26.12.10

Balada desafinadísima...

Confieso que hay películas que me encantaría que me gustasen. Y esta es una de ellas. Porque Alex de la Iglesia me parece un tío estupendo y cabal. Porque su Día de la bestia es una de las pelis de mi adolescencia. Porque me reí muchísimo con su Acción mutante. Porque adoro a la Maura de La comunidad. Por todo eso, creí que su Balada triste de trompeta sería una genialidad bizarra y excéntrica en la que se haría un repaso histriónico de la historia de España.

Pero no, todo eso se queda en nada ante una película donde falta, ante todo, un guión. Se le puede perdonar el exceso gore -es uno de los filmes más desagradables que he visto en mucho tiempo- pero no se le puede disculpar su escritura tosca, apresurada y, sobre todo, vacía, con un guión que se desploma -en caída libre- hacia el vacío más absoluto.

El prólogo, deslumbrante (a pesar de que Santiago Segura haga una de las peores interpretaciones de la historia del cine español). Los títulos de crédito, una obra de arte. Y la presentación de los personajes (incluso más allá del soserío y las limitaciones de Areces: ¿por qué nos empeñamos en convertir en actores a quienes no lo son?), interesante.

Pero cuando ya conocemos al trío protagonista, la película se transforma en una gigantesca memez donde dos payasos cabreados se pelean por el amor una trapecista masoca. No funciona ni el triángulo -con tres personajes instalados en el nivel cero del carisma-, ni la troupe berlanguiana del circo -vista y revista mil veces antes-, ni los gags de humor negro -tontorrones y fáciles- ni los momentos forrestgumpianos con Raphael hablando en primer plano -qué tortura su canción, por cierto- o el asesinato de Carrero Blanco, recreado en la (agotadora) tradición del Cuéntame.

Si la película no se tomara tan en serio quizá habría funcionado como un divertimento tontorrón y gamberro, pero el problema es que sí pretende contarnos algo (aunque no sepamos el qué) y nos regalan frases tan grandilocuentes como "Esta es la historia de este país", como si el duelo de los dos payasos -personajes trazados a brochazos por un guión pésimo y unas interpretaciones ramplonas- pudiera ser realmente una metáfora de algo.

Pero no, no basta con llenar la pantalla de guiños cinéfilos -a Hitchock en su desenlace, a Fellini y La strada en su desarrollo, a Berlanga y su Escopeta nacional en el gag de Franco -que de puro simple parece sacado de un especial de José Mota- ni con salpicar de eventos o imágenes reales una fábula que se parece demasiado a la ya fallida Muertos de risa y que no tiene una sola escena bien escrita en sus casi dos horas de metraje.

Y no, tampoco es comparable a la visión comiquera y salvaje que nos da de la Segunda Guerra Mundial Malditos bastardos, porque Tarantino sí que supo combinar su pasión por la violencia y por el cine (inolvidable su recreación de la escena de Gremlins con los soldados nazis) con una estructura eficaz, unos personajes interesantes y unos diálogos estupendos que, desde luego, brillan por su ausencia en la película de Alex de la Iglesia, donde las conversaciones provocan casi tanta vergüenza ajena como los parlamentos de Yo soy la Juani.

El desenlace -la enésima vez que Álex de la Iglesia se marca el homenaje a Con la muerte en los talones subiendo a sus personajes a las alturas- se pretende épico y simbólico, pero se convierte en una escena de duración quasi eterna en la que uno solo confía en que lleguen, cuanto antes, los títulos de crédito.

Se puede defender esta Balada desde las coartadas de siempre, que si el esperpento, que si lo grotesco, que si..., pero entonces estaríamos olvidando que Valle-Inclán deformaba la realidad hasta hacerla inverosímil de puro histriónica -sí- pero llenándola de vida y de humanidad en ese fondo deformado del vaso que se convertía en espejo. Aquí no hay espejo vital ni histórico alguno, tan solo una colección de imágenes olvidables y feístas que no nos permiten ver nada más que los excesos de su creador.

En definitiva, la película más prescindible y fallida del año. Lástima, otra vez será...

20.12.10

Placer culpable... pero placer


Si esperan una película seria, verosísimil, profunda y trascendente, entonces HUYAN. Pero si les apetece ver un musical camp, divertido, sexy, ameno y espectacular, entonces QUÉDENSE. Y es que Burlesque es un festival para los sentidos (sobre todo, para los sentidos femeninogays): el del oído -con unos temazos estupendamente interpretados por una soprendente Christina Aguilera o una operadísima Cher-, el de la vista -con los cuerpazos de Cam Gigandet, Eric Dane o las sensuales chicas del local- y el del gusto -con el festival argumental más kitsch que hemos visto desde Showgirls.

Eric Dane, el malo malísimo (o no tanto) de la función

Nada se toma en serio, nada importa demasiado -todos conocemos lo que pasará desde el minuto uno-, pero eso es, precisamente, lo que nos permite entregarnos sin remordimientos al placer de una película realizada con absoluta ironía -la crítica no se ha dado cuenta y se ha limitado a despellejarla, como si el guión estuviese escrito desde una verdad que no busca en absoluto- y que homenajea sin complejos tanto al musical como al género de las variedades y el cabaret (estupendo, por cierto, el número del siempre perfecto Alan Cumming).

Ni una coartada intelectual (nada que se parezca a la pedantería aburrida de Nine), ni un momento profundo, ni un ápice de emoción que no sea tan falsa como lo es todo en el musical más clásico. ¿O acaso alguien considera que la (simplicísima) historia de Meet me in Saint Louis, por ejemplo, es una maravilla de la narración cinematográfica? A cambio, tenemos un montaj espléndido: los planos se suman como una auténtica coreografía y sin necesidad de marearnos en exceso (menos mal, no es un film del petardo de Luhrmann). La banda sonora, perfecta: adecuada al género que centra la película y con clasicazos tanto oldies (estupenda la versión de Diamonds are a girl's best friend) como recientes (Madonna, of course). El casting: estupendo, todos están donde deben estar y hacen divertidos personajes que son puras caricaturas (y, sorpresa, la Aguilera no lo hace nada mal). El argumento: una sucesión de topicazos que se nos exponen sin ningún tipo de pudor con el único afán de despertar nuestro lado más folletinesco, recordándonos que, con ayuda de una buena banda sonora, somos capaces de dejarnos llevar al fango de las emociones más básicas.

Y ahí tenemos momentazos que pasarán a la historia del cine como la escena en la que la diva -Cher- ayuda a maquillarse a la novata -Aguilera- con algunas de las líneas de guión más complejas de los últimos años: "Ponerse rímel es como pintar un lienzo, pero sobre tu cara". El argumento no se sostiene en ningún momento -por no hablar del happy end necesario e imposible-, pero las réplicas están escritas con cierta gracia y los actores parecen pasarlo tan bien -Stanley Tucci tiene cara de haber disfrutado mucho en ese rodaje- que resulta fácil dejarse arrastrar por ese estado de ánimo hasta sentarse en una de las mesas de ese Burlesque, un local que -si hay algún productor avispado por ahí- pronto podría convertirse en uno de los musicales del Covent Garden londinense (donde, en breve, andaré viendo Wicked, por cierto...).

Por lo demás, su director ha decidido que esta debía ser la película más gay del año y, desde luego, lo consigue. Y no solo porque nos devuelva a Cher (¿es ella? ¿es un personaje hecho por ordenador con la tecnología de Avatar?), ni porque le regale el mejor baladón de la película (momentazo en el que entra en el local, pide la música, se marca el tema y sale como si fuera lo más natural del mundo), ni porque le dé a Tucci el mismo personaje de gay majo que ha hecho en sus últimas 789 películas (por cierto, tiene un punto morbosillo ese calvete), ni porque nos ofrezca unos diálogos que parecen sacados de los pies de foto del Vanity Fair, ni porque cada dos por tres nos plante semidesnudo o en camiseta de tirantes (las saca de todos los colores) al jovenzuelo bombón de Gigandet, ni porque el malo -the wrong guy, dicen en la peli- sea el macizorro de Eric Dane... Lo es por todo eso y por mucho más. Porque resulta difícil justificar por qué nos gusta tanto algo que es objetivamente vacío. Pero quizá ahí, precisamente ahí, reside su mérito. En recordar que el musical, para ser emocionante, no siempre tiene que estar lleno de narración. Tiene que estar, básicamente, lleno de música. Y este, desde luego, lo está.
Cam Gigandet, el (espectacular) hombre del piano sin camisas en su armario.
No sé ustedes, pero yo -desde luego- la disfruté muchísimo. Si sienten el ritmo, no dejen de acudir. Welcolme to Burlesque.

3.12.10

"La edad de la ira" en Facebook

Se va acercando la fecha de su publicación (febrero está a la vuelta de la esquina) y mi novela, La edad de la ira, se estrena en Facebook. Os dejo aquí el enlace para que podáis curiosear sobre su argumento, sus temas, sus novedades... y, cómo no, también para que hagáis clic, sin ningún tipo de complejo, en el correspondiente Me gusta. Y solo espero que, cuando la leáis, ese Me gusta sea sincero ;-)

1.12.10

Easy A

Una comedia que solo dura una semana en nuestras pantallas es sospechosa, automáticamente, de ser una comedia inteligente. Eso es lo que ha sucedido con Easy A, traducida -en un alarde de originalidad sin igual- como Rumores y mentiras. Se trata de una pequeña joya perteneciente al subgénero del cine de instituto, uno de mis pecados cinematográficos (in)confesables.

Easy A habría hecho las delicias de John Hughes -al que se le rinde un hermoso y sentido homenaje- y mezcla, sin complejos, todo tipo de referencias literarias y cinéfilas, desde Sylvia Plath a Mark Twain -impagable su gag final sobre Huckleberry Finn- pasando por Nathaniel Hawthorne, cuya Letra escarlata sirve como base argumental para este curiosa puesta al día de su particular clásico.

Los gags -en su mayoría- funcionan, el reparto es impecable en su elección -desde el sosainas de Penn Badgley, cuya falta de carisma y hermosos pectorales le convierte en el hombre objeto ideal de la farsa- a la (aquí) estupenda Emma Stone, que se nos presenta como un personaje ingenioso sin llegar a ser tan repelente como la insoportable Juno.

Claro que hay momentos simplones, personajes poco interesantes y caricaturas evidentes (como los padres, demasiado enrollados en todo momento), pero -en cualquier caso- la película se puede disfrutar si se ve sin complejos, con ganas y con un espíritu entre teen y treintañero, como una vuelta de tuerca más al mundo de Gossip girl, de Glee (en su primera temporada, antes de convertirse en el horror cursi y ñoño que hoy es) o de Mean girls, sin más pretensiones que las de divertir con un humor que no caiga en lo tosco ni en el archivisto resacónendondesea de las últimas comedias americanas.

