6.12.09

Brecht y Weill, náufragos

Hay textos capaces de sobrevivir a (casi) todo. Die dreigroschenoper (La ópera de los tres peniques o, también llamada, La ópera de los cuatro cuartos) es uno de ellos. Es difícil que el corrosivo texto de Brecht y la pegadiza música de Weill sucumban a la puesta en escena de cuanto director asuma el reto de darle vida a estos personajes tan mezquinos, crueles y mentirosos como inolvidables.

En este caso, Mackie Navaja, el señor Peachum y la mismísima Jenny Travers han sobrevivido -a duras penas, eso sí- a un montaje infantil, evidente y, básicamente, de brocha gorda. Una apuesta infantil -¿de veras no es un montaje de alumnos de Secundaria?- en la que uno no sabe muy bien si está viendo una obra de Brecht o un episodio de los Lunis. Y eso que yo disfruto con cuanta crítica se pueda hacer a los desmanes peperos en la Comunidad de Madrid, pero quizá por eso mismo me resulta tan pueril convertir la coronación de la reina en la coronación de la presidenta o colocar pancartas inanes y oportunistas con "Tengo una cabezonada" (aquí la crítica debe ser mucho más sangrante, hábil y, sobre todo, profunda). Lo malo de este tipo de bromas tontorronas -chascarrillos, en realidad- es que convierten una obra de alcance despiadadamente hobbsiano -todos somos corruptos, así que cuidado con el ser humano, porque le clavará el puñal de su codicia tarde o temprano- en un episodio provinciano y casposo de Aida. Y en ese provincianismo inciden juegos tan ingeniosos como convertir al comisario lockit en Julián y al señor Peachum en el señor Muñoz... Todo es obvio, todo ramplón, todo a ras de suelo. Chistes de patio de colegio que no permiten que la obra sea tan divertida y cínica como realmente es -ni rastro del humor negro, brutal del texto- ni, por supuesto, le permite conservar su acerado sentido crítico y antiburgués, convirtiendo ese puñetazo brechtiano contra la moral acomodada en un chiste infantil que no serviría ni para la más floja de las páginas de El Jueves.

Los actores carecen de carisma y la escenografía apuesta por un feísmo avulgarado que revela pobreza de medios y, sobre todo, de ideas. Las coreografías (pohasta mis alumnos de 3º de la ESO hicieron el año pasado bailes mucho más sofisticados en nuestra versión de La boda de los pequeños burgueses) tienen que haber sido idea de Marbelys o de Rafa-hot (ya saben, los de Fama) y aunque la música suena bien -el director de orquesta se salva de la quema- no todos los cantantes están a la altura.

Pero, aparte de usos tan desfasados y pobretones como el del hombre pancarta anunciando las canciones (un recurso que ya era antiguo hace veinte años...), la obra se estrella en la recreación de uno de sus personajes más carismáticos y magnéticos: la prostituta Jenny Travers. En este caso se decide que ha de ser un travesti y, lejos de dotar al personaje de toda la fuerza femenina que tiene en el texto, se la presenta con forma de hombre que canta como hombre y que se mueve como un hombre. ¿Esa es la idea que de la transexualidad y el travestismo tiene la directora de este montaje? ¿Un hombre que sigue siendo hombre pero se viste de mujer como si se hubiera escapadao del carnaval de Pinto? Lamentable. Una decisión equivocada y peor ejecutada que huele a rancio y a naftalina.

El montaje es un eterno quiero y no puedo, con un Mackie gris, una Polly aburrida, un señor Peachum tan solo pasable, un Filch invisible, un(a) Jenny imposible, un Lockit anodino, una Lucy apenas paródica y una señora Peachum zarzuelera y cansina que, entre grito y grito, arranca las risas del sector del público acostumbrado a las matrimoniadas y engendros similares.

Una ensalada de topicazos y una demostración de que hay obras que no deben ponerse en pie si no se tienen los medios ni las ideas para ello. A pesar de eso, Brecht y Weill, a su manera, sobreviven. Y cuando suenan los acordes del Anstatt dass o de Die Kanonen uno siente que pudo haber disfrutado de un espectáculo memorable. Evidentemente, este no es el caso.

P.S. Sobre la aburrida, acartonada y pretenciosa Trilogía de Goldoni del Festival de Otoño no haremos crítica alguna. Nos limitaremos a constatar que Goldoni es un autor definitivamente menor, al que se empeñan en emparentar con el genial Molière o con el siempre ágil Lope. Pero ni sus tramas tienen la rapidez y astucia de este ni sus personajes -arquetipos de la commedia dell'arte pasados por el tamiz de la Ilustración- consiguen alcanzar la hábil pintura psicológica de aquél. Para colmo, el montaje del Piccolo presumía de seguir las directrices de Strehler y, como todo lo strehleriano que no dirigió el propio Strehler, resultaba inofensivamente estético, pesadamente plástico y morosamente iluminado. Un bluff.

No hay comentarios: