29.5.09

Final season

Se acaba mayo y, con él, también finalizan las temporadas de algunas de las series que, por diversos motivos, más me interesan. Aquí va mi modesta opinión (bueno, no tan modesta, que mi ego está en fase creciente estas semanas) sobre el cierre de cada una de ellas. Y sí, cuidado, porque puede que se me escape algún spoiler.
1. Lost
Sigo siendo un adicto. Qué remedio..., pero lo cierto es que esta temporada he oscilado entre la fascinación -había ideas realmente acertadas- y el sonrojo -el momento del humo negro parecía sacado de un programa de Iker Jiménez. El desenlace avanza una sexta temporada donde los guionistas, en realidad, tienen carta blanca -como el plano final de El incidente- para concluir la serie como deseen. Solo puedo aplaudir su astucia y su hábil forma de ganar tiempo para buscar un final en el que sus ideas satisfagan a los miles de foros y teóricos dispersos por el mundo. Personalmente, cada vez estoy más convencido de que la resolución de la serie no estaba tan prefijada desde un principio y que asistiremos a un cocktail de ideas en lo que puede ser la primera serie resuelta en foros de la historia de la televisión. Lo mejor, el desafío a la linealidad temporal y la convicción de que los espectadores pueden seguir una estructura compleja, cambiante y a ratos anárquica. Lo peor, que en esta quinta temporada se ha descuidado el dibujo psicológico de los personajes y queda muy lejos la introspección de sus inicios. Ahora Jack, Kate y el cada día más fondón y gordito Sawyer -¿qué fue de aquel hombre portada del Men's Health?-son solo marionetas de un juego de rol. En cuanto al Jacob y al anti-Jacob, la verdad, no tengo teoría alguna, solo ganas de que, sea lo que sea, me lo expliquen de una vez.

2. Desperate housewives
Una temporada que empezó mejor de lo que acaba, con algunas ideas brillantes -sigue siendo mi soap-opera favorita- y con un desenlace demasiado sencillo y precipitado, seguramente debido al accidente que sufrió Gale Harold -el Brian Kinney de Queer as folk- a mitad de temporada. El problema reside, fundamentalmente, en la comparación con la temporada anterior, donde se optó por una fórmula tan radical -el salto proléptico de tres años- que cualquier otro cierre podía resultar mucho más previsible y convencional. Se nos queda pendiente tan solo un misterio -la boda de Mike con ¿...?- que no acaba de ser del todo interesante, seguramente porque Mike es uno de los personajes más olvidables de las últimas temporadas, aunque al menos ha recuperado parte de su atractivo y se ha puesto de nuevo en forma en el gym. Sin embargo, lo que le pase o le deje de pasar nos da prácticamente lo mismo, a pesar de que esté liado con Katherine quien, sin embargo, es una de las robaescenas oficiales de la serie. Otros personajes de los que cabía esperar una evolución más reseñable también se han conformado con mantenerse en una línea algo uniforme -como Tom Scavo, demasiado anclado en su middle-age-crisis- y solo algunas nuevas brechas interesantes se abren en el horizonte, tales como el romance entre la siempre espléndida Bree (cómo no adorarla...) y el morbosamente atractivo Karl (ex de Susan). Tampoco la idea de sumar un embarazo a Lynette y una adolescente adoptiva a Gaby parece especialmente brillante, sobre todo porque se repiten esquemas que ya hemos visto en temporadas anteriores y esto podría conducirnos a una sexta temporada exclusivamente folletinesca, lejos de la carga de maldad y humor sarcástico que, al fin, se había recuperado en esta. Veremos cómo evoluciona, tal vez el cierre no sea brillante, pero la siguiente temporada -pese a todo- sí que mantenga el nivel, aun faltándonos -te echaremos de menos- Eddie.

