28.6.09

Ahora, sin embargo

Ahora que las resacas son más difíciles de remontar y me cuestan alguna que otra caja de gelocatil...
Ahora que las obligaciones se nos multiplican casi sin darnos cuenta...
Ahora que entramos con más frecuencia de la que nos gustaría en esos lugares llamados bancos para algo más que pedir becas universitarias...
Ahora que el día a día nos exige rutinas y cotidianidades no siempre fáciles ni asumibles...
Ahora que la cordialidad nos permite relacionarnos diplomáticamente con extraños, mientras que los amigos de verdad se reducen y, nos guste o no, desaparecen de nuestra vida los amigos que nunca lo fueron...
Ahora que el futuro parece estar llegando y el presente es más resbaladizo de lo que lo fuera antes...

...Ahora, sin embargo, el amor es mucho más firme y más intenso, sujetándome con más fuerza y, a la vez, dándome más libertad de la que me dio nunca, haciéndome crecer a su lado, convirtiéndome en mi mejor yo -como decía Salinas- y mostrándome que la felicidad -la armonía y la complicidad- no son solo posibles, sino que son física e intelectualmente reales.
...Ahora, sin embargo, me gusto cada día un poco más cuando me miro al espejo, ya sea por el efecto del gimnasio, o porque me sientan bien estos treinta, o porque al fin conozco y reconozco con cierto narcisismo y entente cordiale mi propio cuerpo.
...Ahora, sin embargo, no he dejado de lado a mi peter pan, porque sigo sintiéndome adolescente cuando he de serlo y adulto cuando me corresponde.
...Ahora, sin embargo, he encontrado en la responsabilidad de mi trabajo un objetivo y una fuente de satisfacción que, aunque dolorosa en ocasiones, me motiva y me ilusiona día tras día.
...Ahora, sin embargo, no dejo de escribir, ni de inventar, ni de avanzar en aquel antes aplazado doctorado, ni de seguir estrenando con mi grupo, en el que cada día tenemos la sensación de tener que luchar más y, a la vez, de estar más unidos y cohesionados.
...Ahora, sin embargo, admito que me siento mejor de lo que me sentí jamás dentro de mi pequeño mundo, con mi pareja, con mi familia, con mis amigos, con mis proyectos y con mis ganas de seguir siendo yo -adolescente o adulto, según los casos- y pienso que era mentira aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
...Ahora, sin embargo, no me he aburguesado como parte de mi generación y compagino mis ganas de estar en casa y de disfrutar de mi nueva vida con mis ganas de seguir saliendo y disfrutando de la noche y de la madrugada en una ciudad que siempre me apasionó aunque años atrás la conquistaran las huestes del PP y la convirtieran en un búnker gigante en el que, a pesar de todo, hay demasiados teatros, demasiadas tiendas, demasiados museos y demasiados pubs como para no perderse en ella.
...Ahora, sin embargo, me veo tan lleno de ilusiones, de caminos abiertos, de noches en las que seguir quemando Madrid, París o Nueva York, que pienso que en estos treinta y dos que cumplo hoy no estoy, en absoluto, en la década del fado ni la melancolía, sino en la década del pop y del porvenir, en la década en la cualquier instante por vivir ha de ser mejor que los ya vividos.
...Ahora, sin embargo, me siento más cerca del adolescente combativo, curioso y reivindicativo que hace unos años y por eso hoy cierro este post -mientras cambio el uno de mi edad por un redondo dos- con un vídeo en el que los iraníes han convertido el Beat it de Michael Jackson en un himno a favor de la libertad. Ojalá Persépolis consiga imponerse sobre la dictadura y el fanatismo. Como cantaba el gran Michael, just beat it.


27.6.09

Une comédie très chic

Buen año de cine francés. Y no porque todo lo estrenado haya sido brillante sino, porque -al menos- todo lo estrenado ha despertado el interés del público, tanto dentro como fuera de sus fronteras. De nuevo, encontramos aquí un argumento de peso para quitarle la razón a nuestra sesuda ministra (¿qué estilista la ha engañado para que se corte el pelo así?) y su séquito de pseudointelectuales, convencidos de que es imposible que nuestro cine remonte sin cuotas de pantalla y sin la concesión de subvenciones desmesuradas (¿qué pasaría si el mundo del teatro o la danza pidieran tanto dinero como el que ya recibe el cine español?).

