24.11.09

Poesía en youtube

Hoy fue un buen día. Un día excepcional, en realidad. Y entre los motivos que lo han hecho así, me quedo con uno de esos pequeños instantes que, en realidad, no son tan diminutos. En este caso, el hallazgo de un vídeo en youtube, puro azar (como casi todo), donde -para mi sorpresa- descubro a dos ex alumnos míos poniéndole música a un texto medieval. La música, rockera y pegadiza, se ajusta mejor al texto de lo que hubiera imaginado y siento una emoción especial al descubrirles en la pantalla. Y los alumnos, además, dos de esos chicos a los que se recuerda con un cariño especial. De nuevo, gracias a ese océano de vidas que se llama internet, les localizo y me cuentan que aquella canción la grabaron hace un par de años cuando formaron un grupo de nombre en latín, tomado de los tópicos con los que les machacaba en clase de literatura. Al parecer, un día -en una de mis clases- estaban escribiendo la lista con los posibles nombres para su grupo cuando les dio la risa y yo, cómo no, les regañé por hablar y distraerme. Tiene gracia, les eché la bronca por asimilar lo que estaba explicando y, mejor aún, por darle vida y forma. Me ha gustado oír su relato y reírme con ellos de ese momento. Es bueno darse cuenta de que no siempre tenemos la posesión de la verdad absoluta, por mucha tarima a la que nos subamos.

Hallazgos como este son parte de lo bueno de esta profesión, que a menudo te toca la fibra y, aunque a ratos te preguntes si merece la pena, a menudo descubres que sí, que frente a ti siempre hay chicos y chicas llenos de intereses, inquietudes y vitalidad que hacen que cada día, cada esfuerzo y cada nueva mañana tenga un cierto sentido. En cuanto a la parte negativa, aquí dejo un enlace con una noticia de El País muy ilustrativa sobre la falta de incentivos para los docentes. Y es que, si somos críticos y realistas, no todo puede basarse en el voluntarismo de quienes creemos en la enseñanza: a veces no estaría de más premiar el esfuerzo de quienes lo merezcan.

20.11.09

Vaho

Viernes. 13.45. Sexta hora de la mañana. Para ellos. También para ti. Unos textos seleccionados del Libro de Buen Amor. Una antología elaborada por ti mismo a la que has dedicado ¿cuántas horas? Realizada con cierto esmero. Con mucho cariño. Con bastante paciencia. Con el único afán de demostrarles por qué merece la pena estudiar un texto como ese. Convencido de que su transgresión, su poder subversivo, su sana ambigüedad podrá despertar en ellos un ápice de sentido crítico.

Viernes. 13.50. Se suman los minutos y los suspiros. Miran el reloj. A veces, incluso hacen un intento de acercarse a la fotocopia. Preguntas. Insisten en callar. Suspiran de nuevo. Te esquivan. Y tú te niegas a darles la respuesta, porque no crees en la clase como un sermón, ni como una conferencia. Crees, por algún estúpido motivo, que la clase debe ser activa, participativa, colectiva. Lo crees aunque solo colaboren tres o cuatro. Atentos, curiosos. Nadie más. El resto siguen suspirando.

Viernes. 13.55. Piensas que pudiste dedicar la tarde a cualquier otra tarea más grata que escanear esos textos. Incluso piensas que podrías pasar esta última hora del viernes de modo mucho más sereno, mucho más relajado. Tan solo bastaría con abandonar la pizarra y sentarte en tu butaca -en tu tarima, ¿no es eso?- y dictar los apuntes que parecen reclamarte. Nada de debatir el texto. Nada de pedirles su opinión. Nada de considerarles adultos y activos. Mucho mejor infantilizarles y seguir el libro al pie de la letra. Incluso sugerirles qué deben subrayar. Y, cómo no, darte aires de erudito con datos que olvidarán tras el examen y que jamás les servirán de nada.

