15.3.10

Combinaciones imposibles

Hace ya unos cuantos años (tempus fugit, ya saben) tuve la suerte de coordinar a un equipo magnífico de editores y redactores encargados de elaborar el diccionario de combinatoria de Ignacio Bosque. Aquel proyecto -el DRL- en el que pusimos todos nuestro empeño además de un sinfín de páginas de Excel, se convirtió años después en el actual Redes, una pequeña joya lexicográfica con la que la editorial que financiaba el proyecto intentaba buscar algo de prestigio a costa de un puñado de jóvenes entusiastas a los que se nos pagaba -casi literalmente- cuatro duros. Pero, explotaciones laborales aparte, gracias a Bosque (uno de esos grandes de la Lengua al que tanto debemos quienes amamos el estudio y el cuidado del idioma) los que allí trabajamos aprendimos que no todas las palabras pueden combinarse entre sí y empezamos a reflexionar sobre una disciplina, la combinatoria, de escasa tradición en nuestra gramática.

Entre esas combinaciones imposibles deberíamos haber incluido el sustantivo persona y el adjetivo infalible porque, se mire desde el punto gramatical que se mire, se trata de dos realidades irreconciliables. Lamentablemente, mi entorno laboral me quita la razón que sí me hubiera dado el diccionario Redes, pues ando rodeado de personas infalibles que, en su seguridad del no error, emiten juicios axiomáticos y verdades dogmáticas tan esdrújulos como sus pensamientos. Entre estos seres infalibles se cuentan, cómo no, muchos profesores, que han decidido que la superioridad cultural -y a veces, ni eso- que ostentan frente a sus alumnos les da derecho a convertirse en poseedores de la verdad y, por tanto, sus opiniones son siempre irrefutables. Esa, por cierto, es otra combinación imposible, porque una opinión -de ahí su nombre- es siempre refutable o dejaría, en el acto, de ser una opinión.

Así pues, ante un grupo de alumnos que ha mejorado en una materia pero ha empeorado en otra , el profesor de la segunda no suele preguntarse: ¿será un problema mío?, ¿debería replantearme mi método, mis clases, mi comunicación con el grupo? Al revés, el profesor de la segunda dirá que el profesor de la primera ha bajado el nivel, o que va de colega de sus alumnos o que, simplemente, esa materia ha sido un coladero o, peor aún, una maría. Asimismo, ante un alumno brillante en todas las materias que tan solo suspende una asignatura, el profesor de esta última no suele hablar con él e interesarse por el origen del problema (¿acaso la educación no es una tarea bidireccional?). Al revés, el profesor -en un acto de indiscutible madurez: he ahí otra combinación absurda, pues toda madurez, si es real, es siempre discutible- asegurará que el alumno le tiene manía y que no estudia su materia porque le cae mal, o porque no le es simpático, o porque el alumno siente un odio ancestral ante aquello que el profesor explica y que el adolescente se niega a asimilar.

Por supuesto, este grupo de profesores infalibles -combinación tan ridícula como la de personas infalibles- tampoco se plantea la oportunidad o la necesidad de los planes de estudio vigentes, así que, ajenos al paso del tiempo y a las carencias de sus alumnos, continuará inserto en la explicación de la sintaxis, por ejemplo, para que esos chicos que no saben entender bien un artículo periodístico, que se pierden al redactar dos líneas seguidas en sus blogs o en el Facebook, o que tienen graves problemas de expresión oral y escrita, sigan teniendo esos mismos problemas de expresión y sigan sin entender el periódico pero, a cambio, todos ellos serán infalibles -he ahí el verdadero objetivo- en la detección de complementos directos e indirectos. Localizar el complemento directo no les servirá para comunicarse ni para expresarse ni para construirse como personas -la madurez discutible, decíamos-, pero sí les será muy útil para aprobar exámenes y demostrar que son eficaces rastreando funciones sintácticas de diversa índole.

