29.8.09

La amenaza de los corticoles

No falla. En cuanto El corte inglés comienza con su campaña de los corticoles todos sabemos que el verano ha empezado a agotarse. Entonces nos rebelamos y nos aferramos aún más a los pantalones cortos, a las sandalias, a las gafas de sol, y hasta nos encadenamos a las terrazas que algunos hosteleros avezados han sido capaces de instalar -como si de un tetris se tratara- entre los escombros que asolan Madrid (¿queda algo de nuestra ciudad entre las obras?). Pero la evidencia, aunque no nos guste, sigue ahí: los corticoles, dignos sucesores de los clones de Star Wars, ya han llegado.

En mi caso,. este ha sido un verano intenso, revelador, especialmente hermoso. Lleno de intimidad y de viajes. De lugares que descubrir -Estocolmo-, de ciudades que volver a disfrutar una vez más -Londres- y de mares en los que perderse -Mallorca. También estuvo, cómo no, Madrid, que sobrevive a los excesos de su alcalde -y a los atropellos de su presidenta- y sigue vivo, a pesar de todos ellos, ofreciendo opciones tan disfrutables como pasearse por la obra de Matisse a las diez de la noche para acabar cenando en la terraza de la Thyssen (un restaurante -y una experiencia- absolutamente recomendable, por cierto).

Dos meses donde, además, conseguí hacer una severa autoevaluación y afrontar, espero que con éxito, algunas materias pendientes. Quizá por eso he retomado con ganas -al fin- la tesis, o he terminado una nueva obra de teatro, o estoy en la página ciento sesenta (quién me lo iba a decir) de una novela. Hacía mucho tiempo que no encontraba ni las ganas ni el momento para escribir en serio, para aislarme en ese mundo de las palabras y de las teclas que se pelean, no siempre con éxito, con la pantalla vacía que nos espera ansiosa. Pero este verano me cansé de suspender la asignatura de tiempo libre y me he impuesto un más que amable régimen de trabajo para, ante todo, recuperarme a mí mismo. Y por fin sentí que tenía algo que contar, que estos tres años llenos de experiencias no podían seguir siendo un borrador en mi cabeza. Que era preciso traducirlos al idioma de la ficción, uno de los pocos en los que creo que sé comunicarme.

He aprendido, justo antes de que nos atacaran con saña los corticoles, que no puedo implicarme en mi trabajo hasta el punto en que lo he hecho estos años. Que no puedo llevarme el día a día -los chicos, sus vidas, mis compañeeros- a casa. Que me apasiona la enseñanza y la adolescencia, sí, pero por eso mismo tengo que saber poner ciertos límites, de modo que no me acabe quemando y me convierta en uno de esos profesores anodinos y pasotas que siempre he detestado. Que no todo es tan trascendente, ni tan vital, ni tan terrible. Que hay que evitar las magnificaciones y, sobre todo, que el compromiso -ese que me ha hecho ir cambiando de trabajo en trabajo hasta encontrar algo que se parece mucho a una vocación- no está reñido con la vida propia. También he aprendido, cómo no, en lo personal. Que demasiada gente es incoherente y lo justifica todo en pos de esa incoherencia, como si lo errático tuviera algo que ver con lo sincero. Que la amistad no es un valor en alza, aunque a esta edad los amigos de verdad ya son y serán siempre. Que hay que regalar tiempo solo a quien lo merece y exigirse compromisos con aquellos amigos que jamás nos lo demandarían, porque nos quieren demasiado como para atarnos, aunque les duelan nuestras ausencias. Que no todo el mundo merece la pena -que muy poca gente la merece-, pero tampoco es malo que eso ocurra: selección natural, al fin y al cabo. Que Darwin tenía razón en todo y se pueden aplicar sus palabras, sin demasiados errores, a las relaciones humanas.

Me conozco, así que seguro que, de algún modo, en el nuevo curso vuelvo a caer en el trabajo excesivo, en el estrés, en dejarme llevar por mil cosas. Volveré a dirigir una obra de teatro con los chavales. Intentaré sacar los números 2 y 3 del periódico escolar que fundé el año pasado. Me pelearé por los grupos supuestamente malos que son, en realidad, los realmente buenos... Pero lo haré tratando de preservar la ilusión y evitando que el torbellino de la rutina me robe más tiempo del necesario. Ahora que he recuperado las horas que había perdido estos años -horas para escribir, para crear, para disfrutar de la pareja, de los amigos, de tantas y tantas pequeñas y grandes cosas- no pienso renunciar tan fácilmente. Supongo que lo bueno de dedicarse a la enseñanza es que uno acaba sintiéndose eternamente alumno, así que se asume con humildad el aprendizaje y la corrección de errores. O al menos, se intenta.

Por todo eso, aunque el año pasado terminé realmente agotado y tuve que afrontar situaciones muy duras -nunca de los alumnos, sino de sus entornos-, este septiembre lo veo distinto a cómo acabé en junio. Con ganas, sí, otra vez. Casi con la ilusión con la que de pequeño forraba los libros y agrupaba los lápices de colores en el estuche. Por eso, aunque me da pereza dejar este maravilloso ritmo de no hacer nada que no me apetezca -leer, escribir, ver exposiciones, dormir bien acompañado hasta las tantas, salir el día que sea, darme sobredosis de Los Soprano o escaparme al cine a ver cualquier cosa-, aunque ahora toque compaginar todo eso con la obligación, el cambio no acaba de parecerme mal. Esta vez, convencido de que será un año tan hermoso como este verano, ni siquiera me dan ningún miedo los corticoles.

