31.3.09

Los abrazos rotos

Fuimos a verla justo antes del viaje a Munich. Dos seguidores de Almodóvar como nosotros no podían dejar de asistir a su último estreno porque, incluso cuando no nos gusta, nos sigue pareciendo un director diferente y necesario. El título (aún me parece estupendo) me hacía albergar esperanzas, sobre todo teniendo en cuenta las afirmaciones del propio Almodóvar, que insistía en que había rodado su peculiar visión de un filme noir, una película negra de sentimientos y de emociones, llena de pasiones atormentadas y de laberintos personales. Confiaba, supongo, en reencontrarme con el Almodóvar capaz de emocionarme de sus grandes melodramas, como mi adorada La ley del deseo o películas algo más imperfectas pero cargadas de intensidad, como Átame o Tacones lejanos. Sin embargo, en Los abrazos rotos vuelve a caer -como en muchas de sus últimas películas- en el envoltorio plástico y rimbombante para una historia insípida, fría, insulsa e insustancial. Esta vez ni siquiera hay una primera parte interesante, como en La mala educación, ni un dilema moral, como en Hable con ella, ni tan siquiera alguna subtrama llena de fuerza, como la historia entre Ángela Molina y Pepe Sancho en Carne trémula. Los abrazos rotos forma parte de ese grupo de películas grandilocuentes y fallidas, pero solo en cuanto a sus errores y pretensiones, sin compartir uno solo de sus aciertos.

En primer lugar, resulta cansina la autocomplacencia del director, empeñado en restregarnos sus referencias culturales y muy alejado de la mezcla espontánea de sus otra películas. Aquí, cada escena lleva su pie de página y se nos trata como si fuéramos alumnos de un curso de estética y cinematografía. Hay ideas que, de puro ostentosas, resultan vacías, como su relectura de Magritte, a la que sigue un plano entre absurdo y esperpéntico de José Luis Gómez, que debería impactarnos y que cae en un patetismo no pretendido. Claro que también hay imágenes potentes, como las fotografías deshechas sobre la mesa o el director palpando el televisor donde se proyecta el accidente, sin embargo, ni siquiera se trata de un filme visualmente impactante, porque junto con esos trazos más o menos poéticos, encontramos planos inenarrables, como todos los que protagoniza el personaje de Rubén Ochandiano, incluyendo su carrera tras el accidente -que parece sacada de la carrera de tacones en Chueca de todos los gay prides.

En ese ejercicio de autocomplacencia, el director no duda en homenajearse y autocitarse, con esa deconstrucción de Mujeres... que es Chicas y maletas. Y sí, el humor esta vez funciona (incluso me gustó Carmen Machi), pero funciona porque repite los gags y las situaciones de su obra anterior, incluso los personajes. Claro que funciona hacer su propio mini-remake de una de las mejores comedias españolas de todos los tiempos. Y no vamos a negarle su mérito (¡al revés!), pero tampoco puedo aplaudirle por contarme lo que ya me contó en su momento. Además, la presencia de la comedia en esta película resulta demasiado caprichosa, se convierte en un relleno que no acaba de relacionarse bien con la historia central. Por otro lado, esta última no es ni tan negra, ni tan intensa, ni tan emocionante como para que el espectador necesite un respiro cómico. Al revés, la presencia de esa interpolación solo hace que ciertos elementos poco logrados del drama acaben arrancando una carcajada inoportuna en el público. No se consigue ningún tipo de clima a lo largo del filme, pero Chicas y maletas rompe cualquier posibilidad de que este exista y, encima, nos hace preguntarnos por qué Almódvar no ha rodado entera esta última -aunque sea un autoplagio- y nos ha liberado del petardo de la que estamos viendo...

