20.5.10

Verdi

A Verdi, porque siempre será parte nuestra.
De Juan y de mí. De lo mejor de nosotros dos.

Nunca había tenido un animal. Es más, me daban miedo. Así que todavía no me explico cómo le dije a aquella compañera de trabajo que sí, que me diera una de las crías que había tenido su gata y de las que ella no se podía hacer cargo. Aquel sí, inconsciente y rápido, se llamó Verdi, y resultó ser una minúscula bola de pelo gris y nariz sonrosada que se movía inquieta y traviesa por mi apartamento. De todos los que habitó, eso sí, su lugar favorito sería -años más tarde- nuestro actual piso, donde podía tumbarse al sol gracias a los grandes ventanales del estudio y esconderse en un sinfín de rincones que pronto haría suyos.

En un primer momento no parecía fácil convivir con ella, seguramente porque era tan nerviosa y tan caprichosa como su amo -¿se terminó pareciendo a mí o ya éramos muy similares antes de conocernos?-, pero su forma de ronronear, de pedir mimos, de ganarse la simpatía de su compañero de piso era tan poderosa que no quedaba más remedio que asumirla como parte esencial de la familia. Juan -que sí había tenido perros antes- tampoco estaba habituado a los felinos, así que al principio le desconcertaban sus hábitos y sus manías, hasta que ella se lo llevó a su terreno y descubrió que uno de los lugares donde más le gustaba pasar el tiempo era sentada encima de sus vaqueros. Bastaba que se tumbara sobre él y que le maullara dulcemente para que tanto Juan como yo nos derritiéramos con aquel juego del que ella era, cómo no, más que consciente.

Asistió, durante mucho tiempo, a los ensayos caseros de mi grupo de teatro y se ponía celosa de las actrices, a las que intentaba arañar para que no acaparasen más ni su espacio ni a su amo. Y este verano se sentaba durante horas en mi regazo o junto a mí, ante mi vieja máquina de escribir, mientras Juan hablaba con ella con ese cariño del que solo él es capaz y yo tecleaba algo que acabaría siendo una novela. Cuando la traje impresa -varias copias en una vieja caja de cartón-, ella decidió que aquella caja era un buen lugar para dormir, y se instaló sobre mi novela durante semanas, convirtiéndose en coautora del libro que, justo poco después, sería contratado por una gran editorial. El día de la firma pensé en mucha gente, desde luego, pero sobre todo pensaba en Verdi, en que -de algún modo- había cargado de energía y de suerte aquella aventura y que quizá por eso La edad de la ira sí que iba a ver la luz.

Ahora, mientras escribo esto tragándome las lágrimas, no dejo de tener la sensación de que en breve saltará sobre la mesa y se paseará junto a los teclados de nuestros ordenadores, como hacía en tantas y tantas ocasiones. O que maullará exigiendo que le cambiemos el agua o que le pongamos algo más de comida. O que correrá a esconderse en el vestidor, entre los zapatos de Juan o los míos, como hacía cuando quería tomarnos el pelo. Pero eso ya no va a volver a ocurrir y me pregunto cómo se afronta una pérdida tan irremplazable -cómo sana este dolor tan intenso que hoy Juan y yo compartimos- y, por otro lado, tan difícil de explicar a quien nunca haya tenido un animal en casa. De momento, solo sé que el piso se nos queda muy grande y que se hace raro entrar en casa sin verla saltar al pasillo, dispuesta a afilarse las uñas en un cartón cutre (nunca quiso otra cosa) y a tumbarse bocarriba en el suelo de la cocina -deseando recibir caricias- a modo de bienvenida. Ahora habrá que aprender a ver The wire, o Desperate Housewives, o Glee, o lo que sea, sin ella entre nosotros, echada sobre las piernas de Juan o jugueteando con sus patitas sobre mi pecho. Ahora habrá que asumir que ese sí que di en su momento tenía consecuencias. Y estas fueron ocho años de convivencia con una maravillosa compañera de piso. Y un dolor, seco y hondo, ahora que ya no está.
Pensaremos que nuestra Verdi anda ahora por algún sitio tan especial como ella, disfrutando de sus otras seis vidas y le agradeceremos -solo Juan y yo sabemos cuánto y cómo- que su primera vida nos la dedicara por entero a nosotros.

Hasta siempre, pequeña. Te queremos.

11.5.10

Espejos

Hay gente que tiene facilidad para definirse. Se miran al espejo y reconocen, de inmediato, su identidad. A veces esa identidad ni siquiera existe, pero ellos se otorgan el estatus que más les conviene desde una certeza inaudita. Y se denominan pintores, o poetas, o novelistas, o diseñadores, o -cuando el ego excede la prudencia- artistas en el sentido más amplio y polifacético de la palabra.

A veces me gustaría preguntarle a esos seres autoconvencidos de su yo dónde compran los espejos en los que se observan, porque quizá todo sea una simple cuestión física y no una enrevesada cuestión psicológica. Quizá lo que yo necesito es un cristal semejante al suyo, uno en el que dibujar mi reflejo lejos de las dudas y las sombras que me atenazan cada vez que me siento frente a las teclas de mi ordenador con el propósito de escribir algo. Lo que sea. Esas mismas dudas que me surgen cuando afronto una clase -da igual las que haya habido antes- y me pregunto si lo que digo es correcto o pertinente, si lo que aporto es necesario o motivador, si lo que cuento es válido o mínimamente inteligente. Si tuviera un espejo más firme -o más opaco, no lo sé- puede que no hubiese interrogante alguno que cerrar, sino tan solo un sinfín de oraciones atributivas entre admiraciones (¡soy...!, ¡soy...!) con adjetivos o sustantivos contundentes en vez de titubeantes puntos suspensivos.

