20.11.09

Vaho

Viernes. 13.45. Sexta hora de la mañana. Para ellos. También para ti. Unos textos seleccionados del Libro de Buen Amor. Una antología elaborada por ti mismo a la que has dedicado ¿cuántas horas? Realizada con cierto esmero. Con mucho cariño. Con bastante paciencia. Con el único afán de demostrarles por qué merece la pena estudiar un texto como ese. Convencido de que su transgresión, su poder subversivo, su sana ambigüedad podrá despertar en ellos un ápice de sentido crítico.

Viernes. 13.50. Se suman los minutos y los suspiros. Miran el reloj. A veces, incluso hacen un intento de acercarse a la fotocopia. Preguntas. Insisten en callar. Suspiran de nuevo. Te esquivan. Y tú te niegas a darles la respuesta, porque no crees en la clase como un sermón, ni como una conferencia. Crees, por algún estúpido motivo, que la clase debe ser activa, participativa, colectiva. Lo crees aunque solo colaboren tres o cuatro. Atentos, curiosos. Nadie más. El resto siguen suspirando.

Viernes. 13.55. Piensas que pudiste dedicar la tarde a cualquier otra tarea más grata que escanear esos textos. Incluso piensas que podrías pasar esta última hora del viernes de modo mucho más sereno, mucho más relajado. Tan solo bastaría con abandonar la pizarra y sentarte en tu butaca -en tu tarima, ¿no es eso?- y dictar los apuntes que parecen reclamarte. Nada de debatir el texto. Nada de pedirles su opinión. Nada de considerarles adultos y activos. Mucho mejor infantilizarles y seguir el libro al pie de la letra. Incluso sugerirles qué deben subrayar. Y, cómo no, darte aires de erudito con datos que olvidarán tras el examen y que jamás les servirán de nada.

Viernes. 14.00. Estallas. Harto de que se den cuenta de que están desperdiciando una buena ocasión. Y no porque tú te creas el mejor de los profesores -tienes demasiadas dudas como para creerte el mejor en nada-, sino porque sabes que, al menos, les permites hablar. No todos lo hacen. Luego se quejarán de que no les escuchan. De que no les dan la palabra. Tiene gracia... Por eso no te aguantas y hablas. Aunque, eso sí, cuentas antes hasta tres para no decir algo que te pueda salir muy caro. Es curioso: su impunidad verbal nunca será la tuya. Y les preguntas. Y les pides que hagan una crítica. Un comentario. Una maldita sugerencia. Algo. Pero en su aséptico bachillerismo se limitan, otra vez, a callar. ¿Así es como les estamos educando?

Viernes. 14.02. Dos minutos de silencio son demasiado. Incluso para ellos. Alguien rompe el hielo. Y entonces, con un tono airado que tratas de entender, te dice que no prentederás que les entusiasme lo que les cuentas. Que cómo van a mostrar entusiasmo ante la literatura medieval. Entonces vuelves a moderte la lengua -sientes que te duele un poco, incluso que te sangra- y tras contar tres -uno, dos y...- respondes que no aspiras al entusiasmo, sino al interés; que no pides pasión, sino sentido crítico; que no quieres loros que reciten datos de memoria, sino ciudadanos capaces de interpretar la información y adoptar un punto de vista ante cualquier tipo de texto. Y sí, ojalá les apasionase la literatura, pero entiendes que la pasión no se inculca -aunque, si hay suerte, a veces se contagie-, pero el pensamiento crítico, sí.

Viernes. 14.05. Aguantas los diez últimos minutos hasta que suena el timbre. Cierras de mala manera el comentario -a trompicones, sin escucharte, sin mucha idea de lo que estás diciendo. Y sales del aula sin tu habitual pasad un buen fin de semana. Sin una última sonrisa. Sin ningún guiño que alivie la tensión de esta clase. Tan sólo -solo- sales y buscas a los compañeros con los que apurarás una cerveza. Y luego regresas a casa. O pasas antes por el gimnasio. O hasta te haces con un par de dvds que no necesitas en la Fnac. Y por último, tras agotar la tarde, llegas a casa y te dispones a ducharte para una ansiada cena. Y antes de vestirte te miras al espejo y te peleas con el dichoso vaho -¿por qué siempre tiene que empañarse tanto?- hasta buscarte en el cristal para no verte. Porque desde las 14.05 de hoy no tienes un contorno definido. Ni tan siquiera estás seguro de que tu identidad se haya podido mantener intacta. En tu lugar -donde deberían estar tus labios, tus ojos, tu mirada- solo hay una pregunta dibujada insegura en medio del vapor. Una puta pregunta que, de momento, nadie podrá ayudarte a contestar.

7 comentarios:

Serenitatis dijo...

Entiendo perfectamente cómo te sientes. Creo que todos los que nos dedicamos a esta profesión y mantenemos un cierto entusiasmo y pasión en lo que hacemos hemos sentido alguna vez esa punzada de dolor, de desazón, al salir de una clase en la que habíamos puesto unas determinadas expectativas y no se cumplen... es complicado, sobre todo porque nos llevamos el dolor a casa y como tú dices nos acompaña durante todo el día y hasta nos hace plantearnos si estamos haciendo las cosas bien...
Algunos compañeros me dicen que eso significa una implicación excesiva y que con el tiempo pasará... y qué quieres que te diga compi, yo casi prefiero que no se pase, aunque nos duela... y no lo dudes, algo de nuestra pasión les llega, aunque sea a unos pocos. Y ellos, a pesar de que a veces no lo demuestren, agradecen el chorro de aire fresco que significamos.
No te dejes vencer por el desaliento, como diría Whitman. Disfruta del merecido descanso.
Besos.