P.S. Para otro día dejamos, por cierto, el comentario sobre Tamara Drew, otra comedia recomendable conde Frears recupera su buen pulso narrativo.

29.11.10

Sobre ruedas

Lo siento, pero no. No se puede protestar siempre de modo tan obstinado, tan fácil y, sobre todo, tan inútil. Me gustaría saber cuántos de los ciclistas que colapsan Madrid en su ejercicio de protesta ¿mensual? usan el coche con frecuencia. Cuántos son los que, de verdad, renuncian al automóvil en pro de la bici o del transporte público. Seguro que la cantidad de los que encontrarían una justificación rápida para el uso del automóvil sería, cuando menos, significativa.

Personalmente, odio conducir. Me saqué el carné tarde -por pura obligación- y evito, en la medida de lo posible, ir en coche si no es preciso. Por supuesto, todo el mundo me ha hablado durante años de las ventajas del coche, de la libertad que te otorga, de lo práctico que es, de lo mucho que se ahorra y de otras tantas monsergas que yo ni discuto ni creo, pero que no me han persuadido de cambiar mi abono transporte por un mayor consumo de gasolina. Tiene gracia que no haya encontrado prácticamente a nadie que, en este tiempo, me haya dado la razón en que no merece tanto la pena, en que es un gasto energético evitable, en que hay formas mucho más cómodas, ecológicas e incluso baratas de suplirlo.

Por eso, porque uso -convencido y desde siempre- el transporte público, me cabrea sufrir retenciones kilométricas equis tardes al año gracias a esa manifestación ciclista que consigue, al menos en mi caso, un efecto contrario al deseado: no solo no logran la concienciación, sino que provocan el hartazgo. Y eso por no hablar del modo en que muchos -no todos, desde luego- ciclistas se mueven por la ciudad: arrollando peatones (estoy harto de ser embestido por más de uno, que considera que la acera es, sobre todo, su carril-bici) o conduciéndose de modo temerario por la calzada sin respetar ni una sola de las normas de tráfico. Me hace gracia comprobar -con elevadísima frecuencia- que el rojo de los semáforos o las señales de ceda el paso no operan para las bicis, que circulan ya como vehículos, ya como peatones (gran ejemplo este para haber usado el anacrónico ora..., ora...) cuando les viene en gana.

En el fondo, todo se reduce, como siempre, a una cuestión de educación y responsabilidad. Saber ser conductor (de coches, de motos, de bicicletas), saber ser peatón o saber ser pasajero en el transporte público (cuestión a la que, visto lo visto, también deberían dedicarse ciertas sesiones educativas en colegios e institutos). Y por lo demás, a ver si cualquiera de esos ciclistas contumaces me asegura que emplea tan poco el coche como lo hago yo. Entretanto, seguiré aguantando el atasco que provoquen cada vez que me suba al autobús uno de sus masivos días de protesta. Qué remedio.

14.11.10

Lexicografía pepera

El PP, con su habitual estilo crispante, ha decidido reavivar la polémica sobre el matrimonio homosexual (reléase, si se tiene suficiente estómago, la entrevista de Rajoy la semana pasada en El País). Lo más gracioso es que luego, cuando se menciona la palabra homofobia, todo el mundo suele rasgarse las vestiduras y negar que dicha discriminación exista en un país tan moderno, tan tolerante y tan civilizado como el nuestro. Un país donde no hay homófobos, claro que no, solo gente que está en contra de que el matrimonio gay se llame matrimonio, pero no por una cuestión de rechazo -para nada-, sino por un puro interés lingüístico, por un defensa necesaria y sistemática de la precisión léxica.

Todos estos lexicógrafos de a pie han decidido que ya está bien de designar ciertas realidades con nombres incoherentes y han empezado a defender el buen uso de la lengua con una palabra escogida al azar -matrimonio- y un adjetivo igualmente casual -homosexual. Lo malo de estos semióticos de andar por casa es que no se han documentado mucho antes, de modo que se les escapan ciertos procedimientos habituales en la historia de la lengua que, curiosamente, cualquier alumno de Bachillerato -sí, incluso de la LOGSE- conocería.

En efecto, matrimonio viene del latín (matrimonium), como todos los vocingleros pro-familia saben (pues son grandes expertos en etimologías) y, entre sus acepciones, figuran la de "unión entre un hombre y una mujer" (acepción 1) o la de "sacramento por el cual..." (acepción 2). Dejemos a un lado la acepción 2 (los sacramentos me provocan una infinita pereza) y centrémenos en la 1, que es la que nos interesa en un estado (les recuerdo) laico y aconfesional. Bueno, lo de aconfesional es un decir, porque el peso de la religión en nuestro país es más o menos igual de grave que el de la (inexistente) homofobia.

Y sí, hasta hace bien poco, el término matrimonio no significaba unión de dos personas del mismo o de distinto sexo, básicamente porque esa realidad social no había sido admitida como tal. Igual que la palabra coche, durante siglos, solo podía designar carruajes tirados por animales. Actualmente, nadie le niega su validez para denominar a un automóvil, tal vez porque no hay ningún presidente pepero ni ningún foro de la familia interesado en las etimologías del mundo de la conducción. Por eso imagino que dicen coche oficial o coche-cama, a pesar de que su conciencia lingüística sufra ante tamaña evolución.

Tampoco hay nadie que ponga en duda que el personal de los aviones reciba el nombre de azafatas y azafatos, a pesar de que, en su origen, ese sustantivo solo designase a la ayudante personal de la reina. Ahora, la reina sigue teniendo sus ayudas -que para eso están ahí: para que les ayuden a vivir sin grandes esfuerzos...-, pero el término ha adquirido un nuevo sentido que, una vez más, imagino que hasta el presidente pepero emplea con toda normalidad. ¿O no?

También, siguiendo con ese afán conservador (en ese sentido, admitámoslo, al menos sí que son coherentes: ellos, puestos a conservar, pues lo conservan todo), podemos despojar de sus nuevos significados a palabras como ratón, ventana o navegar, todas ellas contaminadas por el mundo de la informática y reconvertidas en términos polisémicos por obra y gracia del mundo virtual. Una pena, sí, pero nadie ha salido en defensa de los pobres roedores para devolverles su ratón y evitar que compartan gloria con esos pequeños objetos que nos permiten movernos por la pantalla de nuestro ordenador.

Este curioso y simpático procedimiento que altera, sin remedio, el significado de nuestras palabras recibe el nombre de cambio semántico y no es más que un proceso lingüístico que responde a cuestiones sociales, históricas o lingüísticas. El lenguaje y la realidad, ya saben, aunque tal vez eso sea una reflexión demasiado densa -cómo la realidad condiciona el lenguaje, cómo el lenguaje moldea la realidad- para estos lexicógrafos peperos de tan notable pedigrí.

Lo triste es que sigan refugiando su odio -su rechazo, su miedo, su aversión- tras la discusión léxica. Lo lamentable es que muchos asientan y les den la razón. Lo patético es que no admitan que lo que les molesta no es la palabra, sino que los gays podamos contaminar su intocable sustantivo. Porque ellos son modernos, y tolerantes, y abiertos, y contemporáneos, por eso nos "toleran" y hasta "nos dejan existir", pero -eso sí- a ser posible lejos, con otro lenguaje, con otras palabras, con otros derechos y, si es posible, en otro lugar. Si, finalmente, sustituyen la palabra matrimonio por cualquier otra estarán cometiendo un ataque brutal, frontal, irracional y absoluto. Estarán gritando -ese es el único uso que saben darle a la lengua- que odian al diferente, que lo desprecian, que no merece formar parte de la sociedad y que debe ocupar un lugar al margen, siempre distinto, desde palabras que no le permitan integrarse ni, mucho menos, normalizarse.

¿Quién dijo que la homofobia seguía siendo un problema en esta España moderna y tolerante? En realidad solo se trata de un miedo estrictamente gramatical al cambio semántico. Idéntico al vértigo que provoca que la y griega se nos convierta en ye. Algo por el estilo.

13.11.10

Azar y google vs. Literatura

Acabo de descubrir algo que, lo confieso, me ha dejado felizmente de piedra... Y sí, tengo que compartirlo. Resulta que, por azar, he visto en Revista de Letras este artículo, donde se dice que mi novela, La edad de la ira, fue la tercera finalista del Premio Nadal 2010 (!!!). Justo ahora, meses antes de que salga a la venta, me parece que es, cuando menos, un buen presagio..., y sobre todo, me hace una ilusión enorme que mi título -camuflado tras ese Nate Fisher con el que homenajeo a mi serie predilecta de la TV- llegara tan lejos, aunque el premio se quedara por el camino. Pero el verdadero premio será que los lectores -los que sean, los que lleguen a acercarse a ella- la disfruten.
Palabra: prometo que el siguiente post no hablará más de este tema, sino que volveremos al mundo audiovisual que da título a este blog... Pero qué quieren, necesitaba compartir la alegría de ese (casi) premio ;-)

11.11.10

La edad de la ira... en imágenes

Ya está. Ya hay cubierta. Mi novela La edad de la ira es una realidad... Solo unos meses más y, al fin, en febrero podrán encontrarla en las librerías. De momento, y para abrir boca, les dejo con la imagen que antecederá al texto. Personalmente, por cierto, estoy encantado con el trabajo de todos quienes han participado -y están participando- en el proceso de diseño y edición. Es un lujo trabajar con gente tan estupenda y, desde el principio, me siento muy cuidado y atendido por Espasa. En cuanto a la cubierta, me entusiasma cómo han captado en una sola imagen gran parte del sentido de la obra (con lo difícil que es satisfacer a un autor que ha convivido durante tanto tiempo con su obra) y, sobre todo, cómo han reflejado el aliento cinematográfico que hay en ella... Ojalá -y permítanme el evidente plagio de Casablanca- este sea el principio de una larga (y literaria) amistad. No me extiendo, que hoy -además- tengo función con Tour de force.

9.11.10

Imágenes en red

Pues nada, al fin un día festivo en el que ponerse (más o menos) al día con ciertas tareas pendientes.

