2.2.10

Colette, Genet, Frears...

Cheri

Ni la novela de Colette es equiparable a la fascinante obra epistolar de De Laclos ni tampoco el reparto de la última película de Stephen Frears incluye nombres como Glenn Close o John Malkovich. Sin embargo, aunque Cheri no esté a la altura de Las amistades peligrosas -si bien repiten el director, el guionista y la actriz- sí que se trata de una adaptación cinematográfica más que estimable. En ella, Stephen Frears consigue plasmar la sensualidad y el erotismo de la obra en que se inspira, alternando la elegancia y la belleza -excepcional la Pfeiffer- con la vulgaridad y el feísmo más esperpénticos. Todos estos elementos se hallan en la obra original y el acierto del filme consiste en saber darles forma e imagen, a pesar del uso innecesario del narrador -especialmente, en el torpe epílogo- que casi destruye la maravillosa reacción de Lea ante la ventana, pero -en cualquier caso- la adaptación reconstruye con habilidad los diálogos y transforma en una película amena y morbosa un texto novelesco sugerente aunque sin demasiado poso narrativo.

El paso del tiempo, el deseo, la educación sentimental..., todo se trata en una tonalidad postnaturalista y con una cierta superficialidad, aunque tanto en la novela como en su versión fílmica se aprecia cómo Colette se deja llevar por sus experiencias personales y por su deseo de plasmar el punto de vista femenino ante la peripecia de sus criaturas. Aquí, una gigantesca Kathy Bates devora la pantalla cada vez que aparece -sus duelos dialécticos con la Pfeiffer son lo mejor del filme- y el joven actor protagonista encarna a Cheri como si se hubiera escapado de las páginas de la obra original.

En resumen, noventa minutos inteligentes,bien rodados y que, en su conjunto, no desagradarán a los que disfrutan con las películas de época. Especialmente con aquellas en las que lo no dicho supera a lo explícitamente expresado.


Las criadas
Hay textos especialmente ingratos y este, sin duda, es uno de ellos. Su montaje exige un esfuerzo titánico -del director y de los intérpretes- para conseguir que la obra adquiera su sentido y llegue con fuerza al espectador. Una apuesta siempre arriesgada y que, en el montaje de la Abadía, no me convenció en absoluto. Bien es cierto que Genet indicó que debían ser hombres quienes interpretasen su texto, pero -dejando a un lado si es necesario hacer caso de las indicaciones de un dramaturgo y, más aún, si dichas indicaciones tienen validez años después-, no creo que Genet apostase por dragqueenizar a sus criaturas, convirtiendo su texto en un espectáculo amanerado y espasmódico, donde todo está sobreactuado -por no hablar de la hórrida escenografía- y en el que se coreografía cada movimiento como si de un concierto de Monica Naranjo se tratase. Una puesta en escena que nos hace recordar la de Mario Gas de hace tan solo unos años, con una espléndida Emma Suárez y algunas inteligentísimas ideas de dirección. Y es que sin caer en la estridencia conseguía que el vómito antiburgués de Genet llegara con saña al espectador, mientras que el montaje de la Abadía solo es una modernez más, en la que los actores se esfuerzan por sostener una apuesta escénica cabaretera, simplona y acartonada. Más que prescindible. Pero tan estomagante que resulta difícilmente olvidable.

1 comentario:

SisterBoy dijo...

Precisamente ahora me estoy leyendo "Diario del ladrón" y ¡jo! para los que se quejan de como está el barrio chino de bcn hoy en día