25.8.09

Harto de Peter Pan

Me gustan las comedias románticas. Entre mis películas favoritas, siempre figuran títulos como Desayuno con diamantes o Vacaciones en Roma. Y, lo admito, no concibo mi educación sentimental sin el visionado adolescente de Pretty Woman que arrasó en toda mi generación de quinceañeros. Pero lo que me gusta de esas películas es que, en general, no tratan de pontificar sobre las relaciones, ni sobre sus personajes, tan solo nos presentan historias -cuentos de hadas, en realidad- con desenlaces previsiblemente felices y momentos cómicamente entrañables. La comedia romántica actual, sin embargo, retoma la sensiblería del género sin ninguno de sus hallazgos; al contrario, los guionistas añaden, sin complejos, un intento continuo y casi patológico de sentar cátedra sobre las relaciones humanas. Para ello se recurre a menudo a una pobre galería de personajes -supuestamente diferentes entre sí- que siempre son planos y monocromos, de modo que el espectador los encasille sin dificultad desde su primera aparición en pantalla. Después, se siguen las peripecias de dichas marionetas -olvidaba mencionar que este nuevo tipo de comedia romántica ha de ser preferiblemente coral- y se dan tantos finales felices como se pueda, reservándose siempre un desenlace amargo para compensar tanta melaza y fingir que la película es más realista o una reflexión sincera a la vez que cómica sobre el amor.

Bien, pues este presupuesto es el que sigue la película He's just not that into you, título poco afortunado que (tranquilos, la traducción española viene al rescate) ha sido convertido en el infame ¿Qué les pasa a los hombres? Aunque el guión tiene alguna que otra frase rescatable (creo que me sonreí dos veces en las casi dos horas de película), su estructura es ramplona; su trama, más que previsible; su reparto, anodino (qué tortura ver a Jennifer Aniston haciendo de... Jennifer Aniston: ¿alguna vez dejará de recordarnos que Brad Pitt la dejó... por cansina?); y, sobre todo, su visión de las relaciones hombre-mujer es profundamente anticuada y, cómo no, misógina. Ellas solo quieren casarse (o en su defecto, solo quieren tener novio formal para casarse) y ellos solo quieren follar (a ser posible, sin casarse y con Scarlett Johanson, que hace... de Scarlett Johanson), así de simple y de rotundo (por cierto, ellas tienen amigos gays que también quieren follar -solo que no lo hacen, porque es una película para todos los públicos y no a todos los públicos les parece guay que los gays también follen- y que les aconsejan sobre qué deben ponerse en sus citas -porque en algo tienen que gastar su tiempo los pobres, la verdad). En toda la película no hay ni un solo personaje femenino que busque el sexo de manera natural y espontánea (son mujeres de treinta y parecen sacadas del siglo XIX, en vez de pertenecer al siglo XXI), ni tampoco aparece ningún hombre que admita el compromiso de una forma adulta y sensata (bueno sí, hay uno, pero es el sosainas de Ben Affleck y no cuenta), ni hay relaciones complejas, ni hay encuentros casuales, ni hay nada que se parezca a la vida real, pero la película nos coloca una voz en off -como Sexo en Nueva York, pero sin gracia ni distanciamiento frívolo- para darnos un bonito sermón sobre hombres y mujeres, invitándonos a comprarnos tarrinas de helado y volvernos gordos enamorados o gordos dejados por amor (elijan ustedes).


Personalmente, y en cuanto al tema de la visión de los treintañeros -esta vez masculinos- en el cine reciente se refiere, empiezo a estar harto de Peter Pan y toda su pandilla: ¿por qué los hombres que acabamos de superar los treinta tenemos que ser forzosamente un hatajo de niños que no quieren madurar? Yo sí que quiero hacerlo. Sobre todo porque madurar no tiene nada que ver con dejar de ser joven, ni con dejar de ser intenso, ni con dejar de transgredir, ni con dejar de trasnochar, ni con dejar de devorar la vida a bocados. Madurar tiene que ver con ampliar los puntos de vista, con enriquecer las experiencias, con sesgar lo accesorio y, sobre todo, con evolucionar. (Qué aburrida la gente monolítica. Y qué abundante... ¿Tan geniales se encuentran que prefieren no moverse ni un ápice del lugar que ocupan?) Además, ¿realmente es necesario formar parte de todo este ejercicio nostálgico que nos rodea? Anuncios que nos cuentan cómo eramos hace veinte años, coleccionables de muñecos sacados de series que veíamos entonces y un sinfín de revivals de momentos que hemos vivido, como quien dice, apenas ayer. Solo tenemos treinta y pareciéramos viejos refugiados en sus batallitas, contando a nuestros sobrinos -porque los hijos todavía no se enteran, en caso de tenerlos- cómo era La bola de cristal o lo que nos emocionaba Espinete. Lamentable... ¿Tan poca cosa somos capaces de imaginar en el hoy -y en el mañana- que hemos de seguir refugiados en el ayer? ¿No hay nada más allá del lego y de los playmobil y de Vicky el Vikingo y de toda esa parafernalia nostálgica y paralizante? ¿Estamos tan vacíos que no podemos construir, sino que necesitamos seguir digiriendo referencias anteriores?


Digamos que con He's just not that into you (que fusilen al autor del título, por favor) me he aburrido tanto como me aburro -con excepciones, claro- con mi generación. Anclada en sí misma y en su autocontemplación, en su victimismo y en su estatismo, en un acto de revival ombliguista que le impide hacer nada que no sea echarse de menos a sí misma. Por eso es necesario el verbo madurar. Porque el futuro está justo delante y hay demasiado treinteañero convertido, aunque quizá ni siquiera lo sepa, en estatua de sal.