1. La red social
Me entusiasma. Así, sin paliativos. Pueden ponerle cuantas pegas deseen, pero sigo pensando que es un clásico instantáneo. Un guión brillante (Sorkin, cómo no), unas interpretaciones espléndidas (incluyendo el chiste meta-napsteriano de Timberlake) y una dirección inteligentísima. Sigo creyendo que la diferencia entre Fincher y Nolan es que el primero es un gran director capaz de salir airoso de retos muy diversos -Seven, El club de la lucha, La red social, Zodiac, B. Button...-, mientras que el segundo es el autor de un fabuloso acierto -Memento- y de un buen puñado de blockbusters con ínfulas intelectuales y vacuas. Y por eso, porque Fincher sabe aprovechar bien el material del que dispone, aquí nos ahorra piruetas de puesta en escena o adornos de montaje para contarnos de modo inteligente, adulto y nítido una historia casi shakespeariana. Una historia de amistad, de ambición, de traición, de venganza. Una historia de esas que encierra una enorme paradoja en su interior y que se agranda escena tras escena. Ante todo -gracias, Sorkin, aunque tras ese ala oeste ya sabíamos cuánto se puede esperar de ti-, una historia. Un guión. Unos personajes. Y un director lo bastante astuto como para hacerse a un lado y servirnos uno de los mejores retratos de nuestra época que he visto recientemente. Bravo.

2. The town
Ben Affleck: ¿cuándo vas a dejar de arruinar personajes con tu nulo carisma? Sí, el chico está más guapo. Sí, ha ido al gimnasio. Sí, ha mejorado con el tiempo. Pero sigue siendo el sosainas de siempre y su protagonista se cae una y otra vez en esta película donde, sin embargo, su oficio de director sí que brilla en las escenas de acción. Estupendos los momentos de los atracos, pero insuficientes para un film que aspira a ser una gran película y que se queda en un cóctel -bien producido y ejecutado, eso sí- de múltiples referencias. Y así, escena tras escena, sumamos la influencia de Heat -en los atracos y en su puesta en escena seca y contundente-, la de Atrapado por su pasado -con esa imposibilidad de huir del ghetto, tal y como le pasara al Carlito de De Palma-, la de The wire -con esa visión de la ciudad donde todo se convierte en una inmensa red que atrapa a los personajes y que debería justificar sus actitudes- y, por qué no, incluso la de Enemigos públicos o la de Bonnie and Clyde -en una historia de amor que se convierte en el punto más débil del filme.
Sin embargo, y quizá porque todo es un deja vu gigantesco, también resulta bastante inverosímil. No hay forma de creerse el personaje de Rebeca Hall -por muy buena actriz que sea-, da algo de risa el mafioso de Pete Postlewhite (y su secuaz), y cansa el amigo violento del prota, un personaje visto mil veces y que me despierta cero empatía. Lo siento, pero estoy hasta las narices de empatizar con ladrones de bancos, salvo que me cuenten bien la historia y me metan en un mundo donde pueda, realmente, sentirme cómplice de sus personajes y motivaciones. Pero en este caso estamos muy lejos de otras visiones mucho menos maniqueístas de la vida urbana y mucho más cerca del simplón "soy rebelde porque el mundo me ha hecho así" de Jeanette. Por no hablar de lo tontísimo que es el personaje de John Hamm que, eso sí, aparece tan guapo como siempre. Ah, y el almíbar del final, innecesario. En fin, pasable y entretenida, pero nada que ver con la gran obra que nos ha vendido parte de la crítica.

Y como meros interrogantes de próximo desarrollo...
- ¿Qué fue de los guiones inteligentes y agudos de la primera mitad de la primera temporada de Glee? Si el final fue flojo, la segunda temporada está siendo -directamente- lamentable. Por no hablar del cansino tema de los homenajes -ya sea Britney, ya Rocky Horror Picture Show-, ¿dónde quedó la ironía y el cachondeo original?
- ¿Hasta cuándo van a seguir dando vaivenes los capítulos de las nuevas temporadas de House, Desperate Housewives y Brothers&Sisters? Por motivos diferentes sigo las tres, pero incluso un fan como yo empieza a plantearse si no es momento de que echen el cierre y dejen el listón lo más alto posible, antes de seguir arrastrando a sus personajes por episodios y tramas anodinos...
- ¿Realmente era necesario un nuevo Dexter? No puedo evitarlo, pero no me creo ni una sola escena de su nueva y quinta temporada. Me apasionó Trinity, sí, pero me resultó previsible, facilón y tontamente trágica el desenlace de la anterior. Ahora, con ese punto de partida, todo en la serie me resulta cada vez menos verosímil y más traidor al espíritu del original. Para que luego se metan con la incoherencia de Perdidos...
- The event, Rubicon... Por favor, qué pereza. ¿Cuándo van a dejarnos respirar y a dejar de buscar el próximo fenómeno de suspense con el intrigarnos a todos por igual? En fin, me daré a la segunda temporada de The good wife, a ver si mantiene el nivel del curso anterior.
- ¿Qué fuman los guionistas de Miénteme? ¿No hay nadie con sentido común en ese plató? Admito que me he enganchado porque es, sin duda, una de las series de crímenes peor escritas de la actualidad, por no hablar de la sobreactuación de Tim Roth, que debe fumar más o menos lo mismo que sus guionistas.
- ¿No habrá nada post-Los Tudor? Dicen que su guionista está trabajando en una serie sobre la Revolución Francesa, que espere lleno de tíos buenos a lo Tudor, desde luego. De momento, su cuarta temporada me ha parecido un cierre estupendo -y muy coherente- con todo lo visto hasta la fecha. Y no, claro que no es fiel a los hechos, pero la ficción -cine, novela, televisión- sería un coñazo si respetase esa fidelidad. Y si no, relean cualquier texto del siglo XVIII y me entenderán.
- ¿Por qué no hacen dos temporadas al año de Mad men? Tras esta última ya tenemos el mono habitual... O peor aún: más que el habitual.

29.10.10

Al teatro... con TOUR DE FORCE


Siento andar tan perdido últimamente y, sobre todo, tener tanto trabajo bloguero pendiente (La red social, la serie de Felipe y Letizia..., en fin, todo tipo de eventos cinéfilos y catódicos que merecen su oportuno comentario). Pero, en parte, la causa de esa imposibilidad viene dada por dos buenas noticias: la inminente salida de mi novela -febrero, qué cerca empiezas a estar...- y el reestreno de algunos de mis montajes más queridos en la sala madrileña NUDO TEATRO (C/ PALMA 18).

De momento, volvemos con TOUR DE FORCE, que estará en cartel los siguientes días:
- VIERNES 5, 12 y 26 de noviembre - 21 h.
- JUEVES 11 de noviembre

Las entradas pueden sacarse tanto en taquilla, como en Entradas.com y Atrapalo.com. Por supuesto, necesitamos muuuuucho público, sobre todo el 5, día del estreno -que siempre es el más duro-, así que si conocéis posibles candidatos no dejéis de avisar... Por si acaso, os dejo aquí un tráiler de la función para que, al menos, os hagáis una idea de por dónde va este peculiar, intenso y buñuelesco combate.

¿Nos vemos en el teatro? Espero que sí ;-)

27.9.10

O sea, superespiritual, ¿sabes?


Eat pray love es una película romántica a la par que espiritual. El binomio de adjetivos ya da bastante miedo de por sí, pero este se convierte en auténtico pánico cuando le echamos un vistazo al reparto, en el que nadie tiene que ver absolutamente con nadie: Julia Roberts, Richard Jenkins, James Franco, Javier Bardem y Viola Davis, en uno de los castings más desacertados de la historia del cine.

El film se estructura en un prólogo (Nueva York) y tres partes: comer (Italia), rezar (India) y amar (Bali). Esto, por si no lo hemos pillado en su complejo título, se nos explica durante los cinco primeros minutos de película y, teniendo en cuenta que esta obra maestra dura casi dos horas y media, el espectador sufre lo suyo contando los ciento cuarenta y cinco minutos que le restan para el happy end de rigor. En este sentido, Eat pray love es la mejor película de angustia y suspense jamás rodada, pues el público no recupera la respiración hasta que consigue salir del cine.

En cuanto a su historia, solo podemos elogiar la profundidad del guión, la riqueza de matices de los personajes y la delicadeza del trazado de los prototipos, que hacen que el guión de Aída sea un prodigio de realismo social.

La película nos cuenta cómo una escritora -no sabemos de qué ni nos importa- muy mona de Nueva York acude con su marido, también de Nueva York, a unas fiestas muy pijas del mismísimo Nueva York vestida a la última moda de, adivinaron, Nueva York. Entre fiesta y fiesta habla con su editora -Viola Davis- de la que no sabemos nada salvo que la vimos en La duda haciendo un papelón que le ha permitido ganarse unos dólares con pseudosecundarios como este, en el que se limita a poner cara de preocupación mientras la Roberts le dice que es infeliz por no sabemos qué y que quiere buscarse a sí misma en la India, que es lo que todo el mundo piensa cuando se siente infeliz.

¿Y por qué esa infelicidad? Pues ni lo sabemos ni nos importa, porque el director nos planta a la Roberts llorando en el baño -solo lo justo, que la escena parece un anuncio de Pond's- y divorciándose de un marido bastante mono y menos expresivo que una alcachofa. Se divorcia y pasa lo que siempre pasa: que se encuentra a los diez segundos con un actor tremendo y supersexy -James Franco- con el que descubre el sexo, la meditación y las lavanderías. Su relación va bien hasta que deja de hacerlo y el director nos lo cuenta con una de esas metáforas que quitan el hipo: cuando va bien, él le dobla a ellas las braguitas en la lavandería; cuando va mal, ella se las tiene que doblar por sí misma. Evidentemente, ante tamaña tragedia, el personaje logra un profundo aprendizaje interior y toma una decisión esperable y consecuente: irse a Roma a aprender italiano.

En ese momento el espectador siente un escalofrío, pues se da cuenta de que ¡¡¡¡todavía no ha salido del prólogo!!!! y se pregunta cuántos minutos le quedan aún para ver cómo aterriza la neoyorquina en Bali.

La neoyorquina acude a contarle su decisión a su editora -Viola Davis, por si lo han olvidado- que pone cara de póker durante toda la escena y de la que sospechamos que estaba oyendo su i-pod a todo volumen mientras fingía escuchar el rollo de su autora fetiche.

