna insatisfacción: el arte solo puede ser dolor y rabia, si no, se convierte en pedantería y autocomplacencia- seguiremos haciéndolo.