24.8.09

Hangover

He dedicado, exactamente, noventa y siete minutos de mi tiempo a ver The hangover, exquisitamente traducida al español como Resacón en las Vegas. Después de haber escuchado toda suerte de comentarios positivos sobre esta comedia (¿cómo eligen a los críticos de cine? ¿con alguna cartilla de puntos que regale El País?), he decidido dejar mis prejuicios a un lado y darle una oportunidad. Lamentablemente, habría ganado noventa y siete minutos de mi tiempo si le hubiese hecho caso a mis prejuicios que, supongo que a fuerza de tanto ver cine, están más que acostumbrados a no equivocarse en exceso.

The hangover -obviemos su título al castellano, por favor- es una película más de despedida de soltero. No sé cuántos bodrios similares forman parte de este nutrido subgénero, en el que caben títulos como Airbag o Very bad things (nunca creí que esta última pudiera parecerme tan "buena" si la comparamos con el actual engendro que comentamos). En este caso, el planteamiento es -ligeramente- original, fundamentado en la elipsis de esa noche que los protagonistas deben recomponer si quieren hallar al novio, que ha desaparecido en Las Vegas. Sin embargo, en ese planteamiento acaba todo lo bueno que se puede decir sobre esta película, porque el resto es una reunión de tópicos a cual más previsible, aburrido y cansino, especialmente, el trío protagonista: el amigo responsable y dominado por el tópico de la mujer castradora, todo un clásico de la misoginia que aquí se convierten en el dentista y su novia; el amigo ligón y guaperas, Bradley Cooper, al que no sé qué narices le ve todo el mundo...; y, cómo no, el amigo raro, feo y absurdo -a caballo entre Rain man y Jackass-, el habitual freaky del que se vale todo guionista de tercera para provocar risas facilonas y simplonas (valga como ejemplo la elegante escena en la que el actor en cuestión nos enseña el culo mientras se prueba su traje para la boda).

Por si eso no fuera poco, el humor -por llamarlo de alguna manera- se basa en elementos igualmente sorprendentes y originales, dignos de Hawks o Wilder, como poco. Dejando a un lado los momentos escatológicos -al menos, no son muchos: vomitan y mean solo lo justo-, los inspirados gags se suceden gracias a un chino mafioso amanerado (algo así como un cruce entre Brüno y Ong Bak), un anciano que enseña el culo en la consulta del médico, alguna alusión fuera de lugar al 11-S, la aparición de Mike Tyson (?!), unos cuantos comentarios homófobos (de eso que no falte: no saben hacer una comedia sin bromear sobre el tema), un condón usado tirado en un coche, o un bebé que se aporrea con la puerta de un coche. Tronchante, de verdad.

Todo esto se justifica -cómo no- con la patochada de que "es una película de humor gamberro y políticamente incorrecto". Y esta última afirmación, por supuesto, es una memez además de un acto enorme de cinismo, ya que la película no puede tener un desenlace más convencional, cursi, familiar y políticamente correctísimo. Es mucho más fácil hacer chistes burdos fuera de tono que apostar por una película realmente valiente y donde el final no se convierta en un canto a la familia y el matrimonio, haciendo que hasta el supuesto canalla interpretado por Cooper sea... ¡¡¡un marido ejemplar y todo un padrazo!!! Pocas películas he visto con un final tan edulcorado como esta. Creo que hasta Blancanieves era mucho más transgresora (al menos, no se nos cuenta todo lo que hizo con los enanitos).

En fin, una comedia floja, aburrida, tediosa y vista mil veces, con un tema que cada vez está más manido: los treintañeros que no quieren madurar y bla, bla, bla. No solo hemos visto ya muchas películas sobre este mismo asunto, lo peor del caso es que -con escasísimas y honrosas excepciones- todas son tan simples, superficiales y anodinas que resulta imposible identificarse con ninguna de ellas. Y no digamos ya reírse con sus chistes. Lástima que engendros así sean tan taquilleros. ¿Realmente nos conformamos con tan poco?

Ojalá pudiera recuperar esos noventa y siete minutos de mi tiempo con tanta facilidad como los protagonistas de esta simpleza recuperan su happy end. Ah, y para colmo, este fin de semana estrena película Isabel Coixet, así que protéjanse y no salgan de sus casas, no vayan a ser abducidos por su nuevo arrebato de pedantería tras aquella joya inefable llamada Elegy... Continuará.

23.8.09

Bye, bye, black bird


No me entusiasma el cine de Michael Mann, casi siempre elogiado y ponderado de manera casi unánime. Tampoco he logrado entender por qué la crítica internacional se rinde a sus pies en todos y cada uno de sus estrenos, ya se trata de una meliflua película épica -como su comercial y sentimentaloide El último mohicano-, ya sea un film tedioso y casi soporífero de supuesta crítica político social -como su inacabable The insider-, ya sea un simple biopic más bien feísta y sin hallazgo ni formal ni argumental alguno -como su Ali. Incluso hubo más de un crítico que se atrevió a decir que había elementos interesantes en Miami Vice, una de las tontadas más olvidables de los últimos años y que, a pesar de haber intentado ver tres veces (sí, puedo llegar a ser muy obstinado), jamás he conseguido terminar. De todas formas, y teniendo en cuenta que es el autor de Heat -una de las escasas películas donde Val Kilmer no aparece haciendo el rídiculo-, estaba ansioso por ver ese Enemigos públicos del que, de nuevo, la crítica -americana, francesa, inglesa, alemana y española- no hacía más que emitir elogios.