3. House
Me cansé. Supongo que eso es lo que me ha sucedido. Eso y que los guionistas no acaban de decidir qué personajes quieren que rodeen al doctor. Demasiadas tramas mal resueltas en esta temporada: ni hemos asistido en profundidad al problema de Cuddy con la maternidad, ni nos explicamos aún la dureza -innecesaria y gratuita- de la desaparición de Kutner (¿su nuevo trabajo con Obama exigía liquidarlo de esa forma?), ni sabemos qué pasó con el detective privado (¿solo nos lo metieron para testar un posible spin-off?), ni tenemos muy claro qué pasó con el trauma de Wilson y su relación maltrecha con House (¿qué queda de todo aquello? ¿por qué los guionistas de House no saben incorporar el pasado a los personajes, como sí sucede en series realmente bien escritas?), ni es evidente si los secundarios de peso son 13 y su compañero o lo siguen siendo Chase y Cameron... Los guiones han dado bandazos de un tema a otro y de un género a otro sin orden ni concierto. Tampoco es que la serie se haya enriquecido o se hayan diversificado sus tramas, simplemente se han amontonado sin que hubiese ningún tipo de jerarquía o estrategia narrativa. La final season es, simplemente, espantosa, con un juego realidad-ficción evidente desde el minuto cero y un desenlace en el que se mezcla una trama que me aburre mortalmente -la boda Chase y Cameron: ¿por qué no se deshacen ya de ellos?- con una trama que abre nuevas opciones y que me deja un mínimo resquicio de esperanza: el ingreso de House en un sanatorio mental. Aun así, la escasa profundidad con la que han dibujado la evolución de los personajes en una temporada que se abría con un hecho tan dramático como la muerte de Amber me ha decepcionado profundamente y me hace prever que, una vez más, los guionistas harán un rápido borrón y cuenta nueva para retomar el esquema de siempre y continuar escribiendo réplicas entre graciosas y sangrantes para un House que cada vez es menos persona y más personaje. Ahora solo tenemos su máscara, sus vicios interpretativos y sus reiteraciones de guión. ¿Se perdió la capacidad de sorpresa? Veremos...

4. Dexter
No es la gran serie que quieren hacernos creer, pero han conseguido poner en pie tres temporadas de una idea que podía haberse quedado en una miniserie. Personalmente, hay dos elementos que me han resultado especialmente interesantes: la paternidad de Dexter y la aparición de su primer amigo y cómplice. Sin embargo, sigo creyendo que la trama sería más adecuada para una serie de menos capítulos, sin tantos giros y rodeos innecesarios. Además, sigue existiendo un problema enorme con los personajes femeninos, demasiado estereotipados y, en el caso de su ya esposa, profundamente insípidos. De cualquier modo, y pese a sus errores, consigue intrigar y mantener un interés que, en mi caso, no es ni mucho menos comparable al de las dos primeras temporadas. No sé si la paternidad de Dexter será un elemento de suficiente importancia como para dar un nuevo giro a la serie o si, por el contrario, nos espera asistir a una decadencia paulatina de una franquicia que empieza a dar muestras de cansancio.
5. Prison Break
Mi resumen de su última temporada será breve: solo pude aguantar cuatro episodios. Si ya me había aburrido en la temporada anterior, esta ni siquiera pude engancharme a pesar de mi confesa adicción a las series y de lo mucho que me pone el bruto de Dominic Purcell. Desde que me demostraron que ya no tenían nada más que contarme, me limito a coleccionar fotos y vídeos de Dominic bajados del youtube. Y con eso tengo más que de sobra...

6. Brothers & Sisters
Frente a las series anteriores, los guionistas de Brothers&Sisters no persiguen sorprendernos en cada temporada con un viraje inesperado y novedoso. En este caso se asumen las leyes del folletín y se nos plantea una novela por entregas que habría entusiasmado a Flaubert o a Balzac. Una comedia humana llena de personajes con carisma en las que se solapan las historias con mayor o menor fortuna, pero donde admito que me resulta imposible no quedarme pegado a la pantalla, mientras Tommy desfalca su empresa o Kevin asume su vida de recién casado con Scotty. Sinceramente, una familia con tanto chico guapo bien merece una oportunidad por parte del telespectador, por no hablar de la estupenda Rachel Griffiths, que dota a sus personajes de una naturalidad aplastante, como ya hiciera en su inolvidable papel de la Brenda de Six feet under. No sé cuántas temporadas nos aguardan -ni cuántos hijos ilegítimos más van a seguir encontrando por el camino- pero en esta serie, como en Desperate housewives, acepto las reglas del juego con gusto, así que estoy dispuesto a seguir dejándome manipular por cada uno de los episodios que vengan. Y, cómo no, por Sally Field, desaprovechada en cine durante años y sabiamente recuperada en este culebrón donde los viñedos de Falcon Crest se han transformado en los viñedos de Ojai.