Ya en Roma, pasa lo que siempre le pasa a uno cuando va a Roma: que conoces a una amiga sueca, a un italiano feo pero gracioso (de apellido Spaghetti: y no, no es coña) y a un italiano guapo y tremendo. El italiano guapo y tremendo se enrolla con la amiga sueca, por cierto, porque la Roberts está muy ocupada comiendo pizza, mirando vespas y observando la Italia-Cinecitá que le ha plantado un decorador que lo más cerca que ha estado de Italia ha sido viendo a Cannavaro en un partido de tele por cable. Eso sí, a la Roberts le da tiempo de asar un pavo para celebrar el día de acción de gracias (algo que cambia la vida de los italianos allí presentes) y hasta de convencer a su amiga sueca de lo feliz que es una cuando se pone ciega de pizza margarita y tiene que comprarse unos vaqueros una talla mayor. La escena en la que consiguen abrocharse el botón de los vaqueros a la vez que un equipo de fútbol mete un gol es uno de los momentos de montaje más sonrojante que he visto nunca. Y sí, todavía quedan dos países más...

En la India, la Roberts va menos mona, porque le han puesto unos saris espantosos que ni de la India del Corte Inglés, vaya. Allí conoce a Richard Jenkins, que va fumado -supongo- durante toda la peli para olvidar que la está rodando, y a una chica india que lleva unas gafas espantosas hasta que se las quita para casarse obligada por sus padres con otro chico -todo un nerd- de gafas igualmente hórridas. Esto supuestamente nos haría pensar en la situación de la mujer y bla, bla, bla, pero son todos tan feos en este tramo de la película (¿por qué? ¿la gente espiritual tiene que ser fea?) que no nos da tiempo a plantearnos nada. Sobre todo porque, cómo no, nos presentan la boda y los preparativos y el baile y el banquete y todo lo que no necesitamos ver y que alguien debería haber cortado por pura piedad narrativa.

Eso sí, en este tramo indio, asistimos a una revelación que cambia nuestra idea sobre el personaje de la Roberts: por fin sabemos cuál el motivo de su divorcio. Y es que se nos cuenta en el flash-back más prescindible de la década cómo su marido cambió su canción del baile nupcial por una coreografía espasmódica con el Celebration de fondo. Supongo que la escena será un descarte de la segunda temporada de Glee (el dire de esta es el dire de aquella), porque si no, no me lo explico.

Después de conocer el auténtico trauma de la Roberts, se nos cuenta el dramón de Richard Jenkins. Resulta que el pobre vivía en Texas y bebía como un cosaco (como para no beber, la verdad), tanto que un día estuvo a punto de atropellar a su propio hijo. Como el pobre es buen actor, casi te emocionas con su historia, hasta que te das cuenta de que te la están colando como se las colaba Dios a Abraham (¿recuerdan ese momento de humor negro bíblico con el sacrificio de su hijo?). Pues aquí, igual, que ni lo atropelló ni nada, que el hijo está en la universidad y que él, a pesar de todo se sintió mal y se fue a la India a perdonarse. Imagínense dónde se habría tenido que ir un McNulty. O un Ernesto de Hannover, sin ir más lejos.

Como la Roberts lleva ya no sé cuántos minutos rezando con unos saris espantosos, decide irse a Bali para, bueno, eso no queda claro. El director sí tiene claro que es para lo del love, pero se supone que el personaje va allí a darse unos bañitos y a seguir rezando. Y a cambiarse de ropa para ir en bicicleta, que eso da muy bien en pantalla gigante (una pena que esto no sea en 3D, estilo Avatar).

Como detalle pragmático, por cierto, tenemos que mencionar que la prota, supuestamente, no tiene un duro -lo ha perdido todo en su divorcio- pero alquila casas paradisíacas como si fuera un clon glamouroso del Pocero. En fin, realismos absurdos aparte, en Bali es casi atropellada por un tipo que dice ser brasileño aunque habla con acento de Coslada. Sí, es Javier Bardem.

La química entre los dos es aún menor que la de la Roberts con la de su ex marido y la de su ex novio (James Franco), por no hablar del hijo que le buscan a Bardem y que uno no sabe si realmente es su hijo o su noviete gay. Porque gay, la peli, lo es un rato. Se nota que Ryan Murphy no ha pensado con la cabeza de una mujer (es más, no ha pensado con la cabeza de nada que no sea un boquerón) y nos planta tíos que le gustan a él y a algún gay que siga en la sala y que haya conseguido no dormirse durante la (interminable) proyección.

Después de ser casi atropellada, la Roberts va a una cena donde (sorpresa) está también Bardem. Allí baila con un tipo (de él no conocemos su nombre, tan solo sus abdominales) que se ha escapado de una despedida de soltera de saldo y que nos regala el desnudo menos necesario (y no por ello menos agradecido) de la película. Ella lo rechaza (a nosotros, en ese punto, nos hubiera encantado que se fuera con él... pero que se fuera) y sigue su historia de amor con Bardem. Ah, y también va a hablar con un chamán cuyo nombre ni recuerdo ni me importa, que le dice frases tan profundas como las de las galletas de la suerte del Facebook. Es más, creo que el guión es un cortaypega de esas frases. Como el chamán la ilumina muchísimo ella se vuelve tan luminosa que atrae a un elefante escapado del circo, con el que entra en relación cósmica con el mundo, consigo mismo y con la Naturaleza. Suponemos que eso debe de ser lo que se consiga con un trippie, es más, estamos casi seguros de que el director consumió alguno antes de este momento de mestizaje cinéfilo entre Dumbo y Pequeño Buda.

El caso es que el amor triunfa y, además, ella consigue que todos los personajes que han cambiado su vida -incluyendo a Viola Davis, que no pinta una mierda, pero que se ve que la ha marcado también- le manden dinero para que una peluquera balinesa se monte la casa de sus sueños, al más puro estilo del programa de Antena 3. La peluquera tiene también un drama del pasado a sus espaldas, pero cuando lo cuenta ya estamos tan exhaustos que ni le hacemos caso. Es más, yo mismo habría donado lo que fuera con tal de perderla de vista cuanto antes.

Al final, ella ha cambiado muchísimo -como en Karate Kid, pero sin pose de la grulla- y viste mucho peor que al principio, pero se siente muchísimo más feliz. Bardem pone cara de emocionado -supongo que pensando en los ceros del cheque que le iban a pagar para gastárselo con su cari la Pé y con su futuro bebé- y los espectadores salimos despavoridos del cine buscando algo de aire fresco y deseando atropellar a cuanto ser espiritual encontremos por el camino.

Evidentemente, es una comedia hilarante que no deben perderse. Y si acuden borrachos o emporrados, tiene que ser la bomba, la verdad...

26.9.10

Negra hipnosis


Carancho es, simplemente, una película que se debe ver. Sin duda alguna. Y se debe ver por diversos motivos...

...Porque está muy bien escrita (el guión tardó dos años en gestarse, lo que ha permitido que sea tan sutil como contundente). Porque tiene unas interpretaciones soberbias (estupendo el Sosa de Darín -qué creíble suele ser este actor- e inolvidable la Luján de Martina Gusmán -todo un hallazgo-).

...Porque el tema es interesante, pero no se detiene a reflexionar sobre ello: nos lo entrega envuelto en una ficción muy bien compuesta para que nosotros hagamos lo que queramos con él.

...Porque está contada para espectadores activos, no para tontos (detalles, silencios, primeros planos sugerentes..., escasos subrayados). Nos tratan como adultos, algo a lo que -exceptúese The Wire, Los Soprano, Mad Men y escasas excepciones similares- no estamos acostumbrados.

...Porque la violencia es seca y dura, brutal -sí- y excesiva, pero necesaria y dolorosa (se sienten los golpes, los pinchazos, la bofetada de la realidad de unos personajes que nos devuelven sombras y contrastes de nosotros mismos).

...Porque la historia atrapa y engancha desde el primer segundo sin contar apenas nada (no hace falta: el mundo de los personajes nos atrapa).
...Porque su historia de amor es de las que no se olvidan, de las que te desgarran sin que te des cuenta mientras la ves, de las que te dejan miradas e instantes grabados sin mayúsculas ni versales, tan solo en la redonda times new roman 10 de la vida diaria.

...Porque es cine negro -film noir puro, total-, sin coartadas, sin reparos, sin aditivos ni edulcorantes, y sin pudor alguno.

...Porque sus protagonistas son dos perdedores de los que es imposible no enamorarse, no correr junto a ellos, porque están llenos de claroscuros, porque no es una de buenos y malos, porque la vida tampoco va de eso.

...Porque tiene uno de los mejores finales que he visto en mucho tiempo. Porque no hay juegos ni pamplinas pseudointelectuales -figuritas pueriles que siguen dando vueltas para que pensemos si esto era o no era un sueño-, aquí no hay ni rastro de eso, aquí hay un final soberbio, magníficamente rodado, totalmente coherente con todo lo que hemos visto en una película intensa y sangrante.

...Porque es un director joven que no va de enfant terrible, que no pretende reinventarse nada, que no nos ha colado un peplum aburrido, ni una de terror infantiloide, ni una freakada porque sí, al revés, se adhiere honestamente a un subgénero y nos lo devuelve convertido en una película espléndida y sincera, desde las tripas.

Porque Carancho es, a secas, buen cine. Por eso tienen ustedes que ir a verla. Y cuanto antes.

13.9.10

Eso de la ESO

Dejo aquí la dirección de mi nuevo blog. Bajo el nombre de Eso de la ESO, se trata de un espacio dedicado a describir -desde dentro- un curso cualquiera en un instituto madrileño y, de paso, a proponer temas de debate o polémica que a todos -padres, madres, alumnos y profesores- nos afectan.
En los posts de Eso de la ESO se admiten comentarios de todo tipo. Es más, se agradece mucho su llegada ;-)

Riesgo y emoción


Hay que ser valiente para plantear una película como Todo lo que tú quieras. Valiente porque su guión parte de una arriesgadísima metáfora -todo un salto mortal en lo que atañe a su verosimilitud- que, además, exige un nivel interpretativo realmente complejo. Valiente porque no se conforma con los tópicos que sobre su tema -paternidad/maternidad- se suelen plantear. Y valiente, sobre todo, porque se trata de un drama que pretende emocionar -además de hacernos reflexionar- sin ningún otro tipo de coartada brechtiana. No hay aquí ni una sola dosis de distanciamiento, sino una historia que se presenta a sí mismo siempre en el borde de lo probable y que, sin embargo, resulta tan impactante como difícil de olvidar.

