25.2.10

A París, en tranvía

No supe cuánto necesitaba ese viaje hasta que estuvimos allí, alojados en un hotel absolutamente recomendable, Le Bellechase, decorado con gusto barroco y exquisito por Christian Lacroix) y situado justo enfrente del museo D'Orsey. Y es que este fin de semana hemos tenido una excusa teatral -tan válida como cualquier otra- para regresar a ese París que es nuestra segunda casa desde hace ya unos cuantos años... Un París en el que recorremos con complicidad cada uno de sus rincones -de los que más nos seducen- y donde nos olvidamos de todo lo que no sea el hedonismo en el más amplio sentido de la palabra.

En esta ocasión, dedicamos el tiempo a curiosear en las galerías de arte que inundan el barrio, a colarnos en las librerías donde siempre encontramos algún pequeño tesoro que meter en la maleta, a hacernos con algún que otro capricho para vestir la temporada primavera (llega ya, por favor) - verano, a relajarnos con un suculento brunch en ese clásico que es La Dureé -eternizada en el cine por los macarons que devoraba la María Antonieta de Sofía Coppola- y, cómo no, a disfrutar de cenas en restaurantes a los que siempre tengo ganas de regresar, como el animadísimo Le Vint (una vinoteca con una carta y un servicio impecables) o el absolutamente fashionista Le Societé, que descubrimos en Año Nuevo y al que nos pareció urgente regresar.

En cuanto a la excusa teatral para este desembarco parisino, se trataba de la versión que de Un tranvía llamado deseo protagoniza durante este mes nuestra admirada musa, Isabelle Huppert, bajo las órdenes de uno de los directores europeos de moda, Krzystof Warlikowski. El montaje, sin embargo, resultó -cuando menos- discutible, y no solo por el hecho de que todo el peso interpretativo recayese sobre ella -el resto no estaba a la altura, de modo que Blanche debía luchar por sí sola con toda la carga de la función-, sino por la decisión más que reprobable de incluir textos ajenos a la magistral obra de Tenesse Williams. Dichos textos, entre los que se encontraban monólogos extraídos de El banquete de Platón o de la Jerusalén liberada -ladrillo solo comparable a la Galatea o la Araucana- de Tasso, resultaban inanes y, sobre todo, gratuitos, de modo que lo que podría haber sido un espectáculo rotundo, magnético y brutal se convertía en un experimento que no acababa de dar los resultados pretendidos.

Aun así, era un montaje que había que ver y que dio lugar a un animado debate con el que comenzar la noche parisina del sábado... Un fin de semana que, de nuevo, se resume en un viaje perfecto, seguramente porque está preparado con todo el mimo y el amor posibles, de modo que -gracias, am- es lógico que cada instante resulte siempre tan especial...

Lo dicho, París, nos vemos pronto. Pero antes, sin embargo, nos espera volver a Nueva York para colarnos en la expo de Tim Burton y asistir al debut teatral de Scarlett Johansson acompañada de Liev Schreiber- en Panorama desde el puente... Aunque de eso y de mi impaciencia preneoyorquina, hablamos otro día.

23.2.10

Eurocutres

Advertencia: este post no contiene spoilers, pero no es apto para gente sensible. Evítenlo.