25.5.09

En la carretera

-¿Cuál es tu camino, Jack? ¿Un camino de santo, un camino de loco, un camino de arco iris, un camino de guppy, un camino cualquiera? ¿Un camino a cualquier parte y para cualquiera y de cualquier manera? ¿Adónde y quién y cómo? -Asentimos con la cabeza bajo la lluvia. Tenía sentido-. Mierda, y has de tener cuidado con el chico que hay en ti. No será un hombre a menos que tengas los ojos bien abiertos y madue... A ver qué dice el médico...
Jack Kerouac
En la carretera


La nueva edición de On the road que acaba de publicar Anagrama es una excusa perfecta para volver a sumergirse en este clásico de la literatura norteamericana. La traducción -más pulcra que las precedentes: un gran trabajo de Jesús Zulaika- no aporta, sin embargo, grandes novedades, salvo la conversión de los nombres propios ficticios en los nombres propios reales -tal y como figuran en el rollo original de Kerouac- y una mayor fidelidad en el respeto a los signos de puntuación, manteniendo -en lo posible- ese único e interminable párrafo que es, en su origen, esta fascinante narración y eliminando las divisiones con las que las ediciones precedentes habían tratado de hacer la obra más fácilmente legible. Se echa de menos, eso sí, alguna que otra nota explicativa en determinados pasajes, pero -en general- se agradece el buen castellano de la versión y el respeto, a su vez, del estilo del original.

Y como todas las grandes obras, se trata de un texto que adquiere nuevos sentidos dependiendo del momento en el que se lea: a fin de cuentas, se trata de una novela itinerante, así que el movimiento -temporal y espacial- ha de afectar necesariamente a su lectura. Supongo que por eso, en estos días en los que he vuelto a recorrer Estados Unidos de la mano de Jack -antes, Sal Paradise-, he sentido con fuerza emociones que no recordaba de la primera vez que me enfrenté a estas páginas. Entonces me llegó con claridad la locura de Neal, la búsqueda de Jack, la irreverencia de Bill y, sobre todo, la locura de las noches y de las madrugadas que atravesaban la novela: la vida como un camino por delante, como una carretera inmensa, abierta, cambiante, llena de nombres que marcan un instante y que, como le ocurre aquí al lector, se olvidan y hasta se confunden, hasta formar una red donde casi nada -o casi todo, según se mire- tiene sentido.

No es una novela de lectura grata: demasiado cargada de datos, demasiado ajena, demasiado personal y, sin embargo, resulta magnética desde su comienzo. Ese fabuloso I first met met Neal, donde la repetición del verbo simula el motor de un coche que tarda en arrancar. A partir de ahí solo hay que dejarse llevar por un narrador que nos contagia su vehemencia, sus reflexiones, sus sentimientos. Pero esta vez, esta segunda vez, no era la locura de Neal lo que me contagiaba entusiasmo. Esta vez era el nihilismo de sus personajes el que me hacía continuar la lectura, ansiando encontrar -con ellos- respuestas que sabíamos que ninguno íbamos a hallar al final del viaje. Porque ahora, a los treinta (y dos, solo son dos...), parece que la novela empieza a adquirir otro sentido. Seguramente porque la situación en mi propia carretera ha variado notablemente y ya no es la de aquellos diecinueve en los que conocí a Kerouac. Ahora son unos cuantos más y por eso entiendo la melancolía de Jack, las preguntas ansiosas de Neal, las fugas de Bill. Ahora todo adquiere un significado diferente y se convierte, de nuevo, en un grito para no dejar de buscar caminos entendiendo que la madurez no es, necesariamente, el tedio ni la rutina. La madurez no es perder ganas de seguir viajando, de seguir conociendo, de seguir creando. La madurez tal vez solo sea aprender a convivir con la locura -la nuestra, la de cada uno de nosotros- y hacerla menos peligrosa o menos evidente.

