1.8.09

Noches en el West End

Ya de regreso de nuestro viaje a Londres. Unos días intensísimos llenos de excelentes espectáculos que pervivirán, por mucho tiempo, en nuestra memoria. En cuanto a los restaurantes, tres recomendaciones para quienes vayan a acercarse a Londres en los próximos meses:

- OXO Tower: el restaurante está en su último piso y las vistas de la ciudad son impagables... Si, además, hace buen tiempo -difícil pero posible: nosotros lo tuvimos-, se puede cenar en la terraza y disfrutar de una velada absolutamente deliciosa;

- NOBU: un japonés fabuloso copropiedad de Robert de Niro. Cuenta con sucursales en Nueva York y Londres. Nosotros estuvimos en el que estaba instalado en nuestro hotel, el Metropolitan, y nos encantó. Como recomendación, merece la pena probar su Bento Box y disfrutar de la simpatía y el buen hacer de sus camareros. Muy recomendable;

- ASIA DE CUBA: restaurante absolutamente chic perteneciente al hotel St Martins Lane, decorado -tanto el hotel como el propio restaurante- por Philippe Starck con tanta originalidad como acierto. El menú es el resultado de fusionar los platos cubanos con la comida asiática y el resultado es francamente memorable. Lo mejor, eso sí, el ambiente y la decoración. Un auténtico placer para amantes de la estética contemporánea.
Y ahora, tras estos breves apuntes gastronómicos, pasemos a los teatros...
1. El jardín de los cerezos
He de confesar que no me emociona especialmente el teatro de Chejov. Obviamente, entiendo y valoro su (enorme) importancia dentro de la historia del teatro, pero a nivel personal, sus textos no son los que más me conmueven, tal vez porque siguen una estructura muy similar entre sí o porque su realismo exacerbado no está en la línea dramática que más me interesa. Sin embargo, todos esos pequeños reparos desaparecieron desde el instante en que comenzó la función dirigida -magistralmente- por Sam Mendes. ¡Qué talento el de este hombre! Si su Revolutionary Road sigue pareciéndome una de las mejores películas del año, su versión de El jardín de los cerezos no me impresionó menos. Un espacio sencillo, con la figuración exacta -casi minimalista-, un uso del vestuario profundamente inteligente -jugando con los colores del cerezo- y una puesta en escena elegante pero rotunda sumada a una soberbia dirección de actores. ¿Se puede pedir más? Sí, que la versión de Tom Stoppard fuera tan sutil -y respetuosa con el original- como lo era esta: capaz de aguzar su sentido del humor -ya presente en Chejov- y de apuntalar aún más las referencias -geniales, admitámoslo- del autor ruso a la futura revolución del 17. Mendes supo aprovechar estos hallazgos del texto y convierte escenas como la de la aparición del pedigüeño en auténticas prolepsis revolucionarias, dando a la obra una lectura política que, sin anular la humana y emocional, sí enriquece la visión del conjunto.
En cuanto a los actores, me sorprendió gratamente Ethan Hawke, mucho más guapo en escena y, sobre todo, mucho más expresivo. Su voz era el instrumento ideal para los monólogos de su personaje y, aunque todavía le quede mucho camino interpretativo por recorrer, admito que descubrí en él un intérprete con cualidades y carisma. Pero la función, sobre todo, se la llevan dos de sus protagonistas: Rebeca Hall -la única actriz que merece la pena recordar de la simpleza de Vicky Cristina Barcelona- y Simon Rusell Beale, que componen dos personajes llenos de matices, complejidad y claroscuros. Dos auténticos animales escénicos que en su escena de la no declaración consiguieron dejarnos ahogados, asfixiados y al borde del llanto a todos los espectadores que llenábamos el teatro.
Un montaje espléndido, lleno de hallazgos, y una prueba más de que Mendes sigue siendo, hoy por hoy, uno de los talentos más versátiles de la escena y el cine actual. Mención aparte merece el director artístico del teatro, Kevin Spacey -inolvidable en la American Beauty de Mendes-, capaz de apostar por ideas como este estimulante y necesario Bridge project.
2. Hamlet