Bien. Debería explicar cómo he terminado viendo la gala en la que se elige la canción que ha de ir a Eurovisión, pero no tengo ninguna excusa minímamente creíble con la que justificar esta mala acción. Simplemente caí en ese canal y, en fin, el horror me obligó a quedarme. Algo así como una versión kitsch de El castillo de Kafka, solo que K. se había travestido en Anne Igartiburu y no me dejaba salir de allí.
Hecha esta necesaria aclaración, comenzaremos deleitándonos con el temazo -una cosa llamada Algo pequeñito- que nos llevamos a Oslo este año. Una letra que alberga versos de innegable altura y, si no me creen, ahí tienen un par de ejemplos: "algo pequeñito, algo chiquitito" o "algo pequeñito, algo muy bonito". El artista en cuestión -cuyo nombre no vamos a hacer ni el amago de recordar, obviamente- es una especie de versión adulta del niño pelirrojo de Parchís. En su afán de cursilizarlo todo, se ha empeñado en llamar a los espectadores "pequeñitos" -¿perdona???- mientras una galería de monstruos, que simulaban ser tiernos juguetes infantiles (Chucky también lo simulaba, recuérdenlo), lo rodeaban en una danza macabra para terror visual del público. Entrentanto, esta imitación barata de Hola-holita-Flanders seguía rimando sus -itos y elevaba la voz hasta rompernos un tímpano en el estribillo final. Una joyita de tema, vamos.
Pero no todo fue un caminito de rositas, qué va, la gala estuvo aderezada por la simpar intervención de un tipo llamado John Cobra que, oh casualidad, ya la había liado antes en otros formatos de igual calado cultural, como el célebre El diario. Pues bien, este señor, tras embriagarnos con su bodrio Carol (algo así creo que se titulaba), decidió enfrentarse al abucheo del público con un sonoro "comerme la polla", así con su erre y su polla, que ya puestos no vamos a complicarnos la vida conjugando los verbos en el imperativo. Ante semejante reacción, la presentadora -premio a la torpeza y la nulidad- intentaba calmarle llamándole "cariño". No solo nos hemos quedado ojipláticos sino que, por supuesto, ya nos hemos hecho todos fans via facebook de este modo de calmar a gente airada. Y es que es un método muy bonito y muy pequeñito de calmar a un energumito.
Por lo demás, la gala ha estado aliñada con las intervenciones de una serie de triunfitos rescatados de algún bazar (¿habrá tiendas de chinos donde se pueda comprar uno un triunfito usado?) y que nos han recordado por qué nunca triunfaron de verdad. Entre los momentos estelares del show podemos citar algunas perlas como...
... una tal Coral -que ya ha perdido dos veces seguidas: o que lo deje o que la manden de una vez, por plasta- gritando a pleno pulmón y rompiendo pantallas de plasma de más de uno que acababa de estrenar su nueva TDT
... Fran Dieli -ese hombre de apellido imposible- disfrazado de odalisca y fingiéndose moderno (ahora entendemos por qué lo suyo con Edurne nunca triunfó)
... José Galisteo hablando un inglés de coña -ni de 1º de la ESO, vamos- y siendo comparado por la presentadora con Mika o ¿Take That? (¿eins?)
... otra -ni recuerdo su nombre- cantando 'Soy mujer' y la Igartiburu diciendo que era una canción 'no sé, como... pues... como muy mujer, como muy de mujer, ¿no?', a lo que la intérprete ha respondido 'sí, porque soy mujer y le hablo a la mujer' (una pena que no le hable a los caimanes, a ver si la devoran)
... Iñigo, que siempre es memorable por sí solo (¿cuándo se convirtió en un monstruo de verdad, en vez de limitarse a ser un supuesto monstruo de la comunicación?)
... Uribarri entregando un disco de oro a RoZa y creyendo que le daba algo así como un Nobel por la emoción inefable que mostraba
... Bustamante -con camiseta del mercadillo- compartiendo plano con RoZa y demostrando que el tiempo sí que pasa y empeora lo que parecía que no podía ser empeorable
... Y, como postre, el monólogo enfadado de la Igartiburu diciendo, con tono amenazador a John Cobra, un espeluznante "Esto no nos gusta", que daba tanto miedo como un poster de Xuxa.
Así que, después de este eventito tan bonito y tan pequeñito, creo que me voy a la camita a ver si tengo sueñecitos nada eurovisivos... Total, para esto, que hubieran enviado a Karmele. Sea como sea, el esperpento en este país está siempre más que asegurado.