Este año, sin embargo, el cine francés nos ha ofrecido productos de lo más heterogéneo, entre los que se incluye Lol, una comedia absolutamente recomendable y carente de pretensiones, donde no se plantea más que un sucinto retrato de dos generaciones: la de los adolescentes-facebook y sus padres-enrollados. En este caso, se agradece la ausencia de moralismos y tremendismos -tan del gusto español en engendros como Mentiras y gordas- y, a cambio, se emplean gags más o menos logrados, situaciones cómicas curiosas -como el esperpéntico viaje a Londres o la divertida y casi farrelliana escena del pollo y la webcam-, y diálogos creíbles entre los adolescentes, que de puro chic y alternativos podrían funcionar como la versión parisina de Gossip Girl (otra serie de culto a la que dedicaremos unas líneas más adelante).


Nada nuevo ni trascendente hay en Lol, pero su directora -se agradece que sea una mujer (no, tranquilos, no es Isabel Coixet) y que no reniegue de su punto de vista- tampoco lo pretende. La estructura es sencilla y eficaz -tres partes o trimestres y un paralelismo bien logrado entre la vida de la madre y la vida de su hija-, y las interpretaciones son convincentes (me gustó especialmente el elenco teen), con especial mención a la madre, una Sophie Marceau que se ha reinventado con los años y que no solo está más guapa que nunca, sino que también actúa con más naturalidad y vis cómica de la que demostraba en el principio de su carrera.


Por lo demás, la estética de la película está cuidada en todos los aspectos que un filme como este requiere: vestuario, decoración, banda sonora (muy bien escogida), escenarios urbanos y guapos secundarios masculinos, con un policía más que atractivo y unos jovencitos muy gossipgirlianos. Se agradece especialmente que en plena época estival, en la que Madrid se ve invadida por camisetas de tirantes, bermudas imposibles y hórridas sandalias post-sepu (¿por qué esto empeora aún más con la inminencia del gay-pride) alguien estrene una película donde la gente se viste con personalidad y estilo y en la que no hay que aguantar ni a Mario Casas ni a Fernando Tejero, por citar dos ejemplos...


Evidentemente, Lol no va a pasar a la historia del cine, pero sí es una de las muestras más divertidas y simpáticas del reciente cine europeo y, sobre todo, un ejemplo de que se puede hacer una comedia teen -sobre y para adolescentes- sin aburrir al público adulto y sin confundir el sentido del humor, el erotismo y la espontaneidad con la ordinariez, la sosería y la ranciedad. Muchas críticas insisten en que es demasiado high-tech, demasiado altoburguesa y demasiado pija. Y sí, claro que lo es, pero no intenta ocultarlo. ¿Por qué no se puede hablar también de ese otro mundo y demostrarnos que hay adolescentes de todo tipo y condición? ¿Solo los adolescentes marginales, como los de Diarios de la calle o similares, tienen su lugar en la gran pantalla? ¿No se puede hablar de adolescentes que beben, fuman porros, se divierten y follan sin que aparezca el final trágico de turno para recordarnos lo horrible que es transgredir esos límites que, a su manera, casi todos hemos transgredido? A mí, honestamente, los chicos y chicas de Lol me recuerdan mucho más a mis alumnos que los de otras películas del género, porque tienen problemas similares -igual de simples e igual de profundos al mismo tiempo-, porque su entorno familiar es muy semejante -con padres casados, divorciados, solteros... con ganas de entenderlos y sin saber si ser sus amigos o sus perros guardianes- y porque también van a la última en esa estética entre retro y neogrunge de nuestros quinceañeros.


En resumen, un filme sencillo, cómodo de ver, muy divertido y con más aciertos que errores. Tópico, desde luego, pero ¿acaso la rareza de la adolescencia no lo es? A fin de cuentas, puede que cambien las redes sociales y hasta los instrumentos de comunicación, pero los desengaños, los primeros amores y las relaciones con los padres siempre fueron y serán las mismas. C'est la vie.