Leía esta semana en El cultural de El Mundo unas declaraciones entre atroces y aterradoras de ciertos productores españoles cargados de ínfulas comerciales, que no creativas, en las que personajes como una tal Emma Lustres afirman que el futuro del cine español consiste en "producir filmes que gusten a la gente. Eso significa pensar desde el primer momento cómo vamos a venderlo, a qué público puede interesarle y etc, cosas que corresponde a los productores pensar, no a los directores". Esta (espeluznante) teoría es la que da lugar a bodrios como Lope o Fuga de cerebros, mientras que impediría el estreno de películas tan personales como la última de Achero Mañas. Es curioso que todos estos productores insistan en que quieren imitar el modelo de Hollywood -el mismo que ha destruido géneros como la comedia gracias a sus fórmulas desgastadas- y renieguen de un tipo de cine -el social- que ha dado grandes títulos en nuestro país. En sus palabras (arrogantes y llenas de una profunda ignorancia cinéfila) destierran títulos que podrían abarcar desde Calle mayor, pasando por Plácido y llegando a Te doy mis ojos, Barrio o El bola, por poner algunos (escasísimos) ejemplos. Por fortuna, siempre hay gente capaz de dejarse la piel en lo que hace y ese, sin duda, es el caso del director-guionista-productor de Todo lo que tú quieras, un Achero Mañas que no se anda con medias tintas y que se juega la partida con una mano más que complicada, consciente -supongo- del riesgo que entraña cada fotograma de esta película.

Personalmente, confieso que no solo la he disfrutado -y mucho- sino que, sobre todo, me he emocionado tanto con la historia como con el tema y los personajes, y me ha llamado la atención la inteligencia con la que se plantean asuntos tan difíciles de tratar como la homofobia o las relaciones familiares en el siglo XXI. Sin embargo, admito que la historia requiere un esfuerzo por parte del espectador, de modo que quien no quiera atravesar con el director el espejo propuesto, puede que se sienta fuera en todo momento, o incluso que encuentre grotesco lo que se cuenta. En mi caso, sin embargo, he cruzado con gusto ese espejo gracias a tres factores:

- el guión: como narrador y dramaturgo, me ha parecido muy inteligente la forma de hilvanar una fábula tan extravagante, consiguiendo que las piezas encajen de modo fácil y casi lógico. No es nada sencillo escribir un texto como este y, la verdad, solo puedo aplaudir el modo en el que se han engarzado todas las piezas;

- la interpretación: bravo por todos y, muy en especial, por Juan Diego Botto, del que no soy especialmente fan y que, sin embargo, me ha maravillado en esta cinta. Su trabajo es impecable, lleno de sensibilidad, de matices, de vida... Solo su escena final ya valdría para conseguirle un merecido Goya. Estupendo también José Luis Gómez, interesante Ana Risueño y deliciosa la cría protagonista, a la que uno se la llevaría encantado a casa, la verdad. No me entusiasma Najwa Nimri -no lo puedo evitar: no me resulta creíble en ninguna de sus películas-, pero sin embargo, su escena de sexo con Juan Diego Botto es de las que más me han gustado desde el punto de vista del guión;

- la dirección: en la que destaca el uso (casi abuso) del plano corto (en mi opinión, muy acertado y justificado, aunque siempre sea un recurso discutible) y el empleo de una paleta de colores fría y adusta, de modo que se mitigue la ternura de ciertos momentos del guión con la dureza de la puesta en escena.

No creo que esta película admita medias tintas, así que cada cual tendrá su opinión sobre ella. Sin embargo, el riesgo y la osadía de todo su equipo bien merecen que la gente acuda al cine a verla, aunque solo sea por el placer de llevarle la contraria a esos productores que creen que pueden sustituir a los creadores por estudios de marketing. En este caso, no hay ni marketing, ni nada mínimamente comercial. Hay emoción, pasión, vida. Hay personalidad y sensibilidad. Hay, en definitiva, cine. Y del bueno.

8.9.10

Se buscan historias

Profesores, alumnos, padres y madres de la blogosfera:
Este mes pondré en marcha un nuevo blog (Prime Time seguirá su rumbo, desde luego, pero el otro tomará su propio camino), centrado en el tema de la educación, especialmente en todo lo relativo a las aulas de Secundaria y Bachillerato. En este caso, sin embargo, la idea es que la voz del blog surja de experiencias reales vividas por todos los que, de un modo u otro, formamos parte de la comunidad educativa. Así pues, si tenéis cualquier anécdota curiosa, crítica, cómica, dramática... al respecto (me interesan todos los puntos de vista: el de los alumnos, el de los padres, el de los docentes, el del personal no docente...), os agradecería que me la enviaseis (nandojlopez@gmail.com) para poder incluirla en ese nuevo blog (indicando cómo queréis que se mencione al autor, claro: nombre o pseudónimo).
Obviamente, en esas historias podéis cambiar nombres y datos, de modo que no se lesione la intimidad de nadie, pero es interesante y necesario que se hagan públicas historias que para quienes estamos metidos en esto pueden resultar muy cotidianas y que, sin embargo, vistas desde fuera resultan especialmente reveladoras.
Espero esos textos e ideas... En cuanto haya material para ello, os doy la dirección del nuevo blog. Y en breve, más sobre este tema..., pero de momento, me reservo cierto as en la manga ;-)

30.8.10

¿Joyas?

¿Un reality show de Telecinco dedicado a enseñar buenas maneras? Ojiplático debió de quedarse más de uno cuando escuchó la última propuesta de la cadena amiga, siempre dispuesta a inventarse nuevas fórmulas con las que redescubrir -por enésima vez- el más que quemado formato de su Gran Hermano. En este caso, había excusa mediática -Carmen Lomana- y hasta pedagógica, al intentar convencernos de que iban a transformar a doce chicos -diamantes en bruto, dijeron- en doce joyas al más puro estilo de My fair lady. La idea, bautizada como Las joyas de la Corona, se ha resuelto como sigue.

En primer lugar, se seleccionó a un presentador borde -Jordi González- para que se riera convenientemente de los alumnos seleccionados. Durante las galas -ese formato tan inevitablemente telecinco- regaña y abronca a quienes no saben cuanto él les pregunta, transformándose así en una versión edulcorada del otro telecinquero de pro, Jorge Javier Vázquez, experto en ridiculizar a entrevistados y colaboradores de cuantas perversas y deplorables formas se le ocurren.

Además del presentador, se coloca a una directora de la Academia bendecida por el aplauso mediático y abocada a quemarse si sigue participando en shows de esta índole. En este caso se trata de Carmen Lomana, una mujer que nos caía simpática -sí, incluso a pesar de que nos costara entenderla cuando habla por culpa del botox- antes de formar parte de todo este tinglado y que, gracias a telecinco, empieza a resultar de lo más cargante. Aún así, al menos acude al plató bien conjuntada y sus comentarios -salvo cuando le da el arrebato pepero a mitad de la gala- son de lo único humano que se escucha allí, demostrando -a menudo- un sentido común del que carecen todos los demás miembros del programa.

Para completar la plantilla, se contrata a unos supuestos profesores de glamour cuya finalidad es desasnar a sus pupilos. Los profesores en cuestión van desde lo meramente hosco y graciosete -como el tal Nacho, con un currículum tan impresionante como haber sido tertuliano en los debates de GH- hasta lo cursi y moña -como el pobre José Liberto, ejemplo de lo que jamás debería hacerse ni decirse en público por mero respeto a la inteligencia y el pudor ajenos. Junto a ellos, una Miss Mundo muy mona y muy simpática que les da clases de conversación (¿...?, en adelante, que los profes de lengua no sean filólogos, sino mister España: no aprenderán nada, pero se lo pasarán bomba viéndolos), una monitora de baile que les enseña cosas tan prácticas como bailar foxtrot o vals (¿quién no ha tenido que afrontar un vals cualquier viernes noche?) y una profesora de arte histérica que les enseña cuadros como quien les pasara cromos de la Liga.

El alumnado, por supuesto, no tiene desperdicio (si bien no distan nada de lo que tienen en los demás programas supuestamente no maleducados de la casa: ¿qué diferencia hay entre ellos y los de Mujeres y hombres o cualquiera de los seres que se sientan en Sálvame?). A los jóvenes se les trata como idiotas -uno de ellos lo dijo: por supuesto, lo echaron en esa misma gala- y se mofan de ellos -con mal estilo y mucha mala baba- cuanto pueden y les dejan. Lo triste es que los alumnos no solo no tenga educación -que no la tienen: son un bonito ejemplo del triunfo de la LOGSE en nuestro país- sino, sobre todo, que no tengan dignidad para enfrentarse a semejante caterva de aprovechados y dejarles con un palmo de narices de una vez. Esto, sin embargo, es imposible, ya que el premio al que aspiran -la fama, que no la formación- es demasiado jugoso en nuestros días. Mejor ser un friky famoso -y de esos andamos sobrados: la Esteban, la Trapote, el Rafa Mora, los Matamoro, la Patiño y otros tantos que solo merecen ser citados con un sonoro artículo delante- que ser alguien anónimo con un mínimo de dignidad.

Entre los alumnos, cómo no, destaca el sector yo soy la juani, con dos ilustres miembros: el dúo parla-lega, lega-parla (Lara y Azahara), compuesto por dos seres supuestamente humanos -sabemos que pertenecen a nuestra raza porque emiten sonidos cercanos al lenguaje natural y tienen los mismos miembros y órganos que cualquiera de nosotros- y que ejemplifican el chonismo no ya como una realidad, sino como una verdadera y profundísima religión. Junto a ellas, una estudiante de cuarto de derecho que desconoce palabras tan insólitas como lujuria o venia, otra concursante entre psicópata y bipolar que habla consigo misma en cuanto pueda o un tipo que presume de ser capaz de improvisar canciones de Camela si alguien le da seis palabras para ello. Quién no querría una habilidad como esa, por cierto.

En la última gala, sin embargo, ocurrió algo imprevisto cuando uno de los favoritos -Julián: un tipo guapo, cachas y educado que nunca supimos qué pintaba allí, salvo contentar a la audiencia femenina y gay con sus planos sin camiseta- fue nominado junto con otra compañera. Al ver cómo salvaban a los otros ejemplares choni-pseudohumanos, el chico se negó a responder las preguntas que le hubieran permitido salvarse. Fue el primer caso de autoexpulsión en un reality y, sobre todo, una protesta más que coherente ante un circo -otro más- que dejó claro hasta dónde llega el nivel de tongo argumental del mismo. Básicamente porque en esa misma gala decidieron incluir entre los concursantes a una tal Cari -solo su nombre ya es de juzgado de guardia- que resultó ser amiga -y clon- de una de las máximas chonis del reality. Así pues, esta última no solo no podía ser nominada, sino que había que conservarla allí como fuera, a a la espera de jugosos y polémicos vídeos donde la viésemos repetir algunos de sus momentos más glamourosos.

