25.4.10

She's not Alice

Tiene mérito convertir la Alicia de Lewis Carroll en un muñecajo de videojuego, una especie de versión rubia y ñoña de Tomb Raider, que se las ve y se las desea para matar a un bicho horroroso al final de hora y media de película.

Tiene mérito coger dos novelas tan deliciosas como las de Mr. Carroll para rodar semejante memez y no dejar títere con cabeza. Tiene mérito inventar un envoltorio tan facilón y previsible -el mundo real de la real Alicia- para proponer una especie de Hook imposible, una segunda parte de algo que, honestamente, no la requiere.

Tiene mérito arruinar personajes como el gato de Cheshire o el sombrerero, a lo que contribuye un Johny Depp cada vez más sobreactuado y que parece que ha sido poseído por el espíritu de Jack Sparrow desde que lo interpretó. Tiene mérito no haber sido capaz de conservar ni una pincelada de la agudeza filosófica del texto original, ni un ápice de la locura y el humor de sus páginas, ni una gota de su fantástica visión del mundo, esa que hace que Alicia sea una obra magna de la literatura universal, por mucho que versiones como esta se empeñen en infantilizarla y devolverla al cajón de pelis para toda la familia con final feliz incorporado.

Sí, tiene mérito desperdiciar una estética estupenda -Burton sigue dominando el envoltorio, pero hace tiempo que no es dueño de los contenidos- para plantear una fábula inane, vacía, carente por completo de interés. Tiene mérito que un visionario como Burton, autor de maravillas como Ed Wood, caiga en el cliché más espantoso y nos regale algo tan pueril como esto, solo comparable con su innecesario remake de El planeta de los simios. Incluso en algunos (escasos) momentos de su fallido Sweeney Todd se mostró más inspirado que en esta última obra.

Tiene mérito que alguien con un mundo interior tan rico como Burton (o así creíamos que era su universo personal y creativo) sea tan incapaz de entender la exuberancia del pensamiento que se oculta tras el espejo de esa Alicia a la que él no sabe ni quiere entender. Esa Alicia que, como tantos otros personajes, es mucho más que una simple heroína, es -sobre todo- un símbolo, un icono, una metáfora de lo perdidos y lo locos que estamos, de cómo travestir la realidad a pesar de que esta no siempre nos lo ponga fácil. Incluso cuando sabemos que siempre -como la reina de corazones- nos lo pone difícil.

La Alicia de Burton parece un spin-off televisivo de El señor de los anillos, y confunde la mitología intelectual con la mitología épica, porque la épica de Carroll no nace de la acción, sino de su juego con el lenguaje, con las imágenes imposibles, con un mundo casi surrealista que habría hecho las delicias de Magritte o de Buñuel. Pero no, nada de eso hay en esta película de consumo apta para toda la familia -desde luego-, sobre todo si la familia no está dispuesta a pensar demasiado y se conforma con atiborrarse de palomitas, calzarse unas gafas incomodísimas y sonreír ante los mohínes del conejo -casi invisible-, ante el histrionismo de los actores -la más que suprimible Hathaway, el insufrible Depp-, ante los colores de los bichejos post-avatarianos que, afortunadamente, no tuve que ver volando junto a mí en 3D.

Hoy, cómo no, he vuelto a releer un par de pasajes de la obra original y hasta me he puesto unas cuantas escenas de la primera versión -en dibujos y dos dimensiones- de Disney. No es que sea perfecta, pero en su ingenuidad -y a pesar de sus errores- está a años luz de este engendro de Tim Burton que, la verdad, podrían haber estrenado directamente en la Playstation.

24.4.10

Carcoma

Hay gente de sonrisa beatífica e intenciones diabólicas. Gente de mirada inocente y pensamientos culpables. Gente hipócrita y de doble moral, como los santurrones que meten mano a los niños que deberían educar. Como la iglesia que oculta esos delitos contra la infancia y que echa tierra encima de todo cuanto no se debe ver. Demasiados ejemplos a la vista. Demasiado probables todos ellos.