Viernes. 14.00. Estallas. Harto de que se den cuenta de que están desperdiciando una buena ocasión. Y no porque tú te creas el mejor de los profesores -tienes demasiadas dudas como para creerte el mejor en nada-, sino porque sabes que, al menos, les permites hablar. No todos lo hacen. Luego se quejarán de que no les escuchan. De que no les dan la palabra. Tiene gracia... Por eso no te aguantas y hablas. Aunque, eso sí, cuentas antes hasta tres para no decir algo que te pueda salir muy caro. Es curioso: su impunidad verbal nunca será la tuya. Y les preguntas. Y les pides que hagan una crítica. Un comentario. Una maldita sugerencia. Algo. Pero en su aséptico bachillerismo se limitan, otra vez, a callar. ¿Así es como les estamos educando?

Viernes. 14.02. Dos minutos de silencio son demasiado. Incluso para ellos. Alguien rompe el hielo. Y entonces, con un tono airado que tratas de entender, te dice que no prentederás que les entusiasme lo que les cuentas. Que cómo van a mostrar entusiasmo ante la literatura medieval. Entonces vuelves a moderte la lengua -sientes que te duele un poco, incluso que te sangra- y tras contar tres -uno, dos y...- respondes que no aspiras al entusiasmo, sino al interés; que no pides pasión, sino sentido crítico; que no quieres loros que reciten datos de memoria, sino ciudadanos capaces de interpretar la información y adoptar un punto de vista ante cualquier tipo de texto. Y sí, ojalá les apasionase la literatura, pero entiendes que la pasión no se inculca -aunque, si hay suerte, a veces se contagie-, pero el pensamiento crítico, sí.

Viernes. 14.05. Aguantas los diez últimos minutos hasta que suena el timbre. Cierras de mala manera el comentario -a trompicones, sin escucharte, sin mucha idea de lo que estás diciendo. Y sales del aula sin tu habitual pasad un buen fin de semana. Sin una última sonrisa. Sin ningún guiño que alivie la tensión de esta clase. Tan sólo -solo- sales y buscas a los compañeros con los que apurarás una cerveza. Y luego regresas a casa. O pasas antes por el gimnasio. O hasta te haces con un par de dvds que no necesitas en la Fnac. Y por último, tras agotar la tarde, llegas a casa y te dispones a ducharte para una ansiada cena. Y antes de vestirte te miras al espejo y te peleas con el dichoso vaho -¿por qué siempre tiene que empañarse tanto?- hasta buscarte en el cristal para no verte. Porque desde las 14.05 de hoy no tienes un contorno definido. Ni tan siquiera estás seguro de que tu identidad se haya podido mantener intacta. En tu lugar -donde deberían estar tus labios, tus ojos, tu mirada- solo hay una pregunta dibujada insegura en medio del vapor. Una puta pregunta que, de momento, nadie podrá ayudarte a contestar.

16.11.09

Hiperqué

Es falso que la hiperestesia sea un don. Una mentira como otra cualquiera para buscarle sentido al dolor que nos causa el exceso de sensibilidad. La recepción hiperbólica del entorno. Y sí, puede que eso favorezca la empatía. Y que nos haga más conscientes de todo y de todos. O hasta, como creen los snobs y los creadores de la autoproclama y el libelo, que nos dé ideas artísticas. Pero todo eso no son más que excusas para ocultar que la hiperestesia nos lleva a sufrir por el detalle, aun cuando queramos borrarlo, olvidarlo, convertirlo en una décima de segundo que no deje rastro. Pero ahí está. Persistente y obsceno. Opaco en su presencia y cansino en su rutinario recuerdo del dolor que provoca. Aunque solo sea una llamada, un telefonazo, el sonido que se hace presente una y otra vez cuando no debiera. Una llamada -una visita, una llegada, una simple amenaza- que interrumpe la tarde y se suma a interrogantes más o menos justificados. A iras más o menos conscientes. A eventos tan absurdos como racionales que, en su cóctel de real irrealidad, nos llevan a dejar que la hiperestesia nos sacuda, nos ahogue, nos devore. Y todo ese huracán sin más razón que sabernos débiles y frágiles. Vulnerables y huraños. Radicalmente humanos.