Aun así, como la obra de culto que es, en ella convive más de un significado y, por supuesto, más de una interpretación. Solo hay que subir al coche -a las decenas de ellos que aparecen en la novela- y dejarse arrastrar por sus personajes kilómetro a kilómetro. El viaje, tan caótico y anárquico como la realidad, merece la pena.

19.5.09

Estrenos (escolares)

Semana movida, compleja, intensa, agotadora... pero también emocionante. Y es que, gracias al trabajo y el entusiasmo de mis alumnos, en estos días estamos celebrando dos estrenos muy diferentes y, en ambos casos, muy importantes para mí desde el punto de vista personal y profesional...
1. De lunes a viernes

Después de años sin publicación alguna, dos madres y yo nos hemos embarcado en la locura de montar una revista escolar. Y... ¡aquí la tenemos! Este viernes haremos la presentación oficial y ya hemos formado un consejo de redacción estable con el que montaremos talleres de edición, de maquetación y de imagen el curso que viene. Son horas no pagadas, desde luego, pero la satisfacción de esta pequeña nueva criatura es el mejor salario posible.


2. La boda de los pequeños burguesesMañana miércoles a las 12.30 veintidós alumnos de 3º de la ESO se subirán por primera vez a un escenario real -el del Centro Cultural San Juan Bautista- para poner en escena nuestra peculiar versión de La boda de los pequeños burgueses, un genial texto de Brecht que no solo no pasa de moda, sino que es capaz de arrancar (críticas) carcajadas hasta en un público tan poco formado en el teatro como mis alumnos de Secundaria. El montaje ha sido duro y complejo, con muchas tardes y recreos (vaya, creo que esos tampoco eran pagados) en los que ensayar una obra que, para ellos, ha sido y está siendo toda una experiencia. Ver cómo han ido asimilando conceptos teatrales -cuarta pared, entrecajas, distanciamiento o dar pie, entre otros cientos) ha sido una experiencia casi más didáctica para mí que para ellos y , sobre todo, un motor de motivación a todos los niveles. No sé qué harán mañana en el escenario, pero cuentan con todo mi apoyo y, sobre todo, con todo mi entusiasmo. Idéntico y paralelo al suyo.

Hay que admitir que los profes de la enseñanza pública, para no trabajar y no dar ni palo como dicen por ahí, nos lo curramos bastante...

18.5.09

Avaricia, lujuria y muerte


De nuevo, Valle-Inclán se pasea este año por la temporada teatral madrileña. Y en esta ocasión lo hace de la mano de tres directores -Ana Zamora, Alfredo Sanzol y Salva Bolta- que nos ofrecen sus particulares visiones de tres textos valleinclanescos. En conjunto, un montaje al que hay que dar una oportunidad por devolvernos una visión inteligente y respetuosa del genial dramaturgo, sin renunciar por ello a la originalidad e incluso, y eso se agradece, a la sorpresa. Pero, para ser justos, vayamos uno a uno...

1. Ligazón
El primer montaje bucea sin complejos en el lado más poético del teatro de Valle. La idea de declamar e integrar como parte del texto dramático las acotaciones es un enorme -y arriesgado- acierto, sobre todo por el modo en que los actores han asumido ese subtexto como parte de su personaje, construyendo un claro de luna lírico y modernista que tiene tintes -por momentos- lorquianos. El juego de los telones y de las sombras -que parece inspirado por momentos en el teatro negro centroeuropeo- insiste en la metáfora y evita melodramatismos facilones. En cuanto a los cuatro intérpretes, destacan especialmente la joven Elena Rayos y, cómo no, Gloria Muñoz, en un papel de clara tradición celestinesca.