Esa gente es cercana. Está aquí. En todas partes. Y a menudo se interponen entre nosotros y nuestro mundo -nuestra pareja, nuestros amigos- como una carcoma apenas visible que no siempre resulta fácil descubrir. Y entonces, cuando no es evidente, es cuando esa gente resulta realmente peligrosa. Porque son capaces de atravesar el espejo y presentarse como víctimas convirtiéndonos a nosotros -a quienes los sufrimos- en sus verdugos. Así que, gracias a su habilidad para darle la vuelta a todo, nuestro mundo -nuestra pareja, nuestros amigos- nos preguntarán que qué nos pasa. Insistirán en que por qué nos ponemos así. Nos dirán que cómo es que seguimos a vueltas con el mismo tema. Porque no entenderán que ellos también deberían atravesar ese mismo espejo y cambiar su pregunta. Deberían preguntarle a esa otra gente -a esa carcoma- que por qué sigue ahí. Que por qué no nos deja respirar. Que por qué no se aparta de una vez y deja sitio para que la vida -la nuestra- continúe su curso.

Pero la carcoma es hábil, porque sabe hacer que todos -salvo ella, con su sonrisa inamovible- parezcamos culpables. Así que seguirá instalada en nuestro mundo -entre nosotros y nuestras parejas, o entre nosotros y nuestros amigos- y nos causará .-lenta pero inexorablemente- un estado de infelicidad que no podremos vencer fácilmente, porque seremos conscientes de que, mientras luchamos contra sus ataques, la carcoma sigue desgastando los vínculos que nos atan a ese mundo que antes era nuestro y que, con su labor de eterno desgaste, empieza a no serlo tanto.

Y así, día tras día, puede que nuestro mundo se dé cuenta del peligro y decida poner fin a esa carcoma, alejarla de sí y dejar que la vida siga su feliz curso. O puede que no, que nadie se dé cuenta de que esa carcoma es mortal y, finalmente, seamos nosotros quienes acabemos desterrados de nuestro propio mundo, rompiendo con todo y dejando que la carcoma disfrute -ya sin nosotros- de eso que antes fue nuestro -nuestras parejas, nuestros amigos- y ahora es suyo. El ciclo, pensará la carcoma, está completo.

13.4.10

Por qué sí voy al teatro

Puede que me encontrara muy cansado. Puede que no fuera el mejor momento para leer los tres artículos que, bajo el título de Por qué no voy al teatro, ha publicado Quim Monzó estos días en La Vanguardia. Puede que después de dedicar entre veinte y veinticinco horas semanales a trabajar en el nuevo proyecto teatral en el que ando inmerso -un monólogo sobre la figura del joven Buñuel que plantea otros temas mucho más generales como la juventud, la amistad o la dificultad de aceptar aquello que tememos- no estuviera en el estado de ánimo más adecuado para afrontar dichos textos. Puede que fuera cosa del agotamiento tras volver de los ensayos con el -estupendo e igualmente entusiasta- actor que dará vida al personaje. Puede que todo sea culpa de que llevo creyendo en el teatro -escribiendo, montando, dirigiendo- desde hace más de quince años, aunque sean muchas más las horas de trabajo -no recuerdo cuándo fue la última vez que no madrugué un domingo para acudir a un ensayo- que las retribuciones económicas (cuando las hay). Puede que simplemente sienta que un arte como el teatro, en el que trabajamos gente tan entusiasta, se merecía algo más que tres columnas supuestamente graciosas e irónicas donde solo se acumulan chistes fáciles y tópicos de dudosa relevancia.

A Monzó, según escribe, no le gusta que los actores sobreactúen. Ni que se deseen mierda. Ni que salgan raudos a aplaudir. A Monzó, afirma, le da vergüenza mirar a muchos actores. A Monzó, añade, no le gusta ver nada rodeado de más personas. Y quizá, como Monzó es uno de los narradores que más me interesan (llevo ya cuatro años recomendando su El porqué de las cosas a mis alumnos), me molesta especialmente que sus cómicas ocurrencias no tengan ningún calado y solo sirvan para disuadir -aún más, si cabe- a la gente de asistir a las salas teatrales. Porque en sus textos -por mucho que se defienda que son irónicos o simplemente provocadores- no hay ni el más lejano aliento cultural. Suenan tan rancios como la afirmación de los que no van jamás al teatro porque "no les gusta lo que se hace ahora". Ese ahora hace alusión a un tiempo indefinido (¿cuándo fueron antes?) y normalmente encubre una ignorancia radical sobre todo cuanto está programado en la cartelera, ya sea en salas comerciales o alternativas. Con un poco de suerte, ni siquiera sabrán que en ciudades como Barcelona o Madrid hay teatros alternativos y confundirán sus nombres -DT, Karpas, Triángulo, Guindalera...- con sucursales del Carrefour o marcas blancas del Caprabo.