15.2.10

Ceci n'est pas un film

Como si de una parodia de Magritte se tratase, A single man debería abrirse con la advertencia de Esto no es una película. Y, en efecto, no lo es. Su director, Tom Ford, es un diseñador inteligente, un hombre atractivo en sus formas -no sé si en su fondo- y un estupendo galán del mundo de la moda que se ha comprado una productora para rodar cosas como... esto. Lástima que no se haya comprado un Ceranova, o un Electronova o cualquiera de esos -novas que vendían en nuestra infancia y donde, al menos, las únicas víctimas de nuestras supuestas creaciones eran padres y hermanos. Como mucho.

Pero no, Tom Ford -que, como otros tantos, se cree algo que realmente no es: ¿un mal endémico de nuestro tiempo?- se ha comprado un cinenova para rodar... esto. Y esto es algo que quiere ser una historia y que se compone de una serie de planos supuestamente llenos de esteticismo y plasticidad, donde se nos permite disfrutar de un Colin Firth insólitamente atractivo y de una Julianne Moore que ha decidido encasillarse ya para siempre en el rol de mariliendre hollywoodiense oficial. El reparto se completa con el también guapísimo Matthew Goode y un sonrojante Kortajarena, cuya interpretación da una terrible y profundísima vergüenza ajena.

En cuanto a la -digamos- película, su argumento se resume en cómo un señor -profesor universitario, dandy y monísimo de la muerte- vive una supuesta crisis -monísima también- tras la muerte de su novio, con quien compartió dieciséis años (teniendo en cuenta que al morir, este suma unos treinta, debieron enamorarse cuando el muchacho rondaba los catorce...) de convivencia ñoña e insulsa. Dicha convivencia -más soft que un capítulo de Candy, Candy- se nos relata en unos flash backs llenos de azúcar y melaza, con todos los tópicos gays posibles y construyendo una realidad de cartón piedra entre lo naive y lo hilarante (valga como ejemplo la escena en la que el profesor se deleita con Kafka mientras su noviete devora Desayuno en Tiffany's). Cuando el noviete en cuestión muere, el profesor comienza a pasearse por la ciudad dispuesto a suicidarse. Eso sí, va siempre impecable, porque uno si se suicida, es bueno que lo haga vestido de Tom Ford. Por el camino -nunca vi un suicidio tan lento- se encuentra con chicos guapos que se le ofrecen (lo normal, ya saben, ¿a quién no se le ofrece, al menos, un chico guapo por lugar que visita al día?). El profesor no accede a acostarse con ninguno (lástima, si la peli tuviera algo de sexo a lo mejor no era tan soporífera) pero sí hablan sobre la vida, sobre el amor y sobre esas cosillas que habla uno cuando se va a suicidar y se le presenta un chulo sediento de sexo.

El clímax, sin embargo, tiene lugar en la cena en casa de la amiga. Esta vez, Julianne Moore no prepara una tarta para luego suicidarse, como hiciera en Las horas (¿han intentado volverla a ver...?, hmmm.., mejor no lo hagan, no resiste del todo bien nuevo visionados), sino que se lanza a los fogones para deleitarnos con uno de los personajes femeninos más estúpidos de la historia del cine. O bien Tom Ford no tiene amigas o, si las tiene, es un misógino integral. O quizá no, quizá es tan ególatra que piensa que todas sus amigas quieren acostarse con él... El caso es que Julianne, en un momento de máxima intimidad, le pregunta a su amigo del alma -a quien, supuestamente, conoce en profundidad- que si su amor por Jim -el noviete muerto- no era más que "un sustituto del verdadero amor". Tras demostrarnos que su personaje es más simple que un cubo, el director nos ofrece un diálogo pretendidamente catártico donde Colin Firth hace todo tipo de mohínes para que le den el Oscar. Solo se echa de menos que aparezca Bridget Jones por allí para dar un toque de color.

Y toda esta memez, contada sin un ápice de emoción, de modo que sea imposible empatizar con cualquiera de las marionetas -que no personajes- del film. Los hechos (por llamarlos de algún modo) se narran (también es un decir) con muchos primeros planos, muchas cámaras lentas y muchos fondos coloristas: un cartel de Vivien Leigh por aquí, un mar nocturno por allá..., hasta desembocar en uno de los finales más irrisorios que he visto en mucho tiempo. Evitaré el spoiler por si alguien quiere sentarse a ver esta joya del séptimo arte...

