17.9.09

Silencio, silencio he dicho

La casa de Bernarda Alba es una obra difícil. En primer lugar, porque se trata de un texto que casi todos hemos visto y/o leído más de una vez, por tanto, no se cuenta con el factor de la novedad y, para colmo, se ha luchar contra todos los prejuicios que el espectador lleva consigo. Además, es un texto tan sublime como difícil, con elementos poéticos que dificultan su puesta en escena (los episodios simbólicos de la abuela, por ejemplo) y que obligan al director a posicionarse con respecto a la obra desde el primer minuto. Todo ello suele dar lugar a versiones más o menos correctas, acartonadas y donde el aliento lorquiano brilla por su ausencia, aunque la palabra de ese inmenso poeta y dramaturgo sobresalga sobre la mediocridad reinante.

No es este el caso del montaje que el trío Lluís Pasqual-Rosa María Sardá-Nuria Espert nos ofrece ahora en el Matadero. Tras haber sufrido los excesos entre ridículos e ingenuos de Tito Andrónico, se agradece una puesta en escena como esta, donde la modernidad no nace de la estridencia, sino de la relectura de un texto al que hemos convertido en símbolo, deshumanizándolo siempre y dando lugar a una serie de personajes míticos más próximos a la tragedia griega que al teatro del siglo XX.

En este caso, Pasqual sigue al pie de la letra la indicación de Lorca de que esta obra es un "drama" (que no tragedia, es decir, que ha de contener elementos cómicos) y que posee la intención de un "documental fotográfico". Esa sensación, la de documento, se consigue gracias a elementos tan sabiamente empleados como la luz o el espacio escénico, situado entre las dos tribunas de espectadores y obligándonos a entrar en la casa cada vez que la familia se queda a solas, sin visitas del exterior. La claustrofobia se intensifica conforme avanza la obra, consiguiendo que seamos parte de ese pueblo opresor, crítico y mezquino que denuncia Lorca. En su afán por convertir la obra en documento se llega a ciertos excesos, como los momentos en los que aparece la abuela, donde se ha omitido cualquier visión poética del personaje y se nos la presenta de manera descarnada y un tanto esperpéntica. Quizá sean las dos escenas que menos me convencieron, pero admito que nunca he visto una resolución de las mismas que me haya convencido, así que, en parte, supongo que la dificultad reside en su propia escritura y en mi dificultad para integrar al personaje -que me resulta demasiado obvio- dentro de una obra mucho más sutil.

Pero el gran hallazgo del montaje reside, sobre todo, en haber convertido a Poncia en parte de un tándem indisoluble con Bernarda. No se trata de una secundaria , ni de una simple heredera de la tradición celestinesca, ni de la acompañante cómica de la protagonista. Al revés, la Sardá convierte a su Poncia en un personaje esencial para entender a la propia Bernarda, llenándola de matices y robando cuanta escena se encuentra a su paso. La simbiosis de ambas, que está en el texto y que casi siempre se pasa por alto, funciona a la perfección, de modo que la obra, automáticamente, comienza a humanizarse, con una Bernarda cansada, mayor, fatigada y que ejerce su rol represivo desde un carácter y una educación que nos obliga a verla como una mujer y no como un simple símbolo casi mítico. De ahí que su interpretación del texto final de la obra - ese Silencio. Silencio he dicho casi siempre declamado de forma pétrea, incólume, brutal-, sea aquí de un desgarro tan terrible como contenido, releyendo al personaje desde un presupuesto menos habitual y ahondando en sus sentimientos como madre, sin renunciar por ello al lado despótico y tirano de Bernarda.

Y en cuanto a las hijas, lo que más me interesó fue el afán del director por diferenciarlas, algo francamente difícil y casi siempre mal logrado. Salvo Adela, el resto de las hermanas suelen conformar una masa más o menos homogénea donde solo los incidentes permiten distinguirlas, pero no su propia psicología. Aquí, sin embargo, la dirección de grupos funciona y se esmera por dotarlas de rasgos individuales que las actrices aprovechan con mayor o menor fortuna. El retrato, bajo mi punto de vista, está bien conseguido y evita que las cinco hijas se conviertan en el coro monocorde y gris que estamos tan acostumbrados a ver.

Por todo ello este montaje me parece más que recomendable. Porque no resulta fácil aportar algo nuevo a una obra tan célebre y, sobre todo, porque es difícil que esa novedad no atente contra la esencia misma del texto. En este caso, se puede discutir si Bernarda puede ser o no esa mujer que dibuja la Espert, pero -guste o no esa visión del personaje- se trata de un retrato bien construido y justificado, sostenido en el "típico estilo Espert" (quien la conoce ya sabe cómo es sobre el escenario). Un montaje, en conjunto, más que notable. Y, sobre todo, otra ocasión -tras aquel fantástico Wit- de comprobar lo estupenda que es la Sardá, tan desaprovechada en el cine español de los últimos años.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No me engañas chéri, sé q te gusto más el concierto de la Naranjoooooo

Cinephilus dijo...

Qué malo eres, mon frère... ;-)