15.3.09

Ocho

El ocho es un número mágico. Una cifra cargada de significados, de símbolos, de connotaciones. Un número que, transformado en años, da para mucho. Para conocerse. Para enamorarse. Para amarse. Para convivir. Para crecer. Para afrontar momentos buenos, malos y simplemente cotidianos. Momentos brillantes, duros e incluso grises. Porque de esos instantes -de todo tipo de colores y de texturas- se hace la vida. Y se hacen los números. Momentos como los viajes a ciudades fascinantes, o los despertares juntos de los lunes, o las comidas en casa de mis padres, o los estrenos teatrales, o mi cansancio tras una dura jornada en el instituto y tu paciencia para convertir mi agotamiento en ternura, o los silencios cómplices con las manos y las piernas entrelazadas en el sofá. Momentos con los que, juntos, hemos ido sumando días y ampliando noches -tantas y tan hermosas noches- hasta llegar a este ocho que ya casi es, que ya casi sucede -como el sexo de mi obra, como el sexo en nuestra cama, en los hoteles de las ciudades que hemos invadido con nuestra pasión, con nuestra voracidad-, un ocho que supone tanto -y que es tan importante- como tú y yo sabemos, como lo saben quienes nos quieren, quienes se alegran de nuestros días juntos, de que ahora sea como soy gracias a ti -no puedo definirme sin tu presencia- y de que -eso quiero creer- también tu seas algo distinto -algo más nosotros- gracias a mí.

Pero sumar cifras no es fácil, porque cada número es una nueva etapa. Porque somos humanos. Porque quererse tanto tiene riesgos. Nos hace vulnerables, nos desnuda, nos impide diferenciar lo esencial de lo que, tal vez, no lo sea. Y el aprendizaje no siempre es sencillo. No lo es si el amor se vive con vehemencia, con honestidad, con hondura. Y así, con esa profunda sinceridad y con la mayor valentía, hemos aprendido a superar obstáculos como el teléfono, o la impaciencia de los e-mails, o las barreras de los aviones, o hasta -si es preciso- la del propio sonido. Y ahora, en este ocho, aprendemos otra nueva forma -mejor, más intensa- de convivencia. Así que a veces, como aprender es complicado, yo no sé decir bien lo que quiero decirte y me equivoco y te hago daño sin pretenderlo (lo siento, am, cómo lo siento), o a veces tú no logras entender ciertas cosas en mí y, sin tampoco pretenderlo, complicamos lo que debería ser más sencillo. Pero en cada error hay un acierto: el de la reflexión, el del acercamiento, el de la necesidad -cómo respirar sin ti, cómo sentir sin ti, cómo soñar sin ti-, el del aprendizaje de una cifra nueva. De una etapa nueva.

Así que estamos a punto de celebrar el ocho que contiene un sinfín de noches en nuestro nuevo salón. El ocho de las veladas tumbados juntos viendo una película. De las cenas en japoneses sofisticados o en vips multitudinarios. De cines y óperas. De nuevos viajes. De proyectos compartidos. De paseos en coche en los que solo si estás ahí consigo vencer miedos. De ilusionarnos por estar y vivir juntos. De ser nosotros.

Este ocho -hermoso y rotundo- comenzó, en cierto modo, justo cuando sonaba aquel tema de Amaral en mi primer apartamento. Hoy, en un acto de justicia musical y poética, me decido a ponerle música a este texto con otro tema de ese mismo dúo. Su estribillo -ese inmenso Te necesito que tan bien canta Eva- es, exactamente, lo que pienso. Y lo que siento, profundamente, desde hace ya ocho maravillosos años. TQM

2 comentarios:

Alba dijo...

Ocho años...
Los comienzos suelen ser lentos, pero dicen que luego el tiempo vuela.
Muchas enorabuenas a los dos por esos maravillosos años y por haber aprendido a reflexionar sobre los errores.
Aun asi veo que no siempre es comprensión y que a veces se dicen cosas que el otro no entiende. Pero creo que eso es propio del ser humano... seguimos viviendo en esa torre de Babel por mucho que intentemos hablar un mismo idioma... aun nos quedan secuelas jejeje

Un beso!

Arual dijo...

Felicidades a los dos!! Y que sigais sumando muchos ochos!!