12.9.09

De brocha gorda

Azuloscurocasinegro era un título original, confuso, errático y, a su modo, sutil. En definitiva, un título tan interesante como la película a la que daba nombre, en la que, a pesar de los pequeños errores de una ópera prima, se respiraba una buena historia que atrapaba al espectador y que, personalmente, me gustó mucho más de lo que esperaba.
Gordos, sin embargo, es un título evidente, obvio y orondo. Un título tan grueso como el contenido de esta película donde se ha perdido toda la sutileza del filme anterior para dar cabida a un supuesto mosaico de vidas en las que la gordura se convierte en metáfora de todo cuanto le apetece a su director. Metáfora de la mentira, de la envidia, de la obsesión, de la incomunicación... Metáfora facilona que, por si fuera poco, nos explican (cada día estoy más harto de las películas con manual de instrucciones: ¿tan tontos nos ven?) y que dan lugar a una ristra de tópicos que están muy lejos de la verdad que se respiraba en su obra anterior.

En primer lugar, chirría la estructura, supuestamente ingeniosa -a partir de la teletienda- y, en la práctica, demasiado ramplona, propia de un curso de guión para principiantes, como si el alumno quisiera epatar a su profesor con una idea endeble pero que al estudiante se le antoja genial. El esquema resulta cansino, previsible y, para colmo, da lugar a esa frase final con toda la moralina posible: "Mírate a ti". En ese momento habría querido poder llorar o gritar o mostrar mi indignación ante semejante golpe propio de las fábulas de Esopo.

Peor aún que la estructura son las historias, con algún que otro acierto -más bien escaso- y, a cambio, un puzle de vidas sin interés que se llevan al extremo en todos los casos. La peripecia inverosímil -y aburrida- del ADN en la familia de gordos, la historia de los dos miembros creyentes de "la comunidad" (de los que no se sabe por qué viven en el decorado de Cuéntame y que solo podría ser salvada por la interpretación de Raúl Arévalo, que consigue ser eficaz en un papel plano y caricaturesco), la memez de la relación entre el terapeuta y su novia (una Verónica Sánchez que jamás debió hacer nada más que Los Serrano, porque sus límites interpretativos son más que obvios), a la que él no puede desear porque la ve gorda al quedarse embarazada (¿no había otro punto de vista más interesante sobre el embarazo y lo que esto puede suponer a a la mujer? ¿realmente tenemos que emocionarnos ante el "drama" -permitan que me ría- de un hombre que no soporta que las tetas de su mujer engorden?), y como colofón, el relato más grueso (nunca mejor dicho) de todos: la historia del protagonista (Antonio de la Torre) y la mujer de su socio (Pilar Castro), un auténtico vodevil barato que parece sacado de una película de la transición. Para salir corriendo, literalmente.

Las interpretaciones, en general, están a la altura del guión. Es decir, bajo mínimos. Hay quien se salva -pocos-, pero todo se hunde cada vez que Antonio de la Torre entra en pantalla. No solo parece Jeckyll y Hyde -entre el vendedor de la teletienda y el gordo de las sesiones no hay un cambio: hay dos personajes distintos-, sino que construye a un supuesto gay desde todos los tópicos y amaneramientos posibles. No entiendo por qué susurra como Marlon Brando en El padrino, ni por qué mueve las manos como si se tratara de la versión plus-pluma de Boris Izaguirre, ni por qué camina como si fuera la señora Doubtfire, ni por qué es tan absolutamente inverosímil en cada una de sus escenas. Tampoco le ayuda su historia, en la que -para mi sorpresa- el director demuestra -junto con su equipo- no tener ni idea de relaciones homosexuales, creyendo que el hecho de que una mujer emplee una polla de látex puede heterosexualizar, en cierto modo, a un gay. La historia de amor/desamor -con escenas patéticas, como la que tiene lugar en el club gay, que a su vez parece inspirado en los cómics de Ralph König: todo cuero y cadenas, claro- se ve alimentada por una insólita selección musical: el espantoso Casi, casi de Raphael, con el que nos calientan la cabeza cada equis minutos de metraje. Pilar Castro -¿por qué a todo el mundo le gusta esta mujer tan histriónica y avulgarada en sus interpretaciones?- sobreactúa como de costumbre y trata de ser cómica y trágica según el momento. Obviamente, no consigue ser ni lo uno ni lo otro.

Por supuesto, el autor no nos ahorra ni un solo monólogo explicativo (en eso cae en los mismos errores que Fernando León: no saben decidir si sus personajes han de ser poéticos o realistas, así que los convierten en una suerte de rapsodas cansinos que ni el más plasta de los cantautores de Malasaña), ni una voz en off, ni un barroquismo de planificación y montaje innecesario... Al revés, se nos cuentan los hechos -no se nos narran: se ve que el presupuesto no da para grabar exteriores- y se nos aportan reflexiones facilonas y tontorronas que pretenden desvelar grandes verdades sobre la capacidad para mentirnos a nosotros mismos. Es curioso que un tema tan bueno como este -el de la mentira- haya tenido dos tratamientos tan pésimos en el cine español reciente: Mentiras y gordas y Gordos, ambas, por cierto, con semejanzas hasta léxicas en sus títulos. Too much.

