10.2.10

Sísifo

Se supone que es bueno ser autocrítico. Que es sano exigirse a uno mismo. Que esa actitud debería ser un camino directo hacia el crecimiento personal e incluso, por qué no, hacia un cierto estadio de felicidad. Sin embargo, a menudo se nos olvida que ese camino es, cuando menos, doloroso, porque la autocrítica encierra autoanálisis y no siempre resulta soportable asomarse a uno mismo. Va por rachas. Hay ratos en los que el espejo nos devuelve mejores reflejos que otros o, sencillamente, hay luces que camuflan con más acierto las aristas menos afortunadas de dichos reflejos.
Pero no siempre la autocrítica y la autoexigencia son negativas por lo que tienen de demanda hacia uno mismo. A veces lo son porque nos llevan a esforzarnos tanto hacia -por- los demás que nos quedamos vacíos -desorientados- cuando ese trabajo no es recíproco. Cuando, en medio de nuestra eterna lucha por contentar a todo el mundo, nos percatamos de que nadie más parece preocuparse por ello. En ese instante puede que nos demos cuenta de que no deberíamos sentirnos tan culpables por no cumplir tal o cual requisito, por no hacer tal o cual gestión, por no ir a tal o cual lugar, porque lejos de nosotros, encerrados en sus caparazones, están los otros, los amigos -cercanos, lejanos, a media distancia, qué más da- que tal vez también sean autocríticos, o autoexigentes, quién sabe, pero que, en cualquier caso, no nos incluyen en su sesuda (o inexistente) reflexión.
Lo malo de los autocríticos es que solemos ser inseguros y, peor aún, olvidadizos. Así que todo este aprendizaje sobre el egoísmo ajeno -¿connatural al ser humano?-, una lección que debería hacernos más egoístas y misántropos, se diluye demasiado pronto, sin dejarnos el poso debido y volvemos a caer en las redes de la entrega, del ofrecimiento, de la simbiosis. Volvemos a ejercer con las mismas ganas que antes de que la desilusión trajera consigo el agotamiento y el desánimo, hasta que volvemos a deternos -en algún momento de agobio, de estrés absoluto, de incomprensión cotidiana- y caemos otra vez en la cuenta de que seguimos solos. Exigiéndonos sin que nadie haga lo propio. O sin haber aprendido, tal vez eso también sea culpa nuestra, a exigirlo nosotros.

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