26.7.09

Before London

Después de Estocolmo, ahora nos toca fugarnos a Londres, a disfrutar de tres espectáculos que tengo unas enormes ganas de ver y de los que prometo dar cumplida cuenta en esta misma pantalla... En primer lugar, el Hamlet protagonizado por Jude Law (en mi lista de actores guapos ocupa, desde hace años, el puesto más alto); después, El jardín de los cerezos dirigido por Sam Mendes con Ethan Hawke a la cabeza (cómo no enamorarse de él en el delicioso dueto Antes de amanecer/atardecer o hasta en la curiosa e infravalorada Gattaca); y, por último, el musical más premiado en la ceremonia de los Tony de este año, Billy Elliot, con música de sir Elton Jonh y del que solo hemos leído críticas entre muy buenas y excelentes.
Pero antes de salir volando, dejo aquí mi humilde y nada corrosiva opinión sobre tres obras muy distintas entre sí: un blockbuster cinematográfico -el último Harry Potter-, un bestseller literario -el primer tomo de Millenium- y un éxito operístico rotundo -Las bodas de Fígaro, en el Teatro Real. Como hay muchos temas, prometo ser breve... Empezamos.

1. Harry Potter y el misterio del príncipe
Sigue siendo tan innecesariamente larga como todas las películas del mago y sus colegas pero, al menos, juegan menos al quidditch (o como se escriba esta memez). Está años luz de la única película que realmente me gusta de esta saga -Azkaban, dirigida por un casi siempre inspirado Cuarón-, pero al menos es mucho más divertida que su antecesora. Supongo que me ha gustado porque es la menos harrypotteresca de todas: apenas hay magia, acción o aventura, salvo un espléndido prólogo en Londres que, lástima, no tiene continuidad alguna en el resto del filme. Por lo demás, esta película es una especie de episodio de Sensación de vivir, solo que han cambiado Beverly Hills por Hogwarts. Todo un cocktail de espinillas, adolescencia mal asumida, primeros amores, primeros celos, malos rollos, ansias de popularidad y otras pamplinas quinceañeras que, la verdad, me hicieron gracia. Pese a su trágico final -¿por qué asumen que todos nos lo sabíamos y ni siquiera se molestan en intentar sorprendernos?-, es la película con más humor de las rodadas hasta la fecha y la que más me recuerda a mis queridos Cabano, Ruth & friends. Solo falta que quiten a la histriónica de la Bonham Carter y la sustituyan por la mujer-palo Blanca Romero. En fin, una tontería muy simpática y que se pasa mucho más rápido que su antecesora. Eso sí, David Yates tiene menos creatividad que un mejillón, pero tampoco creo que nadie esperase que aportase algo original o mínimamente inteligente. Con resumir los libros tiene de sobra.

2. Los hombres que no amaban a las mujeres
Puro y duro best-seller pero, al menos, no toma por imbécil al espectador. No tiene ni mucho menos los valores literarios que algunos han pretendido ver en él, pero sí es una diversión digna y sin complejos. Sobre todo, valoro el hecho de que no quiera ser nada más de lo que realmente es: una novela de suspense bien contada y con una trama más o menos creíble, sin giros en exceso rocambolescos y -¡al fin!- sin rollos mistéricos, eclesiásticos o vaticanoides. Tras los años de triunfo de las tonterías supinas de Dan Brown o de los vampiros castos y puros de Crepúsculo -ay, con lo sexy y lo voraces que fueron los de Ann Rice-, se agradece que haya un bestseller de inspiración periodística y buen pulso narrativo. Sí, sobran páginas, sí, el final es un poco tontorrón, sí, los personajes rozan el prototipo, pero también tienen relaciones verosímiles, caracteres fuertes y hasta llegan a hacerse simpáticos. No pienso seguir con los dos tomos siguientes, hay cosas mucho más interesantes que leer, pero sería injusto reconocer que esta obra funciona y es justo que tenga su público. Una suerte de El silencio de los corderos con algo de compromiso social. Decente.