En definitiva, una auténtica -manipulada y tramposa- joya de la telebasura que, confiamos, seguirá perdiendo audiencia (si es que le queda alguna tras su flojísimo estreno) y para la que esperamos que no haya una segunda edición. O quizá sí, una edición donde los concursantes sean el tal Jordi, o el Jorge Javier, o cualquiera de esos personajillos que han hecho de la ridiculización pública y del rumor sobre la vida ajena un espectáculo. Como decía la otra noche una buena amiga mía, esto es lo que trae consigo el lamentable "belenismo". Y llevaba razón.

29.8.10

Conocerás... No, no conocerás

Recién llegado de Estambul (impresionante...), tocaba afrontar el último estreno de mi -otrora admirado- Woody Allen. Y es que su manía de estrenar una película al año le está llevando en caída libre hacia unas cuotas de insulsez a las que, honestamente, no nos tenía nada acostumbrados.

En Conocerás al hombre de tus sueños repite -por enésima vez- temas, argumentos y arquetipos que ya nos había contado antes -y con mucha más gracia- en películas anteriores: el autor en crisis, el hombre maduro que se niega a asumir su edad, la esposa insatisfecha que no sabe cómo reconducir su vida... En este festival de la repetición destaca el fallido (pese a los elogios que le ha dedicado cierto sector de la crítica) personaje de Charmaine, una suerte de clon del que en su día hiciera Mira Sorvino en Poderosa Afrodita, con la única excepción de que, en este caso, no hay un solo gag brillante o no previsible.

El desarrollo de la película es simplón y superficial, con alguna que otra frase ingeniosa, sí, pero con un descuido absoluto de la psicología de los personajes, meros esqueletos movidos caprichosamente por el director a través de una voz en off (¡basta de narradores omniscientes en el cine, por favor!) que nada aporta, salvo la consabida cita shakespeariana como justificación intelectual de una película más que menor.

En cuanto al reparto, digamos que hacen lo que pueden con unos personajes archiconocidos y algo endebles, aunque llama la atención la desgana de Banderas (como mera curiosidad, ¿a qué se debe su pésimo inglés en esta cinta? ¿exigencias por la naturaleza latina de su personaje?), la escasa habilidad interpretativa de Freida Pinto (guapísima, eso sí) y lo antipática que resulta Naomi Watts. A cambio, Josh Brolin y Anthony Hopkins ofrecen un trabajo convincente que, al menos, salva la función del aburrimiento absoluto.

El tema -si admitimos que este vodevil bajo en ideas tiene algún tema- podría ir ligado a los placebos y autoengaños que se asumen para seguir viviendo. El problema es que la resolución premia a la reina de dichos placebos -el espantoso personaje de Helena: insufrible- y el conjunto de la película no aporta gran cosa al respecto, salvo una parodia facilona y algo insulsa del ocultismo -ya visto en La maldición del escorpión de Jade-y lo new age.

Su próxima -y parisina- película, con Carla Bruni incluida, no pinta mucho mejor. Lástima que no ruede en Nueva York y, sobre todo, que no se tome un pequeño descanso para pensar, reflexionar y volver a crear (así, con mayúsculas). Estamos hartos de sus obras menores (puras medianías) y echamos de menos al gran Allen. ¿Seguirá por ahí aún?

20.8.10

The secret of Kells

En verano a veces irrumpe en la más que deplorable cartelera (llena de tonterías como El equipo A, Karate Kid, The expendables o Salt) alguna película especial de esas que, sin hacer mucho ruido, saben conquistar a quien se sienta frente a ella... Ese es el caso de The secret of Kells, una pequeña joya de la animación europea que plantea un tema tan apasionante como difícil de trasladar a una película de dibujos animados: la preservación y la difusión de la cultura. Y, sin embargo, sus autores consiguen superar con creces el reto.

Tomando como excusa el famoso Libro de Kells -exacto, el custodiado en el Trinity College-, se crea una historia de acción, magia y aventura (no exenta de crueldad: terrible el ataque vikingo contra el monasterio, por ejemplo) en la que, de paso, se explica de modo didáctico -y amenísimo, nada pedante ni ex cathedra- cómo se trabajaba en los scriptoria medievales. A su modo, podría servir como una revisión infantil -que no pueril- de El nombre de la rosa, con un protagonista del que resulta difícil no enamorarse, un miniaturista que representa la defensa a ultranza del libro como fuente de sabiduría y conocimiento, y un hada que recoge en su verde y traviesa mirada toda la tradición de las xanas, anjanas y demás personajes mágicos de la mitología céltica. Todo ello dentro de un festival de imágenes tan creativas como poderosas, tan espectaculares como íntimamente ligadas al tema y al contexto de la acción. Una joya que, desde luego, ningún amante de la animación debería dejar pasar y que, en mi caso, pienso usar -en cuanto se edite en dvd- en mis próximas clases de Literatura Medieval. Ya lo sabéis, chicos (que sé que algunos os dejáis caer de vez en cuando por aquí), el año que viene la vemos en el insti ;-)

Y, con el buen sabor de boca de The secret of Kells (anímense, no se arrepentirán), pongo un paréntesis necesario al blog. Este verano ha sido estupendo -Marbella, Londres, París...- y ahora, como cierre, nos toca (qué ganas) descubrir Estambul... A mi regreso, un post sobre el verano y, si se tercia, sobre la miniserie de The prisoner que, pese a haber desatado opiniones desiguales y variopintas, a mí me ha satisfecho mucho más de lo que pretendía... Sean buenos en mi (turca) ausencia. O. al menos, inténtenlo.



P.S. Ah, y propongo que se vete a ciertos padres a ver este tipo de películas con sus hijos. Entiendo que pregunten cuando no entienden algo. Entiendo que tengan que ir al baño. Entiendo que puedan dar un poquito la tabarra. Pero no entiendo que se distraigan con un concurso de "imitación de pedos y eructos" y sus padres, lejos de reprenderlos, se rían con ellos. No entiendo tener que pedirle a un adulto que regañe a sus retoños por mucho que le aburra una película donde no se use el 3D y en la que, para colmo, se habla de un tema tan aburrido como la cultura. Con lo bien que se lo habrían pasado en cualquier sandez de vampiros adolescentes todos ellos... En fin, que hay mucho vikingo suelto (me temo).

17.8.10

Un Segismundo de andar por casa

Hay diversos modos de conseguir que un macguffin pueda resultar útil desde el punto de vista narrativo. Personalmente, los resumiría en dos opciones:
a) El macguffin está lo suficientemente oculto como para que el espectador no se dé cuenta de que realmente es solo un elemento accesorio dentro de la trama.
b) El macguffin es evidente, pero los personajes -y su mundo- poseen un carisma tal que al espectador no le importa entrar en el juego, ya que lo que le interesa es tener una excusa -sea cual sea- para seguir formando parte de ese mundo.

En el caso de Inception, la última película de Christopher Nolan, no se cumple ninguna de estas premisas. Aquí el macguffin es obvio desde el inicio (a nadie le importa la trama del hijo del multimillonario) y los personajes carecen de carisma alguno que pueda importarnos. Todos somos conscientes desde la primera escena de que el auténtico viaje que nos propone el director es la regresión al pasado del protagonista, un Leonardo di Caprio a años luz de sus buenas interpretaciones (como su fantástico personaje en Revolutionary Road) al que le han colgado, para colmo de males, a una de las actrices con más tics y mohínes del cine actual, Marion Cotillard, con un personaje del que lo sabemos todo antes de que empiece incluso a hablar. Su historia de amor no tiene la suficiente fuerza como para sostener la trama ni, mucho menos, el interés del espectador, por no hablar del trillado asunto de la culpa y su expiación, contado aquí con la misma profundidad que se analiza la adolescencia en un episodio de Hannah Montana.

Por lo demás, es una película de estructura absolutamente clásica y previsible, que se esfuerza en ser clara y nítida en todo momento -nada que ver con las libertades narrativas de su excelente Memento- y que, por si fuera poco, trata de adentrarse en el mundo de los sueños utilizando reglas. Desde ese momento, el film pierde todo su interés, al normalizar -y normativizar- algo tan anárquico como lo onírico. Para colmo, su supuesta coartada intelectual -la confusión entre el sueño y la realidad- es un tema tan viejo como la propia literatura, y lo encontramos desde en cuentos de Las mil y una noches hasta en La vida es sueño, obra que seguramente nadie del equipo de Nolan ha leído. Una pena, porque el tal Calderón se les adelantó unos cuantos siglos, la verdad.

En cuanto al argumento, estamos ante la enésima versión de un "atraco perfecto" con sus cuatro momentos típicos y esperables : 1. un golpe fallido que nos explica cómo funciona el grupo de ladrones, 2. la formación de la banda ideal, 3. el diseño del plan y 4. el gran golpe. Nada que no hayamos visto mil veces con actores mucho más inspirados y guiones mucho menos pretenciosos. Porque lo malo de Inception no es que dure dos horas y media (!!!!), ni que cada dos por tres se nos regale una escena de acción comercial entre correcta (las del hotel) y cutre (las de la nieve: ¿¿¿quién ha rodado ese horror???, horror muy parecido, por cierto, al aburrido procedimiento de aprendizaje del héroe de manos de Liam Neeson en Batman begins), ni que el guión caiga una y otra vez en la incoherencia al saltarse sus reglas cuando le viene en gana..., no, lo malo es que Nolan trata de vendernos un thriller intelectual -léase con ironía- que pareciera que hubiera nacido de una lectura de Freud por Terelu Campos. La película, con su Segismundo reconvertido en Jason Bourne, no deja poso alguno (es tan profunda como un cuestionario de la revista Vale) y su error consiste en creer que sí lo hace.

Por lo demás, el plano final no es más que una previsible vuelta de tuerca -otra más- para darle -con calzador- un par de niveles de interpretación a un desenlace casi tan sonrojante como el de The prestige, cima -esta sí- de lo peor que ha dirigido Nolan (a su lado, la meliflua El ilusionista era toda una joya del cine...). En definitiva, ciento cuarenta minutos para una película convencional que el marketing ha conseguido vender como lo que no es. Al menos -algo es algo- sale Ellen Page. Su papel es tontísimo y su participación en la trama, más tonta aún..., pero ella sigue teniendo gracia. Confiemos en que no haya una saga Star Wars o similar que nos la destroce como intentaron hacer con mi otrora querida Natalie Portman.

