2.3.10

Montaje/Desmontaje

Teatro, ópera, cine. Mucho de lo que hablar esta semana... Así que, esta vez, no habrá preámbulo. Tan solo, opiniones. Es decir, un auténtico festival de subjetividad, parcialidad y vehemencia individualista. Pero qué quieren, si el arte fuera homogéneo, unidimensional y canónico, perdería su sentido. O, al menos, dejaría -por completo- de interesarme.

A. Realidad

Las palabras son inocentes. Las palabras no se merecen que nadie las destroce así. Esta es una de las réplicas de la obra de Tom Stoppard que Javier Cámara y María Pujalte interpretan este mes en el María Guerrero. Una pequeña pincelada de un texto lleno de matices y en el que se juega con temas tan interesantes como la creación literaria, las relaciones de pareja, la confianza o la lucha eterna entre lo que es real y lo que creemos (¿queremos?) que es y que sea. Las ideas resultan afiladas y parecen nacidas de un cruce entre el toque chic y cómico de Yasmina Reza y el intelectualismo de salón (léase de modo no peyorativo: nada de malo hay en ello si ese intelectualismo no es mediocre) de Woody Allen. Y así, por ejemplo, se agradece que el protagonista lance sus dardos contra todos esos terroristas de la palabra que se erigen en -ejem- escritores y que nos torturan no solo a quienes evitamos leerlos, sino a las palabras que se convierten en sus víctimas. O a los escenarios que transforman en sus particulares salas de tortura. La duda, la fidelidad, la inseguridad, la sinceridad... Todos esos conceptos abstractos se abordan en la obra de modo natural, sin aplicar un tono innecesariamente engolado y con bastante acierto. Nada nuevo -o nada transgresor- encontramos en este texto eminentemente aburguesado, pero sí que sus líneas están escritas con talento y, sobre todo, con una visión del mundo no maniquea que humaniza a sus criaturas y que nos permite evolucionar con ellas, de igual modo que progresa el personaje principal entre la primera y la última escena de la función.

En cuanto al montaje, Natalia Menéndez (nunca olvidaré la excelente interpretación que ella misma hizo de mi monólogo Spinning hace unos años: alguna vez espero darle las gracias por ello en persona) consigue una dirección ágil, equilibrada, entre el juguete cómico y el drama de ideas, con un uso adecuado de la escenografía y un empleo nada gratuito de vídeos y de música, dotando a la obra de una atmósfera que hace el espectáculo francamente disfrutable. Los actores están bien en sus personajes y, lo admito, me sorprendió mucho el tándem protagonista, pues nunca fui gran fan ni de Cámara ni de la Pujalte y, sin embargo, me conmovieron en sus caracteres, consiguiendo una empatía que, en esta errática temporada, pocos intérpretes han logrado en mí. Muy recomendable.

2. An education
Me divierte Nick Hornby. No es un gran novelista, pero tampoco lo pretende. Su pluma (no va con segundas: ojalá incluyera de vez en cuando el mundo gay en sus novelas, sería divertido verlo desde su perspectiva) solo busca retratar un lado entre divertido y cínico de la realidad londinense y, quizá por puro azar, consigue que esas aristas aparentemente limitadas tengan un alcance bastante mayor. Sus novelas, aunque imperfectas, suelen ser buen material cinematográfico, como demuestra la estupenda Alta fidelidad, una película de culto defendida por muchos e interpretada con acierto por John Cusack. En este caso, Horny se lanza a adaptar un libro de memorias y nos sumerge en el Londres cerrado y misógino de 1961 para plantearnos todo un clásico de la historia del cine y la literatura: la educación sentimental. Muy Flaubert, desde luego. Así que se nos presenta a una adolescente -nada que ver con la repelente e insoportable Juno: esta chica es inteligente, sí, pero también tiene la ingenuidad propia de los dieceséis- y a un hombre maduro que la seducirá y se convertirá en su nuevo educador. Toda una Bildungsroman llena de guiños irónicos, de guiños culturales y, sobre todo, de guiños estéticos. Y así, sin complejos, la película se presenta como un asumido festival de imágenes coloristas, sensuales e impregnadas de un carpe diem que conduce a un final algo abrupto pero, en cualquier caso, interesante. Es cierto que se echa en falta un mayor desarrollo, pero plantear temas como la responsabilidad de los padres y de las instituciones educativas en las conductas adolescentes es un acierto, si bien en este caso ese planteamiento es mucho más light que el del inmenso Haneke de La cinta blanca.