26.6.09

On holidays :-)

Se acabó el curso y comienzan, al fin, las vacaciones. Como este domingo, además, me hago un año más joven (ays, cómo pasa el tiempo), he decidido hacerme un autorregalo narcisista pero que, la verdad, me apetece concederme... Y es que, a pesar de lo duro que ha sido este curso, ha habido instantes especialmente buenos, como las palabras de las alumnas de mi tutoría, un grupo de chicas de cuarto de la ESO a las que voy a echar mucho de menos el año próximo... Parte de esas palabras están en los comentarios que han dejado en el último post del blog que creé para su grupo y que, a partir de septiembre, pertenecerá a otros alumnos. Y a otras vidas... Perdonen que hoy caiga en un cierto ombliguismo docente y me autorregale ese enlace (prometo que las alumnas que firman existen y escribieron sin coacción alguna, jeje), pero seguro que mis colegas de profesión blogueros entienden que en este trabajo es preciso mirarse de vez en cuando en un espejo favorable para no perder el ánimo ni la perspectiva, ya que el desgaste de las aulas es evidente, palpable y, cómo no, cotidiano. Ahora, sea como sea, empieza -realmente- el verano. Y con él, Estocolmo, Londres, Mallorca... Toca hacer las maletas. Y disfrutar.

22.6.09

Esta semana, doble sesión de cine français. Empezamos.
1. Le premier jour du reste de ta vie
Probablemente, una de las películas que más me han gustado y emocionado este año. Es cierto que hay que dejarse llevar -y tocar la fibra- por sus imágenes, pero compensa dejarse llevar por este entramado familiar, cotidiano, costumbrista y profundamente francés -en el buen sentido- donde se nos presenta el día a día de una familia tan normal -o tan anormal- como cualquier otra. Cinco actores espléndidos en sus roles -¿por qué hay una generación de actores jóvenes tan estupendos en Francia y tan mediocres en España?- y un guión donde se hacen trampas con la comedia y la tragedia tal y como exigen los cánones del melodrama más auténtico. El entramado narrativo es hábil y juguetón, con saltos -justificados- en el tiempo y donde se funde presente y pasado tal y como sucede en nuestros recuerdos familiares. Nada es excesivamente original -a fin de cuentas, el subgénero del drama familiar es uno de los logros de la cultura gala desde la novela decimonónica- pero todo respira emoción, ternura y hasta pasión. Que el final sea excesivamente agridulce -o incluso un poco tópico- no resta ni un ápice de mérito a esta ópera prima que redescubre algo tan sencillo como el poder y la eficacia narrativa de los sentimientos. Y, cómo no, mención especial para su montaje -ganador de un merecidísimo César- y sobre todo, para su banda sonora: imprescindible. Sencillamente, nos encantó..., así que, si pueden, no dejen de verla.

2. Coco avant Chanel
Comenzaremos preguntándonos dos cuestiones irresolubles:
a) ¿Por qué no se ha respetado el juego de palabras -sencillito pero eficaz- del título francés y se ha traducido por el horrendo Cocó, la leyenda de Chanel, como si de una secuela de Indiana Jones se tratase?
b) ¿Por qué la reina del mohín, o sea, Audrey Tautou, es un icono del cine europeo actual? ¿Alguien no ha muerto de indigestión y sobredosis de azúcar tras un segundo visionado de la sobrevaloradísima Amelie? ¿No es al cine francés lo que la Cruz al cine español? ¿Cómo triunfa la mediocridad en ambos casos? ¿Por qué no puedo de hacer preguntas indignadas sobre ambas divas...?
Dejando a un lado la errónea elección de la actriz -lo hace mejor de lo que cabría esperar, aunque es incapaz de expresar emociones auténticas-, la película es un biopic correcto, mediocre y bien producido. Lo mejor, la estética -el diseño del vestuario es impecable- y los guiños tanto al pasado sórdido de la protagonista -admito que desconocía ese lado oscuro de su biografía- como a sus hallazgos en el terreno de la moda -para los fanáticos de la materia resulta interesante ver qué novedades aportó y es curioso cómo han sido fabuladas por el guionista. Sin embargo, la película resulta plana, reiterativa y con momentos de franca decadencia narrativa -la segunda parte supone un innecesario bajón que le impide despegar el vuelo. El desenlace tampoco ayuda, por previsible y precipitado, aunque la belleza de los planos del desfile final reste algo de desconsuelo al espectador. Cine olvidable aunque bien producido y, al menos, no ha sido protagonizado por Carmen Machi o Blanca Portillo quienes, como todos sabemos, son las protagonistas de todo lo que se estrena aquí. Claro que hay opciones peores como Belén Rueda, pero eso es otra historia...
Y antes de cerrar este post -me esperan un sinfín de profesores ansiosos de venganza en las juntas de evaluación de esta tarde- una última pregunta: ¿por qué este año me han interesado a priori casi todas las películas francesas y casi ninguna de las españolas? ¿Realmente el problema son las subvenciones o el triunfo de la catetada y la falta de ingenio? Si la gran apuesta de la próxima temporada es Una hora menos en Canarias, el nuevo musical del cursi y aburrido David Serrano -sí, el mismo que hilvanó cuatro anécdotas facilonas y tres números musicales de los que provocan vergüenza ajena en sus no sé cuántos lados de la cama-, me temo que seguiré cruzando las fronteras en lo que a cine se refiere.

