18.6.09

El jueves que quiere ser viernes

Cómo me gustan los jueves que anteceden a tu llegada, am. Son nerviosos, rápidos, tramposos. Son jueves en los que me siento inquieto como un niño porque cuento las horas para que aterrice tu avión y podemos disfrutar de esas pequeñas grandes cosas -de todo hay, de todas compartimos- que vivimos juntos. En estos jueves en los que sé que la noche siguiente será toda nuestra los minutos parece más ágiles, menos difíciles, y me resulta más sencillo sentirme bien, como si el día a día no pesara, como si no hubiera ningún obstáculo en la cotidianidad del trabajo, o de la familia, o de los cambios de humor de mi connatural ciclotimia. Entretanto, mientras llegaba la promesa de este jueves y la certeza de este viernes (solo horas, ya, ante nosotros), siempre cuento con tu caricia en el momento exacto, con tu abrazo en el momento preciso, incluso cuando ha de ser a distancia, siempre puntual para que no me caiga ni me deje llevar por la tristeza o por los problemas cuando, como me ha ocurrido en esta semana, creo que el entorno me supera y me siento demasiado vulnerable o demasiado inerme o demasiado impotente como para combatir todo lo que me disgusta y lo que me gustaría cambiar. Por eso, entre otras (innumerables) razones, te espero con tanta ansiedad. Porque necesito ese aliento -en forma de tu cuerpo, de tu mirada, de tu voz- para seguir luchando, para creer en lo que hago, en lo que escribo, en lo que enseño y en lo que vivo. Porque solo en esa caricia, en ese abrazo, en esa voracidad de amor y de sexo -deseo en rojo, en hipérbole continua- encuentro respuestas al eterno interrogante que es mi dudar, y mi autocuestionarme, y mi inseguridad. Por eso hoy sonrío como un niño que espera ansioso su regalo de cumpleaños, y por eso estoy de humor para ver a unos amigos esta noche y charlar y reírme con ellos mientras se suceden las últimas horas -pocas, ya casi inexistentes- que te preceden y que nos anuncian un verano intenso, cálido, profundamente nuestro. Estoy deseando que todas las caricias con las que has aplacado mis fantasmas y mis inseguridades esta semana se hagan, mañana al fin, tan carnales y sensuales como nosotros. Tanto como el cercano viernes que, eufórico e íntimo, hoy precede este jueves.

3 comentarios:

JD FLórez dijo...

¡Qué razón tienes!Todos los días deberían ser jueves o viernes (el sábado es demasiado cutrepachanguero e impropio de personas de vuestra calidad y el domingo sólo debería existir para pasarlo en casa o volando de regreso de un fastuoso weekend en alguna ciudad fashion o, como mucho, para asistir a una función de ópera o teatro, un brunch en algún lugar que sólo acepte tiernos infantes o infantas de más de 16 años, en el que en verano esté prohibido el uso de pantalón pirata, camiseta de tirantes (para hombres) o su equivalente en el vestuario femenino y demás accesorios del género que puedan ofender la vista.
En realidad yo quería haber escrito algo más trascendental que hablara de ausencias (aunque sean breves) pero me ha salido esto, más bien jocoso.¡Claro, es jueves y según la teoría que tan bien expones el ánimo se alegra, el deseo se dispara ante la perspectiva del viernes...!Nada iguala a una noche de viernes en compañía de la persona a la que quieres y que es capaz de sacar lo mejor de ti y de dar lo mejor de sí misma. Sobre todo cuando, además, hay muchos días de vida común por delante.¡Feliz viernes!

Cinephilus dijo...

No puedo estar más de acuerdo en todo... ;-) Tq

Arual dijo...

A mí la verdad te digo que hay jueves que me gustan más que otros...