No creo que pase a la historia del cine -tampoco Hornby pasará a la historia de la literatura-, pero sí son cien minutos de buen cine, de narrativa con talento y con interés y, sobre todo, de personajes bien interpretados -estupenda la debutante Carey Mulligan, fantástico y magnético su seductor, Peter Sarsgaard, muy bien la Thompson y muy caricaturesco Alfred Molina- en los que se esconde un buen puñado de vida. Ah, y nunca viene mal que se aborde el tema de la liberación de la mujer -ya sea en los 60, ya sea ahora- para recordarnos que seguimos en una sociedad eminentemente machista.

3. Andrea Chenier
Dejando a un lado la estupenda labor del cantante principal -bravo por él-, el Teatro Real nos ha ofrecido esta vez una ópera rancia y acartonada en la que uno tenía la sensación de estar viendo un Cortilandia de época con hilo musical incluido. Resulta difícil justificar un entreacto de cuarenta minutos entre dos actos... ¡de treinta!, sobre todo si dicho entreacto sirve para colocar un decorado espantoso, unas pelucas de saldo y unos maquillajes imposibles en un número ilimitado de figurantes, consiguiendo que el espectador ¡no supiera quién canta!, gracias a las carreras que unos y otros se daban en escena. La obra, cuyo argumento -ambientado en la Revolución francesa- es bobo hasta el dolor, se adorna con el uso de unas tres mil ciento cuarenta y cuatro banderas del país vecino, de modo que imagino que han agotado todo el stock de banderas francesas de la Comunidad de Madrid. Entretanto, una niña pija se enamora de un poeta pesado y los dos deciden morir juntos para subir -literalmente- al cielo, cogidos de la manita y enamorados, claro está. El director subraya todos los disparates del argumento y con su feísmo escénico consigue distraernos de la partitura, algo así como si intentásemos disfrutar de un Wagner mientras nos obligan a mirar fijamente un escaparate de Lladró. El efecto, evidentemente, es inmediato: solo pensamos en huir. O en entrar en la tienda y romper los Lladrós... Eso sí, hay que hacer un grupo de facebook sobre "señoras que opinan que las óperas son siempre muy bonitas", porque el público -en su mayoría- salió encantado con uno de los montajes más casposos que recuerdo (solo el taller de Valientes la cutreserie de Cuatro era más de cartón piedra que eso). Una pena.

3 comentarios:

Arual dijo...

Me apunto la recomendación cinéfila, tiene buena pinta y a mí Hornby también me atrae!

SisterBoy dijo...

An education la tengo en mi lista, a ver si voy a verla esta semana y comparamos opiniones. Nick Hornby escribió "Fever Pitch" que para los aficionados al fútbol es como La biblia, el Talmud y el Corán en un solo libro

Anónimo dijo...

A mí me pasa algo parecido (pero al revés)con la ópera y el teatro en general.Estoy harta de los que se dedican a ser "originales" con las obras de los demás y hacer gilipolleces con el escenario,la ambientación,época y demás.Cuando una vez al siglo me encuentro con una ópera ambientada en su época, sin chorradas escénicas (que son super profundas y simbólicas,ya ves) me entran espasmos de placer.
Si quieren ser originales que hagan una obra propia,pero que dejen de "mejorar" a los clásicos (y no tan clásicos).
No he visto la representación de la que hablas,pero en todo caso malas pelucas y mucha gente es un mal menor.Prefiero cutre que pringao.