27.12.09

Pocahontas 3D

Podría entender que alguien alabara el mérito técnico de la última película de James Cameron. Incluso podría entender que ese elogio fuese hiperbólico y desmesurado. Pero lo que no puedo entender que es que se califique de "revolución del lenguaje cinematográfico" una película tan profundamente convencional como Avatar. Y es que el lenguaje cinematográfico es un código de semiótica demasiado compleja como para limitarlo al uso de los efectos especiales, la infografía o las nuevas técnicas digitales.

Una revolución del lenguaje cinematográfico no es contar -por enésima vez- el cansino mito de Pocahontas sustituyendo a los indios por alienígenas azules y a los conquistadores por astronautas y marines que parece que se hubieran escapado de una secuela de GI Joe. Y,para colmo, nos lo narran durante tres horas de película previsible y anodina, sin un solo alarde imaginativo y con algunas escenas sonrojantes, como los cantos a la tierra madre que nos hacen echar de menos al arbolito aquel de la Pocahontas de Disney, donde -por cierto- se contaba la misma tontería en solo noventa minutos y hasta les daba tiempo a marcarse aquello de y colores en el viento descubrir... Aquí, por cierto, no quedan animalitos simpáticos, sino híbridos que parecen sacados de unos saldos de El señor de los anillos y Jurassic Park.

No tengo nada en contra de esta película como puro invento palomitero, es decir, como un pasatiempo para las Navidades en el que dejarse llevar por una historia tontorrona y juguetear con las Rayban 3D en una multisala. Bien. En ese sentido es tan poco nociva como otras tantas bobadas meramente taquilleras y que, al menos, se ahorran la filosofía pronazi de Emmerich.

Sin embargo, me parece francamente triste y lamentable que se considere que una historia tan plana, unos personajes tan invisibles (salvo el malo malísimo de Stephen Lang, ese impagable Papá Dragón que hace de Jafar un personaje creíble) y un filme tan convencional constituyen un evento cinematográfico de primer orden y que acaparen tanta atención mediática como si de una verdadera revolución se tratase.

En su momento, cuando John Lassetter estrenaba aquella maravilla llamada Toy Story, todo el mundo ponderó el avance que suponía su filme desde el punto de vista técnico. Él, en la mayoría de las entrevistas, insistía en una misma idea: esa tecnología que todos admiraban quedaría obsoleta en breve -y así fue- pero su película sería memorable si la historia y los personajes lo eran -y así fue también. Lo demás, es puro fuego de artificio, new age de bolsillo (¿a alguien no le ha quedado claro el mensaje de la peli?) y bichejos 3D.

19.12.09

Programa doble

Dos montajes en el Teatro Español. Dos experiencias bien diferentes... Mucho, en realidad.

1. Glengarry Glen Rose

No puedo evitar que mi yo-director/autor de teatro alternativo se indigne ante espectáculos como este. Y es que, después de tantos años luchando con la falta de medios y sustituyendo los presupuestos por pura y dura imaginación, resulta aberrante contemplar cómo, quienes sí disponen de ese dinero con el que las pequeñas compañías ni siquiera soñamos, despilfarran los medios en ejercicios que denotan una ausencia total de talento y, peor aún, de imaginación.

Resulta difícil arruinar un texto tan sólido como el Glengarry Glen Rose de Mamet. Pero aquí, hay que admitirlo, casi lo consiguen. Y para ello les basta una escenografía hórrida -no hay palabras para describirla- y un reparto entre inadecuado e insulso. Solo Carlos Hipólito y Alberto Jiménez están a la altura, aunque naveguen en un mar anodino y carente de dirección, donde todo es simple, burdo y torpón. Humareda tras humareda, los diálogos de la primera parte se suceden en un espacio tan plano como las ideas de puesta en escena, con cigarrillos que se consumen atropelladamente y palabras que se queman sin que nadie les dé la vida que el texto de Mamet reclama. Y así, su carnaval de la crueldad, su vómito contra el capitalismo, su radical vigencia en este tiempo de crisis se queda en un frío -tímido- alegato con algún que otro chiste que ni siquiera la mediocridad de este montaje es capaz de anular.

