24.10.09

Don Carlos

Se me acumula el trabajo..., pero los días -estos días- no dan para más. Tengo pendiente un resumen del reciente viaje a Bolonia -ciudad más que recomendable- y, como el tiempo sigue escaseando, de momento intentaré ponerme al día con una recomendación teatral: el Don Carlos, de Schiller, que se representa actualmente en el CDN.

La dirección de Bieito auguraba, cuando menos, sorpresa. La presencia escénica de Carlos Hipólito suponía, sin duda, más de un acierto. El resultado, para mi sorpresa, un montaje inteligente y más sutil que estruendoso, con un empleo inteligentísimo de la música -su bagaje como director teatral es más que evidente- y unas buenas dosis de sano cachondeo sobre el typical spanish, muy de agradecer en estos tiempos de neobeatería y confusión. Al son del pasodoble, la España negra trata de romper el jardín con el que Felipe II -reverso histórico de los que hoy alientan al foro de la familia y similares- intenta ocultar la podredumbre -moral y vital de todo un país- en un inmenso invernadero que funciona como una gran metáfora del poder y de cuanto bajo él se esconde. Cortinas de humo que, transformadas en enrededaderas, sirven para alojar una versión sintética y depurada de la obra de Schiller, respetando sus excesos románticos, pero evitando las reiteraciones y los circunloquios menos afortunados de un texto que, en ciertos aspectos, no puede dejar de envejecer mal.

Lejos de quedarse en el armazón, en el montaje se bucea en aquello que el texto puede tener de moderno y se nos ofrece un retrato cruel y humorístico -próximo, en ciertas escenas, al esperpento- que no deja de ser romántico -¿algo más romántico que la hipérbole?- y, sobre todo, que nos resulta absolutamente contemporáneo. Secundarios impagables, como el gran Inquisidor -todo un Rouco Varela cargado de bilis y de prejuicios- o la espléndida princesa de Éboli que, una vez más, tiene el personaje más agradecido de la función. Además, Bieito no teme respetar las escenas intimistas y nos ofrece duetos y monólogos expresados en un tono intimista, que no menor, sin caer en el grito ni el subrayado, de modo que el humanismo del Marqués de Poza o el amor de don Carlos y la reina se expresen con emoción y solvencia, pero sin caer en tipografías de negritas y cursivas que arruinen la función.

En suma, un montaje más que disfrutable y lleno de propuestas escénicas. No todas perfectas. No todas necesarias. Pero sí forman un conjunto plenamente semántico en el que Schiller no parece ejercer como un dramaturgo romántico alemán, sino como un columnista coetáneeo español. Puro siglo XXI versión invernadero. Si pueden, véanla.

2 comentarios:

Slim dijo...

espero la cronica de Bolonia, que visitaré proximamente!
un beso

Carmen dijo...

pues sí, a mí me encantó. Por su poderío, su densidad y porque después en el bar de enfrente estuvimos con todo el elenco... que todo no va a ser tragedia, es, como dices tú, esperpento... Muy acertada la crítica, qué decir ya... No me quedó claro lo de lsa invasión de los ultracuerpos: pasado destruido? futuro más destruido aún?
Me encantas, mon Ferdinand, desde tiempo inmemorial... (toma ripio)Qué gusto.
Voy a fusilar la entrada, a ver si mis actuales acólitos van aprendiendo, que ya sabes que cuesta... Tú, una pica en Flandes.