15.11.09

El sexo que sigue sucediendo

De nuevo a las tablas. De nuevo, una de nuestras obras más queridas, El sexo que sucede. Y de nuevo, en la sala DT, uno de los pocos espacios que realmente cuida el teatro alternativo en Madrid. Y, de momento, con una buena noticia: el cartel de No hay localidades colgado para hoy en la puerta del teatro.

Y por todo ello, horas antes de comenzar la función, siento los mismos nervios y miedos de siempre. Esos que me acompañan hasta que se apagan las luces y se encienden los focos. Justo hasta que todo -salvo la ficción- desaparece. Todo salvo las emociones de dos mujeres, Ruth y Eva, que nunca habrían sido posibles sin la magia de sus dos intérpretes, mis queridas Silvia y Paloma, dos animales escénicos y, sobre todo, dos excelentes amigas.

De nuevo, a montar luces. A dirigir focos. A colocar el escenario... Y de nuevo, a disfrutar con uno de los textos que más me gustó (y costó) escribir y que más nos sigue gustando representar.

La próxima función, el día 29. También aquí, en DT. Y con los mismos nervios y, cómo no, con la misma ilusión.

10.11.09

Clases de cocina

Hoy vamos a centrarnos en una de esas películas que deberían estrenarse directamente en televisión y que, sin razón alguna, amenazan con tener candidaturas en los próximos Oscar. Sí, cómo no, se trata de Julie&Julia, una de las muestras del cine más ñoño que he visto en mucho tiempo.

Ni siquiera nuestra devoción por Meryl Streep pudo hacer frente a una película previsible, anodina, gris y, cómo no, reaccionaria, llena de valores añejos y de una misoginia encubierta en lo que, misterio entre los misterios, es una supuesta muestra de cine femenino.

Para colmo, el olor añejo es intergeneracional, ya que salta del personaje de la Streep -sobreactuada hasta límites inconcebibles- hasta el personaje de Amy Adams, prototipo de treinteañera cursi y simplona cuyas crisis son menos profundas que la de Bambi al descubrir el hielo. El guión recurre a un humor, digamos, simple y la directora -la temible Nora Ephron- nos da un recital de caspa con una ambientación que convierte a Amar en tiempos revueltos en una joya de la decoración y el atrezzismo.

Lo que no entiendo -entre otros miles de cosas que tampoco entiendo: cada día debo ser más simple- es cómo se pueden escribir guiones tan ingeniosos y llenos de humor para televisión -como Mujeres desesperadas o hasta algunos episodios de Dexter y Gossip Girl (el 3x18 de esta última es una joya que comentaremos en detalle más adelante), pese a las carencias de estas últimas- y caer, sin embargo, en tales ramplonerías cuando de escritura cinematográfica se trata.

Evidentemente, después de ver este canto a la cocina -que parece sacado del Yo Dona- aún me parece mejor la última de Woody Allen. Y no porque sea una obra maestra, sino porque, a pesar de todo, sigue haciéndome reír y consigue lo que la comedia americana actual ha olvidado hace siglos: convertir el humor en un instrumento crítico e inteligente.

Por lo demás, un film olvidable y tedioso -lo mejor es que, aunque parezca imposible, se acaba después de casi cien minutos (tal vez más, tal vez menos, no sé) de sufrimiento- que se suma a la lista de pelis sobre la cocina y la comida, en la que o se dan pequeñas joyas -El festín de Babette, Comer, beber, amar e incluso Tomates verdes fritos- o se perpetran cursiladas como esta -o Sin reservas, por poner otro ejemplo reciente- donde el star system se pone a pelar cebollas mientras nos intentan emocionar con historias de amor de cartón piedra y traumas tan falsos como el histrionismo de la Streep.

(Y esta semana prometo que cuelgo el post pendiente sobre Bolonia... ¡¡¡Que el día tenga más horas, por favor!!!)