Rostros televisivos como Gonzalo de Castro -tan sobreactuado y limitado como de costumbre- o Ginés García Millán -demasiado mayor para el papel (ese niñato al que los demás reprochan su ignorancia) y totalmente invisible en su ejecución- y actores a la deriva en roles marcados por el peso de una brillante película estrenada unos (muchos) años atrás. Así, Hipólito -al que salvo por pura y dura admiración: es uno de los grandes, incluso en estos festivales de la torpeza- lucha contra la sombra de Jack Lemmon y se esfuerza por hacer creíble un personaje al que no le da ni el patetismo ni la desesperación que reclama. Su interpretación es correcta, pero no se acerca al drama -a la auténtica tragedia- que vive el personaje. Seguramente, es imposible conseguir mayor intensidad en semejante montaje. Además, todos los personajes son de la misma generación y demasiado iguales entre sí, de modo que los matices de la obra -la lucha generacional de la misma- se pierde y resulta tan falsa como la caracterización que le han dado al pobre Hipólito o el policía de chiste que aparece en el segundo tramo de la obra y que es, posiblemente, la peor interpretación secundaria que he visto este año.
Un desastre -sin paliativos- que se ve intensificado gracias al maravilloso público asistente, ya que gran parte de ellos vienen únicamente motivados por su afán de ver sobre las tablas a su Doctor Mateo (Gonzalo de Castro). Y así, estos cultivados espectadores nos honran con ronquidos, comentarios en voz alta, aclaraciones de garganta, toses estereofónicas y otras muestras de que en este país se siguen prefiriendo las torturas taurinas o los canibalismos futboleros a cultivar el hábito teatral. Una lástima, sí, pero también una (jodida) realidad.

2. En la roca

Escribo teatro por culpa de Ernesto Caballero. Así de simple. A su vez -en ese eterno efecto mariposa que es la vida- la culpa de que yo admire a Caballero la tuvo una profesora mía (entonces) y amiga (ahora), que nos descubrió Retén, Auto y Squash. Una trilogía que sigue siendo, en mi modesta opinión, una de las mejores del teatro español de los noventa.

Quizá por eso espero tanto cuando veo un nuevo montaje suyo y quizá, también por eso, prefiero al Caballero que se ríe de la estupidez humana -Auto- o al Caballero que le da la vuelta a nuestra tradición literaria -como en su hermosísima Pepe el Romano- antes que al Caballero que se amayorga ante la influencia de su amigo y, desde luego, también gran escritor.

En la roca es un diálogo histórico y eminentemente discursivo (muy próximo a algunos textos de Mayorga) en el que dos actores -correctos, sí, pero no especialmente afortunados en su ejecución- debaten sobre temas tan fascinantes como la ética del magnicidio o la responsabilidad individual en la Historia. Se agradece la pregunta y, sobre todo, la exigencia de acción (intelectual) al público, alejando la obra de toda posible complacencia y presentando un texto eminentemente árido.

Seguramente la puesta en escena podría haber convertido esta obra en algo muy diferente a lo que es. Y quizá la clave resida en el final -típico de Caballero- donde los personajes rompen la cuarta pared y se sitúan a este lado de la Historia. Ellos ya han visto lo que pasó y conocen las consecuencias que tendrán sus actos. De repente, Brecht se hace presente y el distanciamiento enriquece la obra y sus lecturas. Sin embargo, la dirección jamás apunta en esta dirección y se conforma con plasmar -con corrección y estilo aplicado, pero sin excesivo aliento- las palabras del autor. Tampoco se aprovecha la relación entre los personajes que, si bien es uno de los puntos débiles del texto (se plantea una tensión sexual que jamás se desarrolla: el autor prefiere el tema a la psicología de sus criaturas, así que olvida esta última en favor del primero), podría haber sido uno de los aciertos de la dirección escénica. Y en ese titubeo se enmarca también el vaivén del personaje de Eloy Azorín, que a veces cae en el exceso de pluma al estilo Wilde y a veces se olvida de todo ello para volver por la senda del discurso. Hubiera sido interesante marcar la oposición entre ambos personajes e incluso jugar con unos referentes mefistofélicos que habrían dado otro cariz a la función.

