29.9.09

Refugios

Cada cual tiene sus refugios, y el mío -uno de ellos- es la Fnac. No es un lugar cómodo, ni amplio, ni siquiera está mínimamente organizado. Después de un buen arranque hace ya unos cuantos años, comenzó a convertirse en un bazar cultural donde cada vez impera más el caos y la desidia. Aún así, a pesar de que ya no sea lo que pudo haber sido, sigo escondiéndome allí de vez en cuando, sobre todo en momentos en los que no acabo de entender al entorno o en los que el entorno no acaba de entenderme a mí.

Ayer no fue fácil llegar. Primero tuve que sortear todos los socavones que el ayuntamiento ha ido dejando a lo largo de la ciudad, un Madrid hipotético que hace años fue una hermosa ciudad y que ahora es un inmenso agujero lleno de zanjas y hórridas grúas. Da igual, hago como si el ruido, y el polvo, y la fealdad no existiesen y llego hasta Preciados. Allí me espera una versión castiza de la Corte de los Milagros, con turistas de saldo, repeticiones clónicas de tiendas inditex y alguna que otra actuación entre cutre y simplemente patética de gente que hace cosas que ni me interesan ni me importan, trileros y otros eventos populares incluidos. El ambiente tiene un ligero tufo al Madrid de la Gran Familia, igual de feísta y de rancio que en aquella terrible loa a la familia franquista, como si por aquí jamás hubiera pasado el siglo XXI (tal vez sí pasó, pero se cayó en una zanja gallardoniana y por eso no hay ni rastro de él).

Finalmente, alcanzo mi objetivo. La librería hoy está más descuidada que nunca. Las películas han sido clasificadas en estanterías imposibles y los discos responden a un criterio indescifrable que me impide encontrar lo que busco. Da igual. No tengo prisa. Necesito tiempo, así que me sumerjo en la búsqueda hasta que doy con el dvd de Mishima (al fin editaron la biografía de Schrader), con una rareza de Weill, con algo de pop -cómo no- y con una buena pila de libros que me apetece leer y que, pienso, pueden ser buenos libros que comentar con mis alumnos de 4º y Bachillerato. Entonces, a pesar de hallarme en el refugio -supuestamente a salvo- vuelvo a recordar por qué estoy allí. Porque ha sido una mañana llena de zafiedades y pequeñas miserias -esas son las peores, porque las grandes miserias son, al menos, interesantes-, una de esas mañanas donde me dan ganas de volver (otra vez) a cambiar de aires. O de rumbo. Y no porque no me guste lo que hago. Sino porque, con excepciones (pocas y con nombre propio), no me gustan quienes lo hacen junto a mí. Quizá ese sea -con o sin pacto de educación- uno de los problemas de la enseñanza: quién se sitúa frente a ellos. Es imposible que los adolescentes aprendan nada si se sigue subiendo a las tarimas -o donde nos quieran subir, porque a este ritmo tendremos que dar la clase desde las grúas traídas de las obras- gente gris, mediocre, aburrida, monótona, sin expectativas y sin ningún tipo de inquietud. Gente que cree que esa tarima es el foro donde vengarse por todos sus complejos, o gente que, como no tiene vida fuera, decide generar folletines absurdos allí dentro. Es imposible que los chicos aprendan algo positivo de docentes incapaces de dar los buenos días por el pasillo, o de profesores de literatura que jamás conversan sobre un libro porque desconocen que se ha seguido publicando incluso después de La colmena. Supuestos profesionales que se limitan, año tras año, a leer los mismos folios enmohecidos y que luego se quejan de no estar motivados, de que se aburren, cuando el problema no es que se aburran ellos: es que aburren -y desmotivan- a los demás. No, el problema no es dónde subirnos -tarimas, globos... me importa un bledo- el problema es quién se sube al lugar en cuestión.

En las cajas hay menos gente de la habitual. Saco la tarjeta de cliente -más bien, de refugiado cultural- y me concentro pensando en todo lo que quiero hacer este curso -planes, proyectos, ganas- para anular el maleficio de los que no hacen, de los que solo viven para zancadillas, maldades y envidias al trabajo ajeno. No es eficaz, pero al menos amortigua el golpe y, sobre todo, permite recobrar fuerzas. Quizá por eso hoy, al ver a algunos de esos elementos mezquinos y diminutos no he sentido la ira de ayer. Ni siquiera un mínimo de enojo. Tan solo un profundo aburrimiento. Y una profunda lástima. Pero no por ellos y su gris -bastante tienen con su estulticia como para culparles por ella-, sino por los alumnos que habrán de sufrirles. Espero que ellos también descubran pronto sus refugios. Y, sobre todo, que lo hagan antes de que el ayuntamiento de Madrid los convierta en un infinito socavón.