Entre los infalibles (esa combinación no sería válida: no se puede sustantivar lo que no existe) tampoco se discute, entre otros temas, si el programa de Literatura cumple o no su objetivo (que, supuestamente, es acercar a los jóvenes hacia el estudio, el conocimiento y el interés por los textos literarios) y se continuará obligando a los chicos a leer el Quijote, el Lazarillo o, en alardes de sadismo infalible, joyas tan amenas como los Milagros de Berceo o El sí de las niñas, de Moratín. Nadie se planteará -los infalibles no caen en trampas como esa- si obligar los alumnos a leerse el Quijote a los quince o a los dieciséis años no es un modo magnífico de conseguir que lo odien para siempre y que jamás sepan ver en él el prodigio de libertad, de defensa de la marginalidad, de canto a la vida y a la literatura que encierran sus páginas. Nadie se preguntará si en vez de repetir una y otra vez los mismos textos no sería bueno sustituir al más que manido ciego y las uvas del Lazarillo por alguna obra de la literatura universal, si no merece la pena dejarse de tanto Buscón, y tanta obra adaptada de Lope y lanzarse a cambio a degustar un Otelo o un Mercader de Venecia, si no habría que conseguir que los adolescentes sintieran primero curiosidad por autores como Murakami o Nothomb antes de bucear siglos atrás en obras que les quedan tan lejanas y si, por último, no sería más interesante que nuestros alumnos perdieran menos tiempo en el anodino teatro español del XVIII y se sumergieran, a cambio, en el fascinante teatro europeo del XIX. Lo malo es que leer a Strindberg, a Ibsen o a Chejov podría emocionarles -lo he probado y sí: les emociona, incluso a los menos habituados a la lectura- y entonces nuestros adolescentes a lo mejor preferían seguir leyendo (y pensando... qué horror) y hasta se negaban a seguir siendo rastreadores perrunos de complementos directos e indirectos.

Afortunadamente, el mundo está lleno de personajes infalibles que se encargan de poner las cosas en su sitio (como si pulsaran las teclas malditas de Lost, solo que ellos -en vez de los números de Hurley- dictan oraciones y problemas sintácticos en cantidades industriales), mientras unos cuantos imperfectos nos empeñamos en darle la vuelta a las cosas y en buscarle un sentido real a esta tarea de la educación. Una labor que los infalibles saben ejercer desde lo funcionaril, desde la falta de autocrítica y, a menudo, desde el desprecio por el adolescente (he ahí la gran pregunta: ¿por qué escogieron este trabajo si no les gusta su materia prima?). Una labor que, sin embargo, los imperfectos asumimos desde el reto diario, desde la duda, desde la inseguridad y desde la pregunta continua. ¿Lo estoy haciendo bien? ¿Es esto lo que necesitan? ¿Vamos hacia algún sitio que merezca la pena por este camino? Preguntas que nos salvan del dogma, del talibanismo educativo, del velo cultural y del salmo de la memoria y de la apatía. Preguntas que nos permiten seguir creciendo hacia la discutible madurez. Porque la madurez indiscutible, además de una combinación inexistente según el diccionario de Bosque, es -sobre todo- una memez.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

aquellos seres imperfectos son los que recordaremos toda la vida, a los otros ni nos molestaremos en odiar. :)

Arual dijo...

Me encanta cuando haces posts sobre tu tarea de profesor, cuánto te admiro!

Peter P. dijo...

Qué rematadamente BUENO es este post!! A enmarcar. Me ha encantado.

Anónimo dijo...

Eres perfectamente imperfecto

Cinephilus dijo...

Imperfecto, seguro... :-)
Gracias por leer y comentar este post. El tema de la educación es algo sobre lo que deberíamos reflexionar todos a menudo, intercambiar puntos de vista, conversar abierta y libremente... Cuantas más voces, mejor. Y que conste que no pretendo pontificar sobre mi opción como docente, que no es más que una entre tantas, sino tan solo mostrar mi punto de vista al respecto, mis experiencias... En fin, que de vez en cuando es necesario un desahogo... Y un debate.

SisterBoy dijo...

No me fio de las personas que no se equivocan nunca porque sí que se equivocan pero, o bien disimulan y ocultan sus errores o lo que es peor culpan de sus errores a otros,

Arual dijo...

En el 6x07 de Lost el Dr. Linus me recordó un poco a ti, bueno pero tú eres mil veces más guapo por supuesto... :)

SisterBoy dijo...

¡Y mucho más alto!