3. Las bodas de Fígaro
Es imposible ponerle pegas a Mozart, es más, resulta imposible imaginar la vida sin él. Sin su música. Sin embargo, he de admitir que de las tres obras en las que trabajó con Da Ponte esta es la que menos me entusiasma. No encuentro en ella el ingenio travieso e intelectual del Cosí ni la complejidad de Don Giovanni. Una comedia de acción, entretenida, ligera, con algunos gags memorables y, sobre todo, con un personaje fascinante: la melancólica condesa, que encierra una profundidad psicológica mucho mayor de la que pueda percibirse a primera vista.

La puesta en escena que ofrece el Real, sin embargo, no es especialmente brillante. Se inspira en los juegos de luces de Strehler -sin serlo, evidentemente- y, por tanto, apuesta por el clasicismo y el esteticismo -algo esperable siendo Sagi su director. Sin embargo, ese estatismo no favorece el ritmo escénico y, aunque la dirección de los actores es soberbia, la escenografía resulta pétrea, acartonada y no especialmente acertada, salvo el empleo del telón traslúcido y algún otro pequeño hallazgo de la decoración. Sagi, por otra parte, sabe poner bien en escena aquello que el texto y la música dicen, pero no sabe inventar aquello que no cuentan: no presenta su propia versión de la obra, sino que, como un escolar aplicado, se limita a transcribir correcta y pulcramente lo que ya se sabe y se conoce. Es un montaje hermoso, sí, pero sin alma, sin vida propia, aunque todo el mundo salga contento y encantado tras el bonito jardín que puebla la escena en el último acto. A cambio, los actores desempeñan sus papeles a la perfección, con gracia, con auténtica capacidad teatral y eso nos permite olvidar las carencias escénicas de un montaje que se halla muy lejos de los aciertos del pasado Rigoletto, por ejemplo. En conclusión, un montaje que merece la pena ver -sobre todo por oír a Mozart, por emocionarse con su música, por reírse con las ocurrencias de Da Ponte y por disfrutar de los actores y de las actrices de esta función- pero donde se ha apostado por una puesta en escena casi sorollesca, un envoltorio estético y sereno que no ayuda a construir el texto, sino que se limita a colorearlo.

24.7.09

Sticky and sweet

Pocos conciertos he esperado con tanta ansiedad como el que dio ayer Madonna en Madrid. Fue la primera cantante de la que me convertí en un rendido fan cuando ni siquiera sabía que era una diva, o un icono pop, o lo que quiera que sea ahora. Solo tenía unos nueve o diez años cuando empecé a comprar todos sus discos en formato vinilo -que mi infancia forma parte de los ochenta- o en formato casette. Todavía recuerdo que compré la Superpop porque reproducían el vídeo de Like a prayer con el texto íntegro y una selección de las mejores imágenes (también porque regalaban una carpeta de gomas con George Michael, pero ese dato se lo obvié a mis amigos). Luego vinieron los noventa, y con ellos mi adolescencia y su etapa de metamorfosis, así que Madonna se pasó a la estética de su fantástico Ray of light y yo me cambié al CD. Murieron los vinilos y con ello cierta parte de la primera Madonna -la material girl que se sentía like a virgin y que rodaba comedias infames mientras se peleaba con Sean Penn- que siempre me gustó. Aun así, ha seguido reinventándose y nunca ha perdido el tren del éxito, incluso a pesar de traspiés tan sonoros como American life, por ejemplo. Su último disco no es más que un intento de repetir el bombazo del anterior, pero entre el sosito Hard candy y el rotundo Confessions hay un océano -proceloso e insalvable- de distancia. El hecho de que en su concierto de ayer no cantara un solo tema del Confessions no acabó de convencerme, ya que se echó de menos que sonara Hung up o Sorry, entre otras, como broche de oro al subidón que provocó con su espléndida -ahí sí- puesta en escena de Give it 2 me, el único single realmente potente de su último trabajo.