17.9.09

Silencio, silencio he dicho

La casa de Bernarda Alba es una obra difícil. En primer lugar, porque se trata de un texto que casi todos hemos visto y/o leído más de una vez, por tanto, no se cuenta con el factor de la novedad y, para colmo, se ha luchar contra todos los prejuicios que el espectador lleva consigo. Además, es un texto tan sublime como difícil, con elementos poéticos que dificultan su puesta en escena (los episodios simbólicos de la abuela, por ejemplo) y que obligan al director a posicionarse con respecto a la obra desde el primer minuto. Todo ello suele dar lugar a versiones más o menos correctas, acartonadas y donde el aliento lorquiano brilla por su ausencia, aunque la palabra de ese inmenso poeta y dramaturgo sobresalga sobre la mediocridad reinante.

No es este el caso del montaje que el trío Lluís Pasqual-Rosa María Sardá-Nuria Espert nos ofrece ahora en el Matadero. Tras haber sufrido los excesos entre ridículos e ingenuos de Tito Andrónico, se agradece una puesta en escena como esta, donde la modernidad no nace de la estridencia, sino de la relectura de un texto al que hemos convertido en símbolo, deshumanizándolo siempre y dando lugar a una serie de personajes míticos más próximos a la tragedia griega que al teatro del siglo XX.

En este caso, Pasqual sigue al pie de la letra la indicación de Lorca de que esta obra es un "drama" (que no tragedia, es decir, que ha de contener elementos cómicos) y que posee la intención de un "documental fotográfico". Esa sensación, la de documento, se consigue gracias a elementos tan sabiamente empleados como la luz o el espacio escénico, situado entre las dos tribunas de espectadores y obligándonos a entrar en la casa cada vez que la familia se queda a solas, sin visitas del exterior. La claustrofobia se intensifica conforme avanza la obra, consiguiendo que seamos parte de ese pueblo opresor, crítico y mezquino que denuncia Lorca. En su afán por convertir la obra en documento se llega a ciertos excesos, como los momentos en los que aparece la abuela, donde se ha omitido cualquier visión poética del personaje y se nos la presenta de manera descarnada y un tanto esperpéntica. Quizá sean las dos escenas que menos me convencieron, pero admito que nunca he visto una resolución de las mismas que me haya convencido, así que, en parte, supongo que la dificultad reside en su propia escritura y en mi dificultad para integrar al personaje -que me resulta demasiado obvio- dentro de una obra mucho más sutil.

Pero el gran hallazgo del montaje reside, sobre todo, en haber convertido a Poncia en parte de un tándem indisoluble con Bernarda. No se trata de una secundaria , ni de una simple heredera de la tradición celestinesca, ni de la acompañante cómica de la protagonista. Al revés, la Sardá convierte a su Poncia en un personaje esencial para entender a la propia Bernarda, llenándola de matices y robando cuanta escena se encuentra a su paso. La simbiosis de ambas, que está en el texto y que casi siempre se pasa por alto, funciona a la perfección, de modo que la obra, automáticamente, comienza a humanizarse, con una Bernarda cansada, mayor, fatigada y que ejerce su rol represivo desde un carácter y una educación que nos obliga a verla como una mujer y no como un simple símbolo casi mítico. De ahí que su interpretación del texto final de la obra - ese Silencio. Silencio he dicho casi siempre declamado de forma pétrea, incólume, brutal-, sea aquí de un desgarro tan terrible como contenido, releyendo al personaje desde un presupuesto menos habitual y ahondando en sus sentimientos como madre, sin renunciar por ello al lado despótico y tirano de Bernarda.

Y en cuanto a las hijas, lo que más me interesó fue el afán del director por diferenciarlas, algo francamente difícil y casi siempre mal logrado. Salvo Adela, el resto de las hermanas suelen conformar una masa más o menos homogénea donde solo los incidentes permiten distinguirlas, pero no su propia psicología. Aquí, sin embargo, la dirección de grupos funciona y se esmera por dotarlas de rasgos individuales que las actrices aprovechan con mayor o menor fortuna. El retrato, bajo mi punto de vista, está bien conseguido y evita que las cinco hijas se conviertan en el coro monocorde y gris que estamos tan acostumbrados a ver.