SisterBoy dijo...

Seguro que la cosa se anima al llegar al Romanticismo.

O al menos así pasaba antes.

Anónimo dijo...

Viernes 15:30 preparas un café porque la semana ha sido agotadora pero no te puedes permitir dormir una siesta, la semana de exámenes se acerca y necesitas aprovechar toda la tarde.

Viernes 16:00 te sientas frente al libro de literatura para hacer resúmenes de lo que te entra en el examen, copias lo que has subrayado porque te lo sugirió tu profesor añadiendo algunas anotaciones que tienes a lápiz con datos que olvidarás tras el examen. Luego solo tendrás que estudiar 7 resúmenes de media cara cada uno que son los que te pueden caer en selectividad y lo que te deben ocupar en el caso de que cayera.

Viernes 18:30 terminas los resúmenes, miras el reloj y te das cuenta de que has tardado 2 horas y media en escribir 3 caras y media y lo del final tiene una letra ilegible ¿por qué? porque te has aburrido haciéndolos, te dan ganas de vomitar encima de ellos. Pero no, primero los tragarás y luego los vomitarás en el examen. Pero piensas que tu profesor sabe que no te interesa lo más mínimo y te lo ha facilitado todo para que estudies lo mínimo y aprendas menos, sin dejar de quedar bien en selectividad.

Viernes 22:00 llevas toda la tarde estudiando y acabas de cenar deberías ponerte un rato más pero no puedes pasas por delante del ordenador lo enciendes pensando que un descanso no te vendrá mal.
Viernes 22:05 entras en el blog de tu antiguo profesor y lees que se cuestiona sus métodos y te acuerdas de cuando llegabas a casa con ganas de hacer los deberes de lengua y hacías hasta lo voluntario, de cuando acabada una clase veías en el horario que tocaba lengua y te cambiaba el ánimo, a veces hasta se te quitaba el sueño, te acuerdas de ese año en el que no tocaste el libro e ibas a los exámenes sin estudiar nada, porque habías hecho tantos comentarios que sabías las características de cada autor y de cada movimiento literario porque tú las habías visto al leer los textos que te daba ese profesor.

Viernes 22:30 llevas veinticinco minutos mirando tontamente la pantalla del ordenador y piensas que la clase debe ser activa, participativa, colectiva por algún motivo que no es para nada estúpido.

Viernes 22:36 todavía tienes que hacer un resumen del pensamiento de santo Tomás pero ya no quieres hacerlo, decides que no lo harás.Sientes que tienes que decir algo pero no te atreves a firmar.

Anónimo dijo...

No puedo contar en el número de veces que he vivido la misma escena ya sea a las 8:20 que a las 12:25. A mí me toca la parte del estudiante, la de soportar la inactividad que llega a la falta de respeto, no hacia una autoridad (algo totalmente discutible), si no a una persona que trata de cambiar el planteamiento arcaico de las clases. Desgraciadamente se encuentran pocos profesores así y en mi clase sí lograste el entusiasmo por la literatura y de verdad que no he vuelto ha aprender tanto como aquel año.
Así que por favor, aunque solo sea por no volver a oir que alguien se ha leído La Celestina o la obra que toque por resúmenes del Rincón del Vago, sigue repartiendo fotocopias con la batalla entre Don Carnal y Doña Cuaresma. Gracias.

Cinephilus dijo...

Solo por comentarios así, merece la pena el esfuerzo. Y el entusiasmo. A veces la respuesta a las más difíciles preguntas se encuentra en palabras tan sinceras como las que habéis dejado por aquí. Me las llevo para cuando la duda amenace otra vez...

Arual dijo...

Creo que te lo he alguna vez ya antes, profesores como tú, y encontré muy pocos en mi vida de estudiante, son los que me animaron a apasionarme con el estudio y a disfrutar de él. Sigue así por favor!

Anónimo dijo...

¡No dejes de tener ese entusiasmo nunca! Porque ese entusiasmo tuyo es el que hizo que después de año tras año de aborrecer por completo hasta el más mínimo ápice de la literatura por culpa de profesores que te hacían creer que lo único que sirve en lengua es la memoria pudiese llegar a comprender hasta donde podía llegar tan solo con usar un poco la lógica y el sentido común, claramente después de asistir a toda y cada una de tus clases sin faltar ni una vez y de tomar hojas y hojas de apuntes que siempre tendré guardados en mi cajón, tan solo para no olvidar nunca lo genial y divertida que puede llegar a ser la literatura cuando te la explican desde otro punto de vista. Ojalá pudiese seguir asistiendo a tus clases, porque era la única que conseguía llegar a poner una sonrisa en mi cara, una de alegría y alivio, a última hora del día. Gracias por este regalo por el cual muchos te estaremos agradecidos eternamente.