13.4.10

Por qué sí voy al teatro

Puede que me encontrara muy cansado. Puede que no fuera el mejor momento para leer los tres artículos que, bajo el título de Por qué no voy al teatro, ha publicado Quim Monzó estos días en La Vanguardia. Puede que después de dedicar entre veinte y veinticinco horas semanales a trabajar en el nuevo proyecto teatral en el que ando inmerso -un monólogo sobre la figura del joven Buñuel que plantea otros temas mucho más generales como la juventud, la amistad o la dificultad de aceptar aquello que tememos- no estuviera en el estado de ánimo más adecuado para afrontar dichos textos. Puede que fuera cosa del agotamiento tras volver de los ensayos con el -estupendo e igualmente entusiasta- actor que dará vida al personaje. Puede que todo sea culpa de que llevo creyendo en el teatro -escribiendo, montando, dirigiendo- desde hace más de quince años, aunque sean muchas más las horas de trabajo -no recuerdo cuándo fue la última vez que no madrugué un domingo para acudir a un ensayo- que las retribuciones económicas (cuando las hay). Puede que simplemente sienta que un arte como el teatro, en el que trabajamos gente tan entusiasta, se merecía algo más que tres columnas supuestamente graciosas e irónicas donde solo se acumulan chistes fáciles y tópicos de dudosa relevancia.

A Monzó, según escribe, no le gusta que los actores sobreactúen. Ni que se deseen mierda. Ni que salgan raudos a aplaudir. A Monzó, afirma, le da vergüenza mirar a muchos actores. A Monzó, añade, no le gusta ver nada rodeado de más personas. Y quizá, como Monzó es uno de los narradores que más me interesan (llevo ya cuatro años recomendando su El porqué de las cosas a mis alumnos), me molesta especialmente que sus cómicas ocurrencias no tengan ningún calado y solo sirvan para disuadir -aún más, si cabe- a la gente de asistir a las salas teatrales. Porque en sus textos -por mucho que se defienda que son irónicos o simplemente provocadores- no hay ni el más lejano aliento cultural. Suenan tan rancios como la afirmación de los que no van jamás al teatro porque "no les gusta lo que se hace ahora". Ese ahora hace alusión a un tiempo indefinido (¿cuándo fueron antes?) y normalmente encubre una ignorancia radical sobre todo cuanto está programado en la cartelera, ya sea en salas comerciales o alternativas. Con un poco de suerte, ni siquiera sabrán que en ciudades como Barcelona o Madrid hay teatros alternativos y confundirán sus nombres -DT, Karpas, Triángulo, Guindalera...- con sucursales del Carrefour o marcas blancas del Caprabo.

Y sí, se sobreactúa. O simplemente, se actúa. Porque para convencer hay que crear. Que construir. Y nuestro instrumento es la voz. Así que se modula. Se proyecta. Se trabaja. Y se transforma el cuerpo. Y el movimiento. Y así se logran creaciones tan excepcionales como el Urtain de Roberto Álamo o la Poncia de la Sardá, dos hallazgos recientes que -imagino- el señor Monzó se habrá perdido. Tampoco le gusta a nuestro autor la escenografía, ni cuando es minimalista -porque le parece barata y pobre- ni cuando es barroca -porque le distrae. Yo, desde luego, soy un defensor de la escena desnuda, pero no se trata de una cuestión caprichosa, sino de una opción estética. Imagino que Monzó se preguntará, antes de abordar una historia, qué narrador y qué punto de vista prefiere usar, cómo va a estructurarlo temporalmente, qué estilo le parece más adecuado emplear... Algo así, habría que decirle, es esa escenografía que tanto le molesta. Porque la estructura verbal y las técnicas narrativas de un cuento o de una novela son el equivalente de la luz, de la caja escénica, de los efectos sonoros y del diseño escenográfico en un montaje teatral. Otra sintaxis. Otra semántica. Pero idéntico resultado al de los demás géneros literarios.

Un resultado que no es más -ni menos- que un viaje a un lugar donde solo el arte -cualquiera de ellos- puede llevarnos. Un pasaje directo hacia la trascendencia de nuestro propio yo, hacia esa catarsis de la que hablaba Aristóteles y que ya supieron entender los griegos cuando nos dejaron obras inmortales como Electra o Lisístrata. Desde la tragedia más terrible a la comedia más procaz, en sus textos ya se adivinaba cómo el teatro podía diseccionar esto que llamamos ser humano o aquello que, cuando se comporta como tal, podemos designar sociedad. Quizá por ello esperaba que, bajo esa ironía, Monzó invitase al teatro y le diese el apoyo intelectual (del institucional ni hablo: hace siglos que lo di por perdido) que este arte -siempre en lucha por su supervivencia- necesita.