En cuanto al concierto en sí mismo, no salí tan satisfecho ni emocionado como esperaba. A favor, no se puede negar que Madonna se deja la piel durante las dos horas de espectáculo en un alarde de potencia física -más que vocal- y dando un auténtico show coreográfico con un impecable cuerpo de bailarines. La puesta en escena, sin embargo, no acaba de ser tan espectacular como en giras anteriores (estas, lástima, me ha tocado verlas tan solo en dvd). Tan solo el vídeo de Get stupid nos recuerda algo de la Madonna polémica, combativa y transgresora de años anteriores. Por lo demás, se apuesta por una estética colorista -casi chillona- y un vestuario entre hiphopero y adolescente que pareciera sacado de los armarios de los concursantes de Fama. Ni rastro de los hallazgos de Gaultier -aquellos conos que marcaron una época- o de algún intento de sofisticar una imagen demasiado apegada a las taquillas del gimnasio, como si de la versión tecno de Marbelys se tratase.

Otro tanto me sucede con el decorado, donde solo salvaría el empleo de los dos cilindros -una suerte de seta gigante- que emplea la diva para ocultarse y jugar con videoproyecciones más que acertadas. Sin embargo, el resto de elementos son más bien inexistentes, simplones -como la plataforma de gogó o el cuadrilátero de boxeo- o de nuevo, algo horteras, como el coche blanco que aparece al principio del espectáculo. Llamativo, sí. Grandioso, tal vez. Pero nada que ver con la cruz gigante del Confessions tour, por ejemplo. El decorado, por tanto, carece de semántica y su empleo es más bien ramplón.

Y aquí, después de darle muchas vueltas, es donde he encontrado la gran pega que ayer sentí que tenía el concierto y que no era capaz de verbalizar: su carencia de teatralidad o, más bien, su teatralidad simplona y limitada. Uniforme. A pesar del repertorio -que, con sus aciertos y sus fallos, era francamente variado- todas las canciones se ponían en escena de manera muy similar, a base de saltos imposibles, contorsiones múltiples y una sucesión vertiginosa de movimientos que llegaban a camuflar la voz de una artista empeñada en que le ha ganado la batalla al tiempo. Un concierto físico, divertido, también distante, una macrodiscoteca -en realidad, casi una sucesión de videoclips- que hizo sudar a quienes seguimos a Madonna desde hace años, pero un espectáculo desprovisto de sutileza o inteligencia en la puesta en escena, desnudo de la Madonna más radical, como si también ella se hubiera vuelto políticamente correcta y ahora su única provocación fuera un tímido "Estoy caliente" antes de entonar la anodina y eterna Spanish lessons.

El concierto de ayer no tenía la proximidad de una empática Kylie Minogue, ni la inteligencia del fantástico recital que nos dio hace un par de años George Michael (eso sí que fue memorable). Ella demostró que es una gran artista y una espléndida profesional (en el sentido de currante), desde luego, pero el envoltorio de su show recordaba más a las boy bands o al mismísimo Justin Timberlake que a la Madonna elegante de Vogue, la Madonna esotérica de Frozen, la Madonna post-country de Music, la Madonna combativa de American life, la Madonna sexual de Material girl, la Madonna blasfema de Like a prayer, la Madonna ingenua y pop de True Blue, la Madonna eléctrica de Hung up. Anoche todas fueron la misma cantante, todo era inauditamente similar, sin sobresaltos, sin giros inesperados, sin capacidad de sorpresa, salvo por el estupendo momento del She's not me, donde jugó con bailarinas vestidas con sus looks más característicos a lo largo de todos estos años.

Lástima que las mallas le hayan ganado la partida a los conos de Gaultier, seguramente porque para lucir aquellos conos solo se podía ser Madonna, mientras que para el show aeróbico de ayer se puede ser Madonna, o Britney, o Beyoncé, o decenas de otras voces y otros cuerpos. Nada había en su show que la diferenciara de tantas otras cantantes que, fuerza de imitarla, se han fundido con ella. Solo la edad: ella derrocha energía aunque les doble la edad, pero no sé si la exhibición de una segunda juventud es motivo suficiente para sustentar un espectáculo de estas características. Deben ser, supongo, los efectos colaterales de lo global, que hasta las reinas del pop se vuelven insólitamente simbióticas.