No es una mala película, pero tampoco es un filme excepcional. Apenas se trata de un biopic correcto con alguna escena más o menos ingeniosa y donde se intenta reinventar el género de los gangsters gracias al uso de la alta definición. Personalmente, creo que en estos años se emplea el verbo reinventar con excesiva ligereza. Reinventar supone volver a crear, añadir nuevos presupuestos a un arte o un género ya existente, y para ello ha de haber un acto creativo revolucionario y fundacional, una obra maestra que realmente remueva los cimientos de ese arte o género y nos haga establecer un nuevo punto de arranque. Sin embargo, en esta película Michael Mann no reinventa absolutamente nada. Su narración es pedestre y lineal, es más, resulta chocante que, a pesar de contar con un metraje de dos horas, el director y el guionista se muestren incapaces de situarnos a los secundarios de esta historia, convirtiéndolos en títeres que no nos importan lo más mínimo porque jamás llegamos a conocerlos ni a diferenciarlos.


En cuanto a los protagonistas, su retrato es simplista y uniforme. Ni la chica emociona -por favor, que jubilen ya a la Cotillard: me enferman sus mohines y su cursilería, solo superada por la Tautou-, ni el protagonista es ese último héroe romántico que nos quieren vender -su retrato está demasiado edulcorado y los guiños idealizadores resultan especialmente ñoños-, ni el investigador -que recuerda al detective de, la sí original, Zodiac- tiene un background vital o personal que nos haga preguntarnos por sus circunstancias. Así pues, no tenemos personajes, tan solo hechos. Y estos eventos en los que se basa la película siguen un ritmo anodino y profundamente monótono: fuga, robo, persecución, arresto, fuga... y vuelta a empezar. Los tiroteos, bien rodados, son cansinos y la metaficción del final -que me recuerda algún episodio de la tercera temporada de Los Soprano, concretamente el de la muerte de la madre de Tony- no me impresionó lo más mínimo. Al revés, me resultó relamido, grandilocuente y típicamente "de director", en el peor sentido de la palabra. Empiezo a estar cansado del refrito, del homenaje y de la metanarración como recursos artísticos. Por supuesto que el arte se nutre de sus creaciones precedentes, pero la continua alusión a los mitos y la exhibición de referentes no es algo interesante per se, sino que ha de ser mucho más natural, espontáneo y, sobre todo, enriquecedor para una trama ya de por sí simplona y aburrida.


En cuanto a los diálogos, salvo esa escena en la que el director se lanza a conversar con el pasado cinéfilo, el resto del guión es una sucesión de frases entre inanes y sentenciosas, con graves declaraciones de amor -de nuevo reiterativas e innecesarias: ¿y por qué tanto pudor con el sexo? ¿por qué casi nadie sabe rodar la pasión con un mínimo de verdad y sin tantos tapujos?-, y perlas de filosofía dignas de la Cosmopolitan sobre aprovechar el momento, vivir el ahora, no pensar en el mañana y otros remakes del carpe diem enunciados por un Dillinger reconvertido en un Nietzsche de barrio. Menos mal que los personajes hablan poco y el índice de frases autocomplacientes y supuestamente inteligentes no es excesivamente abultado.


Dos horas de película, en definitiva, para contarnos una historia que ya conocemos y que hemos visto hasta la saciedad, con interpretaciones que no pasan de correctas -solvente Depp, algo inexpresivo Bale (este chico cada día me gusta menos a todos los niveles) y excesivamente mohinesca Cotillard-, un filme con ínfulas de querer ser una suerte de Bonnie&Clyde sin llegar a conseguirlo en uno solo de sus planos. Y como cierre, una última pregunta: ¿nadie le ha dicho a Mann que abusa de la banda sonora en casi todas sus películas? Si en El último mohicano estuvo a punto de dejarnos sordos con aquella machacona musiquita, aquí opta por repetirnos hasta el cansancio ese Bye, bye, black bird supuestamente simbólico. Su reiteración es casi insultante, como si el director no se fiara de la memoria o de la inteligencia del espectador. Espero sacarme la cannción en cuestión de la cabeza, porque ahora mismo -y después de dos horas de tiros y diálogos inanes- tengo al dichoso black bird dándome vueltas y vueltas en la cabeza.

21.8.09

Vida de una fotográfa

No la he visto ni en el día ni en el contexto en el que me habría gustado, pero quizá por eso, por ser un día difícil e inapropiado, la visita ha tenido aún más intensidad, porque ha sido hermoso descubrir que bajo la fotográfa rutilante del Vanity fair hay una mujer de una sensibilidad exquisita para plasmar, con detalles tan mínimos como dolorosos, su gran historia de amor con Susan Sontag. Resulta sonrojante -por no decir vergonzoso- que en el panel que da acceso a la muestra se la tilde de "su gran amiga" en un texto cobarde que vuelve a caer en esa continua negación del lesbianismo, condenado a ser invisible porque ni está de moda ni triunfa en los mass media. Otro fenómeno más de la misoginia con la que todavía tenemos que seguir luchando.