Y sí, se sobreactúa. O simplemente, se actúa. Porque para convencer hay que crear. Que construir. Y nuestro instrumento es la voz. Así que se modula. Se proyecta. Se trabaja. Y se transforma el cuerpo. Y el movimiento. Y así se logran creaciones tan excepcionales como el Urtain de Roberto Álamo o la Poncia de la Sardá, dos hallazgos recientes que -imagino- el señor Monzó se habrá perdido. Tampoco le gusta a nuestro autor la escenografía, ni cuando es minimalista -porque le parece barata y pobre- ni cuando es barroca -porque le distrae. Yo, desde luego, soy un defensor de la escena desnuda, pero no se trata de una cuestión caprichosa, sino de una opción estética. Imagino que Monzó se preguntará, antes de abordar una historia, qué narrador y qué punto de vista prefiere usar, cómo va a estructurarlo temporalmente, qué estilo le parece más adecuado emplear... Algo así, habría que decirle, es esa escenografía que tanto le molesta. Porque la estructura verbal y las técnicas narrativas de un cuento o de una novela son el equivalente de la luz, de la caja escénica, de los efectos sonoros y del diseño escenográfico en un montaje teatral. Otra sintaxis. Otra semántica. Pero idéntico resultado al de los demás géneros literarios.

Un resultado que no es más -ni menos- que un viaje a un lugar donde solo el arte -cualquiera de ellos- puede llevarnos. Un pasaje directo hacia la trascendencia de nuestro propio yo, hacia esa catarsis de la que hablaba Aristóteles y que ya supieron entender los griegos cuando nos dejaron obras inmortales como Electra o Lisístrata. Desde la tragedia más terrible a la comedia más procaz, en sus textos ya se adivinaba cómo el teatro podía diseccionar esto que llamamos ser humano o aquello que, cuando se comporta como tal, podemos designar sociedad. Quizá por ello esperaba que, bajo esa ironía, Monzó invitase al teatro y le diese el apoyo intelectual (del institucional ni hablo: hace siglos que lo di por perdido) que este arte -siempre en lucha por su supervivencia- necesita.

Y sí, por eso voy al teatro. Por eso hago teatro y disfruto -enormemente- con ello, a pesar del cansancio, de las dudas, de los miedos que genera cada nueva función. Cada futuro público. Por eso somos supersticiosos, porque el señor Monzó olvida el valor que requiere subir a un escenario y dejarse la vida en cada palabra -escrita o dicha- o en cada gesto -sentido o fingido: eso nadie lo distinguirá jamás. Un arte -el de Talía, aunque tampoco le guste que lo llamen así: ¿lo asocia con la cantante mexicana, tal vez?- que surgió en el mismo momento en que Eva interpretó a la primera mujer fatal de la historia para conseguir que Adán mordiese la manzana (menos mal que lo hizo, por cierto, porque un Edén sin desnudos jamás pudo ser un auténtico Paraíso...) Y sí, como espectador aún me sigo poniendo nervioso cuando tengo noticia del estreno de ciertas obras que deseo ver cuanto antes (como El avaro de Lavelli de mañana o el Fin de partida de la semana que viene).

Porque en estos tiempos digitales en los que parece que todo -incluso la amistad y el amor- puede hacerse y cultivarse por teléfono, aún hay formas de expresión que requieren de la presencia y que nos permiten traspasar un espejo -el de la realidad, el de la existencia, el de nuestros miedos y esperanzas- sin pantalla ni módem alguno. Sin nada que no sea el cuerpo y la voz de un grupo de dementes -hay que ser un loco para subirse a un escenario- que trabajan en esto porque creen en ello, porque tienen algo que contarnos, porque el teatro -el de verdad, el que nace del rito y de la denuncia, de la transgresión y del grito, de las vísceras y de la poesía- es algo que nos permite sumar el epíteto de humanos al sustantivo ser.