22.7.09

Viaje a ninguna parte

Una vez más, Mario Gas nos ha demostrado que es un excelente director. Y esta vez lo ha hecho con un texto tan denso como complejo, una tragedia contemporánea de Arthur Miller que exige una puesta en escena inteligente y, sobre todo, un reparto capaz de dotar a cada palabra de toda la emoción y la intensidad que exigen, sin caer en vicios como la sobreactuación o el histrionismo. Muerte de un viajante es, además, una tragedia sin ningún tipo de coartada intelectual. Claro que hay en ella un agudo análisis del supuesto sueño americano, incluso una crítica -totalmente aplicable a la actualidad- de la sociedad de consumo, pero ante todo, es un reflexión -dolorosa y brutal- sobre el fracaso y el autoengaño, sobre cómo nos construimos -viajantes, en definitiva, todos nosotros: todos Ulises persiguiendo Ítacas, todos fugitivos o Penélopes o Telémacos, según el caso- ante el espejo y ante los demás, como nos construyen quienes nos conocen y, peor aún, cómo nos influyen, afectan y condicionan. La tragedia de Miller se asienta en lo cotidiano, pero bebe de las fuentes de Homero y de Eurípides y, como en el gran dramaturgo griego -que convirtió en humanos a los prototipos éticos de Sófocles-, sus criaturas están llenas de matices, de contradicciones, de ponzoña y de grandiosidad. Por eso me sorprendió el montaje de Gas, porque no quiere modernizar, ni posmodernizar ni siquiera se acerca a la tentativa de la intelectualización -correcta, eso sí- por la que apostaban montajes como el Edipo estrenado hace solo un par de meses en el Matadero. Al contrario, él ha preferido sumergirse directamente en los clásicos y servirnos en bandeja tres horas de escalada hacia el clímax final, una catarsis absolutamente visceral donde no hay coartada brechtiana ni distanciamiento épico que valga. El empleo de la escenografía es inteligente y mezcla con sabiduría el verismo -a fin de cuentas, coherente con el marco de composición de la obra- y el simbolismo -con esa carretera que invade el patio de butacas. Los videomontajes se emplean con igual delicadeza y el conjunto resulta equilibrado y competente. A fin de cuentas, Mario Gas deja el peso de la función en los actores, que se dejan -literalmente- la piel en las tres horas que dura esta función. Tres horas donde el protagonista, un soberbio Jordi Boixaderas, da una lección de interpretación que me dejó pegado a la butaca.

Desolador. Lacerante. Brutal. Terrible. Así es este texto con el Miller ganó el Pulitzer y se consagró, allá por 1949 en la escena teatral norteamericana. Y desolador, lacerante, brutal y terrible sigue siendo en este montaje de Mario Gas donde el director ha sabido ponerse al servicio del texto, en vez de intentar reinventarlo o reconstruirlo con ese complejo megalómano que tantos directores escénicos padecen en la actualidad. Supongo que él no necesita distorsionar las obras que ya son geniales para convencernos de su talento. Le basta con regalarnos funciones como esta. Estrenos que, desde la emoción, todo el mundo debería compartir. Resulta imposible no verse representado -no sentirse herido o magullado- en ese viaje hacia ninguna Ítaca. Hacia ninguna parte. En ese vagar. En ese Nueva York que no queda, ni mucho menos, tan lejos de Madrid. Corran a verla.