18.6.09

El jueves que quiere ser viernes

Cómo me gustan los jueves que anteceden a tu llegada, am. Son nerviosos, rápidos, tramposos. Son jueves en los que me siento inquieto como un niño porque cuento las horas para que aterrice tu avión y podemos disfrutar de esas pequeñas grandes cosas -de todo hay, de todas compartimos- que vivimos juntos. En estos jueves en los que sé que la noche siguiente será toda nuestra los minutos parece más ágiles, menos difíciles, y me resulta más sencillo sentirme bien, como si el día a día no pesara, como si no hubiera ningún obstáculo en la cotidianidad del trabajo, o de la familia, o de los cambios de humor de mi connatural ciclotimia. Entretanto, mientras llegaba la promesa de este jueves y la certeza de este viernes (solo horas, ya, ante nosotros), siempre cuento con tu caricia en el momento exacto, con tu abrazo en el momento preciso, incluso cuando ha de ser a distancia, siempre puntual para que no me caiga ni me deje llevar por la tristeza o por los problemas cuando, como me ha ocurrido en esta semana, creo que el entorno me supera y me siento demasiado vulnerable o demasiado inerme o demasiado impotente como para combatir todo lo que me disgusta y lo que me gustaría cambiar. Por eso, entre otras (innumerables) razones, te espero con tanta ansiedad. Porque necesito ese aliento -en forma de tu cuerpo, de tu mirada, de tu voz- para seguir luchando, para creer en lo que hago, en lo que escribo, en lo que enseño y en lo que vivo. Porque solo en esa caricia, en ese abrazo, en esa voracidad de amor y de sexo -deseo en rojo, en hipérbole continua- encuentro respuestas al eterno interrogante que es mi dudar, y mi autocuestionarme, y mi inseguridad. Por eso hoy sonrío como un niño que espera ansioso su regalo de cumpleaños, y por eso estoy de humor para ver a unos amigos esta noche y charlar y reírme con ellos mientras se suceden las últimas horas -pocas, ya casi inexistentes- que te preceden y que nos anuncian un verano intenso, cálido, profundamente nuestro. Estoy deseando que todas las caricias con las que has aplacado mis fantasmas y mis inseguridades esta semana se hagan, mañana al fin, tan carnales y sensuales como nosotros. Tanto como el cercano viernes que, eufórico e íntimo, hoy precede este jueves.

15.6.09

Supuestos prácticos

A. Supuesto práctico número 1
Un profesor de cuarto de Secundaria tiene una alumna que ha llegado nueva al instituto y al país a mitad de la segunda evaluación. La alumna se encuentra profundamente perdida y desorientada -en el instituto y en su nueva vida-, así que sus resultados son sencillamente catastróficos en el segundo trimestre. En una asignatura optativa, Literatura Universal, la alumna obtiene un tres. Prosigue el curso y la alumna, en vez de tirar la toalla y desanimarse, trabaja hasta la extenuación e intenta alcanzar el nivel de sus compañeros, aun cuando sabe que, tanto en esa como en otras materias, este año va a ser imposible. Va a repetir, es consciente de ello, pero no quiere rendirse. Así que en la tercera evaluación obtiene un 4,2 en el examen final de Literatura Universal. Ha leído los libros obligatorios, se ha esforzado por entenderlos y hasta ha aprendido algo de la cronología de la asignatura y ahora sabe ubicar correctamente a Goethe, Voltaire o Kafka. Su profesor también le imparte Lengua Castella y es consciente de que esta última difícilmente podrá aprobarla y siquiera acercarse al cuatro. Sin embargo, se plantea la opción de aprobarle la Literatura Universal a a esta alumna, ya que el examen final englobaba las dos evaluaciones anteriores y ella ha conseguido una evolución muy por encima del resto de sus compañeros. Evidentemente, no ha sumado el cinco exigido ni ha alcanzado del todo los objetivos de la materia, pero ¿no deberían pesar otros criterios? El profesor opta por aprobar a la alumna porque necesita darle fe en su teoría del esfuerzo, quiere decirle que ha hecho bien no rindiéndose, que la lucha siempre acaba teniendo resultados y que el siguiente curso debe seguir trabajando como lo ha hecho en este. El profesor, obviamente, ya ha recibido suficientes palos en esta vida para saber que eso del esfuerzo no siempre es verdad, pero como se lo inculcaron bien en casa y en el colegio, sigue practicando esa teoría. Y sigue esforzándose. Y sigue luchando. Gran parte de sus compañeros, sin embargo, recriminan al profesor su conducta y le instan a que suspenda a la alumna. ¿Cuál es la postura que debería tomar el protagonista del supuesto?