10.4.10

Sintaxis y misoginia

Los dos ministros presentaron su dimisión.
Los jugadores de la selección se sienten fortalecidos por su victoria.
Los responsables todavía no han sido procesados.
El profesor decidió que el examen se celebraría el lunes.
El general se mostró dispuesto a colaborar.
El líder de esa formación política fue aclamado por sus simpatizantes.
Antes de salir María siempre se arregla durante dos horas.

Todas estas oraciones pertenecen al mismo libro de texto de Lengua y Literatura. Todas ellas son ejemplos propuestos por dicho manual para practicar el análisis sintáctico, la única destreza que parece preocupar a quienes diseñan los planes de estudios de Lengua y Literatura (¿para qué alimentar el amor por los libros cuando podemos jugar a los sudokus sintácticos?). Y si se fijan bien, comprobarán enseguida que todos los enunciados propuestos coinciden en un mismo rasgo: reflejan, casualmente, una visión sesgadamente masculina del mundo.

Resulta curioso -por no decir, preocupante- cómo se transmiten, de modo directo o indirecto, estos planteamientos claramente desvirtuados de la realidad, de manera que en la sintaxis seguimos sin tener ministras o jugadoras de fútbol, aunque sí aparezcan los sujetos en femenino para aquellas acciones de naturaleza estética que revistan una cierta coquetería (como la de la pobre María, que siempre tarda dos horas en el baño antes de poder salir de casa).

No sé si se trata de un despiste o si, simplemente, no ha habido ningún editor de ese libro que se haya planteado el rasgo sexista del mismo. Implícito, sí, pero profundamente rotundo y alarmantemente repetido. Y es que si no somos capaces de alterar nuestra visión de la realidad en algo tan sencillo como las oraciones que proponemos para el análisis sintáctico, ¿cómo vamos a fundamentar otros cambios mucho más sutiles y necesarios aún en la enseñanza secundaria en nuestro país?

De momento, a pesar de que hay editoriales que sí tienen en cuenta estas cuestiones (mucho más relevantes de lo que pueda parecer: aún queda mucho camino por recorrer en la lucha por la igualdad), seguimos inmersos en un mundo de jueces, ministros, jugadores de fútbol, abogados y presidentes, enfrentados a secretarias, enfermeras y Marías que se arreglan compulsivamente frente al espejo, quizá porque hay quienes -desde su velada o no tan velada misoginia- no están en absoluto dispuestos a dejarles salir de él.

3.4.10

Una semana en Nueva York




Vistas desde nuestra habitación...




Es extraño, pero echaba de menos Nueva York. No acabo de entender cómo se puede echar de menos algo que solo se ha visto una vez, así que supongo que su omnipresencia -cinematográfica y televisiva- en nuestras vidas, hace que sintamos que esa ciudad nos pertenece mucho más de lo que la simple experiencia vital pudiera decirnos. En cierto modo, ¿no es tan real lo que vivimos a través del cine o de la literatura como lo que vivimos fuera de ellas? Incluso, si seguimos a Alicia a través de su espejo, ¿no es más real lo primero que lo segundo? Dudas virtuales aparte, este retorno -ansiado- a Nueva York prometía ser un viaje estupendo. Y no ha defraudado nuestras expectativas, más bien al revés, pues se ha convertido en una semana, simplemente, excepcional. Aquí van algunas pinceladas de todo ello...




Paseando por Central Park


1. Tim Burton en el MoMA


Una exposición obligada para todos los fanáticos del mundo de Tim Burton, un autor que domina mejor el código que el mensaje, pero cuya estética ya justifica -por sí sola- su status de creador. Bien es cierto que su producción es desigual y que en ocasiones los argumentos quedan francamente apagados ante su paleta cinematográfica, pero también es indiscutible que su visión de los personajes y de los escenarios ha cambiado nuestra forma de percibir la imagen y, sobre todo, de sentirla, dando un paso más allá por la senda de Frankenstein & Cia al extraer lirismo y belleza de todo aquello que debería ser perverso u oscuro.