Pero, con mucho, lo peor de la película es su desenlace. Una boda onírica que pone un punto y final absolutamente terrible y sonrojante, de esos que -como ya pasara en Caótica Ana- provocan auténtica vergüenza ajena. A mí, lo admito, me costó no bajar la mirada y apartarla de la pantalla, porque no podía dar crédito ante lo que estaba viendo. Para rematarlo, se nos regala la coletilla final, esa gran frase en la que nos recuerdan que esta película es para reflexionar y sentirse muy intelectual al llegar a casa, aun cuando lo que se nos ha relatado es tan bizarro, superficial y astracanado como las peripecias de Sexo en Nueva York, solo que en esta última aparece gente guapa y se asume que todo es una simpleza desde antes de empezar la película.

Sé que una segunda obra es una tarea difícil y compleja. Que existe mucha presión. Que se cometen errores por querer innovar y abarcar demasiado. Pero lo que no entiendo es que nadie en todo el equipo de la película despertase al director y le hiciese darse cuenta de que se estaba gestando un bodrio monumental que, para colmo, tiene ínfulas de cine intimista y reflexivo. Sin embargo, el resultado se acerca mucho más a los peores filmes de Antonio Mercero que al Woody Allen que le gustaría ser a su director (y que, según las películas, ni el propio Allen consigue ser ya).

Y, honestamente, si una película supuestamente moderna, joven, novedosa, tiene una visión del mundo gay y de su realidad como la que demuestra este filme, resulta del todo preocupante hasta qué punto estamos atrapados en una sociedad con prejuicios, tabúes y desinformación. Una sociedad tan gorda y poco sutil como esta película que, sinceramente, podían haber estrenado directamente en dvd. A ver si con la tercera, como dice el refrán, va la vencida. Y esto lo dice uno que se sabe de memoria el corto Física II, donde -por cierto- los adolescentes respiraban una naturalidad que los de Gordos no conocen ni por el forro, con su imitación -actores incluidos- de los peores tics de Física o Química.

6 comentarios:

coxis dijo...

Ayer estuve a punto de ir a verla... Pero me da que ahora ni me acerco.

Fidelio dijo...

... pues como ya te comenté en FACEBOOK a mí me gustó ... y mucho ... El final que tú calificas de " propio de Esopo" me parece una vuelta de tuerca más a la irónica visión de ese tipo de productos para adelgazar: el que te dice "mírate dentro" es el mismo que vive con, digamoslo de alguna manera, poca honestidad ...
Por otra parte no creo que la obesidad sea metafora de nada, simplemente es un parche para tapar otras cosas. El personaje del 'protagonista' es tremendamente amanerado y 'poco natural' porque, bajo mi punto de vista, la historia necesita de un personaje excesivo y, no creo que ese sea el objetivo, nada realista.
Verónica Sánchez para mí está muy bien ... pero para que no todo sea contra-crítica, te diría que, yo también pienso que Pilar Castro es, cuanto menos, histriónica ...
Por último, comparar ese atentado cultura llamado "Mentiras y gordas" con esta peli es de un sadismo por tu parte que sólo el Dios en el que tú no cree y yo a veces dudo podrá juzgarte ... aunque ni eso ... :-) ...

Bye

R:

Patt dijo...

¡Hola!

Buena crítica... mmm...

Tienes premios en mi blog ^^

Patt

Anónimo dijo...

Nada, que tu crítica es tan superficial como la película te lo ha parecido a tí. A fuerza de acumular frases lapidarias y mirarse el ombligo discursivo no se hacen análisis válidos, amigo. Menos mal que hay gente como Fidelio que de verdad aporta profundidad de significados y no lo ve ni tooooodo negro ni, en el mejor de tus casos, todo blanco pero siempre con tonalidades grises que lo empañan.

Cinephilus dijo...

Toda crítica -incluso toda crítica a una crítica- es subjetiva y, por tanto, igualmente criticable. En este blog cada análisis surge de mi peculiar -y personal- visión o lectura de aquello que comento, así que, desde el momento en que justifico (siempre desde lo personal) cuanto escribo, ese análisis es tan válido -o tan no válido- como cualquier otro. Hay quien cree saber analizar o comentar una obra creativa con un medidor infalible, pero esos suelen ser quienes no acaban de entender que el arte es múltiple y que, por tanto, se compone de muchas verdades que, incluso opuestas entre sí, pueden ser compatibles.
En este blog hay opiniones vehementes, sí, pero no verdades absolutas, básicamente porque quienes creen tenerlas suelen provocarme tanto aburrimiento como pánico. Y, como no soy gris ni aspiro a serlo, los textos de este blog son tan vehementes -blancos y negros, por qué no- como su autor, tanto en lo que me gusta como en lo que me parece francamente prescindible.
Gracias por los condescendientes consejos para "hacer análisis válidos, amigo" (por cierto, ¿por qué trivializar un sustantivo tan profundo como este último?) pero tengo ya unos cuantos años de profesión, vida y experiencia a mis espaldas como para seguir manuales de instrucciones ajenos. Sobre todo cuando no conducen a ningún sitio que merezca la pena.

Peter P. dijo...

Hola!!

Me estoy poniendo al día con las películas nominadas a los Goya y tras ver ayer Gordos he decidido leer luego tu crítica y me he reído un montón. Es genial todo lo que dices, lo has clavado!! ¿Por qué camina como la señora Doubtfire? Juas juas, me parto.

De momento, mi favorita es - con mucha diferencia - El secreto de sus ojos. Pero me quedan unas cuantas importantes por ver así que ya te daré mi apuesta para los Goya más adelante.

PD: yo creo que el anónimo es amigo del director de este bodrio y se ha sentido ofendido porque pensaba que la ibas a elevar a la categoría de clásicos del cine mundial y claro, las verdades duelen jejeje