22.7.09

Viaje a ninguna parte

Una vez más, Mario Gas nos ha demostrado que es un excelente director. Y esta vez lo ha hecho con un texto tan denso como complejo, una tragedia contemporánea de Arthur Miller que exige una puesta en escena inteligente y, sobre todo, un reparto capaz de dotar a cada palabra de toda la emoción y la intensidad que exigen, sin caer en vicios como la sobreactuación o el histrionismo. Muerte de un viajante es, además, una tragedia sin ningún tipo de coartada intelectual. Claro que hay en ella un agudo análisis del supuesto sueño americano, incluso una crítica -totalmente aplicable a la actualidad- de la sociedad de consumo, pero ante todo, es un reflexión -dolorosa y brutal- sobre el fracaso y el autoengaño, sobre cómo nos construimos -viajantes, en definitiva, todos nosotros: todos Ulises persiguiendo Ítacas, todos fugitivos o Penélopes o Telémacos, según el caso- ante el espejo y ante los demás, como nos construyen quienes nos conocen y, peor aún, cómo nos influyen, afectan y condicionan. La tragedia de Miller se asienta en lo cotidiano, pero bebe de las fuentes de Homero y de Eurípides y, como en el gran dramaturgo griego -que convirtió en humanos a los prototipos éticos de Sófocles-, sus criaturas están llenas de matices, de contradicciones, de ponzoña y de grandiosidad. Por eso me sorprendió el montaje de Gas, porque no quiere modernizar, ni posmodernizar ni siquiera se acerca a la tentativa de la intelectualización -correcta, eso sí- por la que apostaban montajes como el Edipo estrenado hace solo un par de meses en el Matadero. Al contrario, él ha preferido sumergirse directamente en los clásicos y servirnos en bandeja tres horas de escalada hacia el clímax final, una catarsis absolutamente visceral donde no hay coartada brechtiana ni distanciamiento épico que valga. El empleo de la escenografía es inteligente y mezcla con sabiduría el verismo -a fin de cuentas, coherente con el marco de composición de la obra- y el simbolismo -con esa carretera que invade el patio de butacas. Los videomontajes se emplean con igual delicadeza y el conjunto resulta equilibrado y competente. A fin de cuentas, Mario Gas deja el peso de la función en los actores, que se dejan -literalmente- la piel en las tres horas que dura esta función. Tres horas donde el protagonista, un soberbio Jordi Boixaderas, da una lección de interpretación que me dejó pegado a la butaca.

Desolador. Lacerante. Brutal. Terrible. Así es este texto con el Miller ganó el Pulitzer y se consagró, allá por 1949 en la escena teatral norteamericana. Y desolador, lacerante, brutal y terrible sigue siendo en este montaje de Mario Gas donde el director ha sabido ponerse al servicio del texto, en vez de intentar reinventarlo o reconstruirlo con ese complejo megalómano que tantos directores escénicos padecen en la actualidad. Supongo que él no necesita distorsionar las obras que ya son geniales para convencernos de su talento. Le basta con regalarnos funciones como esta. Estrenos que, desde la emoción, todo el mundo debería compartir. Resulta imposible no verse representado -no sentirse herido o magullado- en ese viaje hacia ninguna Ítaca. Hacia ninguna parte. En ese vagar. En ese Nueva York que no queda, ni mucho menos, tan lejos de Madrid. Corran a verla.

4 comentarios:

SisterBoy dijo...

No es la primera vez que oigo hablar de las bondades de este montaje que esperemos que recale por estas tierras.

El que sí vino hace años fue uno con Jose Luís Lopez Vaszquez haciendo de Loman aunque no tuve oportunidad de verlo. La única versión que conozco de la obra fue una adaptación para la televisión protogonizada por Jose María Rodero (un gran actor de teatro o al menos eso dicen los que tuvieron la fortuna de verle sobre las tabas y un poco afortunado actor de cine y televisión) y Juan Diego que interpretaba al hijo mayor de la familia.

También sé que existe una adaptación para el cine con Dustin Hoffman y John Malkovich haciendo respectivamente de padre e hijo, tengo la sensación de que no debió ser gran cosa.

Cinephilus dijo...

Si estrenan este montaje por allí, no dejes de ir a verla, Sisterboy. Y sí, la peli de Hoffman es más bien flojilla: para eso, mejor releer el texto, porque el largometraje no aporta demasiado.

SisterBoy dijo...

Luego eres partidario de leer obras de teatro además de verlas en escena. Hay gente que lo primero no se debe hacer.

Cinephilus dijo...

Qué interesante cuestión planteas, Sisterboy... Respecto a ella, yo soy profundamente partidario de la lectura de obras teatrales por dos motivos básicos:
1. En primer lugar, porque toda puesta en escena es una lectura personal -la del director- sobre el texto, así que solo a través de la lectura podemos conocer realmente al autor y ser nosotros mismos quienes pongamos en escena sus palabras. Lógicamente, el esfuerzo es enorme y la lectura, sobre todo al principio, resulta algo ingrata, pero es el único modo de conocer al verdadero autor teatral, lejos de la decisión escénica de quien lo haya montado. Valga como ejemplo el actual montaje de Tito Andrónico, de Shakespeare, por Animalario. Aún no lo he visto,pero no se puede decir que se conozca esta obra de Shakespeare si nos limitamos a esta propuesta escénica -sea como sea- ya que en ella hay elementos que son totalmente personales y exclusivos de la compañía que ha decidido subirla al escenario.
2. Por la razón de que muchos autores, especialmente desde el siglo XX, no escriben pensando en ser representados, sino en ser leídos, ya sea por la dificultad de sus textos, por la complejidad de sus puestas en escena, por su afán literario -que les lleva a cuidar tanto las acotaciones que las convierten en parte intrínseca de la obra- o por simple imposibilidad de llevar a escena sus textos, como sucede con muchos de los mejores autores españoles desde los noventa hasta la actualidad.