20.8.09

Ni Tito, ni Andrónico, ni Shakespeare

No todo el mundo debería montar a Shakespeare. Así de simple. Hay autores de tal envergadura que requieren propuestas mucho más sutiles, inteligentes y valientes que la ensalada de disparates con la que Animalario ha puesto en escena el Tito Andrónico que, este verano, se nos ofrece en el Matadero. En primer lugar, resulta ridículo lanzarse a estrenar una obra de Shakespeare si no se cuenta con actores capaces de declamar el texto con un mínimo de elegancia y, peor aún, si se decide que los pocos capaces de salvar la situación habrán de expresarse con un tono cansino y entrecortado, como ocurre con el Tito de Alberto San Juan, al que han obligado a convertirse en un extraño cruce entre Darth Vader, Robocop y don Quijote de la Mancha en sus últimas páginas de la novela. En cuanto a las actrices, se ha ponderado mucho la labor de Nathalie Poza como Tamora y, honestamente, no entiendo semejantes elogios, cuando se limita a imitar el estilo de Blanca Portillo -era lo más parecido a un clon suyo que he visto jamás: ¡hasta imita sus pausas y sus entonaciones!- y su voz se muestra más que limitada -¡a pesar de los micros!- para dar fuerza a un personaje que no precisa tanto grito y sí mucha más entidad (en cine sigue sin convencerme, pero -definitivamente- en teatro es una presencia poco menos que transparente). Pero al menos, ellos dos intentan decir el texto, porque hay otros personajes que, simplemente, son incapaces de recitar a Shakespeare con un ritmo que nos recuerde que estamos viendo una obra de teatro y no asistiendo a una lectura de una antología de páginas de la guía telefónica. Entre los secundarios, cómo no, hay que destacar al irritante personaje de Saturnino, convertido en un remedo argentino de Berlusconi (?!) y encargado de aportar una dosis de innecesario histrionismo que se suma al griterío inconsistente del conjunto.

Dejando a un lado las interpretaciones y la urgente necesidad de crear talleres de dicción y de declamación para un elevado porcentaje de actores supuestamente profesionales (¡qué diferencia con los intérpretes del Hamlet visto en Londres, donde hasta el más pequeño secundario era recitado con absoluta perfección!), y centrándonos en el propio espectáculo, lo mejor que se puede decir de él es que, al menos, intenta seguir varias vías. Lo malo es, sin embargo, que no se decide por ninguna de ellas, así que el director tan pronto nos planta una escena trágica y desgarrada como nos regala un momento bufo y facilón con humor casposo y fuera de lugar (impagable el enviado de las palomas, que recuerda a los paletos parodiados por Esteso y Pajares en sus comienzos). Para colmo, la decisión de montar una obra como esta -uno de los primeros éxitos de Shakespeare, sí, pero no uno de sus mejores textos: estamos aún al principio de su trayectoria- no debería llevarse a cabo con un reparto tan exiguo. No tengo nada en contra de que cada actor represente más de un papel, es más, es un tipo de propuesta que suele serme más que grata. Lo que no puede hacerse es sobrecargar a cada actor con tantos roles y, sobre todo, no ser capaz de emplear bien el vestuario ni los elementos de atrezzo para caracterizarlos adecuadamente. Hay algún momento inspirado -como la cacería- y, sobre todo, una buena idea central -la plataforma giratoria cuyo ritmo emula el avance desbocado de la tragedia-,pero todo ello se diluye en este cocktail informe y superficial donde el texto ha superado, con mucho, la capacidad del equipo que lo ha llevado a escena.
Entre los titubeos del director -impropios de una compañía con tanta trayectoria y predicamento: ¿cuándo asumiremos que están más que sobrevalorados? ¿la crítica habría sido tan tibia si este horror hubiese sido estrenado por otra compañía? ¿habrían sido más mordaces si no estuviera Animalario en el cartel?- merece mención extraordinaria su juego brechtiano de distanciamiento, que el director aplica cuando le viene en gana y olvida también cuando le apetece. No se puede jugar esa carta con tanta indolencia y, sobre todo, de forma tan incoherente. El distanciamiento es una fórmula con la que Brecht propone un compromiso tanto estético como ético con el texto y su puesta en escena, así que ha de emplearse con sentido y, sobre todo, con una clara planificación: por qué y para qué. Si solo se usa como pretexto formal, para dar entidad a un montaje que se cae a pedazos, se está cayendo en la trivialización caprichosa y, sobre todo, en la vacuidad más absoluta. O se opta por una tragedia distanciada y fría -como el Edipo que hace poco nos ofreció también este mismo teatro, con un Eusebio Poncela a años luz de las mediocres interpretaciones de este Tito- o se ahoga al espectador en el sentido trágico de la obra -como en las catárticas Troyanas que nos regaló Mario Gas el año pasado. Pero es preciso optar, decidirse, y no quedarse en este mix de ideas sacadas de aquí y de allá con muchas ganas de epatar (por los aplausos, debieron epatar: ¿es que nadie ha leído/visto a Shakespeare y es capaz de diferenciar lo que merece un bravo y lo que no?) y escaso acierto. Tampoco la escena del banquete final -el gran momento de lao bra- es especialmente brillante, es más, resulta ridículamente breve; además, la decisión de convertirla en la escena más "blanca" de la obra -tanto por el mantel como por la ausencia de elementos escénicos en una situación de mimo un tanto innecesaria, es una antítesis que solo les permite salvarse de proponer algo más arriesgado: han recurrido a la opción cómoda, que no a la más inteligente. Se salva la idea del carrusel giratorio que, al menos, nos evita el sonrojo ante las sucesivas muertes de los protagonistas. Y por lo demás, en este montaje se ha decidido que la ironía de Shakespeare ha de transformarse en humor de brocha gorda (¡cuánto daño han hecho los guiones de Aida en este país!), haciendo una lectura más que burda de algunos momentos que, de haberse declamado con un mínimo de dignidad, habrían podido resultar interesantes.

Por destacar algo positivo, me quedo con el Aarón de Fernando Cayo, un claro precedente del futuro Yago shakespeariano -dos seres que son malvados por pura naturaleza, si bien la diferencia entre ambos es que Yago, al menos, tiene un mínimo motivo, mientras que Aarón es malo por pura esencia y sin razón de peso alguna-, su personaje tiene más peso escénico gracias a su interpretación que a la torpeza de la dirección y, aunque a veces quede perdido en el ridículo del conjunto, Cayo siempre consigue salir a flote y sus frases -Solo me arrepiento de los días en los que no cometí ningún crimen- son las únicas que se quedan en nuestra memoria.

En definitiva, un montaje presuntuoso, precipitado, histriónico, vacilante, pobre, profundamente vacuo, carente de emoción, más que fallido y alejado de la esencia de Shakespeare. Totalmente olvidable.

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