Por todo ello este montaje me parece más que recomendable. Porque no resulta fácil aportar algo nuevo a una obra tan célebre y, sobre todo, porque es difícil que esa novedad no atente contra la esencia misma del texto. En este caso, se puede discutir si Bernarda puede ser o no esa mujer que dibuja la Espert, pero -guste o no esa visión del personaje- se trata de un retrato bien construido y justificado, sostenido en el "típico estilo Espert" (quien la conoce ya sabe cómo es sobre el escenario). Un montaje, en conjunto, más que notable. Y, sobre todo, otra ocasión -tras aquel fantástico Wit- de comprobar lo estupenda que es la Sardá, tan desaprovechada en el cine español de los últimos años.

12.9.09

De brocha gorda

Azuloscurocasinegro era un título original, confuso, errático y, a su modo, sutil. En definitiva, un título tan interesante como la película a la que daba nombre, en la que, a pesar de los pequeños errores de una ópera prima, se respiraba una buena historia que atrapaba al espectador y que, personalmente, me gustó mucho más de lo que esperaba.
Gordos, sin embargo, es un título evidente, obvio y orondo. Un título tan grueso como el contenido de esta película donde se ha perdido toda la sutileza del filme anterior para dar cabida a un supuesto mosaico de vidas en las que la gordura se convierte en metáfora de todo cuanto le apetece a su director. Metáfora de la mentira, de la envidia, de la obsesión, de la incomunicación... Metáfora facilona que, por si fuera poco, nos explican (cada día estoy más harto de las películas con manual de instrucciones: ¿tan tontos nos ven?) y que dan lugar a una ristra de tópicos que están muy lejos de la verdad que se respiraba en su obra anterior.

En primer lugar, chirría la estructura, supuestamente ingeniosa -a partir de la teletienda- y, en la práctica, demasiado ramplona, propia de un curso de guión para principiantes, como si el alumno quisiera epatar a su profesor con una idea endeble pero que al estudiante se le antoja genial. El esquema resulta cansino, previsible y, para colmo, da lugar a esa frase final con toda la moralina posible: "Mírate a ti". En ese momento habría querido poder llorar o gritar o mostrar mi indignación ante semejante golpe propio de las fábulas de Esopo.

Peor aún que la estructura son las historias, con algún que otro acierto -más bien escaso- y, a cambio, un puzle de vidas sin interés que se llevan al extremo en todos los casos. La peripecia inverosímil -y aburrida- del ADN en la familia de gordos, la historia de los dos miembros creyentes de "la comunidad" (de los que no se sabe por qué viven en el decorado de Cuéntame y que solo podría ser salvada por la interpretación de Raúl Arévalo, que consigue ser eficaz en un papel plano y caricaturesco), la memez de la relación entre el terapeuta y su novia (una Verónica Sánchez que jamás debió hacer nada más que Los Serrano, porque sus límites interpretativos son más que obvios), a la que él no puede desear porque la ve gorda al quedarse embarazada (¿no había otro punto de vista más interesante sobre el embarazo y lo que esto puede suponer a a la mujer? ¿realmente tenemos que emocionarnos ante el "drama" -permitan que me ría- de un hombre que no soporta que las tetas de su mujer engorden?), y como colofón, el relato más grueso (nunca mejor dicho) de todos: la historia del protagonista (Antonio de la Torre) y la mujer de su socio (Pilar Castro), un auténtico vodevil barato que parece sacado de una película de la transición. Para salir corriendo, literalmente.

Las interpretaciones, en general, están a la altura del guión. Es decir, bajo mínimos. Hay quien se salva -pocos-, pero todo se hunde cada vez que Antonio de la Torre entra en pantalla. No solo parece Jeckyll y Hyde -entre el vendedor de la teletienda y el gordo de las sesiones no hay un cambio: hay dos personajes distintos-, sino que construye a un supuesto gay desde todos los tópicos y amaneramientos posibles. No entiendo por qué susurra como Marlon Brando en El padrino, ni por qué mueve las manos como si se tratara de la versión plus-pluma de Boris Izaguirre, ni por qué camina como si fuera la señora Doubtfire, ni por qué es tan absolutamente inverosímil en cada una de sus escenas. Tampoco le ayuda su historia, en la que -para mi sorpresa- el director demuestra -junto con su equipo- no tener ni idea de relaciones homosexuales, creyendo que el hecho de que una mujer emplee una polla de látex puede heterosexualizar, en cierto modo, a un gay. La historia de amor/desamor -con escenas patéticas, como la que tiene lugar en el club gay, que a su vez parece inspirado en los cómics de Ralph König: todo cuero y cadenas, claro- se ve alimentada por una insólita selección musical: el espantoso Casi, casi de Raphael, con el que nos calientan la cabeza cada equis minutos de metraje. Pilar Castro -¿por qué a todo el mundo le gusta esta mujer tan histriónica y avulgarada en sus interpretaciones?- sobreactúa como de costumbre y trata de ser cómica y trágica según el momento. Obviamente, no consigue ser ni lo uno ni lo otro.

