13.12.09

Bodas de... plomo

Hay textos teatrales eminentemente difíciles y Bodas de sangre es, sin duda, uno de ellos. No por su argumento, mil veces contado en la literatura universal, sino por su complejo lirismo, que dificulta la puesta en escena y exige soluciones eficaces, creativas y muy personales por parte del director que se aproxima a esta obra. No se trata de un lirismo integrado en la psicología de los personajes, como ocurre en Bernarda Alba, sino de una poesía que se convierte en antagonista de los caracteres principales en forma de luna y mendiga vengativas, convertidas en personificación del miedo, la represión y la censura. Un texto que, además, integra la palabra y la música con una fluidez de la que solo un autor como Lorca era capaz y de la que muy pocos directores saben sacar partido, ahogándose en la estridencia del verso y lanzándose, de cabeza, por los vericuetos trágicos de la obra.
El montaje de Bodas de sangre que, bajo la dirección de Plaza, nos ofrece actualmente el CDN en el María Guerrero es, simplemente, un despropósito. En él encontramos un abanico de sobreactuaciones que rozan lo demencial (imposible comparar a las criadas chillonas de este con la fabulosa Poncia del montaje de Pasqual) y donde nadie se molesta en darle un toque mínimamente humano a sus personajes. Las palabras y los gestos -excesivos, de alumno de primer año de academia teatral de barrio- convierten a cada criatura lorquiana en un remedo (malo) de Antígona y todo suena tan falso y tan de cartón piedra como el hórrido escenario que decora la función. Y sí, solo hace eso: la decora, porque no tiene semántica alguna y es un ejemplo de feísmo inútil solo comparable a la simpleza del vestuario y a los simbolismos torpones e infantiles que se nos proponen de vez en cuando (como la madeja de roja lana, por ejemplo). En este sentido, la propuesta escénica no sabe si ser verista o simbólica y tan pronto nos exhiben una navaja tamaño familiar o nos presentan a una luna con bombillas de saldo como nos miman unos regalos de boda inexistentes e innecesariamente invisibles.

Pero todo ello serían males menores si no vinieran acompañados de un uso casi escolar de la luz (toda ella sombría y fúnebre, sin matizar ni uno solo de los elementos del texto: ¿nadie se ha dado cuenta de que esta obra no es un funeral de principio a fin, sino que hay mucho más -muchas más pasiones- latiendo en ella?), de una composición musical tediosa, anodina y profundamente mediocre (todas las canciones suenan a canciocilla de corro infantil, solo que hasta los niños se aburrirían de entonarlas), de unos actores entre malos y muy malos (la novia me recuerda las peores interpretaciones de Blanca Romero en FoQ y la madre de la mujer de Leonardo parece que se ha escapado de una sitcom freaky) y de unas ideas más que desafortunadas en la puesta en escena. Entre estas ideas, me quedo con estos momentazos:

- la aparición de la luna-Gusiluz: una actriz envuelta en un peluche gigante que se ilumina -como el muñeco de nuestra infancia- y que se pasea por el techo mientras un CD nos vomita -a pelo y sin previo aviso- una canción en la que Ana Belén grita como si de una concursante de OT se tratara..., sin palabras;

- la presencia de la vieja mendiga, disfrazada de Gandalf con una túnica blanca imposible y rodeada de los peores tics de cualquier intérprete aficionado;

- la inclusión del coro de los tres hombres de blanco, que cambian las gafas del antiguo CQC por tres hachas y que ponen un puntito de humor surrealista a escenas má que trágicas;

- la omisión del duelo en una elipsis que a su director debe parecerle de lo más transgresora y que yo me temo que huele a pura y dura incapacidad: o cómo anular de un plumazo a los dos protagonistas masculinos dejándolos convertidos en elípticos títeres;

- la boda en sí, un alarde de caos y ruido, donde todo el mundo se empeña en bailar continuamente digan lo que digan los demás personajes y haciendo caso omiso al texto que, total, para cómo lo dicen, casi se agradecerle oírlo medio ahogado por la música cansina y el eterno zapateado;

- la absoluta ausencia del deseo, de la pasión y de la sexualidad de un texto donde esos elementos son vitales para darle sentido a la función: no tiene sentido el grito de libertad de unos personajes tan anodinos y que no reflejan, ni por asomo (y pese a sus enormes aspavientos), la lucha del deseo frente a la convención y del placer y la libertad frente a las normas, tal y como se recoge en la obra.

Ante semejante cóctel de simplezas (¿un Lorca no merece algo más de riesgo, de pasión, de mérito y de tiempo?), lo mejor de la función es el intento de la madre por construir a su personaje (sobreactuada, sí, pero al menos sabe decir el texto) y, cómo no, disfrutar del cuerpazo de Leonardo, que está estupendo cuando sale sin chaqueta (véase la foto que lo demuestra) y que, aunque no lo haga del todo bien (le faltan tablas y, seguramente, una buena dirección actoral), al menos da bien en escena y uno sí que se lo imagina subido a su caballo. O subido a otros lugares que no precisan -lector, haga aquí uso de su fantasía- mayor matización.

Como colofón, cabe destacar el dudoso acento andaluz de todos y cada uno de los actores, que sea natural o no, está trabajado de manera que recuerdan a la mismísima Pe en Volver, así que uno no sabe si -como le ocurría al acento fluctuante de la de Alcobendas- las bodas tienen lugar en Cáceres, en la Mancha o en un episodio de CSI Las Vegas.
En fin, un desaguisado que demuestra que no todo texto debe ser montado por todo el mundo. Y que, de vez en cuando, no estaría de más que los directores, los escenógrafos, los iluminadores, los figurinistas, los compositores musicales y los diseñadores de vestuario fueran elegidos, realmente, por su talento y por la calidad de sus propuestas. Sobre todo porque hay profesionales excelentes de estos gremios en nuestro país que no son, ni de lejos, los que han participado en este montaje gris, grandilocuente y plúmbeo.

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