Supongo que ese es el mayor de los problemas de la película: su guión. Almodóvar nunca ha sido un gran guionista, salvo en contadas excepciones y aun en ellas hay elementos pocos defendibles. Tiene buenas ideas, sí, pero suele caer en la incoherencia, en el barroquismo y en desenlaces poco logrados. Aun así, es precisamente su exceso lo que le hace -perdón: le hacía- único y atractivo. Sin embargo, aquí ha optado por contar una historia basada en elipsis y flash-backs, como si quisiera depurar su propio lenguaje y demostrarnos que también puede ser un narrador tan seco como el Daldry de Las horas o El lector. Así pues, al abusar de la elipsis ha terminado por vaciar los personajes hasta conseguir que no nos interesen lo más mínimo. Ni la pareja protagonista -carente de toda química- ni los que la rodean: nadie me importa un comino en esta historia previsible, predecible y simplona. Para colmo, el director mata su técnica de la elipsis con monólogos inacabables donde nos explican la película. Así pues, ¿para qué tanto silencio previo? El soliloquio de la Portillo en un Chicote inexplicablemente vacío es insufrible, tanto por la sobreactuación (la pobre hace lo que puede con un personaje evidente y plano) como por el contenido (sabíamos cada palabra desde el primer cuarto de hora). ¿No nos puede dejar pensar, improvisar, rellenar huecos? Para colmo, la estructura tampoco está lograda, con un prólogo infumable y un epílogo banal y tontorrón.

En cuanto a los actores..., digamos que defienden sus personajes con suerte desigual. Solo un personaje parece interesante sobre el papel, a pesar de que su nombre es ridículamente ochentero (Ray X); sin embargo, la interpretación de Ochandiano -y su imposible caracterización: que fusilen cuanto antes al responsable- lo convierte en el peor personaje masculino de Almodóvar, superando al mismísimo Liberto Rabal de Carne trémula. E incluso al Carlos Lozano y al Toni Cantó de Todo sobre mi madre. Penélope aparece guapa -cómo no- y da vida a una mujer sin ningún interés, de la que se nos cuenta poco y que no llega a interesarnos lo más mínimo. No hace un papel ni fácil ni difícil, simplemente no tiene papel. Se limita a estar triste porque su padre se muere y no tiene dinero. A casarse para tener dinero. Y a caerse por acostarse con quien no debe. Ah, y se besa con Homar, aunque parece que besara una pared cuando lo hace. Su química con Lluis Homar (al que, por cierto, deben haber sometido a unas sesiones de gym que le han dejado estupendo: su torso es lo único que me sorprendió gratamente de todo el metraje) es nula y el pobre Homar se limita a ser el narrador de una historia de amor sin demasiado amor y que termina mal porque si no terminara mal no habría película. Tamar Novas tiene gracia y aporta algo de frescura, aunque no es más que un triste narratario: la excusa para que nos cuenten esta milonga que nos cuentan. Y la Portillo, tan sobrevalorada bajo mi punto de vista, nos regala un personaje demasiado dramático para el miserable secreto que esconde (a mí la historia de la venganza fílmica me parece peor aún que la trama de la mismísima Kika) y no es capaz de darle cierta sutileza que nos impida desnudar sus sentimientos desde su primera escena. También aparece un gran actor, José Luis Gómez, en un personaje ridículo y maniqueo; Dani Martín, en un cameo que solo podría justificar si Almodóvar le ha hecho el casting en la cama; y Lola Dueñas, que a su modo forma parte de ese eterno homenaje a Mujeres... y que protagoniza escenas supuestamente poéticas (la vida doblada a través del cine) y que, en su ejecución escénica, resultan demasiado ridículas y cómicas. Ah, también -además de una publicidad ilimitada de El País y de una aparición digna de los Serrano de Alejo Sauras- hay más metáforas para otros pies de página, como la ceguera del director y otras tantas petulancias creativas que siguen sin llevarnos a ninguna parte, salvo al ejercicio hermenéutico y a admirarnos (pongan aquí admiraciones) de cuánto ha pensado el director. Y de qué poco, sin embargo, ha conseguido hacernos sentir y pensar a nosotros.