En el MoMA se le rinde un merecido homenaje en el que se pasea, sobre todo, por su producción visual, ofreciendo una extensa variedad de sus dibujos y bocetos, y demostrando que su éxito no es producto de la casualidad, sino el resultado de un rico mundo interior lleno de criaturas, temas y ambientes. La exposición se completa con una serie de esculturas necesariamente emotivas para quienes amamos su cine y, cómo no, con algunos objetos de esos que los mitómanos no podemos dejar de admirar, como el jersey de angora de Ed Wood -una obra maestra- o el cochecito donde iba el bebé Penguin de su oscura y poco valorada Batman returns.


2. A view from a bridge
No es el texto que mejor ha envejecido de Arthur Miller, pero su escritura -prodigiosa en la recreación del drama individual y, sobre todo, en la caligrafía del fracaso- sigue siendo lo suficientemente eficaz si cae en manos de un buen director y de un elenco que sepa hacerse con los personajes. Y este es, precisamente, el caso de esta función, soberbiamente -y sobriamente- dirigida por Gregory Mosher e interpretada por Liev Schreiber, Scarlett Johansson y Jessica Hecht.


El trío protagonista funciona a la perfección y Scarlett demuestra que tiene, cuando menos, un agente estupendo, capaz de elegir para ella el mejor de los roles posibles para su debut en Broadway. Su personaje, la joven Caty, está llena de sensualidad y, sin grandes dificultades textuales, permite un enorme lucimiento interpretativo. Ella nos sorprendió por su seguridad escénica, por su dominio de la voz y por su presencia sobre las tablas, motivos que le han granjeado unas críticas espectaculares por el que es su primer trabajo teatral. Jessica Hecht -a quien recordaba de Whatever works, la última de Allen- borda su papel de B., la esposa de Eddie. Y, por último, Liev Schreiber da todo un recital interpretativo en su creación de Eddie, una interpretación asombrosa que nos dejó, literalmente, boquiabiertos. Admito que mi interés por esta función radicaba más en Scarlett y no esperaba, en absoluto, encontrarme con un actor de esa solvencia, de esa capacidad y, a su modo, de ese atractivo. Un antigalán que se come cada escena y que se llevó una más que merecidísima ovación. Solo por ello creo que podría volver a ver Lobezno, ese horror en el que Liev era, pese a todo, lo mejor de la película.


3. Next to normal

Es el gran nuevo musical de Broadway. Next to normal se estrenó el año pasado y ahora, en abril, cumple su primer año. Se trata de una de las escasas funciones que no han sido suspendidas por la crisis y su éxito radica en su rareza. Inusual es su reparto -solo seis actores-, su partitura -excelente, pero no facilona-, su puesta en escena -un escenario único: inteligentísimo, pero nada espectacular al modo al que el público del musical está acostumbrado-, su reparto -anónimo en su mayoría: magistrales todos ellos-, y, sobre todo, su argumento: cómo trata de sobrevivir a la esquizofrenia de sus miembros una familia media americana.



El tema, la locura, no es precisamente fácil y tampoco lo es su desarrollo escénico, cuya trama recuerda al piloto de Mujeres desesperadas y, sobre todo, a algunos de los mejores episodios de Six feet under. La obra aborda el tema con una inteligencia poco habitual y no soslaya las partes más duras, oscilando entre el drama psicológico y el humor negro (escaso pero genial). Los actores se dejan la piel en sus interpretaciones -de ahí el Tony a la mejor actriz para Alice Ripley, la protagonista femenina- y el musical funciona por su originalidad, por su honestidad, por ser diferente.

Kyle Dean Massey en Next to normal


Es curiosa su trayectoria, ya que se estrenó en primer lugar en un escenario pequeño alejado de Broadway y fue un productor quien decidió apostar por ello, respetando la esencia casi indy del montaje original. El resultado es simplemente espléndido y su éxito no es más que la confirmación de que sí hay un público inteligente que espera ver cómo los géneros cambian y evolucionan, un público que necesita nuevas historias y ficciones, nuevas formas de contar, y nuevos rostros que lo cuenten. Destacaremos, además de a Ms. Ripley, al guapísimo Kyle Dean Massey, toda una joya en más de un aspecto...