B. Supuesto práctico número 2
El mismo profesor del supuesto A -y de identidad, ya lo sé, profundamente misteriosa- también imparte una optativa de 1º y 2º de ESO: Alemán. Se trata de la segunda lengua extranjera y, por tanto, solo se le dedican dos horas semanales. El profesor ha dado con un grupo de alumnos de 1º excelentes, tanto en su capacidad de trabajo como en sus dotes para el estudio de idiomas. Así que, aprovechando esas bazas, el profesor consigue que su grupo -de solo dieciesiete miembros- adquiera un nivel más que aceptable para un primer año de alemán. Solo dos alumnos, que son más perezosos y a los que no les interesa nada estudiar lenguas, tienen problemas con la asignatura, el resto no bajan del siete o el ocho en sus calificaciones habituales. Uno de ellos -el profesor no sabe quién ni quiere saberlo- se queja en casa y afirma que el nivel es demasiado alto y que se desea borrar para el año que viene. Los padres, por supuesto, recogen esta información sin hablar con otros compañeros o con el profesor de la materia y, sin filtro ni rigor informativo alguno, llaman al jefe de estudios para decir que deben dar un toque al profesor de alemán ya que exige demasiado y se le van a ir sus alumnos. El centro tampoco filtra la amenaza de los padres y, aunque de manera jocosa, pone estos datos en conocimiento del profesor. Este último se pregunta si debe bajar el nivel y hacer más fácil la materia para captar adeptos o si, por el contrario, debe mantener el mismo nivel para conseguir que los chicos aprendan realmente alemán. Revisa los ejercicios realizados durante el curso y nota con agrado que los alumnos de primer año son capaces de llevar a cabo propósitos comunicativos sencillos pero importantes, así que no acaba de saber por qué esos padres no instan a sus hijos a esforzarse más y solo se preocupan de que aprueben, aprendan o no aprendan. El profesor está cansado de luchar contra corrientes adversas y no se siente entendido ni por los padres ni por los compañeros de su gremio. El examen final de alemán se acerca y se plantea modificarlo, hacerlo aún más sencillo, regalar las notas, pero algo en su ética le dice que eso tampoco es lo correcto. ¿Debería renunciar a la exigencia? ¿Realmente importa que los chicos aprendan algo en las materias que cursan o solo deben sortearlas para obtener un título? ¿No deberían los padres apoyar las decisiones docentes de vez en cuando? ¿Qué sistema estamos construyendo entre todos? ¿Qué queremos realmente enseñar? ¿Y para qué?

El profesor, cansado y hoy algo desanimado, decide ponerse un dvd. A veces, piensa mientras pulsa el play de su mando a distancia, la ficción no nos da respuestas, pero nos evita hacernos más preguntas.

14.6.09

Pequeños grandes filmes

Teniendo en cuenta la mediocridad que reina durante estos dos últimos meses en nuestra cartelera resulta lógico que algunas pequeñas apuestas -llenas de lagunas pero también de méritos- destaquen con luz propia entre tanto título anodino. En esta ocasión, nos centramos en un estreno de cine y otro de dvd, ambos francamente recomendables.