En definitiva, dos horas de película en las que se desaprovecha todo cuanto se pudo aprovechar, desde el título -brillante y apasionado- hasta los espacios naturales -lástima que no explore Lanzarote ni sus posibilidades fílmicas. Y, entre desaprovechamientos, se nos cuenta una historieta simplona y olvidable que pretende ser una reflexión sobre el amor, la culpa y el paso del tiempo, pero que está lejos de la capacidad para los silencios de autores como Daldry o Sam Mendes. Tal vez, solo tal vez, haya que admitir que Almodóvar es un director mucho menos versátil y más limitado de lo que nos gustaría. Y seguramente (muy seguramente), le convendría que alguien le ayudase o incluso le escribiese el próximo guión, puede que así recuperemos al director que nos emocionaba y perdamos de vista al autorretratista con ínfulas.

29.3.09

Coming back

De regreso -¡al fin!- tras dos semanas de viaje. Para no extenderme demasiado -aún tengo que reponer fuerzas tras convivir con ochenta quinceañeros en el viaje a Andorra- haremos una breve sinopsis:
a) Munich...


Fascinante, interesantísimo, sorprendente. No creía encontrar una ciudad tan viva, tan cultural, tan abierta y tan cosmopolita. Ha reforzado mi pasión por Alemania y se suma por derecho propio a mi catálogo de ciudades favoritas. Nuestro hotel (el Cortina) todo un hallazgo, céntrico y lleno de encanto. Entre los restaurantes, destacaremos Brenner, el must de Munich, al que todo el mundo debe ir, según la guía Wallpaper, si solo dispone de una noche en la ciudad. Y, por último, en lo cultural, imprescindible la Pinakothek der Moderne, una galería donde el arte y del diseño contemporáneo conviven en un espacio excepcional.
Celebrar una cifra tan redonda como el número ocho en una ciudad tan desbordante de posibilidades ha sido, sin duda, una elección igualmente redonda. Tan rotunda y tan rutilante como nuestra sonrisa al compartirla juntos...
b) Andorra...

Agotador, extenuante, especial y diferente. Tengo que reflexionar y evaluar la experiencia con más perspectiva. Hubo momentos geniales e instantes difíciles. Recuerdos que me despiertan la sonrisa y otros que me generan alguna que otra sombra. No ha sido, en general, como esperaba, ni en lo bueno ni en lo menos bueno. Supongo que ahora prima el cansancio y el desconcierto, así que es mejor esperar antes de hacer balances. Lo mejor, esos ochenta locos de quince años con los que he pasado las veinticuatro horas de esos cinco días. Y lo peor, supongo que el look nieve, que solo deja unos escasos centímetros de piel visibles ;-) Una experiencia que deja huella y de la que he aprendido mucho más de lo que creí que podría aprender. Y qué mejor que aprender de nuestros alumnos. Los adolescentes, cuando quieren dar lecciones, saben hacerlo mejor que nadie.
Y en el próximo post, comentario sobre esa pretenciosidad fallida e insípida titulada Los abrazos rotos... (Entre otras preguntas sin respuesta..., ¿¿¿hay alguna excusa para justificar el personaje, el vestuario, la peluquería y la interpretación de Rubén Ochandiano???)

22.3.09

De München a... Andorra

Días excepcionales -juntos y solo nuestros- en München. Mucho que decir y que contar de esta escapada, incluyendo una estupenda puesta en escena de Otello, una de las óperas más intensas del ya generalmente intenso Verdi. El hotel, impresionante. Cenas en restaurantes de moda en los que tendremos que repetir (muy recomendable Brenner, por ejemplo). Visita al barrio de los museos para deleitarnos con las joyas de Die Brücke, entre otros. Una ciudad a la que regresar. Otro rincón del mundo más que ya es también nuestro.
Y ahora, salgo rumbo a un autobús repleto de adolescentes -ochenta y cinco, en números exactos- camino de Andorra. A ver qué tal se nos da esta semana de convivencia profes-alumnos. Espero que sea una experiencia tan positiva como la imagino... Os cuento a la vuelta ;-)