Por supuesto, el autor no nos ahorra ni un solo monólogo explicativo (en eso cae en los mismos errores que Fernando León: no saben decidir si sus personajes han de ser poéticos o realistas, así que los convierten en una suerte de rapsodas cansinos que ni el más plasta de los cantautores de Malasaña), ni una voz en off, ni un barroquismo de planificación y montaje innecesario... Al revés, se nos cuentan los hechos -no se nos narran: se ve que el presupuesto no da para grabar exteriores- y se nos aportan reflexiones facilonas y tontorronas que pretenden desvelar grandes verdades sobre la capacidad para mentirnos a nosotros mismos. Es curioso que un tema tan bueno como este -el de la mentira- haya tenido dos tratamientos tan pésimos en el cine español reciente: Mentiras y gordas y Gordos, ambas, por cierto, con semejanzas hasta léxicas en sus títulos. Too much.

Pero, con mucho, lo peor de la película es su desenlace. Una boda onírica que pone un punto y final absolutamente terrible y sonrojante, de esos que -como ya pasara en Caótica Ana- provocan auténtica vergüenza ajena. A mí, lo admito, me costó no bajar la mirada y apartarla de la pantalla, porque no podía dar crédito ante lo que estaba viendo. Para rematarlo, se nos regala la coletilla final, esa gran frase en la que nos recuerdan que esta película es para reflexionar y sentirse muy intelectual al llegar a casa, aun cuando lo que se nos ha relatado es tan bizarro, superficial y astracanado como las peripecias de Sexo en Nueva York, solo que en esta última aparece gente guapa y se asume que todo es una simpleza desde antes de empezar la película.

Sé que una segunda obra es una tarea difícil y compleja. Que existe mucha presión. Que se cometen errores por querer innovar y abarcar demasiado. Pero lo que no entiendo es que nadie en todo el equipo de la película despertase al director y le hiciese darse cuenta de que se estaba gestando un bodrio monumental que, para colmo, tiene ínfulas de cine intimista y reflexivo. Sin embargo, el resultado se acerca mucho más a los peores filmes de Antonio Mercero que al Woody Allen que le gustaría ser a su director (y que, según las películas, ni el propio Allen consigue ser ya).

Y, honestamente, si una película supuestamente moderna, joven, novedosa, tiene una visión del mundo gay y de su realidad como la que demuestra este filme, resulta del todo preocupante hasta qué punto estamos atrapados en una sociedad con prejuicios, tabúes y desinformación. Una sociedad tan gorda y poco sutil como esta película que, sinceramente, podían haber estrenado directamente en dvd. A ver si con la tercera, como dice el refrán, va la vencida. Y esto lo dice uno que se sabe de memoria el corto Física II, donde -por cierto- los adolescentes respiraban una naturalidad que los de Gordos no conocen ni por el forro, con su imitación -actores incluidos- de los peores tics de Física o Química.

10.9.09

¿Más ordenadores en las aulas?

Un ordenador por cada alumno es, según los medios de comunicación, la medida más necesaria de la educación española. El defensor del pueblo, por si acaso, apunta otra idea: hay que renunciar al tuteo alumno-profesor y volver al usted para evitar los problemas de disciplina. Ya, de paso, ciertos columnistas y otras especies periodísticas se apuntan al tema del botellón para culparlo de todos los males que nos aquejan.