17.7.09

Cruising

Madrid arde bajo sus pies. Siente cómo queman las aceras, las calles, los rincones. Recorre Arenal con su carpeta de apuntes bajo el brazo, intentando esquivar el sol cegador que parece atacarle con tanta saña como la asignatura todavía pendiente. Solo un examen más -otro septiembre más- y al fin tendrá esa licenciatura que no está ni siquiera seguro de desear. Empresariales, ¿no? Da igual, el calor no ayuda demasiado a pensar en el futuro. El futuro te asusta, le ha dicho hoy Carlos. Pero él ya no responde, se limita a seguir tomando apuntes -no se puede tirar el dinero de la maldita academia estival- y trata de obviar las palabras de Carlos para que no le confundan como ya hiciera antes. El futuro te ha acojonado siempre. Pero no es cierto. Aunque ahora prefiera seguir corriendo por Arenal rumbo a Sol, perderse entre los dillers y los pícaros habituales, dejarse llevar por la manada de turistas que hacen fotos absurdas en lugares ridículas. ¿El oso y el qué? Mierda de árbol. No, no es cierto que siga hacia adelante porque tema nada de lo que deje atrás. Tan solo quiere protegerse del sol. Evitar el fuego que invade Madrid. Que amenaza los apuntes de la última asignatura que le queda para hacer que el pasado sea ya de una vez solo eso: pasado. Carlos no sabe nada. Carlos solo está encaprichado de él. Carlos le vende la historia de que quiere intentarlo -¿por qué no le echa más huevos y le dice que quiere follárselo?- para sacarlo de sus casillas y evitar que se salve de ese fuego que sigue quemando Madrid. Por eso él no escucha su voz. Ni piensa en contestar el sms que acaba de enviarle. Podríamos vernos. No, no podemos. Ni debemos. Ni queremos vernos. No, porque no quiere complicarse la vida con alguien en quien pensar. A quien echar de menos. De quien depender. Tal vez no tenga por qué ser así, pero Carlos le asusta. Hay algo en él, en su necesidad de entregarse, en su maldita manía de enamorarse. Y él no tiene tiempo ni ganas de ser parte de nadie. Le asusta ese tipo de identidad compartida. Así que sube por Preciados -al fin, en sombra- y retoma la anonimia mientras esquiva a los vendedores ambulantes de solidaridad. Tampoco firma en ninguno de sus papeles -proanimales, promedioambiente, proinfancia, provida, proloquesea-, se abstiene de implicarse porque no quiere figurar, ni existir, tan solo deambular. Así que se refugia del calor en la Fnac y sube, con decisión, todas las plantas. Discos, libros, deuvedés, videojuegos, iphone, i-gadgets. Nada le interesa. Solo piensa en la escalera final, en la última de todas. La sube recordando el sms de Carlos, la opción de empezar algo, las ganas de tirar al suelo la carpeta y las dudas de qué vendrá después. De momento, lo que viene es un guardia de seguridad aburrido y somnoliento tras un mostrador desde el que se vigilan los aseos. Siempre se ha preguntado qué verán -¿graban todo lo que sucede allí?, podrían emitirlo algún día en el prime time, sería un bombazo- y entra al servicio de los tíos con una sola idea. O con cientos de ellas. De los tres sanitarios, uno está averiado. Tal vez sea una maniobra del establecimiento para disuadir a los anónimos habituales. Pero él no se deja convencer fácilmente. Él no abandona. Aunque Carlos diga que sí lo hace. Pero Carlos no tiene ni idea. Ni él tiene por qué explicarle nada. Se coloca en el de la derecha. Y espera a que alguien se acerque. Alguien sin nombre. Alguien que se pega junto a él -detrás de él- y le coge la polla con decisión. Con firmeza. Alguien que aprovecha que ahora no hay nadie más para arrodillarse y llevársela a la boca con voracidad. Tanta como el fuego que asola las calles fuera de esa habitación. El trabajo es mecánico y casi perfecto. Sin emoción. Sin nombres. Sin ni siquiera miradas. No hay rostros ni choques de manos ni nada que no sea una corrida inmediata y certera. Salpica en la carpeta y encuentra, al fin, la excusa perfecta para mandar a la mierda los apuntes. El voluntarioso fantasma sale y él se queda solo, una vez más, delante de un espejo donde ahora sí puede ver algo. Ve algo quee no es él, que tal vez sea Carlos, o incluso todos los Carlos que lo han esperado estos años y ante los que siempre encuentra excusas para no ser quien realmente desea ser. Es más cómoda la soledad, el disfraz, el silencio. Es más cómodo no arriesgarse y terminar esa puta carrera -joder, seis años ya encerrado en lo mismo- para ser eso que, definitivamente, cada vez le apetece menos ser. Recoge la carpeta y la limpia con saña. Luego se encamina a la salida. El de seguridad bosteza. Si ha visto algo de lo sucedido, está claro que no ha debido parecerle excepcional. Fuera, en la calle, Madrid sigue ardiendo, así que aprieta con fuerza la carpeta y sube hasta Callao. Justo cuando baja las escaleras del metro suena un mensaje. No le hace falta mirar la pantalla. Basta borrarlo sin ni siquiera leerlo. No, no va a dejar que Carlos incendie también su móvil. Ni su soledad.