15.3.09

Ocho

El ocho es un número mágico. Una cifra cargada de significados, de símbolos, de connotaciones. Un número que, transformado en años, da para mucho. Para conocerse. Para enamorarse. Para amarse. Para convivir. Para crecer. Para afrontar momentos buenos, malos y simplemente cotidianos. Momentos brillantes, duros e incluso grises. Porque de esos instantes -de todo tipo de colores y de texturas- se hace la vida. Y se hacen los números. Momentos como los viajes a ciudades fascinantes, o los despertares juntos de los lunes, o las comidas en casa de mis padres, o los estrenos teatrales, o mi cansancio tras una dura jornada en el instituto y tu paciencia para convertir mi agotamiento en ternura, o los silencios cómplices con las manos y las piernas entrelazadas en el sofá. Momentos con los que, juntos, hemos ido sumando días y ampliando noches -tantas y tan hermosas noches- hasta llegar a este ocho que ya casi es, que ya casi sucede -como el sexo de mi obra, como el sexo en nuestra cama, en los hoteles de las ciudades que hemos invadido con nuestra pasión, con nuestra voracidad-, un ocho que supone tanto -y que es tan importante- como tú y yo sabemos, como lo saben quienes nos quieren, quienes se alegran de nuestros días juntos, de que ahora sea como soy gracias a ti -no puedo definirme sin tu presencia- y de que -eso quiero creer- también tu seas algo distinto -algo más nosotros- gracias a mí.

Pero sumar cifras no es fácil, porque cada número es una nueva etapa. Porque somos humanos. Porque quererse tanto tiene riesgos. Nos hace vulnerables, nos desnuda, nos impide diferenciar lo esencial de lo que, tal vez, no lo sea. Y el aprendizaje no siempre es sencillo. No lo es si el amor se vive con vehemencia, con honestidad, con hondura. Y así, con esa profunda sinceridad y con la mayor valentía, hemos aprendido a superar obstáculos como el teléfono, o la impaciencia de los e-mails, o las barreras de los aviones, o hasta -si es preciso- la del propio sonido. Y ahora, en este ocho, aprendemos otra nueva forma -mejor, más intensa- de convivencia. Así que a veces, como aprender es complicado, yo no sé decir bien lo que quiero decirte y me equivoco y te hago daño sin pretenderlo (lo siento, am, cómo lo siento), o a veces tú no logras entender ciertas cosas en mí y, sin tampoco pretenderlo, complicamos lo que debería ser más sencillo. Pero en cada error hay un acierto: el de la reflexión, el del acercamiento, el de la necesidad -cómo respirar sin ti, cómo sentir sin ti, cómo soñar sin ti-, el del aprendizaje de una cifra nueva. De una etapa nueva.

Así que estamos a punto de celebrar el ocho que contiene un sinfín de noches en nuestro nuevo salón. El ocho de las veladas tumbados juntos viendo una película. De las cenas en japoneses sofisticados o en vips multitudinarios. De cines y óperas. De nuevos viajes. De proyectos compartidos. De paseos en coche en los que solo si estás ahí consigo vencer miedos. De ilusionarnos por estar y vivir juntos. De ser nosotros.

Este ocho -hermoso y rotundo- comenzó, en cierto modo, justo cuando sonaba aquel tema de Amaral en mi primer apartamento. Hoy, en un acto de justicia musical y poética, me decido a ponerle música a este texto con otro tema de ese mismo dúo. Su estribillo -ese inmenso Te necesito que tan bien canta Eva- es, exactamente, lo que pienso. Y lo que siento, profundamente, desde hace ya ocho maravillosos años. TQM

10.3.09

Tienen razón (Sobre la educación I)

Dos son los (¿nuevos?) debates que, sobre la educación, parecen haberse desatado estos últimos días. En su aparición ha influido enormemente tanto el enorme tacto de personajillos como Esperanza Aguirre, siempre dispuestos a aportar su granito de arena al desprestigio de los servicios públicos, como la tarea de ciertos medios de comunicación supuestamente concienciados y a los que, de repente, todo parece importarles un bledo (como El País, incansable en su ataque a los profesores y centros escolares en estos últimos meses). El primero de los debates tiene que ver con las excelentes e inmerecidas condiciones laborales de los docentes. El segundo, se centra en la conveniencia de separar a chicos y chicas dentro de las aulas. Hoy nos dedicaremos solo al primero de ellos. Y en el siguiente post, haremos lo propio con el segundo...