1. Vacaciones de ferragosto
Más bien se trata de un mediometraje -apenas una hora y quince minutos- que de un largometraje; sin embargo, y a pesar de sus evidentes carencias, suma setenta y cinco minutos de sensibilidad, ternura, comicidad no grotesca y amor tanto por la gente como el propio cine (el homenaje al neorrealismo italiano y a sus musas es más que evidente). El autor, actor y director se deja la piel en el trabajo -se agradece que como director sea casi invisible: sin giros ni movimientos pedantes de la cámara- y solo lamentamos que no se atreviera a alzar el vuelo en algún momento del filme, dando más relieve a las vidas de sus secundarios -nos quedamos con ganas de más: hay tanto que preguntarles...- o prolongando la anécdota que tanto juego da a lo largo de la película. Quizá, sin embargo, extenderla habría sido pervertirla y por eso decidió dejarla en este formato aparentemente pobre y que, sin embargo, gana conforme se sale de la sala y se recuerda el filme ya lejos de la gran pantalla. Su visionado deja un cierto poso -e incluso más de una sonrisa, gracias a la naturalidad y eficacia de sus gags- y eso, en sí mismo, es una prueba de que la humanidad de sus personajes ha conseguido calar en nosotros. El hecho de que esté logrando un cierto éxito de taquilla a pesar de su escaso número de copias es una prueba de que a veces el buen cine también tiene un hueco en las salas aunque no lo acompañe el marketing que sí permite vender bodrios tan lamentables y patéticos como esa Fuga de cerebros que me hace dudar, cada vez más, del criterio del espectador medio de nuestro país. ¿Por qué somos un país tan cateto, atrasado y cavernario? Entre Vacaciones de ferragosto y la comedia española actual -con recientes memeces como Siete minutos: una versión supuestamente moderna de los chistes de Escenas de matrimonio, por decir algo...- hay todo un universo de distancia: el que separa la inteligencia y la sensibilidad de la horterada paleta y rancia. Da pena admitirlo, pero a veces creo que, estética y culturalmente, seguimos anclados en el landismo (basta ver cinco minutos de la horrenda Fuera de carta para comprobar sus semejanzas con glorias de la homofobia como No desearás al vecino del quinto). Menos mal que siempre tendremos los guiones ñoños de González Sinde (¿cuántos días de vida le quedarán al ministerio de cultura? ¿conseguirá rematarlo antes de las próximas elecciones?) para alimentar nuestras almas sedientas de cine español... Entretanto, vean Vacaciones de ferragosto, es emocionante descubrir que hay directores y guionistas con buen gusto y buenas ideas más allá de nuestras fronteras.

2. Vals con Bashir
Noventa minutos en los que resulta imposible despegar la mirada de la pantalla a pesar de la dureza de sus imágenes. Noventa minutos en los que se explican con admirable inteligencia y sencillez -a la vez que con una sofisticada estructura narrativa- algunos puntos de la terrible guerra del Líbano. Noventa minutos sin maniqueísmo y donde la Historia -con mayúsculas- se narra junto con la historia -en minúsculas- de las personas que la vivieron. Noventa minutos que se cierran con un minuto estremecedor donde revivimos aquellas imágenes que dieron los telediarios de la época y que ahora parecen un simple retazo de la Historia contemporánea, como todos los genocidios, a los que en el siglo XXI parecemos habernos habituado. Noventa minutos para sacudirnos y recordarnos que no podemos acostumbrarnos a conocer esos datos como si tras ellos no hubiera un grado insoportable de dolor, de crueldad, de odio, de desgracia. Noventa minutos de buen cine que todo el mundo -¿por qué este tipo de películas no se proyectan más a menudo en los centros escolares? ¿por qué cuando yo las proyecto en el aula más de uno piensa que "hago perder el tiempo a mis alumnos"?- debería ver y sobre la que todo el mundo debería reflexionar.

Por cierto, y como nota al margen sin excesiva relación -salvo por pertenecer al subgénero de la novela gráfica-, en Francia y en Inglaterra se ha editado recientemente una edición de bolsillo -baratísima, por tanto- de Persépolis. ¿Por qué ninguna editorial española ha pensado hacer lo mismo? De este modo Persépolis podría ser una lectura obligatoria en ciertos niveles de Secundaria y Bachillerato, algo impensable teniendo en cuenta el precio de la cuidada edición actual. ¿Tantos complejos tenemos todavía como para admitir que la lectura de un texto como este puede ser mucho más interesante que torturar a los alumnos con novelas juveniles de dudosa -y más bien, inexistente- calidad perpetradas por Sierra i Fabra y otros reyes de la moralina adolescente? Me limito a dejar aquí la pregunta. Las respuestas, honestamente, no sé siquiera si deseo conocerlas.

