25.5.09

En la carretera

-¿Cuál es tu camino, Jack? ¿Un camino de santo, un camino de loco, un camino de arco iris, un camino de guppy, un camino cualquiera? ¿Un camino a cualquier parte y para cualquiera y de cualquier manera? ¿Adónde y quién y cómo? -Asentimos con la cabeza bajo la lluvia. Tenía sentido-. Mierda, y has de tener cuidado con el chico que hay en ti. No será un hombre a menos que tengas los ojos bien abiertos y madue... A ver qué dice el médico...
Jack Kerouac
En la carretera


La nueva edición de On the road que acaba de publicar Anagrama es una excusa perfecta para volver a sumergirse en este clásico de la literatura norteamericana. La traducción -más pulcra que las precedentes: un gran trabajo de Jesús Zulaika- no aporta, sin embargo, grandes novedades, salvo la conversión de los nombres propios ficticios en los nombres propios reales -tal y como figuran en el rollo original de Kerouac- y una mayor fidelidad en el respeto a los signos de puntuación, manteniendo -en lo posible- ese único e interminable párrafo que es, en su origen, esta fascinante narración y eliminando las divisiones con las que las ediciones precedentes habían tratado de hacer la obra más fácilmente legible. Se echa de menos, eso sí, alguna que otra nota explicativa en determinados pasajes, pero -en general- se agradece el buen castellano de la versión y el respeto, a su vez, del estilo del original.

Y como todas las grandes obras, se trata de un texto que adquiere nuevos sentidos dependiendo del momento en el que se lea: a fin de cuentas, se trata de una novela itinerante, así que el movimiento -temporal y espacial- ha de afectar necesariamente a su lectura. Supongo que por eso, en estos días en los que he vuelto a recorrer Estados Unidos de la mano de Jack -antes, Sal Paradise-, he sentido con fuerza emociones que no recordaba de la primera vez que me enfrenté a estas páginas. Entonces me llegó con claridad la locura de Neal, la búsqueda de Jack, la irreverencia de Bill y, sobre todo, la locura de las noches y de las madrugadas que atravesaban la novela: la vida como un camino por delante, como una carretera inmensa, abierta, cambiante, llena de nombres que marcan un instante y que, como le ocurre aquí al lector, se olvidan y hasta se confunden, hasta formar una red donde casi nada -o casi todo, según se mire- tiene sentido.

No es una novela de lectura grata: demasiado cargada de datos, demasiado ajena, demasiado personal y, sin embargo, resulta magnética desde su comienzo. Ese fabuloso I first met met Neal, donde la repetición del verbo simula el motor de un coche que tarda en arrancar. A partir de ahí solo hay que dejarse llevar por un narrador que nos contagia su vehemencia, sus reflexiones, sus sentimientos. Pero esta vez, esta segunda vez, no era la locura de Neal lo que me contagiaba entusiasmo. Esta vez era el nihilismo de sus personajes el que me hacía continuar la lectura, ansiando encontrar -con ellos- respuestas que sabíamos que ninguno íbamos a hallar al final del viaje. Porque ahora, a los treinta (y dos, solo son dos...), parece que la novela empieza a adquirir otro sentido. Seguramente porque la situación en mi propia carretera ha variado notablemente y ya no es la de aquellos diecinueve en los que conocí a Kerouac. Ahora son unos cuantos más y por eso entiendo la melancolía de Jack, las preguntas ansiosas de Neal, las fugas de Bill. Ahora todo adquiere un significado diferente y se convierte, de nuevo, en un grito para no dejar de buscar caminos entendiendo que la madurez no es, necesariamente, el tedio ni la rutina. La madurez no es perder ganas de seguir viajando, de seguir conociendo, de seguir creando. La madurez tal vez solo sea aprender a convivir con la locura -la nuestra, la de cada uno de nosotros- y hacerla menos peligrosa o menos evidente.

Aun así, como la obra de culto que es, en ella convive más de un significado y, por supuesto, más de una interpretación. Solo hay que subir al coche -a las decenas de ellos que aparecen en la novela- y dejarse arrastrar por sus personajes kilómetro a kilómetro. El viaje, tan caótico y anárquico como la realidad, merece la pena.

3 comentarios:

inquilino dijo...

Ays, En el camino (porque así la conocí yo a mis 17 años), ¡¡qué gran viaje!! En todos los sentidos. Precisamente la tenía la primera de mi pila, esperando turno.

"La madurez tal vez solo sea aprender a convivir con la locura -la nuestra, la de cada uno de nosotros- y hacerla menos peligrosa o menos evidente." ¡Cuánta razón tienes, mi querido Ci!

Vargtimen dijo...

¿Así que ya nunca más serán Sal Paradise y Dean Moriarty? Vaya, no sabía que en el manuscrito original Kerouac utilizó sus auténticos nombres.
Este es uno de esos clásicos, de culto, que nunca me tocó la fibra. Me estimula más lo que representa y toda esa mitología beatnick que hay en torno a él, que la lectura del libro en sí.
Eso sí, ya me gustaría pegarme un viaje como el de estos dos, en vez de vivir encerrado en la mismísima rutina y las mismísimas obligaciones cada día.

SisterBoy dijo...

La verdad es que me hacía más gracia la versión con los nombres cambiados e ir adivinando que Carlo Marx era Allen Ginsberg y que Old Bull Lee era William Burroughs.

La primera noticia que tuve de Jack Kerouac y de On the road fue curiosamente en el libro de Manu Leguineche "La vuelta al mundo en ochenta y un días" en la que el escritor rememoraba el célebre libro mientras recorría Estados Unidos de costa a costa en un Greyhound.

Poco tiempo después mi hermano (siempre mi hermano) sacó el libro de la Biblioteca y lo leímos. La verdad es que era una traducción bastante mala que usaba expresiones como "porotos" o "asiento zaguero" pero aún así me pareció un libro apasionante. Esta es la clase de libros de viajes que me gustan.

No he vuelto a leerlo desde entonces y quizás sea esta edición un buen motivo para hacerlo. Estoy de acuerdo contigo en que las películas y libros que nos golpearon en la adolescencia y la primera juventud (yo debí leer On the road a mis veintipocos años) vuelven ha hacerlo cuando somos mayores pero de otra manera.

Yo siempre pong el ejemplo de "Que bello es vivir", de niño es sólo un cuento maravilloso, de adulto es una tragedia.