19.12.09

Programa doble

Dos montajes en el Teatro Español. Dos experiencias bien diferentes... Mucho, en realidad.

1. Glengarry Glen Rose

No puedo evitar que mi yo-director/autor de teatro alternativo se indigne ante espectáculos como este. Y es que, después de tantos años luchando con la falta de medios y sustituyendo los presupuestos por pura y dura imaginación, resulta aberrante contemplar cómo, quienes sí disponen de ese dinero con el que las pequeñas compañías ni siquiera soñamos, despilfarran los medios en ejercicios que denotan una ausencia total de talento y, peor aún, de imaginación.

Resulta difícil arruinar un texto tan sólido como el Glengarry Glen Rose de Mamet. Pero aquí, hay que admitirlo, casi lo consiguen. Y para ello les basta una escenografía hórrida -no hay palabras para describirla- y un reparto entre inadecuado e insulso. Solo Carlos Hipólito y Alberto Jiménez están a la altura, aunque naveguen en un mar anodino y carente de dirección, donde todo es simple, burdo y torpón. Humareda tras humareda, los diálogos de la primera parte se suceden en un espacio tan plano como las ideas de puesta en escena, con cigarrillos que se consumen atropelladamente y palabras que se queman sin que nadie les dé la vida que el texto de Mamet reclama. Y así, su carnaval de la crueldad, su vómito contra el capitalismo, su radical vigencia en este tiempo de crisis se queda en un frío -tímido- alegato con algún que otro chiste que ni siquiera la mediocridad de este montaje es capaz de anular.

Rostros televisivos como Gonzalo de Castro -tan sobreactuado y limitado como de costumbre- o Ginés García Millán -demasiado mayor para el papel (ese niñato al que los demás reprochan su ignorancia) y totalmente invisible en su ejecución- y actores a la deriva en roles marcados por el peso de una brillante película estrenada unos (muchos) años atrás. Así, Hipólito -al que salvo por pura y dura admiración: es uno de los grandes, incluso en estos festivales de la torpeza- lucha contra la sombra de Jack Lemmon y se esfuerza por hacer creíble un personaje al que no le da ni el patetismo ni la desesperación que reclama. Su interpretación es correcta, pero no se acerca al drama -a la auténtica tragedia- que vive el personaje. Seguramente, es imposible conseguir mayor intensidad en semejante montaje. Además, todos los personajes son de la misma generación y demasiado iguales entre sí, de modo que los matices de la obra -la lucha generacional de la misma- se pierde y resulta tan falsa como la caracterización que le han dado al pobre Hipólito o el policía de chiste que aparece en el segundo tramo de la obra y que es, posiblemente, la peor interpretación secundaria que he visto este año.
Un desastre -sin paliativos- que se ve intensificado gracias al maravilloso público asistente, ya que gran parte de ellos vienen únicamente motivados por su afán de ver sobre las tablas a su Doctor Mateo (Gonzalo de Castro). Y así, estos cultivados espectadores nos honran con ronquidos, comentarios en voz alta, aclaraciones de garganta, toses estereofónicas y otras muestras de que en este país se siguen prefiriendo las torturas taurinas o los canibalismos futboleros a cultivar el hábito teatral. Una lástima, sí, pero también una (jodida) realidad.

2. En la roca

Escribo teatro por culpa de Ernesto Caballero. Así de simple. A su vez -en ese eterno efecto mariposa que es la vida- la culpa de que yo admire a Caballero la tuvo una profesora mía (entonces) y amiga (ahora), que nos descubrió Retén, Auto y Squash. Una trilogía que sigue siendo, en mi modesta opinión, una de las mejores del teatro español de los noventa.

Quizá por eso espero tanto cuando veo un nuevo montaje suyo y quizá, también por eso, prefiero al Caballero que se ríe de la estupidez humana -Auto- o al Caballero que le da la vuelta a nuestra tradición literaria -como en su hermosísima Pepe el Romano- antes que al Caballero que se amayorga ante la influencia de su amigo y, desde luego, también gran escritor.

En la roca es un diálogo histórico y eminentemente discursivo (muy próximo a algunos textos de Mayorga) en el que dos actores -correctos, sí, pero no especialmente afortunados en su ejecución- debaten sobre temas tan fascinantes como la ética del magnicidio o la responsabilidad individual en la Historia. Se agradece la pregunta y, sobre todo, la exigencia de acción (intelectual) al público, alejando la obra de toda posible complacencia y presentando un texto eminentemente árido.

Seguramente la puesta en escena podría haber convertido esta obra en algo muy diferente a lo que es. Y quizá la clave resida en el final -típico de Caballero- donde los personajes rompen la cuarta pared y se sitúan a este lado de la Historia. Ellos ya han visto lo que pasó y conocen las consecuencias que tendrán sus actos. De repente, Brecht se hace presente y el distanciamiento enriquece la obra y sus lecturas. Sin embargo, la dirección jamás apunta en esta dirección y se conforma con plasmar -con corrección y estilo aplicado, pero sin excesivo aliento- las palabras del autor. Tampoco se aprovecha la relación entre los personajes que, si bien es uno de los puntos débiles del texto (se plantea una tensión sexual que jamás se desarrolla: el autor prefiere el tema a la psicología de sus criaturas, así que olvida esta última en favor del primero), podría haber sido uno de los aciertos de la dirección escénica. Y en ese titubeo se enmarca también el vaivén del personaje de Eloy Azorín, que a veces cae en el exceso de pluma al estilo Wilde y a veces se olvida de todo ello para volver por la senda del discurso. Hubiera sido interesante marcar la oposición entre ambos personajes e incluso jugar con unos referentes mefistofélicos que habrían dado otro cariz a la función.

Aún así, la obra es digna -Eloy Azorín y Chema León luchan por hacer un buen papel y dejan un buen sabor de boca al público- y el texto deja preguntas que invitan al debate, así que solo por eso bien merece la entrada. Sin embargo, habría preferido saber qué habría ello el Caballero director con el Caballero autor. Echo de menos una puesta en escena menos verista y que enriquezca el texto, no que se limite a ilustrarlo en un ejercicio correcto, pero algo pobre, de teatro (casi) leído.

1 comentario:

SisterBoy dijo...

Pues GGGR pienso verla en mi próxima visita a madriles. Así que ya te contaré mi versión :)