Aún así, la obra es digna -Eloy Azorín y Chema León luchan por hacer un buen papel y dejan un buen sabor de boca al público- y el texto deja preguntas que invitan al debate, así que solo por eso bien merece la entrada. Sin embargo, habría preferido saber qué habría ello el Caballero director con el Caballero autor. Echo de menos una puesta en escena menos verista y que enriquezca el texto, no que se limite a ilustrarlo en un ejercicio correcto, pero algo pobre, de teatro (casi) leído.

13.12.09

Bodas de... plomo

Hay textos teatrales eminentemente difíciles y Bodas de sangre es, sin duda, uno de ellos. No por su argumento, mil veces contado en la literatura universal, sino por su complejo lirismo, que dificulta la puesta en escena y exige soluciones eficaces, creativas y muy personales por parte del director que se aproxima a esta obra. No se trata de un lirismo integrado en la psicología de los personajes, como ocurre en Bernarda Alba, sino de una poesía que se convierte en antagonista de los caracteres principales en forma de luna y mendiga vengativas, convertidas en personificación del miedo, la represión y la censura. Un texto que, además, integra la palabra y la música con una fluidez de la que solo un autor como Lorca era capaz y de la que muy pocos directores saben sacar partido, ahogándose en la estridencia del verso y lanzándose, de cabeza, por los vericuetos trágicos de la obra.
El montaje de Bodas de sangre que, bajo la dirección de Plaza, nos ofrece actualmente el CDN en el María Guerrero es, simplemente, un despropósito. En él encontramos un abanico de sobreactuaciones que rozan lo demencial (imposible comparar a las criadas chillonas de este con la fabulosa Poncia del montaje de Pasqual) y donde nadie se molesta en darle un toque mínimamente humano a sus personajes. Las palabras y los gestos -excesivos, de alumno de primer año de academia teatral de barrio- convierten a cada criatura lorquiana en un remedo (malo) de Antígona y todo suena tan falso y tan de cartón piedra como el hórrido escenario que decora la función. Y sí, solo hace eso: la decora, porque no tiene semántica alguna y es un ejemplo de feísmo inútil solo comparable a la simpleza del vestuario y a los simbolismos torpones e infantiles que se nos proponen de vez en cuando (como la madeja de roja lana, por ejemplo). En este sentido, la propuesta escénica no sabe si ser verista o simbólica y tan pronto nos exhiben una navaja tamaño familiar o nos presentan a una luna con bombillas de saldo como nos miman unos regalos de boda inexistentes e innecesariamente invisibles.

Pero todo ello serían males menores si no vinieran acompañados de un uso casi escolar de la luz (toda ella sombría y fúnebre, sin matizar ni uno solo de los elementos del texto: ¿nadie se ha dado cuenta de que esta obra no es un funeral de principio a fin, sino que hay mucho más -muchas más pasiones- latiendo en ella?), de una composición musical tediosa, anodina y profundamente mediocre (todas las canciones suenan a canciocilla de corro infantil, solo que hasta los niños se aburrirían de entonarlas), de unos actores entre malos y muy malos (la novia me recuerda las peores interpretaciones de Blanca Romero en FoQ y la madre de la mujer de Leonardo parece que se ha escapado de una sitcom freaky) y de unas ideas más que desafortunadas en la puesta en escena. Entre estas ideas, me quedo con estos momentazos:

- la aparición de la luna-Gusiluz: una actriz envuelta en un peluche gigante que se ilumina -como el muñeco de nuestra infancia- y que se pasea por el techo mientras un CD nos vomita -a pelo y sin previo aviso- una canción en la que Ana Belén grita como si de una concursante de OT se tratara..., sin palabras;

- la presencia de la vieja mendiga, disfrazada de Gandalf con una túnica blanca imposible y rodeada de los peores tics de cualquier intérprete aficionado;

- la inclusión del coro de los tres hombres de blanco, que cambian las gafas del antiguo CQC por tres hachas y que ponen un puntito de humor surrealista a escenas má que trágicas;

- la omisión del duelo en una elipsis que a su director debe parecerle de lo más transgresora y que yo me temo que huele a pura y dura incapacidad: o cómo anular de un plumazo a los dos protagonistas masculinos dejándolos convertidos en elípticos títeres;