2. La cabeza del Bautista
Esta pieza sorprende por su temeridad: secuestra a los personajes de Valle-Inclán y los convierte en unos pecualiares patriotas setenteros, con su dosis de horterez, ranciedad y hasta un megamix de grandes -y patéticos- éxitos de su tiempo: desde Mi limón, mi limonero hasta Españoleando... La apuesta setentera funciona especialmente bien y los personajes secundarios -un coro tragicómico sin mayor relieve en el texto original- están claramente definidos sin apenas texto. En cuanto al trío protagonista, imposible hallar peros, especialmente en la actriz, una excelente Lucía Quintana, que se come la función desde que aparece en el escenario y que tiene toda la furia de las grandes mujeres del teatro de Valle, aproximándose especialmente a la MariGaila de Divinas palabras. El uso de la música y el ritmo de los gags son impecables, por no hablar de la transición de la comedia -más bien, farsa- en el momento del asesinato frustrado a la desgarradora escena final de amor post-mortem entre la asesina (una suerte de Salomé, tal y como nos avanzaba el bíblico título) y su víctima. Una visión personal pero profundamente coherente y acertada. Espléndido.

3. La rosa de papel
El último montaje es, probablemente, el más arriesgado de los tres. No tanto por la novedad como por la intensidad de la propuesta, que se lo juega todo a una sola carta, llevándose al terreno del expresionismo un texto profundamente irreverente y agradablemente anticlerical (¡cuánto se necesitan textos como este en la España del infame Rouco y sus secuaces!). La influencia del teatro alemán -proclive a este tipo de esquematización grotesca- es más que obvia y se ha optado por el circo y el cabaret como métodos de expresión para una pieza donde las palabras y los personajes tienen algo de imposible y de igualmente circense. El texto, que carece del lirismo del primero y de la acción y el juego entre comedia y drama del segundo, es en esta ocasión una diatriba anticlerical sin apenas acción, donde todo es una excusa para acumular frases agudas y movimientos escénicos capaces de escandalizar al público de su tiempo. En este caso, aunque escandalizar sea algo casi imposible (salvo que uno sea Rouco o uno sea del foro de la familia o uno sea un ruso de esos que prohíben las manifestaciones gays después de celebrar el festival de Eurogayvisión), se opta por subrayar lo absurdo del texto en la puesta en escena, creando gags tan ocurrentes como el momento en que, al morir la protagonista, se ilumina el crucifijo sobre la cama y suena cómo Dios hace caja con otra alma ganada más. La propuesta escénica parece coherente, sobre todo, con la trayectoria teatral de Valle, que tan influido se vio por la cultura popular y que tanta importancia dio a los elementos carnavalescos en muchas de sus obras. También el uso de los actores como títeres -los hijos, el coro de los vecinos, la propia difunta...- se convierte en un guiño hábil a la vertiente de Valle como escritor de farsas y tablados de marionetas, sobre todo si tenemos en cuenta que esta pieza podría ser representada por guiñoles sin ningún problema. En cuanto a los excesos de la puesta en escena, como los falos gigantescos -que parecen sacados de una comedia de Aristófanes- o los efectos especiales del final, me gusta el efecto kitsch que producen, estética que resume muy bien esa mezcla de beatería e irreverencia propia de la religiosidad hispana. Personalmente, me ha convencido la idea de presentar al protagonista como un sátiro-diablo desde el primer momento (por cierto, cuánto gimnasio debe haber empleado Marcial Álvarez: está muscular e interpretativamente estupendo en su caricatura), o el empleo de la caracterización cabaretera para todos los personajes, que parecían salidos de un cuadro del expresionismo alemán o de una versión circense de un cuadro de Solana.

En definitiva, tres visiones. Tres propuestas. Y dos horas de un espectáculo inteligente, heterogéneo y, cuando menos, digno. No dejen de ir a verlo. Oír a Valle -cuando se dice bien- siempre es urgente y necesario.