En definitiva, una especie de catálogo de modas filmado por alguien que no debería haber cambiado jamás la aguja y el hilo por la claqueta de dirección. Es más, su película es tan espantosa que, por momentos, uno diría que la ha rodado Isabel Coixet... Y con eso creo que ya está todo dicho. O casi.

10.2.10

Sísifo

Se supone que es bueno ser autocrítico. Que es sano exigirse a uno mismo. Que esa actitud debería ser un camino directo hacia el crecimiento personal e incluso, por qué no, hacia un cierto estadio de felicidad. Sin embargo, a menudo se nos olvida que ese camino es, cuando menos, doloroso, porque la autocrítica encierra autoanálisis y no siempre resulta soportable asomarse a uno mismo. Va por rachas. Hay ratos en los que el espejo nos devuelve mejores reflejos que otros o, sencillamente, hay luces que camuflan con más acierto las aristas menos afortunadas de dichos reflejos.
Pero no siempre la autocrítica y la autoexigencia son negativas por lo que tienen de demanda hacia uno mismo. A veces lo son porque nos llevan a esforzarnos tanto hacia -por- los demás que nos quedamos vacíos -desorientados- cuando ese trabajo no es recíproco. Cuando, en medio de nuestra eterna lucha por contentar a todo el mundo, nos percatamos de que nadie más parece preocuparse por ello. En ese instante puede que nos demos cuenta de que no deberíamos sentirnos tan culpables por no cumplir tal o cual requisito, por no hacer tal o cual gestión, por no ir a tal o cual lugar, porque lejos de nosotros, encerrados en sus caparazones, están los otros, los amigos -cercanos, lejanos, a media distancia, qué más da- que tal vez también sean autocríticos, o autoexigentes, quién sabe, pero que, en cualquier caso, no nos incluyen en su sesuda (o inexistente) reflexión.
Lo malo de los autocríticos es que solemos ser inseguros y, peor aún, olvidadizos. Así que todo este aprendizaje sobre el egoísmo ajeno -¿connatural al ser humano?-, una lección que debería hacernos más egoístas y misántropos, se diluye demasiado pronto, sin dejarnos el poso debido y volvemos a caer en las redes de la entrega, del ofrecimiento, de la simbiosis. Volvemos a ejercer con las mismas ganas que antes de que la desilusión trajera consigo el agotamiento y el desánimo, hasta que volvemos a deternos -en algún momento de agobio, de estrés absoluto, de incomprensión cotidiana- y caemos otra vez en la cuenta de que seguimos solos. Exigiéndonos sin que nadie haga lo propio. O sin haber aprendido, tal vez eso también sea culpa nuestra, a exigirlo nosotros.

6.2.10

Violencia y dogmas de fe


Lo que más me gusta del cine de Haneke es que sus películas suelen estar llenas de preguntas, pero no de respuestas. Se intuyen, se adivinan, hasta parece que nos las da en bandeja pero, en realidad, sus filmes siempre son un pulso con el espectador, al que se exige una participación activa en los relatos -morbosos y crueles- que nos presenta este peculiar director.

En Das weisse Band hay mucho de la indefinición de Caché -una película que me impactó profundamente y que sigue siendo una de mis favoritas de Haneke-, también aquí nos encontramos con una amenaza invisible pero real, con alguien -o algo- que rompe la paz y la tranquilidad del entorno hasta convertir la cotidianidad en una terrible pesadilla.

Y también aquí, como en Caché, esa violencia in crescendo nos conduce a una profunda reflexión sobre determinadas circunstancias tanto históricas como sociales. Aunque, desde luego, sería un acto de reduccionismo exacerbado creer que esta fábula solo tiene alcance contextual y es que, aunque funcione como metáfora de lo que iba a suceder en Alemania durante la primera mitad del siglo XX, también es -ante todo- un relato de terror sobre los territorios que nos obligan a explorar los fanatismos y, en última instancia, sobre las consecuencias de la represión educativa y, cómo no, religiosa.