- la boda en sí, un alarde de caos y ruido, donde todo el mundo se empeña en bailar continuamente digan lo que digan los demás personajes y haciendo caso omiso al texto que, total, para cómo lo dicen, casi se agradecerle oírlo medio ahogado por la música cansina y el eterno zapateado;

- la absoluta ausencia del deseo, de la pasión y de la sexualidad de un texto donde esos elementos son vitales para darle sentido a la función: no tiene sentido el grito de libertad de unos personajes tan anodinos y que no reflejan, ni por asomo (y pese a sus enormes aspavientos), la lucha del deseo frente a la convención y del placer y la libertad frente a las normas, tal y como se recoge en la obra.

Ante semejante cóctel de simplezas (¿un Lorca no merece algo más de riesgo, de pasión, de mérito y de tiempo?), lo mejor de la función es el intento de la madre por construir a su personaje (sobreactuada, sí, pero al menos sabe decir el texto) y, cómo no, disfrutar del cuerpazo de Leonardo, que está estupendo cuando sale sin chaqueta (véase la foto que lo demuestra) y que, aunque no lo haga del todo bien (le faltan tablas y, seguramente, una buena dirección actoral), al menos da bien en escena y uno sí que se lo imagina subido a su caballo. O subido a otros lugares que no precisan -lector, haga aquí uso de su fantasía- mayor matización.

Como colofón, cabe destacar el dudoso acento andaluz de todos y cada uno de los actores, que sea natural o no, está trabajado de manera que recuerdan a la mismísima Pe en Volver, así que uno no sabe si -como le ocurría al acento fluctuante de la de Alcobendas- las bodas tienen lugar en Cáceres, en la Mancha o en un episodio de CSI Las Vegas.
En fin, un desaguisado que demuestra que no todo texto debe ser montado por todo el mundo. Y que, de vez en cuando, no estaría de más que los directores, los escenógrafos, los iluminadores, los figurinistas, los compositores musicales y los diseñadores de vestuario fueran elegidos, realmente, por su talento y por la calidad de sus propuestas. Sobre todo porque hay profesionales excelentes de estos gremios en nuestro país que no son, ni de lejos, los que han participado en este montaje gris, grandilocuente y plúmbeo.

12.12.09

In the loop


Humor e inteligencia. Así de simple. Un binomio sencillo pero, honestamente, difícil de encontrar en el cine reciente. Y sin embargo, hay quien con no demasiados medios pero sí una desbordante imaginación, lo consigue. Así que aquí tenemos una parodia demasiado irreal como para no ser real en la que USA quiere provocar una guerra -sin pruebas- y convence a Inglaterra para que se deje manipular y arrastrar, de paso, a parte de Europa. El argumento de In the loop, como ven, no tiene relación alguna con la historia internacional reciente.

Y como, para colmo, la película es británica, el guión no opta por la complacencia (como los chistes en plan "qué guay que somos" de la autocomplaciente Spanish movie..., pero de esa cosa hablamos otro día), sino por una crítica ácida, dura e inmisericorde con todo y con todos. Los actores, por si fuera poco, no solo lo hacen bien, sino que improvisan aún mejor y construyen personajes llenos de vida y matices dentro del estereotipo caricaturesco que representan.

Algunas escenas son simplemente soberbias y, aunque el conjunto no deje de tener la factura de un gran episodio televisivo, la película resulta interesante y divertida a partes iguales. La pega, que le debe mucho a series como El ala oeste de la Casa Blanca y que, quizá por su origen televisivo (The thick of it) parece un producto televisivo. El pro: ¿y qué más da? ¿Por qué no ver en pantalla grande historias como esta? Sinceramente, prefiero cualquier episodio de Desperate Housewives o Mad Men a la mayoría de simplezas americanas -con o sin Sandra Anniston ¿o era Jennifer Bullock?- que se estrenan sin compasión en nuestras salas. Por mí, que empiecen a estrenar las series en cine y dejen el cine para la televisión. Total, saldríamos ganando.

