29.8.09

La amenaza de los corticoles

No falla. En cuanto El corte inglés comienza con su campaña de los corticoles todos sabemos que el verano ha empezado a agotarse. Entonces nos rebelamos y nos aferramos aún más a los pantalones cortos, a las sandalias, a las gafas de sol, y hasta nos encadenamos a las terrazas que algunos hosteleros avezados han sido capaces de instalar -como si de un tetris se tratara- entre los escombros que asolan Madrid (¿queda algo de nuestra ciudad entre las obras?). Pero la evidencia, aunque no nos guste, sigue ahí: los corticoles, dignos sucesores de los clones de Star Wars, ya han llegado.

En mi caso,. este ha sido un verano intenso, revelador, especialmente hermoso. Lleno de intimidad y de viajes. De lugares que descubrir -Estocolmo-, de ciudades que volver a disfrutar una vez más -Londres- y de mares en los que perderse -Mallorca. También estuvo, cómo no, Madrid, que sobrevive a los excesos de su alcalde -y a los atropellos de su presidenta- y sigue vivo, a pesar de todos ellos, ofreciendo opciones tan disfrutables como pasearse por la obra de Matisse a las diez de la noche para acabar cenando en la terraza de la Thyssen (un restaurante -y una experiencia- absolutamente recomendable, por cierto).

Dos meses donde, además, conseguí hacer una severa autoevaluación y afrontar, espero que con éxito, algunas materias pendientes. Quizá por eso he retomado con ganas -al fin- la tesis, o he terminado una nueva obra de teatro, o estoy en la página ciento sesenta (quién me lo iba a decir) de una novela. Hacía mucho tiempo que no encontraba ni las ganas ni el momento para escribir en serio, para aislarme en ese mundo de las palabras y de las teclas que se pelean, no siempre con éxito, con la pantalla vacía que nos espera ansiosa. Pero este verano me cansé de suspender la asignatura de tiempo libre y me he impuesto un más que amable régimen de trabajo para, ante todo, recuperarme a mí mismo. Y por fin sentí que tenía algo que contar, que estos tres años llenos de experiencias no podían seguir siendo un borrador en mi cabeza. Que era preciso traducirlos al idioma de la ficción, uno de los pocos en los que creo que sé comunicarme.

He aprendido, justo antes de que nos atacaran con saña los corticoles, que no puedo implicarme en mi trabajo hasta el punto en que lo he hecho estos años. Que no puedo llevarme el día a día -los chicos, sus vidas, mis compañeeros- a casa. Que me apasiona la enseñanza y la adolescencia, sí, pero por eso mismo tengo que saber poner ciertos límites, de modo que no me acabe quemando y me convierta en uno de esos profesores anodinos y pasotas que siempre he detestado. Que no todo es tan trascendente, ni tan vital, ni tan terrible. Que hay que evitar las magnificaciones y, sobre todo, que el compromiso -ese que me ha hecho ir cambiando de trabajo en trabajo hasta encontrar algo que se parece mucho a una vocación- no está reñido con la vida propia. También he aprendido, cómo no, en lo personal. Que demasiada gente es incoherente y lo justifica todo en pos de esa incoherencia, como si lo errático tuviera algo que ver con lo sincero. Que la amistad no es un valor en alza, aunque a esta edad los amigos de verdad ya son y serán siempre. Que hay que regalar tiempo solo a quien lo merece y exigirse compromisos con aquellos amigos que jamás nos lo demandarían, porque nos quieren demasiado como para atarnos, aunque les duelan nuestras ausencias. Que no todo el mundo merece la pena -que muy poca gente la merece-, pero tampoco es malo que eso ocurra: selección natural, al fin y al cabo. Que Darwin tenía razón en todo y se pueden aplicar sus palabras, sin demasiados errores, a las relaciones humanas.

Me conozco, así que seguro que, de algún modo, en el nuevo curso vuelvo a caer en el trabajo excesivo, en el estrés, en dejarme llevar por mil cosas. Volveré a dirigir una obra de teatro con los chavales. Intentaré sacar los números 2 y 3 del periódico escolar que fundé el año pasado. Me pelearé por los grupos supuestamente malos que son, en realidad, los realmente buenos... Pero lo haré tratando de preservar la ilusión y evitando que el torbellino de la rutina me robe más tiempo del necesario. Ahora que he recuperado las horas que había perdido estos años -horas para escribir, para crear, para disfrutar de la pareja, de los amigos, de tantas y tantas pequeñas y grandes cosas- no pienso renunciar tan fácilmente. Supongo que lo bueno de dedicarse a la enseñanza es que uno acaba sintiéndose eternamente alumno, así que se asume con humildad el aprendizaje y la corrección de errores. O al menos, se intenta.

Por todo eso, aunque el año pasado terminé realmente agotado y tuve que afrontar situaciones muy duras -nunca de los alumnos, sino de sus entornos-, este septiembre lo veo distinto a cómo acabé en junio. Con ganas, sí, otra vez. Casi con la ilusión con la que de pequeño forraba los libros y agrupaba los lápices de colores en el estuche. Por eso, aunque me da pereza dejar este maravilloso ritmo de no hacer nada que no me apetezca -leer, escribir, ver exposiciones, dormir bien acompañado hasta las tantas, salir el día que sea, darme sobredosis de Los Soprano o escaparme al cine a ver cualquier cosa-, aunque ahora toque compaginar todo eso con la obligación, el cambio no acaba de parecerme mal. Esta vez, convencido de que será un año tan hermoso como este verano, ni siquiera me dan ningún miedo los corticoles.

4 comentarios:

Su dijo...

Me ha gustado mucho esta entrada… pero más allá de la ironía de los cheques descuento de los grandes almacenes, me he sentido identificada con algunas afirmaciones… tal vez sea porque hay asuntos que son universales.
;-P

Cinephilus dijo...

Gracias, Su. He visto que tienes varios blogs... y todos parecen muy interesantes. A cuál me recomiendas que me apunte? ;-) Besos

Vargtimen dijo...

Bueno, recuerda aquella frase "el trabajo es una intromisión en nuestra vida privada". Puedes dedicar tu tiempo a la enseñanza, tus esfuerzos a ayudar a los alumnos en obras de teatro y periódicos, dar lo mejor de tí mismo en tu trabajo, pero siempre y cuando tu trabajo respete ese tiempo libre que todos nos merecemos. Porque personalmente considero más gratificante viajar a Estocolmo y escribir una novela, que pasar 7 u 8 horas al día lidiando con adolescentes. Hay que encontrar tiempo para todo.

Arual dijo...

Entras con ganas en el nuevo curso... así me gusta!!