8.6.09

Grandes noches

Una cena con amigos -de los que se merecen la palabra amistad siempre en mayúsculas- para inaugurar nuestro nuevo piso y compartir risas y confidencias al ritmo de un buen vino. Un concierto -irrepetible- con un soberbio -además de guapísimo- Juan Diego Flórez dando una lección de bel canto y, sobre todo, de carisma y de genialidad musical. Una cena, esta vez fuera de casa, para celebrar el concierto con una pareja de amigos con los que no dejamos de sumar grandes momentos -en lo bueno y en lo no tan bueno: qué excepcional es poder compartirlo todo con vosotros- y de quienes sabemos que siempre podemos esperar lo mejor. Y todo eso precedido por la boda -enhorabuena, chicos- de otros dos grandes amigos a los que esperamos ver a su regreso de Nápoles, para pasar un rato los cuatro juntos, esta vez sin aviones que nos lo impidan, y celebrar que Juan y yo estamos rodeados de gente que nos quiere tanto como nosotros a ellos.

Pequeñas grandes noches que me impiden pensar que hoy es lunes, que son las ocho de la mañana y que debo hacer algo llamado trabajar. Quizá sea porque ahora mismo creo que sigo escuchando a Rossini con tu mano sujetando -apretando- la mía..., y eso, am, me hace respirar mucho más intenso. Y hondamente feliz.

3.6.09

Agotado... pero feliz

Agotado.

Así he acabado tras tres semanas de durísimo e intenso trabajo en el instituto. Cada semana, además, con una función del grupo recién creado y con el que hemos puesto en escena nuestra peculiar versión -libérrima y muy musical- de La boda de los pequeños burgueses. Esta tarde ha sido, de momento, la última función, para que los chicos pudieran presumir de su talento ante padres y amigos. No puedo resumir la emoción de este proceso, en el que los chicos han demostrado que son capaces de lo mejor y en el que no han dejado de darme lecciones de generosidad, entusiasmo y compañerismo. La función de hoy, como las anteriores, ha sido estupenda, llena de vida y de ganas de comerse el escenario. A mí me harán falta unas cuantas semanas para reponerme de tanto exceso escolar -la fundación de la revista este mismo mes, las funciones teatrales y, cómo no, el trabajo cotidiano del instituto, que también hay que sacarlo adelante con las mismas ganas si queremos contagiarlas a nuestros alumnos-, pero aunque me sienta algo vampirizado -en el mejor de los sentidos- no dejo de sonreír ante el éxito de una empresa como esta. En la foto, por cierto, parece que voy a darme un pico con la alumna; pero no, ya sabéis que no soy un depravado -bueno, puede que sí lo sea, solo que en otro sentido muy diferente-, simplemente es que nos han captado cuando los chicos me regalaban un ramo de flores que ha significado mucho más de lo que puedan creer. Solo espero haberles sabido transmitir cuánto valoro su esfuerzo, sus ganas y su afán de superación. Ha sido una suerte agotarse junto a ellos. Y ver sus caras de euforia ante cada ovación del público. Ahora solo espero que el virus del teatro ya no les suelte nunca, como -¿os acordáis, chicas?- nos sucedió a nosotros...

2.6.09

Slam

Slam, la última novela de Nick Hornby, se ha convertido en España en Todo por una chica, título deplorable y de injustificable elección. No sé de quién ha partido la idea de sustituir la caída del nombre original -que remite a la jerga de los skaters afín al personaje protagonista- por un título engolado y ambiguo en el que no queda claro el significado del sintagma preposicional. Podría teclear en google e incluso investigar un poco para averiguar si es una idea del traductor, una decisión editorial o un capricho del agente del autor, pero ni tengo tiempo ni ganas para semejantes elucubraciones. Solo sé que el nuevo título no puede ser más desafortunado. En primer lugar, podemos pensar que se trata de un complemento de finalidad -todo lo hace por una chica-, lo cual no guarda relación alguna con el contenido de la novela, donde la motivación del protagonista no es Alicia, la chica, sino él mismo y, en segunda instancia, el hijo de ambos. Por otra parte, podríamos creer que es un complemento de causa -todo ocurre a causa de una chica-, lo cual nos daría un título absolutamente misógino, ya que se culparía de los hechos de la novela al personaje femenino. Por último, puede que alguna mente brillante haya creído genial jugar con esta ambigüedad -finalidad y causa- para dar ambos matices a un tiempo con lo que no solo se conseguiría el guiño misógino sino que, además, se sumaría la incongruencia de la primera opción. Así que, en esta crítica, obviaremos el título español y hablaremos de Slam, que es como siempre debió llamarse.