Y sí, por eso voy al teatro. Por eso hago teatro y disfruto -enormemente- con ello, a pesar del cansancio, de las dudas, de los miedos que genera cada nueva función. Cada futuro público. Por eso somos supersticiosos, porque el señor Monzó olvida el valor que requiere subir a un escenario y dejarse la vida en cada palabra -escrita o dicha- o en cada gesto -sentido o fingido: eso nadie lo distinguirá jamás. Un arte -el de Talía, aunque tampoco le guste que lo llamen así: ¿lo asocia con la cantante mexicana, tal vez?- que surgió en el mismo momento en que Eva interpretó a la primera mujer fatal de la historia para conseguir que Adán mordiese la manzana (menos mal que lo hizo, por cierto, porque un Edén sin desnudos jamás pudo ser un auténtico Paraíso...) Y sí, como espectador aún me sigo poniendo nervioso cuando tengo noticia del estreno de ciertas obras que deseo ver cuanto antes (como El avaro de Lavelli de mañana o el Fin de partida de la semana que viene).

Porque en estos tiempos digitales en los que parece que todo -incluso la amistad y el amor- puede hacerse y cultivarse por teléfono, aún hay formas de expresión que requieren de la presencia y que nos permiten traspasar un espejo -el de la realidad, el de la existencia, el de nuestros miedos y esperanzas- sin pantalla ni módem alguno. Sin nada que no sea el cuerpo y la voz de un grupo de dementes -hay que ser un loco para subirse a un escenario- que trabajan en esto porque creen en ello, porque tienen algo que contarnos, porque el teatro -el de verdad, el que nace del rito y de la denuncia, de la transgresión y del grito, de las vísceras y de la poesía- es algo que nos permite sumar el epíteto de humanos al sustantivo ser.

4 comentarios:

Diva dijo...

Porque me hace sentir muy viva, por eso voy al teatro. Porque una buena obra, una buena actuaci ... Ver másón me emociona, me entretiene, me conmueve y salgo de la sala simplemente feliz. Como después de disfrutar de una exposición que deseaba ver o tras una buena película o una buena serie. La cultura, en definitiva, tan denostada, pero tan necesaria. Muchas veces pienso lo afortunada que soy de vivir en una ciudad tan apasionante desde el punto de vista cultural... Y si tienes la suerte de compartir todo ese cóctel de emociones, pues mejor que mejor :-)

Arual dijo...

Pues yo no voy al teatro... ni al cine, ni al fútbol, ni a casi ningún sitio, pero bueno es lo que tiene tener hijos pequeños, que el tiempo te lo absorben al 100% y queda poco para el resto de aficiones. La verdad es que centrandonos en tu post es una lástima que el teatro tan olvidado en nuestro país, y parcialmente resucitado gracias al auge de los musicales, sea diana de críticas de uno de un escritor con influencia como Quim Monzó. No sé con qué fin habrá escrito de ese modo sobre el teatro pero bien no le hace para nada y me alegra que la gente que vivis el teatro de verdad os reveléis contra este tipo de manifestaciones.
Algún día podré volver yo también a disfrutarlo...

SisterBoy dijo...

En mi caso los motivos para no ir al teatro se reducen a uno: en Tenerife no hay teatro :)

De todos modos confieso que, siendo como soy una persona que no ha tenido ninguna clase de formación teatral como espectador, comparto algunos de los prejuicios de Monzó cotra la forma de entender la dramaturgia. Pero al menos en mi caso tengo la excusa de la ignorancia

Anónimo dijo...

Hola. Primero querría felicitarte (otra vez). Disfruto mucho leyéndote.
Poco tengo que agregar a tu artículo. No soy tertuliano (¿O se dice contertulio?). Lo cierto es que mi verdad es mi verdad solamente, y no sé si estoy autorizado o no a compartirla, ni sé siquiera si a alguien le importa un carajo leerla. Sólo sé que amo al teatro. El teatro lo amas (o no). Es así de simple, yo creo. Ahora se está representando un monólogo mío ("Johnny and me") en Madrid, en la sala "La Tirana Malas Artes". Si tienes algo de tiempo, y te apetece, sería todo un honor verte por allí.
Seguiré leyéndote.
Un abrazo.