24.4.10

Carcoma

Hay gente de sonrisa beatífica e intenciones diabólicas. Gente de mirada inocente y pensamientos culpables. Gente hipócrita y de doble moral, como los santurrones que meten mano a los niños que deberían educar. Como la iglesia que oculta esos delitos contra la infancia y que echa tierra encima de todo cuanto no se debe ver. Demasiados ejemplos a la vista. Demasiado probables todos ellos.

Esa gente es cercana. Está aquí. En todas partes. Y a menudo se interponen entre nosotros y nuestro mundo -nuestra pareja, nuestros amigos- como una carcoma apenas visible que no siempre resulta fácil descubrir. Y entonces, cuando no es evidente, es cuando esa gente resulta realmente peligrosa. Porque son capaces de atravesar el espejo y presentarse como víctimas convirtiéndonos a nosotros -a quienes los sufrimos- en sus verdugos. Así que, gracias a su habilidad para darle la vuelta a todo, nuestro mundo -nuestra pareja, nuestros amigos- nos preguntarán que qué nos pasa. Insistirán en que por qué nos ponemos así. Nos dirán que cómo es que seguimos a vueltas con el mismo tema. Porque no entenderán que ellos también deberían atravesar ese mismo espejo y cambiar su pregunta. Deberían preguntarle a esa otra gente -a esa carcoma- que por qué sigue ahí. Que por qué no nos deja respirar. Que por qué no se aparta de una vez y deja sitio para que la vida -la nuestra- continúe su curso.

Pero la carcoma es hábil, porque sabe hacer que todos -salvo ella, con su sonrisa inamovible- parezcamos culpables. Así que seguirá instalada en nuestro mundo -entre nosotros y nuestras parejas, o entre nosotros y nuestros amigos- y nos causará .-lenta pero inexorablemente- un estado de infelicidad que no podremos vencer fácilmente, porque seremos conscientes de que, mientras luchamos contra sus ataques, la carcoma sigue desgastando los vínculos que nos atan a ese mundo que antes era nuestro y que, con su labor de eterno desgaste, empieza a no serlo tanto.

Y así, día tras día, puede que nuestro mundo se dé cuenta del peligro y decida poner fin a esa carcoma, alejarla de sí y dejar que la vida siga su feliz curso. O puede que no, que nadie se dé cuenta de que esa carcoma es mortal y, finalmente, seamos nosotros quienes acabemos desterrados de nuestro propio mundo, rompiendo con todo y dejando que la carcoma disfrute -ya sin nosotros- de eso que antes fue nuestro -nuestras parejas, nuestros amigos- y ahora es suyo. El ciclo, pensará la carcoma, está completo.

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