En lo que se refiere a los profesores y su trabajo, el debate es sencillo y más bien breve. Y lo resumiremos así: ellos tienen razón. Sí, tienen razón en que -y voy a hablar de las condiciones de quienes somos funcionarios de la enseñanza pública: en la concertada y en la privada esto empeora- trabajamos solo dieciocho horas a la semana. Además, son dieciocho horas en las que nos limitamos a leer el libro de texto mientras treinta (o más) alumnos por clase -desde los doce hasta los dieciocho años- nos miran atentos, en silencio y embobados ante nuestro saber. Tienen razón en que dar esas clases no exige preparación en nuestra casa, en que no nos documentamos, en que no buscamos métodos pedagógicos para impartir esos conocimientos, en que no hacemos nada más allá de esas dieciocho horas donde nos limitamos a leer lo ya escrito por otros. Tienen razón en que no hacemos exámenes, ni corregimos, ni nos reunimos para evaluar a los alumnos: ponemos las notas aleatoria y arbitrariamente, como debe ser. También tienen razón en que es un trabajo cómodo, sin presión -ni de alumnos, ni de padres, ni de la sociedad-, donde no nos jugamos nada -qué importa educar bien o mal en los institutos, tan solo estamos hablando de los adultos del mañana- y donde todo son parabienes para el profesor, tan bien visto y valorado socialmente. Sí, es obvio, tienen razón en que es un trabajo que no nos llevamos a casa, que no nos persigue, porque no contemplamos problemas sociales, ni situaciones familiares diversas, ni nos afectan nuestros alumnos, a los que vemos como si fueran marcianos y con quienes no se establece lazo afectivo alguno. Además, tienen razón en que tampoco ejercemos como tutores, ni debemos atender a los padres, ni dedicamos más horas de las que pone nuestro horario a tratar de sacar nuestra tutoría adelante. Tampoco dirigimos grupos de teatro escolares, ni coordinamos revistas o periódicos del instituto, ni nos llevamos a los chicos de excursión, ni viajamos con ellos arriesgándonos al asumir tanta responsabilidad, ni coordinamos departamentos, ni hacemos nada que no entre dentro de esas famosas dieciocho horas. Y sí, tienen razón, el curso debería acabar más tarde y empezar antes, porque en julio los alumnos rendirían mucho más, ya que el calor, como todo el mundo sabe, es muy beneficioso para la concentración académica; además, quién necesita los primeros días de septiembre para corregir exámenes extraordinarios y preparar el siguiente curso: leer el libro de texto no requiere preparación, así pues, empecemos el mismo día 1 e improvisemos. Y por último, también tienen razón en que nuestras condiciones son muy cómodas, porque no hemos tenido que superar unas oposiciones, ni hacer exámenes larguísimos durante tres días, ni superar unas pruebas tanto de conocimiento como de capacidad didáctica, ni sufrir unas interinidades, ni debemos seguir haciendo cursos obligatoriamente para reciclarnos y no anquilosarnos, ni nos envían a trabajar a pueblos, ciudades e incluso provincias diferentes a la nuestra, ni tenemos que buscar los medios para conciliar vida social y familiar, ni nos inquieta esa continua movilidad y los kilómetros de carretera que nos hacemos en según qué destinos.

Así pues, y lejos de querer quitarles una razón que, por derecho propio, les pertenece, solo me limito a aconsejar a todos los que piensan así que dejen de quejarse de una vez y se dediquen a la docencia, esa panacea universal que ellos mismos ponderan y envidian. Que opositen y ejerzan como profesores de Secundaria y Bachillerato para que entiendan cuánta razón llevaban y comprueben cómo este trabajo no requiere ni un ápice de vocación, ni de entrega, ni de entusiasmo casi quijotesco. En realidad no es más que pura -y sencillísima- burocracia.

8.3.09

Über-qué?