13.5.09

Pragmática y lingüística

Todo en el ser humano es semántico. Nuestras miradas. Nuestros movimientos. Nuestras palabras. Y cómo no, también nuestros silencios. Todo cuanto nos viste, nos construye, nos convierte en alguien a los ojos de los demás, con quienes -queramos o no- nos estamos comunicando continuamente. Así que, por ese principio de inevitable polisemia, suelo caer en el intento (agotador) de comprender que, tal vez, no todo el mundo es consciente de esa complejidad significativa de sus actos y de sus acciones. De sus ausencias y de sus omisiones. Pero, admitámoslo, nada es casual. Nada es arbitrario. Todo es interpretable y goza de sentido pleno en el contexto en el que tiene lugar. Supongo que por eso ahora empiezo a entender que cuando he optado por la benevolencia ante las omisiones o las palabras inoportunas ajenas -no se da cuenta, no es consciente, no lo hace con malicia-, he acabado cayendo en la trampa que me tendía el otro, que, por supuesto, sí se daba cuenta, sí era consciente, sí lo hacía con malicia o, cuando menos, con intención.

Resulta cómodo excusarse a posteori, o pedir disculpas, o ni siquiera eso. Acallar cualquier posible crítica con un no lo sabía. La ignorancia de nuestra propia semántica es una forma casi infalible de granjearnos el perdón de los demás. Pero a mí, con el tiempo, esa capacidad de perdón o de indulgencia se me va terminando. Porque todo está connotado. Y denotado. Y porque, además, igual que en mí, el tiempo también pesa en los demás, así que no concibo que se pueda crecer ni madurar sin incorporar nuevas acepciones a nuestro propio diccionario vital.

Y no se trata, siquiera, de empatía. Hace mucho que sé que su hallazgo es más bien improbable y solo se da en algunos -mínimos- casos. Se trata de algo mucho más elemental: de léxico, de gramática, de gestos, de quinésica... En definitiva, puro y duro lenguaje. El rasgo que -tanto cuando nos acerca como cuando nos aleja- nos hace humanos.

12.5.09

Emociones

1. Un cuento de Navidad

El título y su larga duración (dos horas y media) son los mayores problemas de este film francés. Por el contrario, y pese a ese nombre tan poco afortunado, la película encierra más de una agradable sorpresa, presentándonos una inesperada vuelta de tuerca al subgénero del cine familiar. La consabida reunión navideña no es, en este caso, más que una excusa para una película insólita, deshilvanada a conciencia, llena de silencios y de sobreentendidos -una gozada para quienes creemos que el espectador ha de ser activo y no contemplativo- en donde se pronuncian algunas de las frases más duras que he oído en los últimos años, como la declaración de desprecio mutuo entre la madre -Deneuve, siempre inmensa en su papel de sí misma- y su hijo. No es una película redonda, pero seguramente su ambición le impide serlo y, sin embargo, sí ofrece secuencias cómicas realmente inteligentes y escenas dramáticas que congelan la sonrisa, apoyadas por una estructura caótica e inspirada y por un reparto en estado de gracia (todos interpretan con intensa agudeza sus complejos y ambiguos personajes). El metraje, sin embargo, puede cansar al espectador, que habrá de sobrellevar la narración con inusitada paciencia. A cambio, se ofrecen historias llenas de secretos, de pequeñas y grandes maldades, de actos de generosidad silenciosa, de traiciones a gritos, de locura y de depresión, de rutina y de convivencia. En su conjunto, una propuesta que, cuando menos, merecía un paso más exitoso -al menos, más ruidoso- por nuestras pantallas. Aún pueden encontrarla en algunas salas y, sinceramente, creo que es justo darle una oportunidad. En ella conviven lo mejor y lo peor del cine francés. Y eso, aunque sea contradictorio, también es atractivo.