En esta ocasión, las expectativas eran diferentes. Estaba seguro de que veríamos un buen montaje, lleno de ideas de puesta en escena que paliasen las previsibles carencias de Jude Law, a quien queríamos ver porque es un actor correcto, elegante y, seguramente, uno de los más guapos del cine actual. Nuestra sorpresa fue mayúscula al comprobar que el montaje era más bien sobrio, oscuro, sin ningún tipo de exceso formal, buscando una continua desnudez que daba más relieve a las palabras de Shakespeare que a la tramoya escénica. Así pues, los actores tenían que luchar desde esa desnudez con sus áridos textos y a Hamlet se le dejaba solo en escena cada vez que había de afrontar uno de sus duros y complejos monólogos. Las carencias, por tanto, se harían visibles y el mito de Jude Law se rompería ante nuestros ojos...
Pero nada de eso ocurrió. Porque resulta que Mr. Law es un actor absolutamente impecable y, sobre todo, emocionante. Llenó a su Hamlet de una fuerza y una vehemencia indiscutibles (y yo que siempre pensé que era un actor frío, contenido y no demasiado expresivo al verlo en cine... ¿no le habrán dado nunca un papel a su medida, tal vez?), y dio a cada una de las frases de su texto un aliento poético y humano llenos de fuerza y de sabiduría escénica. Nos dejó absolutamente boquiabiertos y la ovación del público fue consecuente con su saber hacer. Todo el peso de la obra -donde hay escenas francamente conseguidas, como la función de los cómicos, entre otras- recae en sus espaldas, y él no solo soporta ese peso con estoicismo, sino que hace un Hamlet absolutamente personal, memorable y emocionante. La obra ha tenido tanto éxito que en octubre se la llevan a Nueva York. Si pueden, no dejen de ir a verla.
3. Billy Elliot
Diez premios Tony para este nuevo musical de Elton John dirigido por el mismo autor de la película, Stephen Daldry. Nuestras expectativas eran muy altas y, en este caso, no se cumplieron. Hay números musicales soberbios -como el ataque de furia de Billy, inteligentemente recreado por el director- y, sobre todo, destaca la calidad como actores y como bailarines de los jovencísimos protagonistas (¡con tan solo doce añitos!). Sin embargo, la partitura de Elton John es melosa, cursi, casi pegajosa. No se trata del Elton John divertido, pop y festivo, sin odel Elton aburrido y gris de sus baladas más convencionales. Ni rastro de la música llena de ritmo de la película original (¿por qué, como hicieron en el musical de Priscilla, no han mantenido la música del film?) y las canciones se suceden monótonas en un escenario feísta y con demasiados elementos figurativos. El musical habría requerido una puesta en escena mucho más moderna, similar a la de los espectáculos de Chicago -el mejor musical que he visto jamás en un teatro: qué función la de aquella noche en Nueva York...- o incluso Mamma Mía, por ejemplo, donde se emplean pocos decorados y se apuesta por un empleo mucho más continuo de la luz o de las transparencias. En cualquier caso, la historia sigue siendo tan hermosa como su leit-motiv, ese Be yourself que Elton ha intentado convertir en música sin demasiado acierto. En conclusión, un musical donde los números de baile superan -con mucho- a los números cantados.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué apetecible! Es verdad que Ethan tiene una voz maravillosa, suelo negarme a ver sus películas dobladas por eso. Me parece increible que en persona mejore.
Y yo opinaba lo mismo que comentas de Jude Law, me alegra equivocame en eso.
Desde luego ha sido un viaje muy bien aprovechado. Disfrutad mucho de Cádiz. Besos!!
Sinclair

SisterBoy dijo...

Me alegra que Law se defienda en teatro porque en cine lleva una temporada de marea baja. Yo era muy fan suyo hasta que descubrí que desplegaba el mismo catálogo de muecas en todas sus pelis

Cinephilus dijo...

Me pasaba lo mismo con Law, Sisterboy, pero te aseguro que su Hamlet me ha demostrado que es un actor absolutamente genial y, me temo, desaprovechado. Le sienta muy bien quitarse la contención y desmelenarse...