18.5.09

Avaricia, lujuria y muerte


De nuevo, Valle-Inclán se pasea este año por la temporada teatral madrileña. Y en esta ocasión lo hace de la mano de tres directores -Ana Zamora, Alfredo Sanzol y Salva Bolta- que nos ofrecen sus particulares visiones de tres textos valleinclanescos. En conjunto, un montaje al que hay que dar una oportunidad por devolvernos una visión inteligente y respetuosa del genial dramaturgo, sin renunciar por ello a la originalidad e incluso, y eso se agradece, a la sorpresa. Pero, para ser justos, vayamos uno a uno...

1. Ligazón
El primer montaje bucea sin complejos en el lado más poético del teatro de Valle. La idea de declamar e integrar como parte del texto dramático las acotaciones es un enorme -y arriesgado- acierto, sobre todo por el modo en que los actores han asumido ese subtexto como parte de su personaje, construyendo un claro de luna lírico y modernista que tiene tintes -por momentos- lorquianos. El juego de los telones y de las sombras -que parece inspirado por momentos en el teatro negro centroeuropeo- insiste en la metáfora y evita melodramatismos facilones. En cuanto a los cuatro intérpretes, destacan especialmente la joven Elena Rayos y, cómo no, Gloria Muñoz, en un papel de clara tradición celestinesca.

2. La cabeza del Bautista
Esta pieza sorprende por su temeridad: secuestra a los personajes de Valle-Inclán y los convierte en unos pecualiares patriotas setenteros, con su dosis de horterez, ranciedad y hasta un megamix de grandes -y patéticos- éxitos de su tiempo: desde Mi limón, mi limonero hasta Españoleando... La apuesta setentera funciona especialmente bien y los personajes secundarios -un coro tragicómico sin mayor relieve en el texto original- están claramente definidos sin apenas texto. En cuanto al trío protagonista, imposible hallar peros, especialmente en la actriz, una excelente Lucía Quintana, que se come la función desde que aparece en el escenario y que tiene toda la furia de las grandes mujeres del teatro de Valle, aproximándose especialmente a la MariGaila de Divinas palabras. El uso de la música y el ritmo de los gags son impecables, por no hablar de la transición de la comedia -más bien, farsa- en el momento del asesinato frustrado a la desgarradora escena final de amor post-mortem entre la asesina (una suerte de Salomé, tal y como nos avanzaba el bíblico título) y su víctima. Una visión personal pero profundamente coherente y acertada. Espléndido.

3. La rosa de papel
El último montaje es, probablemente, el más arriesgado de los tres. No tanto por la novedad como por la intensidad de la propuesta, que se lo juega todo a una sola carta, llevándose al terreno del expresionismo un texto profundamente irreverente y agradablemente anticlerical (¡cuánto se necesitan textos como este en la España del infame Rouco y sus secuaces!). La influencia del teatro alemán -proclive a este tipo de esquematización grotesca- es más que obvia y se ha optado por el circo y el cabaret como métodos de expresión para una pieza donde las palabras y los personajes tienen algo de imposible y de igualmente circense. El texto, que carece del lirismo del primero y de la acción y el juego entre comedia y drama del segundo, es en esta ocasión una diatriba anticlerical sin apenas acción, donde todo es una excusa para acumular frases agudas y movimientos escénicos capaces de escandalizar al público de su tiempo. En este caso, aunque escandalizar sea algo casi imposible (salvo que uno sea Rouco o uno sea del foro de la familia o uno sea un ruso de esos que prohíben las manifestaciones gays después de celebrar el festival de Eurogayvisión), se opta por subrayar lo absurdo del texto en la puesta en escena, creando gags tan ocurrentes como el momento en que, al morir la protagonista, se ilumina el crucifijo sobre la cama y suena cómo Dios hace caja con otra alma ganada más. La propuesta escénica parece coherente, sobre todo, con la trayectoria teatral de Valle, que tan influido se vio por la cultura popular y que tanta importancia dio a los elementos carnavalescos en muchas de sus obras. También el uso de los actores como títeres -los hijos, el coro de los vecinos, la propia difunta...- se convierte en un guiño hábil a la vertiente de Valle como escritor de farsas y tablados de marionetas, sobre todo si tenemos en cuenta que esta pieza podría ser representada por guiñoles sin ningún problema. En cuanto a los excesos de la puesta en escena, como los falos gigantescos -que parecen sacados de una comedia de Aristófanes- o los efectos especiales del final, me gusta el efecto kitsch que producen, estética que resume muy bien esa mezcla de beatería e irreverencia propia de la religiosidad hispana. Personalmente, me ha convencido la idea de presentar al protagonista como un sátiro-diablo desde el primer momento (por cierto, cuánto gimnasio debe haber empleado Marcial Álvarez: está muscular e interpretativamente estupendo en su caricatura), o el empleo de la caracterización cabaretera para todos los personajes, que parecían salidos de un cuadro del expresionismo alemán o de una versión circense de un cuadro de Solana.

En definitiva, tres visiones. Tres propuestas. Y dos horas de un espectáculo inteligente, heterogéneo y, cuando menos, digno. No dejen de ir a verlo. Oír a Valle -cuando se dice bien- siempre es urgente y necesario.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ay mon frère ya no quedan Simones así..... q pene, digo que pena...