23.8.09

Bye, bye, black bird


No me entusiasma el cine de Michael Mann, casi siempre elogiado y ponderado de manera casi unánime. Tampoco he logrado entender por qué la crítica internacional se rinde a sus pies en todos y cada uno de sus estrenos, ya se trata de una meliflua película épica -como su comercial y sentimentaloide El último mohicano-, ya sea un film tedioso y casi soporífero de supuesta crítica político social -como su inacabable The insider-, ya sea un simple biopic más bien feísta y sin hallazgo ni formal ni argumental alguno -como su Ali. Incluso hubo más de un crítico que se atrevió a decir que había elementos interesantes en Miami Vice, una de las tontadas más olvidables de los últimos años y que, a pesar de haber intentado ver tres veces (sí, puedo llegar a ser muy obstinado), jamás he conseguido terminar. De todas formas, y teniendo en cuenta que es el autor de Heat -una de las escasas películas donde Val Kilmer no aparece haciendo el rídiculo-, estaba ansioso por ver ese Enemigos públicos del que, de nuevo, la crítica -americana, francesa, inglesa, alemana y española- no hacía más que emitir elogios.


No es una mala película, pero tampoco es un filme excepcional. Apenas se trata de un biopic correcto con alguna escena más o menos ingeniosa y donde se intenta reinventar el género de los gangsters gracias al uso de la alta definición. Personalmente, creo que en estos años se emplea el verbo reinventar con excesiva ligereza. Reinventar supone volver a crear, añadir nuevos presupuestos a un arte o un género ya existente, y para ello ha de haber un acto creativo revolucionario y fundacional, una obra maestra que realmente remueva los cimientos de ese arte o género y nos haga establecer un nuevo punto de arranque. Sin embargo, en esta película Michael Mann no reinventa absolutamente nada. Su narración es pedestre y lineal, es más, resulta chocante que, a pesar de contar con un metraje de dos horas, el director y el guionista se muestren incapaces de situarnos a los secundarios de esta historia, convirtiéndolos en títeres que no nos importan lo más mínimo porque jamás llegamos a conocerlos ni a diferenciarlos.


En cuanto a los protagonistas, su retrato es simplista y uniforme. Ni la chica emociona -por favor, que jubilen ya a la Cotillard: me enferman sus mohines y su cursilería, solo superada por la Tautou-, ni el protagonista es ese último héroe romántico que nos quieren vender -su retrato está demasiado edulcorado y los guiños idealizadores resultan especialmente ñoños-, ni el investigador -que recuerda al detective de, la sí original, Zodiac- tiene un background vital o personal que nos haga preguntarnos por sus circunstancias. Así pues, no tenemos personajes, tan solo hechos. Y estos eventos en los que se basa la película siguen un ritmo anodino y profundamente monótono: fuga, robo, persecución, arresto, fuga... y vuelta a empezar. Los tiroteos, bien rodados, son cansinos y la metaficción del final -que me recuerda algún episodio de la tercera temporada de Los Soprano, concretamente el de la muerte de la madre de Tony- no me impresionó lo más mínimo. Al revés, me resultó relamido, grandilocuente y típicamente "de director", en el peor sentido de la palabra. Empiezo a estar cansado del refrito, del homenaje y de la metanarración como recursos artísticos. Por supuesto que el arte se nutre de sus creaciones precedentes, pero la continua alusión a los mitos y la exhibición de referentes no es algo interesante per se, sino que ha de ser mucho más natural, espontáneo y, sobre todo, enriquecedor para una trama ya de por sí simplona y aburrida.


En cuanto a los diálogos, salvo esa escena en la que el director se lanza a conversar con el pasado cinéfilo, el resto del guión es una sucesión de frases entre inanes y sentenciosas, con graves declaraciones de amor -de nuevo reiterativas e innecesarias: ¿y por qué tanto pudor con el sexo? ¿por qué casi nadie sabe rodar la pasión con un mínimo de verdad y sin tantos tapujos?-, y perlas de filosofía dignas de la Cosmopolitan sobre aprovechar el momento, vivir el ahora, no pensar en el mañana y otros remakes del carpe diem enunciados por un Dillinger reconvertido en un Nietzsche de barrio. Menos mal que los personajes hablan poco y el índice de frases autocomplacientes y supuestamente inteligentes no es excesivamente abultado.


Dos horas de película, en definitiva, para contarnos una historia que ya conocemos y que hemos visto hasta la saciedad, con interpretaciones que no pasan de correctas -solvente Depp, algo inexpresivo Bale (este chico cada día me gusta menos a todos los niveles) y excesivamente mohinesca Cotillard-, un filme con ínfulas de querer ser una suerte de Bonnie&Clyde sin llegar a conseguirlo en uno solo de sus planos. Y como cierre, una última pregunta: ¿nadie le ha dicho a Mann que abusa de la banda sonora en casi todas sus películas? Si en El último mohicano estuvo a punto de dejarnos sordos con aquella machacona musiquita, aquí opta por repetirnos hasta el cansancio ese Bye, bye, black bird supuestamente simbólico. Su reiteración es casi insultante, como si el director no se fiara de la memoria o de la inteligencia del espectador. Espero sacarme la cannción en cuestión de la cabeza, porque ahora mismo -y después de dos horas de tiros y diálogos inanes- tengo al dichoso black bird dándome vueltas y vueltas en la cabeza.

2 comentarios:

SisterBoy dijo...

Veo que, como habías adelantado, estamos más de acuerdo con el analisis de la carrera de Mann que con el de esta película.

Disiento sobre todo en lo que comentas sobre la actuación de la Cotillard y sobre la relevancia de su personaje pero es una cuestión demasiado subjetiva como para debatirla.

En lo que sí estoy de acuerdo es en que con la duración del metraje se podían haber permitido el lujo de hacer un retrato más certero de los personajes secundarios algo que sí se hacía (por poner un el ejemplo de una película que volví a ver recientmente) en "El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford" por más que esta última película resultaba bastante más pesadita que Public Enemies

inquilino dijo...

Escenitas a cámara lenta, insulsa banda sonora a todo trapo y exceso de metraje. ¿Alguien da más? Pues sí: personajes tan desdibujados que uno no entiende por qué cada vez que muere uno de los colegas de Dillinger este reacciona como si hubieran matado a su hermano. Ah, pero ¿no habían matado ya a su mano derecha en el tiroteo anterior?