11.7.09

Apuntes catódicos hispanos

Recién llegado de un precioso viaje por Estocolmo -de la que dejo testimonio en las fotos al final de este post-, me decido a actualizar el blog con otro (breve) apunte catódico. Y, para que no se diga que no les damos una oportunidad, esta vez vamos con dos series españolas con sendas temporadas ya terminadas y de las que se están grabando nuevos episodios...

1. Acusados
Lo peor...
...el plagio (inconfeso pero evidente) del primer episodio de Damages: ¿qué necesidad había de copiar una serie tan conocida como la de Glenn Close? ¿Creían que nadie iba a darse cuenta? Honestamente, no lo entiendo.

...la ausencia de saltos temporales: lejos de seguir el planteamiento de puzle de Damages, su versión española abandona este registro en el segundo capítulo y opta por una linealidad que, la verdad, no es su mayor baza.

...la copia de muchos de los personajes de su fuente americana: Silvia Abascal haciendo de Ellen, Blanca Portillo jugando a ser Patty Hewes, Coronado como Frobisher... Y, para colmo, también repiten los roles secundarios, desde el representante de las víctimas hasta la hija con la que la jueza no sabe comunicarse.

...la excesiva duración de cada capítulo: ¿por qué duran casi 90 minutos? ¿No saben que en 60 minutos se condensa mucho mejor el suspense y se consigue una progresión dramática menos monótona?

...el casting, con actores (?!) como Goya Toledo -sí, vale, es guapísima, pero ¿quién le ha dicho que es actriz?- o Alberto Amarilla -no puedo verle sin acordarme de aquella atrocidad llamada Mis adorables vecinos (sí, sí, aquel horror semi-trash con Paz Padilla y Miriam Díaz Aroca.., ay, cuánto hemos sufrido los telespectadores españoles).

...lo que tarda (casi dos capítulos completos) en arrancar la trama y, por fin, en despegarse de Damages.

...la pobreza de la producción: casi todo en interiores, muy lejos de la visión de Nueva York que sí nos ofrecía Damages.

Lo mejor...
...está rodada con cierta profesionalidad y el guión no tiene escenas bochornosas o de vergüenza ajena. Los diálogos funcionan con cierta solvencia y los personajes no resultan ridículos.

...aunque parecía imposible, sí que se despega del original que imita y se convierte en una serie con personalidad propia, de modo que consigue trazar una trama interesante y no una mera imitación.

...los protagonistas están bien escogidos, especialmente Silvia Abascal -aunque tiende a sobreactuar, admito que me gusta cómo lo hace-, la Portillo -no me entusiasma, pero aquí lo hace razonablemente bien-y Coronado -que, no sé por qué, está estupendo en todos sus papeles de corrupto, madero turbio o pepero venido a menos: La distancia, La caja 507 y demás.