15.8.10

I love you, Phillip Morris

Ni un bodrio ni una película memorable. En realidad, no es más que una comedia ágil -divertida a ratos, previsible casi siempre- que se deja ver con facilidad y que, de no ser por la historia (gay) de amor, habría pasado absolutamente desapercibida. El argumento, que recuerda mucho a la fórmula de Atrápame si puedes, se sustenta en la interpretación de Jim Carrey, quien se esfuerza por controlar su histrionismo (y lo logra, aunque su trabajo no sea tan estupendo como nos quieren hacer creer), y -sobre todo- en la presencia de Ewan Mc Gregor, que sí consigue hacernos creer todo cuanto dice y mira (¡esos ojos!) su personaje. Es una pena que la película no aporte gran cosa en cuanto a la relación entre ambos -se echan de menos muchos más minutos de Mc Gregor en pantalla- y desentonan unos cuantos chistes de brocha gorda muy al estilo de esa nueva comedia made in USA que, honestamente, me aburre mortalmente (Resacón en las Vegas y similares).

Lo que no entiendo -lo confieso- es por qué no se ha estrenado este film en Estados Unidos, pues no encuentro nada en toda la película que me permita explicármelo. Nada de sexo explícito -es una cinta de lo más recatada.. una pena- y nada de transgresión real, tan solo una comedieta simplona que nos hace caer en la cuenta -una vez más- del ínfimo nivel de los nuevos guionistas hollywoodienses, a años luz del humor de sus predecesores. ¿Qué les ha disgustado tanto a las puritanas mentes yanquis? En el fondo, no sé si ese no estreno en EE UU se deberá, en realidad, a problemas de distribución y si los productores habrán aprovechado esa excusa para convertir la película en un falso título de culto. Sea como sea, nada hay en ella que merezca ni la adhesión absoluta ni la reprobación total. Alguna cita divertida ('Being gay is so expensive!') y la confirmación de que Jim Carrey puede ser insufrible incluso cuando intenta no ser él mismo: su autoconsciencia acaba haciéndolo igualmente intragable.

Un título para pasar el rato que no deja poso alguno en el espectador. A su modo, una ocasión perdida de hacer algo mucho más trepidante y morboso. Otra vez será.

13.8.10

En regresión

Sexismo y publicidad son dos sustantivos que, lamentablemente, aparecen unidos con demasiada frecuencia. En teoría, las campañas actuales deberían evitar caer en ciertos estereotipos pero, en vez de eso, sus autores han redescubierto un filón absolutamente estremecedor para sacarle brillo a prejuicios que creíamos ya enterrados.

Lejos queda aquella exuberante mujer-objeto que buscaba a Jacques. Ahora, la corrección política ha barrido sus curvas -el sexo, que no el sexismo, es lo que molesta- y la ha cambiado por mujeres que sufren todo tipo de problemas fisiológicos -estreñimiento, dolor de muelas, incontinencia, gases y otras lindezas- así como por iconos profundamente estereotípicos como el que protagoniza la campaña de los zumos Júver: las juvermamás. He aquí la primera vertiente de ese nuevo filón publicitario: la adulación que encubre la más que palpable misoginia. Y es que este halago contiene una enorme perversión intrínseca, pues apuesta por un único valor -la maternidad: esa cualidad que, horror, toda mujer debe tener según ciertas mentes- y elimina cualquier mención al otro personaje -el padre- o a cualquier otro modelo familiar -una pareja gay, por ejemplo. Pero no, esta campaña pretendidamente positiva y moderna, nos presenta a una mujer que poco dista de las que anunciaban lavadoras y frigoríficos durante los oscurísimos años del franquismo. Una mujer cuyo mérito es ser una madre estupenda y que, por supuesto, compra el zumo y lo que se tercie para alimentar a su familia.

Pero el nuevo filón sexista no termina ahí, sino que se atreve con un público mucho más joven, como el de la campaña de las cervezas Amstel y, muy en la línea de bodrios como el de Los hombres vienen de Martes y las mujeres de Venus (o algo así, no pienso teclear semejante título en google), nos presenta a un grupo de hombres jóvenes -¿¿¿mi generación???- que presumen de todos los tópicos machistas que en el mundo han sido (el lema "sabemos lo que nos gusta" es aterrador en este caso) y que, sin embargo, adoran a sus chicas y son, cómo no, adoradas por ellas a pesar de que todos ellos presuman de lo cenutrios que son, como si fueran un spin off múltiple de Escenas de matrimonio. Que semejante anuncio pueda resultar simpático, gracioso e incluso positivo -es más, que se presente como un método de venta eficaz de una marca de cerveza- es del todo preocupante y nos deja entrever que, quizá, estamos asistiendo un momento en el que mi generación -y las que me siguen- vuelven a caer en las redes de los topicazos sobre el sexo, como si jamás hubiese habido una revolución sexual décadas atrás.

Y como las televisiones no son ajenas a todo este movimiento regresivo, se nos anuncia -sin ningún tipo de reparos- la creación en septiembre de canales de series "para mujeres" y "para hombres", tal y como se afirmaba en una crónica reciente de El País, donde me llamó la atención que no hubiese ni un solo comentario crítico -o mínimamente irónico- del periodista ante semejante clasificación. Ahora solo queda saber cuáles son las series para hombres (imagino que las de tíos que se lían a disparos) y cuáles las de mujeres (imagino que las de chicas que se compran zapatos y bolsos). Supongo que si lanzaran canales para rubios y para morenos a todos nos parecería una barbaridad, pero -en el fondo- a más de uno (y a más de una) le parecerá estupendo y comprensible que exista televisión masculina y femenina, es más, hay quien exigirá tele masculina hetero, tele masculina gay, tele femenina hetero y tele femenina gay. Así, podemos empezar un ejercicio de empobrecimiento intelectual y encasillamiento progresivo que nos llevará de vuelta a los tiempos de las cavernas en un apasionante viaje hacia la nada.

Honestamente, prefería a la mujer que buscaba a su Jacques. Sexista, desde luego, pero evidente. El sexismo de ahora, el políticamente correcto, es tan buenrollista que pasa desapercibido y se instala, retrógrado y sin complejos, en el salón de nuestras casas.

7.8.10

Villa sopor

Hay películas que resumen lo mejor de una cinematografía. Bien, pues este no es el caso.

Villa Amalia reúne, en apenas hora y media, todos los vicios del cine francés y los eleva, plano a plano, a su enésima potencia. Un auténtico festival de sopor y pedantería que destriparemos con todo gusto en las siguientes líneas. En primer lugar, el argumento. Haremos una breve sinopsis obviando el hecho de que su historia adapta una novela que, por supuesto, no leeremos.

En Villa Amalia se nos presenta a una mujer -antipática, borde e insoportable- que descubre que su marido -un patán con cero carisma- la engaña con otra. No se entiende por qué el marido sigue con ella después de quince años ni por qué a ella le afecta tanto ver cómo se besa con otra, pero al guionista no le importa un bledo que al espectador le inquieten los motivos de sus personajes. Total, para qué.

En el momento en que ella está viendo cómo su marido -el patán- se besa con una chica más joven, alguien la reconoce por la calle. Resulta ser un antiguo amigo del pasado -gay, por supuesto- que se enamorará platónicamente de ella (???) y la invitará a tomarse una tostada con mantequilla y mermelada para pasar el soponcio. La tostada tendrá un efecto catártico casi proustiano, cual la magdalena de En el camino de Swann, más o menos.

Como ella ha descubierto -gracias al beso y a la tostada- que su vida no tiene sentido, decide romper con todo (con su profesión, con su vestuario, con su piso, con su móvil, con su email, con lo que se le ponga por delante) y, tras comerse un roscón de reyes con su madre y completar con ella un puzzle de 350 piezas (escena que supuestamente debería sobrecogernos y que a mí me dio risa de puro hiperbólica), empieza un interraíl que la lleva por toda Europa en una sucesión de escenas donde tienen lugar eventos tan fascinantes como estos:

- ella se compra botas para la montaña
- ella sube por la montaña
- ella se acuesta -en un albergue de la montaña- con un tipo que pasaba por allí
- ella baja de la montaña
- ella se compra un vestido verde
- ella se sube a un bus
- ella baja del bus
- ella se sube a un tren
- ella baja del tren
- ella tira su maleta y la cambia por una mochila
- ella tira la mochilla y la cambia por un bolso
- ella tira el bolso y se sube a un barco
- ella se corta el pelo
- ella llega hasta Italia
- ella encuentra una casa paradisíaca al borde del mar
- ella sube a un acantilado para ver el mar
- ella baja del acantilado
- ella vuelve a subir
- ella vuelve a bajar (bises varios)
- ella nada al borde del mar
- ella nada dentro del mar
- ella nada tanto en el mar que hasta le da un calambre
- ella es rescatada por un pareja de italianos monísimos
- ella se acuesta con la italiana monísima de la pareja
- ella recibe al amigo gay que sigue enamorado platónicamente de ella, claro
- ella, que sigue acostándose con la italiana monísima (que se le ha quedado de okupa sin que sepamos por qué) cura las heridas que el amigo recibe en una paliza que nos importa casi tan poco como el personaje en cuestión
- ella vuelve a Francia y asiste al funeral de su madre y ve a su padre, con quien no ha hablado nunca porque las abandonó cuando ella tenía seis años
- ella se va a comer bogavante con su padre, que es lo que hace uno cuando su padre lo abandona de niño (si lo abandona de adolescente, ¿qué se come? ¿un tartar?)
- ella descubre que el amigo gay tiene un tumor (a este pobre le pasan todas las desgracias, una tras otra)
- ella pasa de todo (tumor incluido), se vuelve a la playa para seguir nadando en el mar hasta que le dé otro calambre, claro

En fin, un festival de estupideces contadas con tono grandilocuente y tratando de hacer una película sobre la independencia, la búsqueda del yo y demás grandes temas, pero narrados con tan escasa sinceridad, con tan nula emoción, con un ritmo tan moroso y tan inexistente que resulta poco menos que imposible empatizar con cualquiera de las criaturas mal dibujadas por el director y el guionista de esta tontería que, para colmo, nos regala uno de los personajes femeninos más pusilánimes y antipáticos que se recuerdan. ¿No hay otro modo de empezar de cero que la huida? ¿Y qué tal afrontar la vida con auténtico valor y luchar por ser uno mismo en lugar de refugiarse en el fin del mundo aislada de todo y de todos? En fin, que a su lado, las heroínas del XIX son mujeres mucho más valientes y osadas que esta insufrible Anne a la que la Huppert le ha dado todos sus tics interpretativos.


Un bodrio, en suma, que espero no vean para evitarse noventa minutos de sopor y pedantería tan pseudoexistencial como cualquier panfleto de Paulo Coelho.

P.S. Del éxtasis místico de Tilda Swinton ante su langontisno en Io sono el amore mejor hablamos otro día...