2. Eleftheria Arvanitaki
Una vez más volvió a emocionar a quienes esta noche hemos disfrutado de su concierto en Madrid. Elegante, hermosa, sutil, apasionada, rítmica, melódica, próxima... y dispuesta a presentarnos el triunfo del mestizaje en su último y asombroso disco. Cuanto más la escucho más me gusta y más me -nos- enamora su voz, su forma de emocionar con historias en las que ni siquiera el lenguaje es un problema. Como en el concierto de esta noche, su música es siempre sinónimo de emoción. Te esperamos pronto en este Madrid que hoy volviste a conquistar, Eleftheria. Muy pronto...

7.5.09

Prescindibles

Digamos que prescindible es el único adjetivo medianamente suave que se me ocurre para calificar estas dos películas a las que la crítica ha tratado de forma incomprensiblemente desigual. Un filme de -permitan que me ría- culto y un blockbuster. Una joya el primero y un bluff el segundo. ¿De verdad es así? Ahí va mi (humilde, of course) opinión.
1. Déjame entrar
Pues no, mejor que no me hubieran dejado entrar. Sinceramente, dos horas de película de vampiros pretenciosa -¿quién le ha dicho a ese director que estaba rodando algo como M, de Fritz Lang?- y pueril es demasiado para mí. Dos horas en las que se nos cuenta una historia previsible, anodina y contada mil veces, y donde se suman temas oportunistas como el bullying o el vampirismo sin ningún tipo de complejos (ni de talento narrativo). El guión no solo no cuenta nada mínimamente novedoso (es tan plano como Crepúsculo, solo que aquí piensan que están reinventando el género, mientras que en la otra asumen su condición de best-seller sin tanta excusa) sino que se pierde en historias secundarias aún más ridículas que la principal. Así, tenemos personajes tan memorables -dignos del guión de Águila roja- como el asesino torpe -el padre de la niña, una especie de Bustor Keaton reconvertido en serial killer fracasado-, los pueblerinos violentos, el pueblerino dueño de los gatos -protagonistas de los efectos visuales más sonrojantes y pésimos del año- y la pueblerina vampiresa -cuya muerte es un gag digno de Scary Movie. Por si eso no fuera suficiente, durante dos horas nos tenemos que tragar al niño blanquecino y siniestro de rigor -sí, también está aquí, como ya lo estuviera en orfanatos, casas de los otros y filmes americano-japoneses varios- y se nos intenta colar una historia de amor entre niño lánguido y niña vampiresa como si de una peli de Bergman se tratase. Pero no, no es Bergman. Ni es Fritz Lang. Ni es nada nuevo. Es lo de siempre: otra de vampiros y, encima, otra de los vampiros del siglo XXI, es decir, de los vampiros pensados para que los adolescentes llenen las salas y se identifiquen con ellos. Tampoco es que True Blood sea lo mejor del género, pero al menos Alan Ball sí se sirve de ella para contar otra cosa, o para intentarlo.
En el fondo, supongo que si esta tontería no fuera sueca, sino norteamericana, y el protagonista no fuera ese sosaina rubiales, sino Zac Efron, los críticos habrían puesto a parir el filme. Pero como han visto que era europea y que había planos fijos de árboles y secuencias en las que no pasa nada, como la maravillosa escena del lavado de dientes entre madre e hijo (¿canto a la salud dental? ¿chiste sobre los colmillos vampíricos?, ¿esponsorización de Colgate?), pues han decidido que sí, que esta simpleza es muy interesante, que es un cuento perverso y que supone una relectura gótica y ambigua del mito de los vampiros. Pero no, qué va, no es nada de eso, porque el hecho de convertir a una niña en asesina no nos asegura tener un cuento perverso, género que requiere mucha más imaginación, mucho más talento y, sobre todo, mucha más originalidad.
Lo que más me indigna -lo confieso- es que me intenten convencer de que esto es mejor que Crepúsculo, cuando ambas son las caras de una misma moneda. Una moneda que espero pase de moda pronto y caiga -cuanto antes- en el olvido. A ver si alguien se anima, de una vez, a hacer verdadero cine de terror (cuántos años de mediocridades desde el estreno de la escalofriante El resplandor) y nos deja de estas versiones gores de Harry Potter. Solo ha faltado ver a la vampiresa junior jugando quidditch.
2. Lobezno
Según la crítica, una mala película. Y sí, lo es, pero al menos no se vende como algo distinto a lo que ofrece. No nos da nada más que un guión bochornosamente malo (además, ¿qué sentido tiene repetir los orígenes de un personaje ya explicado hasta la saciedad en la saga X-Men), unas secuencias de acción solventes, un antagonista robaplanos (Liev Schrieber sale feísimo, a pesar de lo mono que está en Cinco hermanos, pero aún así se merienda la función) y un sinfín de planos de Hugh Jackmann luciendo bíceps y pectorales: en camiseta, sin camiseta, en camisa, sin camisa, en vaqueros, sin vaqueros... Creo que hay un par de planos en los que incluso actúa mientras tensa todos los músculos que ha renovado para la película, pero por lo demás, su interpretación es tan plana como la historia, donde se desaprovecha todo lo aprovechable y se opta por una galería paupérrima de secundarios haciéndonos echar de menos hasta la tercera parte de X-Men que, sin Bryan Singer, es mucho más floja que las otras dos. Al menos, aquí nos ahorran la metafísica de otros héroes recientes y se limitan a dar tortas, aunque no entendamos la cursilería de la parte romántica -la leyenda del nombre de Lobezno se cuenta de manera deplorable y resulta más ñoña que las pajaritas de Jesús Vázquez en el nuevo OT- ni tampoco me quede claro por qué era necesario rodar una escena tan chorra y feísta como la del combate de boxeo con ese gordo hórrido al que Lobezno machaca. Y hablando de estética feísta, qué decir del look final de Ryan Reynolds, al que pareciera que Hugh Jackmann tuviera miedo por si le llegase a hacer sombra (a fin de cuentas, Ryan ya lució sus generosos bíceps en aquel bodrio llamado Blade III y esperábamos que hiciera aquí una exhibición similar). Una pena que no lo luzcan más y, sobre todo, que los productores no hubieran admitido que el guión era una estupidez y lo hubieran sustituido por unas cuantas escenas abiertamente gays (público que -por lo que vi en la sala donde asistí al estreno- está sospechosamente interesado en este filme). Personalmente, confío en que si la franquicia sigue adelante, prescindan del hilo argumental y se limiten a acostar a Lobezno con otros mutantes igualmente calientes y tórridos y que hayan seguido su misma escuela interpretativa: el gimnasio y las pesas, básicamente. Total, que con que se descarguen unas cuantas fotos del mozo se ahorran ustedes la película. O hasta la pereza de su descarga.