Y Slam es una novela de fácil lectura en la que se nos cuenta, en primera persona, la peripecia de un adolescente que deja embarazada a su novia, Alicia. Nada más y nada menos. Ese es todo el hilo argumental y, sin embargo, su autor consigue situaciones cómicas bastante logradas en las que, incluso aunque intentemos negarnos a ello, nos arranca la carcajada. Sin embargo, incurre en errores demasiado previsibles. El primero consiste en extender la historia más allá de lo que hubiera sido deseable, dando lugar a un libro desequilibrado en el que el tercio final es mucho más flojo que el arranque, a pesar de que el empleo de la prolepsis o flash-forward salve a la novela del tedio y la rutina. El segundo estriba en su infantilización del protagonista, demasiado inverosímil para su edad. En este sentido, no podemos olvidar que Hornby es un autor en serie de peter-panes treintañeros, así que su tendencia a hacer de los adultos adolescentes parece que le impide escribir sobre un verdadero adolescente sin restarle años también. Pese a todo, algunas páginas sí respiran verdad, sobre todo aquellas que están enfocadas desde un punto de vista más humorístico. Y el tercero y más grave reside en la moralina que se le escapa al autor -aunque no lo pretenda- que, pese a estar más o menos oculta durante casi toda la narración- se desborda en un inútil capítulo final, donde se deslizan demasiadas reflexiones de perogrullo que nos recuerdan los peores vicios de películas como Juno, por ejemplo.

En cuanto a los personajes, son divertidos los masculinos y estereotípicos los femeninos, donde el escritor se muestra incapaz de hacer nada más que proyectar su visión heterosexual de las mujeres, dibujando tanto sus sueños e idealizaciones como sus prejuicios y pesadillas. Ni Alicia, ni Andrea ni la madre de Sam -el protagonista- son de carne y hueso ni poseen una psicología mínimamente interesante, así que la historia flojea desde las primeras páginas y su encanto reside únicamente en su narrador que, sin embargo, sí consigue hacernos leer el texto con una sonrisa, aunque veamos el truco en todo momento y a ratos sea imposible hacer una mueca al pillar al autor en algún momento de sensiblería facilona -ya presente en Alta fidelidad o la muy inferior Un gran chico- o en algún gag previsible que funciona de modo desigual.

Sea como sea, la obra sí puede ser leída por adolescentes -es más, creo que recomendaría su lectura a chicos desde 2º hasta 4º de la ESO: puede dar mucho juego en el aula y casi todos disfrutarán leyéndola- pero, desde el punto de vista de la literatura adulta, resulta llamativo comprobar que se trata de un título más -equivocado, pero título a fin de cuentas- que se suma a la avalancha de narraciones que infantilizan al lector -niños con pijama y similares- y le presentan una peripecia más o menos ingeniosa desde el punto de vista de un menor. Es curioso -o quizá no tanto- que los best-sellers de nuestro tiempo sean historias contadas por niños para adultos, lo que da lugar a narraciones planas, eminentemente sencillas y que exigen un esfuerzo intelectual bajo mínimos. Honestamente, no dice mucho acerca del lector de nuestro tiempo, sobre todo porque sus autores suelen mostrarse incapaces de dar un salto cualitativo y aprovechar esa estructura para aportar algo más o para ofrecernos algún giro -alguna vuelta de tuerca- que saque a sus obras de una linealidad apabullante y una imaginación más bien ramplona.

Pese a todo ello, no deja de ser un texto ameno y con algunas páginas interesantes, especialmente aquellas en las que su autor se olvida de que quien habla es un adolescente y se centra en la dificultad para cumplir los sueños, o para asumir responsabilidades, o para convivir con la pareja. Cuando aborda esos temas -que son ajenos a la edad del protagonista y que nos afectan a todos en diferentes etapas de la vida- se aproxima, en ocasiones, a lo que podría ser algo más que una simple novela de consumo, pero está demasiado atrapado por el sistema, por su agencia literaria y, por qué no, seguramente también por la futura adaptación al cine de la novela, como ya pasó con otros de sus textos. Al menos nos deja instantes de gran caricaturista en personajes como Conejo -un secundario digno de la mejor escuela de la comedia americana- y nos hace acabar el libro con un pensamiento de lo que pudo haber sido y que, sin embargo, no fue. Poco en él lo convierte en algo más que la versión masculina de la ya citada Juno. Aquí, sin embargo, no se nos cuela un rollo antiaborto como en la sobrevalorada y conservadora cinta de Reitman, aunque tampoco se debate con seriedad ni con valentía sobre este tema que, en EEUU, sigue siendo un claro tabú. Y que en España, a este (retrógado) paso, también va camino de serlo.