Pero más allá de las palabras están las fotografías que retratan sus viajes juntas. Sus mañanas. Sus noches. Sus encuentros y sus desencuentros. Y, sobre todo, la lucha contra la enfermedad y la muerte. Contra esa palabra terrible, cáncer, que tantas familias deja rotas y tantas parejas a medias y tantos sueños destroza sin que se puedan llegar a hacer jamás. Una historia de amor que vence obstáculos, que sobrevive a pesar de las adversidades y que, quizá por ello, hoy me ha llegado especialmente hondo. Porque el amor de verdad -como el nuestro, J.- siempre tiene mucho de lucha, de búsqueda, de victoria sobre todo y sobre todos. Justo hoy, cuando solo pienso -cuando solo deseo vehemente y profundamente- que sea sábado, que sea ya mañana, que todo vuelva a ser como me gusta que sea, las fotos de Anne Leibovitz han sido una forma de acercarme a ese despertar del sábado -mañana, solo unas horas ya para mañana- en el que del día de hoy no quedará ya nada. Ese despertar en el que todo será de nuevo tan rutilante y tan lleno de magia como sus coloristas fotos para el Vanity Fair.

20.8.09

Ni Tito, ni Andrónico, ni Shakespeare

No todo el mundo debería montar a Shakespeare. Así de simple. Hay autores de tal envergadura que requieren propuestas mucho más sutiles, inteligentes y valientes que la ensalada de disparates con la que Animalario ha puesto en escena el Tito Andrónico que, este verano, se nos ofrece en el Matadero. En primer lugar, resulta ridículo lanzarse a estrenar una obra de Shakespeare si no se cuenta con actores capaces de declamar el texto con un mínimo de elegancia y, peor aún, si se decide que los pocos capaces de salvar la situación habrán de expresarse con un tono cansino y entrecortado, como ocurre con el Tito de Alberto San Juan, al que han obligado a convertirse en un extraño cruce entre Darth Vader, Robocop y don Quijote de la Mancha en sus últimas páginas de la novela. En cuanto a las actrices, se ha ponderado mucho la labor de Nathalie Poza como Tamora y, honestamente, no entiendo semejantes elogios, cuando se limita a imitar el estilo de Blanca Portillo -era lo más parecido a un clon suyo que he visto jamás: ¡hasta imita sus pausas y sus entonaciones!- y su voz se muestra más que limitada -¡a pesar de los micros!- para dar fuerza a un personaje que no precisa tanto grito y sí mucha más entidad (en cine sigue sin convencerme, pero -definitivamente- en teatro es una presencia poco menos que transparente). Pero al menos, ellos dos intentan decir el texto, porque hay otros personajes que, simplemente, son incapaces de recitar a Shakespeare con un ritmo que nos recuerde que estamos viendo una obra de teatro y no asistiendo a una lectura de una antología de páginas de la guía telefónica. Entre los secundarios, cómo no, hay que destacar al irritante personaje de Saturnino, convertido en un remedo argentino de Berlusconi (?!) y encargado de aportar una dosis de innecesario histrionismo que se suma al griterío inconsistente del conjunto.

Dejando a un lado las interpretaciones y la urgente necesidad de crear talleres de dicción y de declamación para un elevado porcentaje de actores supuestamente profesionales (¡qué diferencia con los intérpretes del Hamlet visto en Londres, donde hasta el más pequeño secundario era recitado con absoluta perfección!), y centrándonos en el propio espectáculo, lo mejor que se puede decir de él es que, al menos, intenta seguir varias vías. Lo malo es, sin embargo, que no se decide por ninguna de ellas, así que el director tan pronto nos planta una escena trágica y desgarrada como nos regala un momento bufo y facilón con humor casposo y fuera de lugar (impagable el enviado de las palomas, que recuerda a los paletos parodiados por Esteso y Pajares en sus comienzos). Para colmo, la decisión de montar una obra como esta -uno de los primeros éxitos de Shakespeare, sí, pero no uno de sus mejores textos: estamos aún al principio de su trayectoria- no debería llevarse a cabo con un reparto tan exiguo. No tengo nada en contra de que cada actor represente más de un papel, es más, es un tipo de propuesta que suele serme más que grata. Lo que no puede hacerse es sobrecargar a cada actor con tantos roles y, sobre todo, no ser capaz de emplear bien el vestuario ni los elementos de atrezzo para caracterizarlos adecuadamente. Hay algún momento inspirado -como la cacería- y, sobre todo, una buena idea central -la plataforma giratoria cuyo ritmo emula el avance desbocado de la tragedia-,pero todo ello se diluye en este cocktail informe y superficial donde el texto ha superado, con mucho, la capacidad del equipo que lo ha llevado a escena.
Entre los titubeos del director -impropios de una compañía con tanta trayectoria y predicamento: ¿cuándo asumiremos que están más que sobrevalorados? ¿la crítica habría sido tan tibia si este horror hubiese sido estrenado por otra compañía? ¿habrían sido más mordaces si no estuviera Animalario en el cartel?- merece mención extraordinaria su juego brechtiano de distanciamiento, que el director aplica cuando le viene en gana y olvida también cuando le apetece. No se puede jugar esa carta con tanta indolencia y, sobre todo, de forma tan incoherente. El distanciamiento es una fórmula con la que Brecht propone un compromiso tanto estético como ético con el texto y su puesta en escena, así que ha de emplearse con sentido y, sobre todo, con una clara planificación: por qué y para qué. Si solo se usa como pretexto formal, para dar entidad a un montaje que se cae a pedazos, se está cayendo en la trivialización caprichosa y, sobre todo, en la vacuidad más absoluta. O se opta por una tragedia distanciada y fría -como el Edipo que hace poco nos ofreció también este mismo teatro, con un Eusebio Poncela a años luz de las mediocres interpretaciones de este Tito- o se ahoga al espectador en el sentido trágico de la obra -como en las catárticas Troyanas que nos regaló Mario Gas el año pasado. Pero es preciso optar, decidirse, y no quedarse en este mix de ideas sacadas de aquí y de allá con muchas ganas de epatar (por los aplausos, debieron epatar: ¿es que nadie ha leído/visto a Shakespeare y es capaz de diferenciar lo que merece un bravo y lo que no?) y escaso acierto. Tampoco la escena del banquete final -el gran momento de lao bra- es especialmente brillante, es más, resulta ridículamente breve; además, la decisión de convertirla en la escena más "blanca" de la obra -tanto por el mantel como por la ausencia de elementos escénicos en una situación de mimo un tanto innecesaria, es una antítesis que solo les permite salvarse de proponer algo más arriesgado: han recurrido a la opción cómoda, que no a la más inteligente. Se salva la idea del carrusel giratorio que, al menos, nos evita el sonrojo ante las sucesivas muertes de los protagonistas. Y por lo demás, en este montaje se ha decidido que la ironía de Shakespeare ha de transformarse en humor de brocha gorda (¡cuánto daño han hecho los guiones de Aida en este país!), haciendo una lectura más que burda de algunos momentos que, de haberse declamado con un mínimo de dignidad, habrían podido resultar interesantes.

