17.7.09

Cruising

Madrid arde bajo sus pies. Siente cómo queman las aceras, las calles, los rincones. Recorre Arenal con su carpeta de apuntes bajo el brazo, intentando esquivar el sol cegador que parece atacarle con tanta saña como la asignatura todavía pendiente. Solo un examen más -otro septiembre más- y al fin tendrá esa licenciatura que no está ni siquiera seguro de desear. Empresariales, ¿no? Da igual, el calor no ayuda demasiado a pensar en el futuro. El futuro te asusta, le ha dicho hoy Carlos. Pero él ya no responde, se limita a seguir tomando apuntes -no se puede tirar el dinero de la maldita academia estival- y trata de obviar las palabras de Carlos para que no le confundan como ya hiciera antes. El futuro te ha acojonado siempre. Pero no es cierto. Aunque ahora prefiera seguir corriendo por Arenal rumbo a Sol, perderse entre los dillers y los pícaros habituales, dejarse llevar por la manada de turistas que hacen fotos absurdas en lugares ridículas. ¿El oso y el qué? Mierda de árbol. No, no es cierto que siga hacia adelante porque tema nada de lo que deje atrás. Tan solo quiere protegerse del sol. Evitar el fuego que invade Madrid. Que amenaza los apuntes de la última asignatura que le queda para hacer que el pasado sea ya de una vez solo eso: pasado. Carlos no sabe nada. Carlos solo está encaprichado de él. Carlos le vende la historia de que quiere intentarlo -¿por qué no le echa más huevos y le dice que quiere follárselo?- para sacarlo de sus casillas y evitar que se salve de ese fuego que sigue quemando Madrid. Por eso él no escucha su voz. Ni piensa en contestar el sms que acaba de enviarle. Podríamos vernos. No, no podemos. Ni debemos. Ni queremos vernos. No, porque no quiere complicarse la vida con alguien en quien pensar. A quien echar de menos. De quien depender. Tal vez no tenga por qué ser así, pero Carlos le asusta. Hay algo en él, en su necesidad de entregarse, en su maldita manía de enamorarse. Y él no tiene tiempo ni ganas de ser parte de nadie. Le asusta ese tipo de identidad compartida. Así que sube por Preciados -al fin, en sombra- y retoma la anonimia mientras esquiva a los vendedores ambulantes de solidaridad. Tampoco firma en ninguno de sus papeles -proanimales, promedioambiente, proinfancia, provida, proloquesea-, se abstiene de implicarse porque no quiere figurar, ni existir, tan solo deambular. Así que se refugia del calor en la Fnac y sube, con decisión, todas las plantas. Discos, libros, deuvedés, videojuegos, iphone, i-gadgets. Nada le interesa. Solo piensa en la escalera final, en la última de todas. La sube recordando el sms de Carlos, la opción de empezar algo, las ganas de tirar al suelo la carpeta y las dudas de qué vendrá después. De momento, lo que viene es un guardia de seguridad aburrido y somnoliento tras un mostrador desde el que se vigilan los aseos. Siempre se ha preguntado qué verán -¿graban todo lo que sucede allí?, podrían emitirlo algún día en el prime time, sería un bombazo- y entra al servicio de los tíos con una sola idea. O con cientos de ellas. De los tres sanitarios, uno está averiado. Tal vez sea una maniobra del establecimiento para disuadir a los anónimos habituales. Pero él no se deja convencer fácilmente. Él no abandona. Aunque Carlos diga que sí lo hace. Pero Carlos no tiene ni idea. Ni él tiene por qué explicarle nada. Se coloca en el de la derecha. Y espera a que alguien se acerque. Alguien sin nombre. Alguien que se pega junto a él -detrás de él- y le coge la polla con decisión. Con firmeza. Alguien que aprovecha que ahora no hay nadie más para arrodillarse y llevársela a la boca con voracidad. Tanta como el fuego que asola las calles fuera de esa habitación. El trabajo es mecánico y casi perfecto. Sin emoción. Sin nombres. Sin ni siquiera miradas. No hay rostros ni choques de manos ni nada que no sea una corrida inmediata y certera. Salpica en la carpeta y encuentra, al fin, la excusa perfecta para mandar a la mierda los apuntes. El voluntarioso fantasma sale y él se queda solo, una vez más, delante de un espejo donde ahora sí puede ver algo. Ve algo quee no es él, que tal vez sea Carlos, o incluso todos los Carlos que lo han esperado estos años y ante los que siempre encuentra excusas para no ser quien realmente desea ser. Es más cómoda la soledad, el disfraz, el silencio. Es más cómodo no arriesgarse y terminar esa puta carrera -joder, seis años ya encerrado en lo mismo- para ser eso que, definitivamente, cada vez le apetece menos ser. Recoge la carpeta y la limpia con saña. Luego se encamina a la salida. El de seguridad bosteza. Si ha visto algo de lo sucedido, está claro que no ha debido parecerle excepcional. Fuera, en la calle, Madrid sigue ardiendo, así que aprieta con fuerza la carpeta y sube hasta Callao. Justo cuando baja las escaleras del metro suena un mensaje. No le hace falta mirar la pantalla. Basta borrarlo sin ni siquiera leerlo. No, no va a dejar que Carlos incendie también su móvil. Ni su soledad.