Es curioso que un tema como la educación se analice de manera tan superficial y, cómo no, tremendista. De nuevo se insiste en que faltan ordenadores, cuando lo que realmente faltan son recursos humanos. Volvemos, de repente, a las aulas con más de treinta alumnos en la Secundaria y el Bachillerato de la enseñanza pública, lo que va en detrimento de la calidad de enseñanza. Que tengan un ordenador o no en su mesa es lo de menos: han nacido con ello y lo manejan con total normalidad. El problema no está en las pizarras digitales, sino en las aulas sobrecargadas, en los absurdos itinerarios escolares y en el nulo interés de sentarse a establecer un verdadero plan educativo que borre los desastres ocasionados en sucesivas leyes estúpidas: LOGSE, LOCE, LOE... un sinfín de siglas para resumir un fracaso rotundo del que se empiezan a atisbar las consecuencias. Evidentemente, entre las propuestas para mejorar la calidad de enseñanza nunca figura ningún tipo de revisión de las condiciones laborales de los profesores. Productividad, aumento salarial, pluses a cambio de ciertas funciones..., todo ello ayudaría -igual que ocurre en el sector privado- a incentivar al sector. El hecho de que esas mejoras no existan tampoco nos exime a los profesores de ningún tipo de responsabilidad, pero digamos que ambos conceptos no son incompatibles. ¿Se puede mejorar un sistema sin intentar mejorar también las condiciones de quienes forman parte activa del mismo?

En cuanto al tuteo y al botellón, se trata de simplificaciones lamentables. Y cansinas. Creer que el modo de mantener la disciplina es emplear el usted en las aulas resulta, cuando menos, irrisorio. Personalmente, jamás he tenido problema alguno al respecto y, por supuesto, tuteo y tutearé siempre a los alumnos quienes, con el tiempo, tal vez se conviertan en amigos o, cuando menos, en conocidos. Claro que no se trata de fingir colegueo, pero el respeto y la autoridad no van reñidos, en absoluto, con el afecto. Y sobre el botellón, ¿qué esperamos? ¿Que los adolescentes paguen un dinero que no tiene por entrar a locales donde no pueden pasar? ¿Que no prueben sus primeras copas, sus primeros ligues, sus primeros lo que sea en un parque o en una plaza? Por supuesto que hay que evitar la violencia y los actos de vandalismo, pero esos son casos aislados. No generalizables. Es curioso que algo así desate tanta polémica y que, sin embargo, nos parezca tan normal que nuestras calles se llenen de encierros -esa costumbre bárbara y lamentable-, o de tomatinas y otras sandeces en las que se tira de una coartada supuestamente cultural para hacer el merluzo.

Sin embargo, mientras los periódicos se preocupan de este tipo de cuestiones e insisten en colgar ordenadores a los alumnos a la vez que se nos insta a hablarles de usted, la televisión nos deja imágenes que, honestamente, sí me preocupan y alarman a partes iguales. Imágenes que hacen plantearse cuál ha de ser el sentido de la educación, si es que lo tiene. En concreto, hoy me he sorprendido al ver un vídeo del nuevo GH (nota al margen: ¿cómo es posible que siga habiendo nuevas ediciones de un formato agotado?) en el que unos simpáticos jóvenes fingen violar a una muñeca con un cepillo de dientes. Se supone que es una broma divertida (así lo vende el programa en los vídeos que ofrecen en su web) y un simple juego en un país donde, lamentablemente, tenemos un número alarmante de episodios de violencia sexista. Después, en otro programa de esa misma cadena -Hombres y mujeres y viceversa- aparece un tipo hipermusculado, calvo y malhablado que, a pesar de su corto vocabulario -tanto como sus neuronas- dice todo tipo de brutalidades a una serie de chicas que aspiran a estar con él (esto último me resulta del todo incomprensible). A su lado, otro individuo menos musculado pero igulamente vacuo y antipático, reparte idénticas barbaridades a una chica morena y de pelo rizado de la que dice desconfiar y a la que trata con un desprecio injustificable. El público del plató, lejos de escandalizarse o de mandar a la mierda a esos dos especímenes, ejemplo del macho ibérico que yo creía en vías de extinción, resume la bronca como un ejemplo de relación fogosa o pasional, es decir, como algo natural y cotidiano. Está claro que si el hombre no pierde el respeto a la mujer y la trata como si fuera un objeto, la relación no es ni fogosa ni pasional ni nada que se le parezca. Al menos, esa es la imagen que el programa transmite.

Eso sí que me parece grave. Algo debemos estar haciendo mal para que los alumnos no solo no sepan escribir o leer correctamente, sino -mucho peor- para que no sepan relacionarse entre sí sin reproducir modelos violentos, misóginos y homófobos que ha costado mucho tiempo superar y que, evidentemente, no se han superado del todo. Si las dos escenas de estos programas son algo tan aceptable y lúdico, es que realmente sigue siendo necesario que en las aulas trabajemos conceptos como el respeto o la igualdad en vez de empeñarnos en que los chicos hagan toda suerte de trabajos más o menos estúpidos en powerpoint.

