21.8.09

Vida de una fotográfa

No la he visto ni en el día ni en el contexto en el que me habría gustado, pero quizá por eso, por ser un día difícil e inapropiado, la visita ha tenido aún más intensidad, porque ha sido hermoso descubrir que bajo la fotográfa rutilante del Vanity fair hay una mujer de una sensibilidad exquisita para plasmar, con detalles tan mínimos como dolorosos, su gran historia de amor con Susan Sontag. Resulta sonrojante -por no decir vergonzoso- que en el panel que da acceso a la muestra se la tilde de "su gran amiga" en un texto cobarde que vuelve a caer en esa continua negación del lesbianismo, condenado a ser invisible porque ni está de moda ni triunfa en los mass media. Otro fenómeno más de la misoginia con la que todavía tenemos que seguir luchando.

Pero más allá de las palabras están las fotografías que retratan sus viajes juntas. Sus mañanas. Sus noches. Sus encuentros y sus desencuentros. Y, sobre todo, la lucha contra la enfermedad y la muerte. Contra esa palabra terrible, cáncer, que tantas familias deja rotas y tantas parejas a medias y tantos sueños destroza sin que se puedan llegar a hacer jamás. Una historia de amor que vence obstáculos, que sobrevive a pesar de las adversidades y que, quizá por ello, hoy me ha llegado especialmente hondo. Porque el amor de verdad -como el nuestro, J.- siempre tiene mucho de lucha, de búsqueda, de victoria sobre todo y sobre todos. Justo hoy, cuando solo pienso -cuando solo deseo vehemente y profundamente- que sea sábado, que sea ya mañana, que todo vuelva a ser como me gusta que sea, las fotos de Anne Leibovitz han sido una forma de acercarme a ese despertar del sábado -mañana, solo unas horas ya para mañana- en el que del día de hoy no quedará ya nada. Ese despertar en el que todo será de nuevo tan rutilante y tan lleno de magia como sus coloristas fotos para el Vanity Fair.

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