29.9.09

Refugios

Cada cual tiene sus refugios, y el mío -uno de ellos- es la Fnac. No es un lugar cómodo, ni amplio, ni siquiera está mínimamente organizado. Después de un buen arranque hace ya unos cuantos años, comenzó a convertirse en un bazar cultural donde cada vez impera más el caos y la desidia. Aún así, a pesar de que ya no sea lo que pudo haber sido, sigo escondiéndome allí de vez en cuando, sobre todo en momentos en los que no acabo de entender al entorno o en los que el entorno no acaba de entenderme a mí.

Ayer no fue fácil llegar. Primero tuve que sortear todos los socavones que el ayuntamiento ha ido dejando a lo largo de la ciudad, un Madrid hipotético que hace años fue una hermosa ciudad y que ahora es un inmenso agujero lleno de zanjas y hórridas grúas. Da igual, hago como si el ruido, y el polvo, y la fealdad no existiesen y llego hasta Preciados. Allí me espera una versión castiza de la Corte de los Milagros, con turistas de saldo, repeticiones clónicas de tiendas inditex y alguna que otra actuación entre cutre y simplemente patética de gente que hace cosas que ni me interesan ni me importan, trileros y otros eventos populares incluidos. El ambiente tiene un ligero tufo al Madrid de la Gran Familia, igual de feísta y de rancio que en aquella terrible loa a la familia franquista, como si por aquí jamás hubiera pasado el siglo XXI (tal vez sí pasó, pero se cayó en una zanja gallardoniana y por eso no hay ni rastro de él).

Finalmente, alcanzo mi objetivo. La librería hoy está más descuidada que nunca. Las películas han sido clasificadas en estanterías imposibles y los discos responden a un criterio indescifrable que me impide encontrar lo que busco. Da igual. No tengo prisa. Necesito tiempo, así que me sumerjo en la búsqueda hasta que doy con el dvd de Mishima (al fin editaron la biografía de Schrader), con una rareza de Weill, con algo de pop -cómo no- y con una buena pila de libros que me apetece leer y que, pienso, pueden ser buenos libros que comentar con mis alumnos de 4º y Bachillerato. Entonces, a pesar de hallarme en el refugio -supuestamente a salvo- vuelvo a recordar por qué estoy allí. Porque ha sido una mañana llena de zafiedades y pequeñas miserias -esas son las peores, porque las grandes miserias son, al menos, interesantes-, una de esas mañanas donde me dan ganas de volver (otra vez) a cambiar de aires. O de rumbo. Y no porque no me guste lo que hago. Sino porque, con excepciones (pocas y con nombre propio), no me gustan quienes lo hacen junto a mí. Quizá ese sea -con o sin pacto de educación- uno de los problemas de la enseñanza: quién se sitúa frente a ellos. Es imposible que los adolescentes aprendan nada si se sigue subiendo a las tarimas -o donde nos quieran subir, porque a este ritmo tendremos que dar la clase desde las grúas traídas de las obras- gente gris, mediocre, aburrida, monótona, sin expectativas y sin ningún tipo de inquietud. Gente que cree que esa tarima es el foro donde vengarse por todos sus complejos, o gente que, como no tiene vida fuera, decide generar folletines absurdos allí dentro. Es imposible que los chicos aprendan algo positivo de docentes incapaces de dar los buenos días por el pasillo, o de profesores de literatura que jamás conversan sobre un libro porque desconocen que se ha seguido publicando incluso después de La colmena. Supuestos profesionales que se limitan, año tras año, a leer los mismos folios enmohecidos y que luego se quejan de no estar motivados, de que se aburren, cuando el problema no es que se aburran ellos: es que aburren -y desmotivan- a los demás. No, el problema no es dónde subirnos -tarimas, globos... me importa un bledo- el problema es quién se sube al lugar en cuestión.

En las cajas hay menos gente de la habitual. Saco la tarjeta de cliente -más bien, de refugiado cultural- y me concentro pensando en todo lo que quiero hacer este curso -planes, proyectos, ganas- para anular el maleficio de los que no hacen, de los que solo viven para zancadillas, maldades y envidias al trabajo ajeno. No es eficaz, pero al menos amortigua el golpe y, sobre todo, permite recobrar fuerzas. Quizá por eso hoy, al ver a algunos de esos elementos mezquinos y diminutos no he sentido la ira de ayer. Ni siquiera un mínimo de enojo. Tan solo un profundo aburrimiento. Y una profunda lástima. Pero no por ellos y su gris -bastante tienen con su estulticia como para culparles por ella-, sino por los alumnos que habrán de sufrirles. Espero que ellos también descubran pronto sus refugios. Y, sobre todo, que lo hagan antes de que el ayuntamiento de Madrid los convierta en un infinito socavón.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Te echo de menos.


Kling.

Anónimo dijo...

Uno de los inconvenientes de nuestro trabajo es que las relaciones con los compañeros son horizontales, casi nunca verticales y muy pocas veces laterales. Es un plano de igualdad bastante falso, creo.
De todas formas, Cinephilus, ¿no te has planteado seriamente cambiar de centro? Es duro y es volver a empezar, pero merece la pena ver como se hacen las cosas de distinta manera. A veces es un soplo de aire fresco en este madrid tan contaminado. Muchos besos

Sinclair

SisterBoy dijo...

Me da la sensación de que tampoco verías con buenos ojos la designación de Madrid como sede de los JJOO.

Desde mi ignorancia en cuestiones docentes (yo siempre he sido alumno) pregunto ¿no hay posibildad de ir a tu clase y luego marcharte a casa sin entrar en contacto con nadie que no sean tus chicos/as?

Cinephilus dijo...

Me temo que no se puede, Sisterboy. Reuniones de departamento y claustros son tristemente inevitables... Ojalá fuera como tú dices...

Anónimo dijo...

Como decia el principito
A veces hay que aguantar algunos gusanos para conocer a las mariposas.