Por destacar algo positivo, me quedo con el Aarón de Fernando Cayo, un claro precedente del futuro Yago shakespeariano -dos seres que son malvados por pura naturaleza, si bien la diferencia entre ambos es que Yago, al menos, tiene un mínimo motivo, mientras que Aarón es malo por pura esencia y sin razón de peso alguna-, su personaje tiene más peso escénico gracias a su interpretación que a la torpeza de la dirección y, aunque a veces quede perdido en el ridículo del conjunto, Cayo siempre consigue salir a flote y sus frases -Solo me arrepiento de los días en los que no cometí ningún crimen- son las únicas que se quedan en nuestra memoria.

En definitiva, un montaje presuntuoso, precipitado, histriónico, vacilante, pobre, profundamente vacuo, carente de emoción, más que fallido y alejado de la esencia de Shakespeare. Totalmente olvidable.

18.8.09

Cine de verano

De regreso en Madrid, solo que mucho más bronceado como atestigua la foto ante la infinity pool de nuestro hotel... Otra vez en la city, tan llena de boquetes y obras innnecesarias como de costumbre, después de una semana excepcional en un hotel de ensueño en Mallorca..., colofón, en realidad, de un verano espléndido entre Estocolmo, Londres y Palma... Lo malo es que la semana de retorno viene con algún que otro obstáculo incorporado, como si de una prueba de vallas del mundial de atletismo se tratase. Menos mal que se cerrará el sábado con la última película de Michael Mann -qué ganas de ver Enemigos públicos- y con un fin de semana íntimo de esos que tanto me (nos) gusta(n). De momento, y para tratar de saltar vallas y, de paso, readaptarnos a esto que se llama cotidianidad -con lo estupenda que era la (otra) cotidianidad al borde del mar esta última semana...- haremos un breve repaso de uno de esos estrenos prescindibles que llegan a nuestra cartelera en verano.

Se trata de Napoleón y yo, una coproducción europea que vi justo antes de salir volando a la playa (redoble nostálgico). La película parte de una idea curiosa y que, a su modo, nos recuerda el planteamiento de El cartero (y Pablo Neruda): un personaje anónimo (en este caso, un revolucionario maestro de escuela) convive con un personaje público (Napoleón) en una isla (aquí se trata de Elba). El planteamiento no es original pero sí podría haber sido más prometedor, aunque el humor del filme opte por ciertos histrionismos y agote las situaciones cómicas en vez de aprovechar el talento de su trío protagonista. Daniel Auteil da la sensación de hacer su papel con el piloto automático encendido, pero aún así, cumple bien (sigue siendo uno de mis favoritos). Y la Bellucci aparece, sencillamente, carnal y bellísima, hasta con una vis cómica que no había descubierto en ella. Hay alguna idea interesante, algún giro de guión nada desdeñable y, al menos, una producción que no parece cutre sin, tampoco, epatar al espectador en ningún momento. Teniendo en cuenta que, si no fuera por Up, este habría sido uno de los veranos cinematográficos más tristes de lo que va de milenio, esta película se presenta como una opción digna -a su manera- y, al menos, no del todo ridícula. Espero que el tándem Mann-Depp se sume a la obra maestra que nos regala Pixar hace unas semanas...

Nota al margen 1.- Este verano he intentado ver comedias "supertaquilleras" y, honestamente, no entiendo ni dónde reside su gracia ni por qué han cosechado, algunas de ellas, buenas críticas. En concreto, tengo dos graves problemas: problema A, comedias de Apatow -algunas con comentarios favorables sobre sus hallazgos- (Supersalidos, me pareció espantosamente previsible, anodina y facilona, por no hablar de las que vinieron después) y problema B, las del tipo Casi 300 o Scary Movie o Disaster Movie o Lo-que-sea-movie (soy incapaz de reírme con un solo gag: ¿alguien se molesta en guionizarlas?).

P.S.2. Este verano también pasará a la (mi/nuestra) historia por haber supuesto el descubrimiento (lo sé, he tardado muchísimo y es imperdonable en un blog como este) de Los Soprano. Me ha costado engancharme (los dvds llevaban esperándonos muuuuucho tiempo: ¡¡¡es imposible ser adicto a todo!!!), pero ahora no podemos dejar de seguir avanzando en las vidas de Tony Soprano y compañía. Así se mata mejor la ansiedad ante la llegada de Mad Men 3, Lost 6 y demás...

