3.2.09

Juegos dialécticos



Es un alumno del año pasado. Casi no me di cuenta de que existía hasta que, a mitad de curso, me sorprendió con un relato notablemente bueno. No era más que un ejercicio de clase y, sin embargo, me bastó con leerlo una vez para darme cuenta de que aquello era pura -y adolescente- literatura. Los siguientes meses intenté motivarle para que siguiera cultivando la palabra -las palabras- y cada nuevo texto era una pincelada de talento que, por su timidez, supongo que le costaba compartir. Ahora, la excusa de crear un periódico en el instituto ha hecho que volvamos a ponernos en contacto. Y en mi ordenador, mientras dedico un tiempo que no tengo a bucear en los correos e ideas de decenas de alumnos, hay ya grabados un par de textos suyos que son, otra vez, notablemente buenos. Imperfectos, sí, pero llenos de rabia, de belleza, de ganas de expresarse y de una sintaxis valiente y antirretórica donde las metáforas significan y los adjetivos suponen. Donde se evita lo accesorio porque para repeticiones ya nos basta con la vida y su monotonía. Y la literatura, él lo intuye, no es eso. No es rutina realista. Es otra cosa. Así que, en un arranque de semiautoconsciencia, titula uno de sus textos Por qué escribo y lo llena de veneno dialéctico con la misma ingenuidad con la que un niño desarma un juguete. Pero, igual que el niño no adivina cómo funciona lo que acaba de romper, él tampoco halla una respuesta a esa pregunta y, probablemente, rompe la ingenuidad en su búsqueda. Me gustaría decirle -pero no debo- que no la hallará nunca y que, quizá por eso mismo, seguirá escribiendo. No porque tenga gran cosa que contar -nadie la tiene: las vidas son emocionantes cuando se viven, no cuando se narran-, sino porque necesitará seguir preguntándose por qué lo hace, por qué teclea el ordenador, por qué rasga el folio, por qué esa ansia y esos personajes y hasta esos versos que tal vez nadie vea. No sé si en unos años compraré un libro suyo, ni siquiera sé si publicará una página, pero sé que -aunque nunca pueda responder a ese por qué- él ya es un escritor, un joven dotado con el don maldito de la palabra y de su necesidad. Como todos los que -¿cuántas veces habremos desarmado ese juguete de los porqués?- necesitamos respirar a través del arte, sea el que sea. Y nunca sabremos por qué escribimos, por qué ensayamos, por qué actuamos, por qué dibujamos, por qué creamos... pero en esa eterna pregunta -en esa eterna insatisfacción: el arte solo puede ser dolor y rabia, si no, se convierte en pedantería y autocomplacencia- seguiremos haciéndolo.

6 comentarios:

inquilino dijo...

Qué lindo. Casi tanto como tú :-)

inquilino dijo...

Y con esa maravillosa música que cierra Six Feet Under :-)

Anónimo dijo...

¿Para qué escribimos? Yo escribo para gritar, porque un folio en blanco es mi confesor. Yo escribo para pintar de garabatos emociones anónimas, para llorar, para llenarme de placer. Yo escribo para darles nombre a los escalofríos, darles forma a las miradas, dibujar las caricias. Yo escribo para experimentar, jugar y cagarla. Yo escribo para vivir. Yo escribo para hacer arte. ¿Y tú? ¿Por qué escribes?

SisterBoy dijo...

No preguntes por qué pregunta por qué no

Cinephilus dijo...

Supongo que si no me preguntara por qué escribo, ya habría dejado de hacerlo. Las certezas no son el motor de las palabras. Tan solo el abismo en el que se deshacen los silencios.

Arual dijo...

Ha de ser maravilloso como profesor de literatura que eres encontrar este tipo de perlas, no???