La lectura de la película es múltiple, compleja, adulta. Y quizá por ello su estreno resulta aún más impactante y necesario, en estos tiempos donde la consigna es infantilizarlo todo y explicarlo de la forma más pedagógicamente simplona y pedestre. Aquí no hay explicación alguna, tan solo una enorme pizarra en blanco y negro para que cada espectador saque sus conclusiones y siga hablando sobre ellas días después de haber visto la película.

Impactante. Necesaria. Magnética. E imprescindible.

2.2.10

Colette, Genet, Frears...

Cheri

Ni la novela de Colette es equiparable a la fascinante obra epistolar de De Laclos ni tampoco el reparto de la última película de Stephen Frears incluye nombres como Glenn Close o John Malkovich. Sin embargo, aunque Cheri no esté a la altura de Las amistades peligrosas -si bien repiten el director, el guionista y la actriz- sí que se trata de una adaptación cinematográfica más que estimable. En ella, Stephen Frears consigue plasmar la sensualidad y el erotismo de la obra en que se inspira, alternando la elegancia y la belleza -excepcional la Pfeiffer- con la vulgaridad y el feísmo más esperpénticos. Todos estos elementos se hallan en la obra original y el acierto del filme consiste en saber darles forma e imagen, a pesar del uso innecesario del narrador -especialmente, en el torpe epílogo- que casi destruye la maravillosa reacción de Lea ante la ventana, pero -en cualquier caso- la adaptación reconstruye con habilidad los diálogos y transforma en una película amena y morbosa un texto novelesco sugerente aunque sin demasiado poso narrativo.

El paso del tiempo, el deseo, la educación sentimental..., todo se trata en una tonalidad postnaturalista y con una cierta superficialidad, aunque tanto en la novela como en su versión fílmica se aprecia cómo Colette se deja llevar por sus experiencias personales y por su deseo de plasmar el punto de vista femenino ante la peripecia de sus criaturas. Aquí, una gigantesca Kathy Bates devora la pantalla cada vez que aparece -sus duelos dialécticos con la Pfeiffer son lo mejor del filme- y el joven actor protagonista encarna a Cheri como si se hubiera escapado de las páginas de la obra original.

En resumen, noventa minutos inteligentes,bien rodados y que, en su conjunto, no desagradarán a los que disfrutan con las películas de época. Especialmente con aquellas en las que lo no dicho supera a lo explícitamente expresado.


Las criadas
Hay textos especialmente ingratos y este, sin duda, es uno de ellos. Su montaje exige un esfuerzo titánico -del director y de los intérpretes- para conseguir que la obra adquiera su sentido y llegue con fuerza al espectador. Una apuesta siempre arriesgada y que, en el montaje de la Abadía, no me convenció en absoluto. Bien es cierto que Genet indicó que debían ser hombres quienes interpretasen su texto, pero -dejando a un lado si es necesario hacer caso de las indicaciones de un dramaturgo y, más aún, si dichas indicaciones tienen validez años después-, no creo que Genet apostase por dragqueenizar a sus criaturas, convirtiendo su texto en un espectáculo amanerado y espasmódico, donde todo está sobreactuado -por no hablar de la hórrida escenografía- y en el que se coreografía cada movimiento como si de un concierto de Monica Naranjo se tratase. Una puesta en escena que nos hace recordar la de Mario Gas de hace tan solo unos años, con una espléndida Emma Suárez y algunas inteligentísimas ideas de dirección. Y es que sin caer en la estridencia conseguía que el vómito antiburgués de Genet llegara con saña al espectador, mientras que el montaje de la Abadía solo es una modernez más, en la que los actores se esfuerzan por sostener una apuesta escénica cabaretera, simplona y acartonada. Más que prescindible. Pero tan estomagante que resulta difícilmente olvidable.