A punto de entrar en la ópera


Además, también hubo tiempo para la ópera -un Hamlet curioso, en el que destacaba la excelencia vocal de su reparto-, para más museos -con una larga y aprovechada visita al Guggenheim-, y -cómo no- para las compras, alternando el lujo de la Quinta Avenida con el mundo (falsamente) alternativo del Soho, tan próximo en su concepto a otros barrios entre indy y luxury como Le Marais parisino, por ejemplo.





Caminando por Broadway



En cuanto a hoteles y restaurantes, aquí dejo algunos consejos de nuestra experiencia neoyorquina...

...New York Palace, una referencia obligada para los fans de Gossip Girl. Allí hemos estado alojados -en el espacio que ellos llaman The towers, y que es algo más tranquilo y exclusive que el resto del hotel. Muy recomendable en todos los aspectos, sobre todo en la cuestión del servicio, que resulta, simplemente, perfecto.



Viviendo la noche en NYC



...Restaurante Four Seasons, diseñado por Mies van der Rohe & Philip Johnson y lugar de visita obligada para los amantes de la buena mesa en un entorno exquisito y sofisticado. Muy Truman Capote (quien, por cierto, lo menciona en algunos de sus textos).

...DB Bistro Moderne, cerca de los teatros de Broadway, y célebre por su chef, Daniel Boulud, uno de los más aclamados de Nueva York. A destacar su famosa hamburguesa (rellena de cordero y foie) y acompañada de patatas soufflé.

...The river café, bajo el puente de Brooklyn. Presente en más de una película de Allen y poseedor de una de las vistas más hermosas de Manhattan.


Brunch en el River Café. La vista, impagable...



...Buddakan, recomendación de mi buena amiga Pal y muy conocido tras su aparición en la película de Sex & the city. Un restaurante inmenso compuesto por espacios tan espectaculares como bien organizados y mejor decorados. La comida, asiática, espléndida y el servicio tan sofisticado como preciso. Conviene llevar bien anotada la dirección, porque no hay un solo indicador fuera del edificio, algo similar a lo que ocurre en mi adorada Le Societé, también en París.

...Barneys, su cafetería no solo tiene unas bonitas vistas, sino que permite hacer un almuerzo ligero y muy americano a media mañana.

...Armani Restaurant, en plena Quinta Avenida (frente a la inacabable fila de Abercrombie & Fitch) e impecablemente diseñado. Un italiano perfecto -en todos los sentidos-, con unas vistas espectaculares y un ambiente moderno y elegante, muy de don Giorgio. Un hallazgo tanto para tomarse un cocktail a media tarde como para disfrutar de una buena comida.


Armani Restaurant, en la Quinta



...Soho Grand Hotel, en (obviamente) el Soho, en el 310 de West Broadway. Uno de esos sitios eternamente de moda y eternamente llenos. Ideal para hacer una pausa entre las compras y las galerías de arte de la zona. Y muy curioso (y fuerte) el sabor de su Dirty Soho. Para los más atrevidos.



De compras por el Soho



...Cafe Luxembourg, ideal para asisitir a una ópera en el Metropolitan. Eso sí, hay que reservar. Suele estar siempre lleno de espectadores entre hambrientos y nerviosos (por aquello que han van a ver a continuación).

...The modern, el restaurante del MoMA, con dos ambientes (uno formal y otro más informal), una carta muy bien pensada, un servicio espléndido y un entorno de lo más apetecible. Otro de esos lugares donde no se debe ir una única vez.

Hay más nombres, más lugares, más vistas..., pero creo que estas pinceladas sirven, aunque sean solo una parte del viaje, para resumir algunos de los instantes en él vividos. Unos instantes que, de nuevo, vuelven a provocarme la misma nostalgia de la primera vez. Las mismas ganas de regresar -juntos- a una ciudad que no deja de sorprenderme. Ni de fascinarme.

Nos vemos pronto, NYC. Seguro.