10.8.09

Mediterráneo

Verano intenso. Especialmente bello. Lleno de vivencias. De volver a escribir (casi terminada una novela a la que creí que jamás pondría punto y final). De deambular por paisajes que alternan tan pronto la elegancia nórdica de Estocolmo con los bulliciosos teatros londinenses. Quien niegue que una de las grandes ventajas de ser profesor son los largos períodos de vacaciones, miente. Es extraordinario recobrar los extensos veranos de la infancia, dos meses en los que dedicarse, sencillamante, a ser uno mismo -a ser yo en pareja, en familia, con amigos- y dejarse llevar por el hecho de vivir sin ataduras de horarios ni exigencia alguna que no provenga del propio deseo. Por eso este mes, en nuestro periplo post-homérico, hemos decidido que nos toca aparcar momentáneamente el norte de Europa y saborear la luz mediterránea. Y así, este post se escribe ya desde el aeropuerto, minutos antes de embarcar, a punto de devorar el mar de Mallorca. Y con él, todos los colores, aromas y perfiles de la isla. Aunque sé que Vargtimen me pondrá en su lista negra por ello, entre las músicas para acompañarnos estos días me llevo el último disco de Bebe que, cuanto más escucho, más me gusta. Hay un aire de serena melancolía en él que me parece especialmente honesto. Y hermoso. Con ella les dejo... por unos días, tan solo. Hasta la vuelta.

7.8.09

She wolf

Curioso y pegadizo el nuevo tema de Shakira. Y, por cierto, ¿no está lleno de guiños gays de lo más evidente? Por no mencionar eso de la "loba en el armario"... Aún así, no lo puedo evitar, esta mujer me gusta... Y la letra, a su modo, me hace gracia. Sobre todo eso de "la vida me ha dado un hambre voraz". Pues nada, nada. Devoremos.

6.8.09

Hasta el infinito... y más allá

Se ha escrito mucho sobre Up, así que este post será más bien breve. Tan solo una nota a pie de página para confirmar que es cierto todo cuanto se dice de ella. Que sí, que es un nuevo hallazgo, que Pixar ha vuelto a superarse, que sus primeros quince minutos son, posiblemente, los mejores quince minutos del cine de animación desde los noventa, que es profundamente adulta y, a la vez, rabiosamente divertida para el público infantil, que sus personajes están llenos de carisma, que su primera mitad es soberbia y su segunda parte, aunque más tópica y menos arriesgada es igualmente entretenida y colorista, que el diseño de personajes y escenarios es fabuloso, que el humor es agudo, sencillo y muy eficaz -¡qué gran idea el traductor de perros!- y que, en definitiva, es una muestra del mejor cine, lleno de referencias, desde el carisma de Spencer Tracy -resucitado por arte de píxel en el rostro del protagonista- hasta los globos que tanto recuerdan a las fantasías aéreas y ambulantes de Miyakazi.

Pero cualquier valoración crítica resulta tibia, desangelada, insuficiente, porque Up es, ante todo, una película emocionante, tierna, llena de sentimientos y traspasada por un amor que vertebra su argumento y su relación con el espectador, de la edad que sea. La relación del protagonista con su amada, Ellie, más allá de todo tiempo y de todo espacio, sus sueños, sus frustraciones (qué delicadeza al contar ese trauma del pasado, qué maravillosos planos casi johnfordianos...), sus vacíos, sus alegrías... todo lo que alberga ese álbum que se abre en una de las escenas más diminutas y hermosas del filme.

Una película recomendable y, en estos tiempos, incluso imprescindible. Gracias por salvarme de la decepción post Wall-e, Pixar. Esta vez vuelvo a quitarme el sombrero ante vuestra forma de contar historias. Y de hacernos vibrar -y hasta llorar- con ellas.

1.8.09

Noches en el West End

Ya de regreso de nuestro viaje a Londres. Unos días intensísimos llenos de excelentes espectáculos que pervivirán, por mucho tiempo, en nuestra memoria. En cuanto a los restaurantes, tres recomendaciones para quienes vayan a acercarse a Londres en los próximos meses:

- OXO Tower: el restaurante está en su último piso y las vistas de la ciudad son impagables... Si, además, hace buen tiempo -difícil pero posible: nosotros lo tuvimos-, se puede cenar en la terraza y disfrutar de una velada absolutamente deliciosa;

- NOBU: un japonés fabuloso copropiedad de Robert de Niro. Cuenta con sucursales en Nueva York y Londres. Nosotros estuvimos en el que estaba instalado en nuestro hotel, el Metropolitan, y nos encantó. Como recomendación, merece la pena probar su Bento Box y disfrutar de la simpatía y el buen hacer de sus camareros. Muy recomendable;