28.7.10

Objetivo CAM: destrozar la educación pública

Acabo de regresar de Londres (un viaje magnífico, por cierto) y me encuentro -cómo no- con la polémica sobre la prohibición de las corridas de toros en Cataluña (medida que suscribo plenamente, por cierto). Entretanto, la Comunidad de Madrid sigue destrozando -sin paliativos- la educación pública sin que nadie diga nada al respecto. Para qué polemizar sobre algo tan accesorio como la educación, en realidad.

Así que, aunque a nadie le interese este tema, me he decidido a dejar aquí constancia de algunos atropellos -concretos y tangibles- de la CAM contra la Secundaria y el Bachillerato en los institutos públicos. Entre ellos, podemos mencionar cómo a los profesores -a los que, recordemos, se nos ha recortado el sueldo- se nos amplían las horas de clase semanales así como la ratio de alumnos por aula, medidas ambas que no contribuyen, precisamente, a mejorar la calidad de la enseñanza sino, más bien, a lo contrario. Y no estoy defendiendo al colectivo docente, con el que soy profundamente autocrítico -es más, creo que debería haber muchas más inspecciones y tomarse medidas contra todos los que no desempeñan bien sus funciones-, sino exigiendo unas condiciones mínimamente dignas para que podamos hacerlo adecuadamente. A mí me encanta este trabajo y no me importa dedicarle muchas horas, pero por eso mismo necesito que no sigan empeorando mi situación laboral, salvo que quieran que empiece a improvisar en las clases por falta de tiempo para preparar, planificar y corregir todo cuanto me va a corresponder hacer a mí solo.
Descendiendo a un nivel más concreto aún, en mi caso el año que viene iba a sumar una nueva actividad (voluntaria y no remunerada) a las que ya hago (voluntarias y no remuneradas también: es triste, pero en la enseñanza no se remunera ni un solo extra, salvo correcciones de Selectividad y otras memeces que nada aportan a la formación real de los alumnos de Secundaria y Bachillerato). Tenía pensado sumar a la dirección de la revista del centro -que, como se puede suponer, requiere muchas horas de trabajo y esfuerzo-, la creación de un grupo de teatro del centro, al que dedicaría horas fuera de mi horario lectivo y que tendría, sobre todo, tres objetivos: favorecer el interés por el teatro, dar cabida a los alumnos con inquietudes artísticas y, sobre todo, trabajar a favor de la convivencia y la integración, aspectos que tienen mucho que ver con la dinámica de un grupo teatral. Ahora, al aumentarme las horas, seguramente tenga que preparar -al menos- una materia más, lo cual puede que me disuada de esta actividad extra con la que pretendía cargarme.
Además, como la crisis es una excusa estupenda para desmantelar lo público, se han recortado las plazas y se han prescindido, en muchos centros, de orientadores (esenciales en un sistema como el actual) y profesores de Compensatoria. Estos últimos, para quienes no estén al tanto, se ocupan de alumnos con problemas de aprendizaje a los que, en los centros en los que no estén, se les meterá sin cortapisas en el llamado grupo de referencia, de modo que su integración consistirá, básicamente, en resistir y en hacer lo que puedan por adverso que les resulte el ambiente y el aula.

Por otro lado, se ha dado la orden de no autorizar ni una sola comisión de servicios que se hubiera solicitado por primera vez -es decir: se ha denegado dar solución a cualquier necesidad que pudiera haber surgido para el siguiente curso- y tampoco se disponen de plazas suficientes para el acto de adjudicación que tendrá lugar mañana entre aquellos candidatos que hayan aprobado las oposiciones este año. Es decir, hay más aprobados que puestos de trabajo, gracias a los recortes brutales con que ha tenido a bien ahorrarnos la DAT.

Volviendo a descender a lo concreto, gracias a estos recortes salvajes, una de mis amigas y compañeras ha visto cómo no le renovaban su comisión -basada en la creación de una Ecoescuela- por motivos grises, administrativos y burocráticos. Su proyecto, por cierto, consistió en involucrar a toda la comunidad educativa en actividades de protección y cuidado del medioambiente, lo que no solo ha redundado en un beneficio de la conciencia ecológica de nuestros alumnos sino que, sobre todo, ha creado y favorecido un clima de trabajo y colaboración sorprendente entre todos ellos. Si al final no renuevan su comisión no solo habrán perjudicado a una profesional excelente, sino que habrán desmantelado una iniciativa que funcionaba y que permitía motivar a muchos chicos y chicas del instituto, interesados por algo tan esencial y prioritario como la defensa de nuestro entorno.

Luego, en cuanto empiece el curso, empezarán los exámenes de la CAM, con los que solo buscan titulares sensacionalistas en los que se deje constancia de lo mal preparados que están nuestros alumnos. Nos dirán que estamos a la cola de Europa y todo el mundo se llevará las manos a la cabeza por ello. Entretanto, alguien en la CAM se frotará las manos y se reirá con gusto, al comprobar que sus medidas -siempre contra la calidad de la enseñanza- están obteniendo sus frutos. Y, mientras ellos se ríen, los profesores que sí que creemos en esto -y que, sobre todo, creemos en nuestros alumnos- seguiremos enfrentando gigantes y molinos de viento aunque a nadie le interese este tema. Estarán demasiado ocupados, supongo, debatiendo sobre toros, embarazos de actrices y otros asuntos de profundo calado social.

Lo siento, pero jamás habrá calidad de enseñanza mientras no se invierta -de verdad- en educación. Así de simple. Y ahora, debatan y toreen cuanto quieran, pues está visto que en este país, salvo el folklore y el fútbol (qué hartazgo, por cierto), no nos interesa lo más mínimo todo lo demás.

19.7.10

Del sentimiento ¿colectivo?

Hace solo una semana el triunfo español en el Mundial -lo siento, pero llamar a la selección la Roja me parece un insulto a una gran parte de la Historia reciente de este país- desataba una ola de buenrollismo patrio y de supuesta exaltación de valores como el trabajo en equipo, el esfuerzo colectivo o el compañerismo. Los medios de comunicación se lanzaron a la demagogia de extrapolar el éxito deportivo a la vida cotidiana y confundieron fútbol con crisis y goles con mejoras socioeconómicas.

Lamentablemente, esa euforia ya ha remitido y poco queda de ese canto a la colectividad que parecía que reinaba en la macrofiesta de Príncipe Pío. Ahora, volvemos a la realidad de un país en el que cada cual vela por su propio interés y antepone el yo a eso que se llamaba bien común y de lo que, admitámoslo, no queda ni rastro.

Como funcionario, no puedo decir que me haga feliz el recorte de mi salario, pero en su momento decidí no hacer huelga porque me pareció sensato dar ese porcentaje si con ello se ayudaba a estabilizar al país en un momento realmente grave. Sí hubiera agradecido que alguien nos asegurase a los funcionarios que, cuando se acabaran las vacas flacas, se nos repondría esa pérdida en nuestro nivel de vida, algo que jamás se produjo. Lo que me indignó de esa huelga, sin embargo, fueron dos posturas muy bien diferenciadas: las de aquellos trabajadores públicos que, tras protestar durante semanas contra la medida, luego se negaron a la huelga para que no les quitaran el día de sueldo (toma ya coherencia) y los que, en vez de mostrarnos solidaridad o comprensión, se alegraron de la bajada a los funcionarios, llenando los periódicos con artículos de opinión incendiarios donde se leía un "os lo merecéis" que clamaba al cielo. Claro que los funcionarios no nos quedamos atrás y, en vez de levantar una voz común, nos dividimos en subgrupos afirmando que no todos somos vagos y salvando a unos colectivos frente a otros. Pues me temo que hay vagos en lo público y en lo privado. En todas partes. E ineptos. E incompetentes. Así de fácil... Por otra parte, ahora que vivo otra vez el trámite de las oposiciones a través de algunas de mis mejores amigas, me parece que ese paso -y ese enorme esfuerzo: ¿todo el mundo se cree capaz de afrontarlo?- merecen ciertas ventajas a cambio. Y si no, prueben a opositar y luego me cuentan.

Pero el despropósito no acaba aquí, porque en una revancha (injustificada) ahora escucho de boca de más de un funcionario que no secundará la huelga general de septiembre para vengarse de los que no nos apoyaron antes. Y de nuevo, no juzgo el hecho de hacer o no la huelga (faltaría más: yo mismo tampoco lo tengo claro todavía, tengo que meditarlo), sino la motivación que justifica una decisión tan seria como esa. Una muestra más de que nos faltan décadas de cultura democrática y de que, mientras que sigamos siendo tan palurdos y tan cortos de vista, poco se puede hacer.

Entretanto, y haciendo gala de ese maravilloso sentimiento colectivo postmundialista, los controladores aéreos han hecho otra de sus cobardes huelgas encubiertas. Ellos, a pesar de sus elevados sueldos, no pierden ni un día de su retribución (hacer una huelga en serio va contra su acendrado sentido de la usura), así que se piden bajas en masa (¿nadie inspecciona eso?) y fastidian las salidas vacacionales de otros tantos curritos que han de esperar a que alguien se digne a subirles, por fin, a su avión.

Y ya puestos, hacemos también una huelga salvaje de metro -sin servicios mínimos- para colapsar Madrid y obtenemos, a cambio, una rebaja del 1% en el sueldo, frente al 5% de los demás. ¿Que estamos en crisis? Pues nada, que se jodan, debieron pensar los sufridos metrofuncionarios. Pero aquí ni se renuncia a una huelga brutal ni se negocia nada, que le quiten el dinero a los demás, por supuesto. La crisis, que nos la arreglen otros. Eso sí, luego nos llevaremos las manos a la cabeza cuando en la telebasura se acuse a quien sea del más mínimo escándalo, como si nosotros fuéramos ejemplos de civismo y compromiso social.

Quizá por eso me cabrea tanto esta ola buenrollista que nos invade desde el domingo de la final (y no por el triunfo deportivo que, por si hay alguna duda, también vi e incluso celebré). Lo que me enerva es que todo eso no es más que una máscara del egoísmo más puro que recuerdo haber visto en mucho tiempo. Un egoísmo que tratamos de maquillar con el beso de Iker o el gol de Iniesta. Puede que cuando dejemos que el fútbol sea solo fútbol, nos preocupemos de cuestiones algo menos trascendentes que darle a un balón pero -quién sabe- tal vez de cierta importancia..., como la política, la economía o los deberes individuales. Esos deberes que todos olvidamos -qué fácil es no arrimar el hombro- pero que forma parte de eso que los griegos llamaron democracia y que nosotros hemos convertido en un triste sálvese quien pueda.