...el ritmo, aunque podría ser mucho más ágil y dinámico, está conseguido y, si se le da una oportunidad, la serie enganccha sin necesidad de caer en los efectismos ridículos de Motivos personales (aquello parecía un thriller escrito por los guionistas de Scary Movie) ni en los misterios absurdos y siempre sin solución de El internado (en la que no debe ni de haber guionistas, porque cada episodio se reiventa, sin explicación alguna, todo lo anterior).

...la factura, que sin ser impecable, sí es correcta, al estilo de Herederos, donde nada es brillante, pero se sigue -si uno se deja llevar- con cierta curiosidad. Eso sí, nos faltan muuuuuuchos años de televisión para escribir guiones que enganchen -sin pestañear- desde el minuto uno. ¿Lo lograrán en la segunda temporada?

2. Física o química
Lo peor...
... Blanca Romero, Blanca Romero y, ah, Blanca Romero. Es insufrible su monotono, su cara de nada, su ausencia de registros y sobre todo, su inexistente historia. No aporta nada en la trama desde que se le murió el novio adolescente. A ver si la echan pronto, porque la pobre da mucha grima.

...las tramas de los personajes adultos. Y eso que Cecilia Freyre lo hace bien, pero los profes dan mucha penita. Ni son creíbles, ni interesantes, ni sus relaciones aportan lo más mínimo. Cuanto más salen, más aburrido es el episodio.

...la presencia de temas serios. No, señores guionistas,no se empeñen, ustedes no han nacido para concienciar a nadie sobre la droga, o sobre el sexo seguro, o sobre el aborto. Ustedes limítense a lo suyo, porque cuando se ponen en tono trascendente es como para llorar.
...el vídeo musical machachón de todos los episodios. Ah, y la promoción descarada de la conexión móvil a internet. Uf, qué cutre... ¿Os imagináis a las pijas de Gossip Girl haciendo publicidad de Fanta en medio del episodio, por ejemplo? No, señor, allí promocionan el Palace y Armani, pero sin darnos la murga verbal. Solo con unas buenas imágenes y unas cuantas aguilitas bien colocadas en cada bolso.
...la repetición de tramas y la excesiva duración de cada episodio. Con lo cutres que somos, ¿por qué no hacerlo un pelín más breve? Sesenta minutos de tortura ya son bastantes.
Lo mejor...
...que es asumidamente mala y no se avergüenzan de ello.

...las tramas adolescentes, que no tienen ni pies ni cabeza, ni son creíbles, ni nada de nada, pero resultan mucho más divertidas que las de nuestros tiempos adolescentes con los pacatos Brandon y Brenda de Sensación de vivir.
...los guaperas oficiales, ya sea el Cabano, el nuevo novio gay de Fer -todo un descubrimiento este personaje al que desnudan con asiduidad, por cierto-, o la diva de la serie, la problemática Ruth, que está estupenda en su papel de Jenny, sí, de la mismísima Jenny de 90210.
...la Yoli, que una de dos: o es una actriz estupenda -y ya está tardando en llamarla Bigas Luna, por ejemplo- o es realmente la Yoli -esto último sería muy preocupante. Sea como sea, cada arranque de la poligonera es un chispazo de grosería que enciende la pantalla. Otra que no se comería ni un rosco en Gossip girl.
...no hay ni un episodio escrito y/o dirigido por Ángeles González Sinde ni por Isabel Coixet, así que no hay planos irrisorios, ni poesía de w.c. público, ni moralismos a lo Martín-Vigil.

...y, cómo no, lo mejor de esta cutre serie es lo malísima que es, lo estúpidos que son sus guiones, y lo mucho que engancha como ejemplo de la telebasura más divertida de los últimos años. Solo me da pena verla desde el distanciamiento de los treinta, con lo que yo me habría emocionado con algo así a los doce o a los trece. Lástima de filtros culturales... Esto de verlo con cierta sorna no es igual. Es como cuando Risto se pelea con Jesús Vázquez y uno sabe que está guionizado. Ay, qué fue de nuestra tele-ingenuidad.
Como cierre, aquí va alguna instantánea sueca. El post viajero sobre Estocolmo, para la próxima vez :-)