- ASIA DE CUBA: restaurante absolutamente chic perteneciente al hotel St Martins Lane, decorado -tanto el hotel como el propio restaurante- por Philippe Starck con tanta originalidad como acierto. El menú es el resultado de fusionar los platos cubanos con la comida asiática y el resultado es francamente memorable. Lo mejor, eso sí, el ambiente y la decoración. Un auténtico placer para amantes de la estética contemporánea.
Y ahora, tras estos breves apuntes gastronómicos, pasemos a los teatros...
1. El jardín de los cerezos
He de confesar que no me emociona especialmente el teatro de Chejov. Obviamente, entiendo y valoro su (enorme) importancia dentro de la historia del teatro, pero a nivel personal, sus textos no son los que más me conmueven, tal vez porque siguen una estructura muy similar entre sí o porque su realismo exacerbado no está en la línea dramática que más me interesa. Sin embargo, todos esos pequeños reparos desaparecieron desde el instante en que comenzó la función dirigida -magistralmente- por Sam Mendes. ¡Qué talento el de este hombre! Si su Revolutionary Road sigue pareciéndome una de las mejores películas del año, su versión de El jardín de los cerezos no me impresionó menos. Un espacio sencillo, con la figuración exacta -casi minimalista-, un uso del vestuario profundamente inteligente -jugando con los colores del cerezo- y una puesta en escena elegante pero rotunda sumada a una soberbia dirección de actores. ¿Se puede pedir más? Sí, que la versión de Tom Stoppard fuera tan sutil -y respetuosa con el original- como lo era esta: capaz de aguzar su sentido del humor -ya presente en Chejov- y de apuntalar aún más las referencias -geniales, admitámoslo- del autor ruso a la futura revolución del 17. Mendes supo aprovechar estos hallazgos del texto y convierte escenas como la de la aparición del pedigüeño en auténticas prolepsis revolucionarias, dando a la obra una lectura política que, sin anular la humana y emocional, sí enriquece la visión del conjunto.
En cuanto a los actores, me sorprendió gratamente Ethan Hawke, mucho más guapo en escena y, sobre todo, mucho más expresivo. Su voz era el instrumento ideal para los monólogos de su personaje y, aunque todavía le quede mucho camino interpretativo por recorrer, admito que descubrí en él un intérprete con cualidades y carisma. Pero la función, sobre todo, se la llevan dos de sus protagonistas: Rebeca Hall -la única actriz que merece la pena recordar de la simpleza de Vicky Cristina Barcelona- y Simon Rusell Beale, que componen dos personajes llenos de matices, complejidad y claroscuros. Dos auténticos animales escénicos que en su escena de la no declaración consiguieron dejarnos ahogados, asfixiados y al borde del llanto a todos los espectadores que llenábamos el teatro.
Un montaje espléndido, lleno de hallazgos, y una prueba más de que Mendes sigue siendo, hoy por hoy, uno de los talentos más versátiles de la escena y el cine actual. Mención aparte merece el director artístico del teatro, Kevin Spacey -inolvidable en la American Beauty de Mendes-, capaz de apostar por ideas como este estimulante y necesario Bridge project.
2. Hamlet
En esta ocasión, las expectativas eran diferentes. Estaba seguro de que veríamos un buen montaje, lleno de ideas de puesta en escena que paliasen las previsibles carencias de Jude Law, a quien queríamos ver porque es un actor correcto, elegante y, seguramente, uno de los más guapos del cine actual. Nuestra sorpresa fue mayúscula al comprobar que el montaje era más bien sobrio, oscuro, sin ningún tipo de exceso formal, buscando una continua desnudez que daba más relieve a las palabras de Shakespeare que a la tramoya escénica. Así pues, los actores tenían que luchar desde esa desnudez con sus áridos textos y a Hamlet se le dejaba solo en escena cada vez que había de afrontar uno de sus duros y complejos monólogos. Las carencias, por tanto, se harían visibles y el mito de Jude Law se rompería ante nuestros ojos...
Pero nada de eso ocurrió. Porque resulta que Mr. Law es un actor absolutamente impecable y, sobre todo, emocionante. Llenó a su Hamlet de una fuerza y una vehemencia indiscutibles (y yo que siempre pensé que era un actor frío, contenido y no demasiado expresivo al verlo en cine... ¿no le habrán dado nunca un papel a su medida, tal vez?), y dio a cada una de las frases de su texto un aliento poético y humano llenos de fuerza y de sabiduría escénica. Nos dejó absolutamente boquiabiertos y la ovación del público fue consecuente con su saber hacer. Todo el peso de la obra -donde hay escenas francamente conseguidas, como la función de los cómicos, entre otras- recae en sus espaldas, y él no solo soporta ese peso con estoicismo, sino que hace un Hamlet absolutamente personal, memorable y emocionante. La obra ha tenido tanto éxito que en octubre se la llevan a Nueva York. Si pueden, no dejen de ir a verla.
3. Billy Elliot
Diez premios Tony para este nuevo musical de Elton John dirigido por el mismo autor de la película, Stephen Daldry. Nuestras expectativas eran muy altas y, en este caso, no se cumplieron. Hay números musicales soberbios -como el ataque de furia de Billy, inteligentemente recreado por el director- y, sobre todo, destaca la calidad como actores y como bailarines de los jovencísimos protagonistas (¡con tan solo doce añitos!). Sin embargo, la partitura de Elton John es melosa, cursi, casi pegajosa. No se trata del Elton John divertido, pop y festivo, sin odel Elton aburrido y gris de sus baladas más convencionales. Ni rastro de la música llena de ritmo de la película original (¿por qué, como hicieron en el musical de Priscilla, no han mantenido la música del film?) y las canciones se suceden monótonas en un escenario feísta y con demasiados elementos figurativos. El musical habría requerido una puesta en escena mucho más moderna, similar a la de los espectáculos de Chicago -el mejor musical que he visto jamás en un teatro: qué función la de aquella noche en Nueva York...- o incluso Mamma Mía, por ejemplo, donde se emplean pocos decorados y se apuesta por un empleo mucho más continuo de la luz o de las transparencias. En cualquier caso, la historia sigue siendo tan hermosa como su leit-motiv, ese Be yourself que Elton ha intentado convertir en música sin demasiado acierto. En conclusión, un musical donde los números de baile superan -con mucho- a los números cantados.