En su lenta, pero contudente, caída hacia la estupidez profunda, el suplemento dominical de El País nos regala esta semana un suplemento de moda y estilo masculino plagado de clichés y donde, para colmo, casi no hay un solo tío guapo que llevarse a la vista. Aparte del enorme desperdicio de papel que ello supone (que aprendan de Bikkembergs, ellos sí que saben), resulta entre ridículo y lamentable encontrarse con una doble página firmada por un autor que, en vez de esto, debería dedicarse a redactar horóscopos en el 20 minutos, donde se acumulan términos tan útiles y necesarios como ecosexual, googlesexual, fauxmosexual, vitalsexual, retrosexual, übersexual, technosexual o pomosexual, entre otras crudezas morfológicas que mi pudor de lingüista me impide transcribir aquí. No me parece mal que, de vez en cuando, aparezca algún que otro neologismo con el que intentamos bautizar realidades más o menos novedosas -aunque también esto último sea discutible-, como el ya más que conocido metrosexual, pero de ahí a reinventarnos cada dos días una nueva tipología para seguir dando culto al cliché, el estereotipo y la vacuidad creo que hay un abismo. Lo mejor es que este tipo de clasificaciones solo sirven precisamente para eso, para encasillar, jerarquizar y, desde luego, para diferenciar, así que gracias a estas memeces de dominicales conseguimos dibujar más compartimentos estancos donde seguir dándonos tribus en las que sentirnos menos perdidos, por aquello de que tener una identidad no etiquetable parece un reto de cumplimiento casi imposible. Además, hasta que no asumamos que la masculinidad puede ser tan normal, compleja, variopinta e interesante como la femineidad, seguiremos alimentando el pensamiento misógino y cavernario de unos cuantos. Y de unas cuantas. Lástima.

Y aunque no tengo muy claro en qué etiqueta -übersexual, tal vez- entraría Clint Eastwood, hoy le dedicamos el post a su última creación, Gran Torino, una fábula moral -que no moralista- en la que nos demuestra que, haga lo que haga, siempre será ya un clásico. Y no, no es perfecta, ni es su mejor filme, ni ha redescubierto el cine, ni... Simplemente se ha limitado a contar (bien) una historia, a darle una vuelta de tuerca a su estereotipo (¿es su Walt una revisión octogenaria de Harry el fuerte?) y a proponernos un final estupendo para una película que se sostiene en un clasicismo narrativo evidente y en un humor ácido, bien distribuido y políticamente (casi) incorrecto.
Y de nuevo, un tema interesante. Y sí, la parodia grotesca del entorno familiar que ya trazó en Million Dollar Baby pero que aquí, sin embargo, me cuadra mucho más. Tal vez porque hay un deje hiperbólico en el conjunto, porque el acercamiento a las otras culturas se hace planteando con humor las diferencias, porque el personaje de cascarrabias que representa en el filme es un prototipo -un über-algo- del cine y de la literatura.

Teniendo en cuenta que el Fotogramas de plata de este año a la mejor película española ha sido para el aburrimiento susurrado de Tiro en la cabeza, del sobrevalorado y pedantísimo Jaime Rosales (sí, el mismo que nos durmió dividiendo la pantalla en dos mitades -igualito que Rock Hudson y Doris Day- en La soledad), se agradece que se sigan estrenando películas donde sí pasan cosas y, oh sorpresa, hasta se habla de ellas. Películas donde no se tiene miedo a la narratividad, ni a la creación de personajes (hay algún secundario estupendo, como la joven china, el propio adolescente protagonista o hasta el sacerdote, que empezó aburriéndome y acabó interesándome), ni a fabular, ni a inventar, ni a emocionar, ni siquiera a hacer reír. Películas como las de Clint Eastwood, que es un grande desde hace años y que hasta con un guión no del todo brillante -como es el caso- hace un largo más que respetable y compone un personaje que es un homenaje -paródico y esperpéntico- de sí mismo. Además, teniendo en cuenta lo atractivo que está (¿de verdad tiene la edad que supuestamente tiene?) y la intensidad dramática de su mirada, no deja de ser triste saber que esta es, según sus palabras, su última interpretación. Aunque solo fuera por despedirlo, ya habría que verla.

Y luego, según El País, pónganle al bueno de Clint la etiqueta que prefieran. Seguro que hay algún híbrido equis-sexual de esos que le quede bien... Yo, desde luego, pienso pasar lo que queda de noche dominical buscando el mío.