En defnitiva, un sanísimo ejercicio de sátira política que consigue lo que no redondeaba la fallida Burn after reading (aquí no necesitan toques estrafalarios como la máquina sexual que montaba Clooney) y que, a su modo y salvando las distancias, constituye una estupenda puesta al día de aquel Teléfono rojo de Kubrick. Bien, en esta no tenemos a Peter Sellers, pero cada escena del malhablado y genial Peter Capaldi nos permite olvidarnos también de eso. Ah, y para quienes echamos de menos a Tony Soprano, aparece James Gandolfini. Nota (de un fan desesperado) al margen: ¿Por qué no vuelve la familia Soprano? ¿Realmente es posible la vida sin ellos? (...)

6.12.09

Brecht y Weill, náufragos

Hay textos capaces de sobrevivir a (casi) todo. Die dreigroschenoper (La ópera de los tres peniques o, también llamada, La ópera de los cuatro cuartos) es uno de ellos. Es difícil que el corrosivo texto de Brecht y la pegadiza música de Weill sucumban a la puesta en escena de cuanto director asuma el reto de darle vida a estos personajes tan mezquinos, crueles y mentirosos como inolvidables.

En este caso, Mackie Navaja, el señor Peachum y la mismísima Jenny Travers han sobrevivido -a duras penas, eso sí- a un montaje infantil, evidente y, básicamente, de brocha gorda. Una apuesta infantil -¿de veras no es un montaje de alumnos de Secundaria?- en la que uno no sabe muy bien si está viendo una obra de Brecht o un episodio de los Lunis. Y eso que yo disfruto con cuanta crítica se pueda hacer a los desmanes peperos en la Comunidad de Madrid, pero quizá por eso mismo me resulta tan pueril convertir la coronación de la reina en la coronación de la presidenta o colocar pancartas inanes y oportunistas con "Tengo una cabezonada" (aquí la crítica debe ser mucho más sangrante, hábil y, sobre todo, profunda). Lo malo de este tipo de bromas tontorronas -chascarrillos, en realidad- es que convierten una obra de alcance despiadadamente hobbsiano -todos somos corruptos, así que cuidado con el ser humano, porque le clavará el puñal de su codicia tarde o temprano- en un episodio provinciano y casposo de Aida. Y en ese provincianismo inciden juegos tan ingeniosos como convertir al comisario lockit en Julián y al señor Peachum en el señor Muñoz... Todo es obvio, todo ramplón, todo a ras de suelo. Chistes de patio de colegio que no permiten que la obra sea tan divertida y cínica como realmente es -ni rastro del humor negro, brutal del texto- ni, por supuesto, le permite conservar su acerado sentido crítico y antiburgués, convirtiendo ese puñetazo brechtiano contra la moral acomodada en un chiste infantil que no serviría ni para la más floja de las páginas de El Jueves.

Los actores carecen de carisma y la escenografía apuesta por un feísmo avulgarado que revela pobreza de medios y, sobre todo, de ideas. Las coreografías (pohasta mis alumnos de 3º de la ESO hicieron el año pasado bailes mucho más sofisticados en nuestra versión de La boda de los pequeños burgueses) tienen que haber sido idea de Marbelys o de Rafa-hot (ya saben, los de Fama) y aunque la música suena bien -el director de orquesta se salva de la quema- no todos los cantantes están a la altura.

Pero, aparte de usos tan desfasados y pobretones como el del hombre pancarta anunciando las canciones (un recurso que ya era antiguo hace veinte años...), la obra se estrella en la recreación de uno de sus personajes más carismáticos y magnéticos: la prostituta Jenny Travers. En este caso se decide que ha de ser un travesti y, lejos de dotar al personaje de toda la fuerza femenina que tiene en el texto, se la presenta con forma de hombre que canta como hombre y que se mueve como un hombre. ¿Esa es la idea que de la transexualidad y el travestismo tiene la directora de este montaje? ¿Un hombre que sigue siendo hombre pero se viste de mujer como si se hubiera escapadao del carnaval de Pinto? Lamentable. Una decisión equivocada y peor ejecutada que huele a rancio y a naftalina.

El montaje es un eterno quiero y no puedo, con un Mackie gris, una Polly aburrida, un señor Peachum tan solo pasable, un Filch invisible, un(a) Jenny imposible, un Lockit anodino, una Lucy apenas paródica y una señora Peachum zarzuelera y cansina que, entre grito y grito, arranca las risas del sector del público acostumbrado a las matrimoniadas y engendros similares.