3.7.09

Pros y contras catódicos

Vaya, este año me quedo sin mi post anti-orgullo gay. La fiesta me sigue pareciendo una horterada y una sucesión de estereotipos que nada tienen que ver conmigo ni con la normalización y la visibilidad -lo único realmente importante-, pero la intervención de este año del PP y, cómo no, de la deplorable Ana Botella me han indignado aún más que el carnaval chuequil. Y es que me fastidia que los peperos madrileños -¿hasta cuándo aguantaremos a este partido en Madrid?- hayan empleado el leit-motiv del descanso vecinal y demás historias -que no digo que no sean ciertas, pero que a ellos les importan un bledo cuando de molestar a los vecinos se trata con sus obras faraónicas- para dar rienda suelta a su homofobia. Así que, por un año, obvio el tema en este blog, sobre todo para dejar claro que estoy harto de los argumentos de los señores del crucifijo y la gaviota, que estarían encantados de anular todos los derechos conseguidos hasta la fecha y que, por mucho que les fastidie, no van a poder revocar.
A cambio, en este breve post (que hay que irse de cena para empezar las noches de fin de semana), nos dedicaremos a dar un repaso estival a ciertas series.

Damages (Temporadas 1 y 2)
Lo que me gusta...
...que incluya a actrices de la talla de Glenn Close o, en su segunda temporada, de William Hurt y Marcia Gay Harden.
...que sepan emplear tan bien los flash-forwards, demostrando una coherencia argumental y una capacidad de sorpresa que se mantiene en sus dos temporadas.
...que no nos confundan en exceso y que el guión sea lo suficientemente turbio y claro a la vez para no aburrirnos como si de una adaptación de una novela de Grisham se tratase.
...que el estilismo de la Close sea absolutamente genial.
...que cada temporada conste (solo) de trece episodios y no se caiga en reiteraciones o alargamientos innecesarios.

Nip Tuck (Temporada 5)
Lo que me gusta...
...que sea tan irreverente, autorreferencial, brutal y extraña.
...que recurra al sexo explícito sin ningún tipo de complejos.
...que ese sexo explícito se dé en todas sus formas y opciones.
...que se incluyan personajes tan estupendos como la psicópata vendedora de ositos de peluche.
...que sean capaces de sorprendernos después de cinco años.
...que su lógica sea ya ilógica y, aún así, nos la creamos.

True Blood (Temporada 1)
Lo que me gusta...
...su turbiedad.
...su sensualidad.
...su indefinición.
...sus protagonistas masculinos.
Lo que no me gusta...
...Anna Paquin: no puedo con ella ni con su falta de carisma.
...sus guiones: demasiados altibajos y escenas con poco enganche. La acción es más bien patética.
...su tendencia a repetirse: no me han sorprendido en un solo episodio.
...la metáfora de los vampiros: demasiado trillada, evidente y facilona.
...su sobrevaloración: nadie le buscaría tantos significados y valores a esta serie si no fuera de Alan Ball.
...su floja temporada 1 pese a las expectativas del piloto.

Gossip girl (Temporada 1)
Lo que me gusta...
...su asumida frivolidad.
...su identidad asumida de Sensación de vivir de los 2000.
...sus vistas de Nueva York.
...sus trajes y gadgets de diseño.
...sus protas masculinos, especialmente el padre del prota pardillo.
...su mala malísima, una versión adolescente de Madame de Merteuil.
Lo que no me gusta...
...sus acciones: demasiado escasas; los capítulos son lentos y previsibles.
...su falta de emoción: ¿por qué no ser más rápidos, más cambiantes, más tramposos?
...su intento de conectar a la vez con adolescentes y adultos, sin saber a qué carta quedarse.
...su necesidad de seguir sumando temporadas para coger ritmo y convertirse en el culebrón fashion-victim en que ha de convertirse.
...su falta de sexo: ¿por qué tanto pudor pseudo new age en una serie como esta?