Y por ahora, ninguna anti-recomendación más..., así que corto y cierro, pues este fin de semana me espera una especial, íntima y más que hermosa celebración. Una noche que, en este caso, sí que es excepcional e imprescindible... :-) Disfruten del fin de semana.

4.5.09

Back from the West End

Puente de mayo en Londres. Disfrutando de nuestro hotel, el siempre espléndido One Aldwych, de sus tiendas, de sus noches y, cómo no, de su teatro. Dos pequeñas joyas muy diferentes entre sí pero muy recomendables. La Madame de Sade de Mishima -¿para cuándo su estreno en España, tan necesitada de textos clásicos de envergadura?- protagonizada por la siempre inmensa Judi Dench. Y, como colofón inesperado, la versión musical de una de mis películas más queridas, Priscilla, queen of the desert; un festival gay de canciones, coreografías, chicos guapos (impresionante Oliver Thornton) y, cómo no, vestidos y peinados imposibles, que constituyen uno de los mayores derroches de imaginación, talento y presupuesto que he visto hace mucho tiempo en escena. Además, los chistes del protagonista -Jason Donovan... sí, el mismo...- sobre su pasado con Kylie Minogue -¿recordáis que fingieron, ejem, ser novios?- son impagables. Tres días perfectos para celebar un año más que perfecto. Y, por si fuera poco, hasta nos lució el sol. Eso, como dicen ellos, sí que fue lovely...
Para los más curiosos, aquí va un megamix del musical. Si os dejáis caer por el West End, no dejéis de verlo. Merece la pena...