7.9.09

De altos vuelos

Excepcional. Así fue el Spartacus que este sábado nos ofrecía el Ballet del Teatro Bolshoi en el Real. Y es que no es habitual ver a un bailarín volar -literalmente- de una forma tan gimnástica y, a la vez, tan intensamente lírica. Un auténtico poema físico, muscular, de movimientos elegantes y brutalmente inverosímiles, capaz de provocar el entusiasmo y la admiración de todos cuantos allí estábamos. Un cuerpo de baile lleno de primeras figuras y de artistas que llenaban de vida los personajes de una historia ya de por sí apasionante: pérfida y seductora Aegina, exquisita Frigia, malvado y convincente Craso. La música de Jachaturian era tan envolvente como la coreografía, así que las tres horas volaron -como Ivan Vasiliev en su fabulosa recreación de Espartaco- sin dejarnos apenas respirar. No sé si quedarán entradas para alguna de las próximas funciones, pero de ser así, deberían verla. Hay ocasiones, como esta, que no se deben desaprovechar.
Y, ya que estamos con personajes excepcionales, sumemos dos más del mundo del cine. Pixar y Burton quienes, a pesar de sus detractores, tienen -cuando menos- un estilo más que personal. Yo, lo admito, soy un fanático seguidor de ambos, así que espero con ansiedad sus nuevos filmes, de los que dejo aquí el trailer oficial. Por cierto, cuento los días que me quedan para ver la exposición sobre la obra de Tim Burton en el Moma de Nueva York... Sé de uno que en unos meses se irá con su pareja dispuesto a inflitrarse en el mundo burtoniano para dar después un paseo por la Quinta Avenida ;-)

2.9.09

Hung

Treinta minutos de comedia -amarga, eso sí- para tiempos de crisis. HBO vuelve a arriesgar y nos ofrece en Hung su visión de la cruda coyuntura económica internacional a través de una peripecia que, en manos de otros guionistas, podría haberse quedado en un juguete cómico burdo y puramente vodevilesco. La premisa, en realidad, no puede ser más simple: un profesor de secundaria -el más que macizo Thomas Jane- afronta una situación desesperada con la única herramienta de la que dispone: su enorme sexo. Con la ayuda de su peculiar chulo, una ingenua poeta amateur, decide aprovecharse de su gran talento para sacar algo de dinero extra. Con semejante pretexto, es mejor no imaginarse lo que habría hecho de esta serie el equipo de Aida, por ejemplo.

La idea inicial de Hung no es ni excesivamente original ni demasiado anodina, pero aunque pueda parecer prometedora, también podría dificultar un desarrollo interesante si no se cuenta con los ingredientes apropiados. Se trata del clásico fogonazo de ingenio que puede dar pie a un buen piloto y no a una serie como tal. De momento, y a pesar de los escollos que ha de salvar el guión, esta primera temporada sabe plantear diversos temas con humor -ácido, pero eficaz-, sin excesos de moralina (se agradece) y con una planificación y una puesta en escena que convierten treinta minutos aparentemente triviales en una serie francamente disfrutable.

No es, ni de lejos, el nuevo Six feet under ni tampoco un sucesor de Los Soprano -como se ha dicho en algunos foros-, pero tampoco creo que pretenda serlo. Tan solo es una sitcom sin risas enlatadas (cómo se agradece ver una serie cómica sin que nos dicten cuándo hemos de reírnos) en la que, por si fuera poco, se habla de sexo con naturalidad y se desnuda con saludable frecuencia a su protagonista, de quien consiguen -¿cómo lo habrán hecho?- que sea algo más expresivo que de costumbre. Yo, lo admito, me tragué The punisher y La niebla por su sola presencia -el muchacho, sin camiseta, actúa estupendamente aunque en su rostro no diera muestra alguna de movilidad facial-, así que ahora que parece que lo dirigen bien -e incluso actúa- dispongo de una excusa más que decente para seguir siendo parte de su pequeño club de fans. Por lo menos, Thomas Jane -también presente en joyas del cine de autor como Deep blue sea...- no es un jovencito insulso a lo Efron o a lo Pattinson, que me sacan de quicio con su rollo aniñado.

En resumen, un entretenimiento más que digno de esos que merece la pena bajarse. Y una nueva prueba de que la comedia sigue existiendo en los guiones made in USA, aunque sea en los televisivos y no -desde luego- en los cinematográficos. Como aperitivo, aquí dejamos sus títulos de crédito iniciales que son, como siempre en la HBO, de antología.