6.11.09

Aciertos... y desaciertos

Días de mucho (muchísimo) trabajo en todos los sentidos: docente, editorial, literario... Y, por si fuera poco, con unas cuantas funciones de El sexo que sucede a la vuelta de la esquina. Estaremos en DT (C/ Reina, 9 - Metro Chueca y Gran Vía) los domingos 15 y 29 de noviembre a las 20 h. Si alguien se anima a pasar la tarde con nosotros, podéis ver más información en este enlace de la revista Red teatral.

Y ahora, para recuperar el tiempo perdido, pasemos brevemente revista a dos temas pendientes de la cartelera... Trataré de ser breve, que la noche nos llama fuera de la pantalla... ;-)

1. El secreto de sus ojos

Iba con dudas. Temía encontrarme una película sobrevalorada... Pero me llevé una de las más gratas sorpresas de lo que va de otoño. Una película bien contada, sensible, inteligente y adulta. Quizá con algunas escenas más o menos obvias, pero -en cualquier caso- capaz de atrapar al espectador y de narrarle con solvencia dos tramas paralelas y diferentes entre sí: el mero thriller político-policíaco y la historia de amor. Esta última se nos relata en escenas de auténtica antología, como el no-beso que los protagonistas se dan en la estación y cuya intensidad erótica me recuerda a una de mis escenas cinematográficas favoritas: el momento en la biblioteca entre Emma Thompson y Anthony Hopkins en Lo que queda del día.

Los intérpretes están soberbios (inmensos Darín y Villamil: sus miradas son tan expresivas como requiere un título como este) y la estructura (como el cuaderno o la máquina de escribir: me encantaron esos pequeños guiños) cumple bien su función. Es inteligente y, a la vez, eficaz, sin retruécanos torpes ni barroquismos inútiles. Una puesta en escena limpia que recoge, sobre todo en su inicio, la dificultad de organizar un recuerdo a la hora de narrar una historia. Una reflexión metaliteraria que recorre de algún modo el film y que inventa a otras lecturas. A fin de cuentas, el tiempo y la memoria son otros de los temas que desarrolla con acierto, así como su capacidad para desdibujar o subrayar nuestras vivencias.

En conclusión, véanla. Una película absolutamente disfrutable y, a su modo, también una rareza. No es necesario ser televisivo ni tontorrón ni sanguinolent para rodear un buen policíaco. Este film lo demuestra.

2. La italiana en Argel
La música, como siempre en Rossini, es divertida, ligera, amenísima y, desde luego, muy fácil de escuchar. Sin embargo, esa facilidad es inversamente proporcional al reto que supone su libreto: una historia simplona, pésima y previsible que se convierte en un duro escollo si el director escénico no sabe cómo convertir lo bufo en divertido. En este caso, la propuesta del Teatro Real es tan estética como hueca. Todo muy bonito, muy conjuntado, muy grandilocuente... y muy vacío. Sin gracia, sin vida, sin una pizca de talento personal por parte del director, que se limitó a colocar a los cantantes y al coro de modo que no desentonasen con el colorista vestuario y el colorista decorado y la colorista iluminación. Todo muy a su estilo, como corresponde al director de Els Comediants, pero sin aportar nada que no fueran fuegos de artificio. Se echaba en falta la creación de un subtexto que permita que la función no se venga abajo, sobre todo cuando se tiene a un director musical como López Cobos, excelente, sí, pero empeñado en convertir al pobre Rossini en una suerte de Wagner. Por no hablar de la mezzo, que en vez de a la mujer pícara y seductora del libreto, debía creer que estaba haciendo la Salomé de Strauss: una bellísima voz -eso es indiscutible- pero sin ningún tipo de empatía ni con el público ni con su personaje, en un ejercicio de frialdad que evitaba cualquier atisbo del aliento rossiniano. En su conjunto, la música sonó solemne y apocada, evitando la gracia y la viveza de la partitura y condenándonos a los espectadores a ver una ópera correcta y -horrible adjetivo- bonita, pero tan pálida en su fondo como una naturaleza muerta. Lástima. Pudo ser tan distinto...