Una ensalada de topicazos y una demostración de que hay obras que no deben ponerse en pie si no se tienen los medios ni las ideas para ello. A pesar de eso, Brecht y Weill, a su manera, sobreviven. Y cuando suenan los acordes del Anstatt dass o de Die Kanonen uno siente que pudo haber disfrutado de un espectáculo memorable. Evidentemente, este no es el caso.

P.S. Sobre la aburrida, acartonada y pretenciosa Trilogía de Goldoni del Festival de Otoño no haremos crítica alguna. Nos limitaremos a constatar que Goldoni es un autor definitivamente menor, al que se empeñan en emparentar con el genial Molière o con el siempre ágil Lope. Pero ni sus tramas tienen la rapidez y astucia de este ni sus personajes -arquetipos de la commedia dell'arte pasados por el tamiz de la Ilustración- consiguen alcanzar la hábil pintura psicológica de aquél. Para colmo, el montaje del Piccolo presumía de seguir las directrices de Strehler y, como todo lo strehleriano que no dirigió el propio Strehler, resultaba inofensivamente estético, pesadamente plástico y morosamente iluminado. Un bluff.

3.12.09

Una lectura muy televisiva

Caí en Los Soprano, como en tantas otras cosas, gracias a mis amigos. En este caso, el amigo se llama Ignacio y es, además de un profesor excepcional, un agudo cinéfilo/teléfilo cuyas recomendaciones suelo seguir al pie de la letra. Tras insistirme en que debía acercarme a la familia de Tony Soprano, decidí seguir su consejo y me descubrí viviendo en pareja -no hay mejor modo de vivir algo así- una de las experiencias televisivas más complejas, fascinantes e interesantes de mi vida.

Quizá por eso, porque tengo mono de una serie que -como todo lo genial- nunca debería haber terminado, me ha gustado tanto esta pequeña maravilla titulada Los Soprano forever (pulicada recientemente por Errata Naturae). Se trata de un conjunto de ensayos -de calidad desigual, sí, pero todos interesantes a su modo- en los que se analiza la serie de David Chase desde una perspectiva eminentemente filosófica. Un auténtico festival de reflexiones éticas, gnómicas e incluso metafísicas a partir de algunos de los momentos y personajes más destacados de esta serie.

En definitiva, un ejercicio contracultural absolutamente recomendable y donde, salvo algunas páginas, no se busca una recreación en la pedantería o en la vacuidad, sino que se pretende llevar a cabo un análisis riguroso a la vez que ameno de la filosofía que subyace en cada una de las inolvidables líneas del guión de esta mítica serie.

Deconstrucción en la que se funde lo sesudo con lo pop (cómo habría disfrutado Derrida con algo así), tal y como corresponde a esa palabra maldita pero todavía difusa que se dice a sí misma posmodernidad.

1.12.09

1/12/09

Hay fechas que son, por diversos motivos, un hito en la biografía personal. Y la de hoy, este uno de diciembre, es uno de esos hitos. Un uno que equivale, más que nunca, a inicio. A aventura por hacer. Y que, en cierto modo, es el resultado de muchos años de trabajo y de esfuerzo. De desazones y de dudas. De incertidumbres y de miedos. Pero aquí -junto a mí y a mis inseguridades- estaban la pareja, la familia, los amigos. Ahí estaban sus palabras de aliento, sus abrazos, sus miradas cómplices, sus escuchas atentas. Y quizá por eso no hubo capitulación, sino nuevas batallas. Otras luchas en frentes que ya creía perdidos y que, más por su fe que por la mía, hoy se hacen realidad. Un día que, en unos meses, podré explicar en este mismo espacio con más detalle. Y que, durante este 2010 que ya casi ha llegado, seguirá haciéndose presente hasta que algo, por fin, se convierta en una ansiada realidad.

Hay fechas que son, por diversos motivos, imborrables. La de hoy, al fin, lo es. Y solo puedo sentir una emoción inmensa. Y una ilusión enorme por ese nuevo y apetecible camino que, tras tantas horas de dedicación, se dibuja ante mí.