Esos puntos se me antojan más incómodos -y visibles- en ocasiones como este jueves, en el que me han convocado para dar una charla sobre mi obra literaria (la cursiva permite, al menos, desrealizarlo un poco) en un acto de la Feria del Libro de Alcorcón. Seremos cinco autores locales y cada uno de nosotros presentará, además, una de sus obras. En mi caso, y mientras espero a la publicación en enero de La edad de la ira, presentaré oficialmente la edición de El sexo que sucede, uno de los textos con los que más me identifico y donde más veo reflejadas muchas de mis obsesiones como -cursiva, please- autor.

Y ahí, justo en ese momento, surge la necesidad del espejo: en la palabra (siempre cursiva) autor. O en la convocatoria en sí del propio acto. Porque no puedo evitar preguntarme si realmente tengo que estar allí. Si hay algo que yo pueda contar. Si en el fondo no es más que otro espejo en el que se reflejará un yo que tal vez no es real. Un yo que todavía -siempre- se sigue construyendo. Quizá todo eso se intensifique justo ahora que se aproxima un nuevo estreno. Tan solo un mes antes de que Tour de force -un más díficil todavía- salte al escenario y se enfrente al público. Puede que la suma de tanto evento -incluso cuando son positivos- haga que mi inseguridad se retroalimente y magnifique. O puede que, simplemente, todo eso no sea más que un catalizador de una inseguridad constante que solo, a ratos y en contadas ocasiones, se disipa.

Así que, mientras espero que alguien me haga llegar un buen stock de espejos autoafirmantes y narcisistas, espero a que llegue este jueves para hablar de por qué escribo, o de cómo lo hago, o de qué intento contar en esas piezas teatrales. En esas novelas. Incluso en estos posts. Y, como mi espejo es tan difuso, seguramente no llegue a conclusión alguna en mi charla, pero quizá por eso mismo merezca la pena mirarse en él. Para seguir dibujando los contornos de un futuro en el que la inseguridad evite la duermevela y continúe siendo una fuente de crecimiento personal, aunque -admitámoslo- lleve aparajeda siempre una inevitable dosis de insomnio y de autolesión.

9.5.10

Un huracán de lava

Ayer se presentó en la inauguración de la Feria del Libro de Alcorcón una obra colectiva en la que diversos artistas plásticos y escritores hemos intentado ofrecer un humilde -pero sentido- homenaje a la figura de Miguel Hernández. En mi caso, mi granito de arena ha sido el artículo que aquí transcribo, en el que trato de recrear desde la pasión -la erudición prefiero dejársela a los expertos en el tema- algunas de las sensaciones -y recuerdos: cuántos poemas suyos leídos en tantos y tan especiales momentos- que me inspira su obra.

Y, por cierto, aunque ya escribiré con más calma sobre eso..., si alguien quiere pasarse este jueves 13 por la Feria, a las 18 h. presentaré en el C.C. Los Pinos mi texto El sexo que sucede, junto con otros cuatro autores locales. De momento, volvamos al gran Miguel Hernández. Hoy, este post, es todo suyo...



«Un huracán de lava»
Se puede escribir poesía desde la técnica. Desde la obsesión por lo métrico y lo retórico. O se puede optar por el clasicismo y dejar que el verso se ahogue en rancias tradiciones. También, cómo no, se puede elegir la transgresión y el afán de ruptura para reinventar algo que, de puro moderno, acabará siendo anodino y olvidable. O, simplemente, se puede vivir la poesía con tanta fuerza que el verso nazca libre y ajeno a toda convención. Un verso abrumado por la música de quien sabe travestir en palabras sus emociones. La rebeldía. El amor. La espera. La ausencia. La muerte. La esperanza. Palabras que se convierten en piel –fuerte y áspera- ante los ojos de un lector sorprendido al comprobar la corporeidad de lo abstracto. La carnalidad –física y exuberante- de unos poemas impregnados de imágenes. De sensaciones. Y de vida.


Tan humanos como el rayo indómito de sus sonetos, los poemas de Miguel Hernández nos convierten en cómplices en su búsqueda del amor, en su experiencia de la tragedia –individual y colectiva-, en su lucha por todo lo que defendió dentro y fuera del verso. Sin embargo, no se trata solo de su coherencia vital, ni de su afán de su superación, ni de sus orígenes humildes. No son estas las únicas razones que lo convierten en un autor excepcional. Todos esos datos podrían haberse quedado en una anécdota curiosa y edificante de la Historia de la Literatura, un episodio pintoresco con el que llenar los libros de texto y aleccionar a nuestros alumnos. Pero nunca fue así, porque más allá de los logros de su propia biografía, se alza una obra poética plena e incomparable. Una obra ecléctica que recoge los hallazgos del 27 y los personaliza hasta conseguir una voz propia de la que nacen algunos de los mejores sonetos en lengua castellana, así como su estremecedor Cancionero y romancero de ausencias.

Ya juegue a ser gongorino, ya neopopularista, su poesía está siempre llena de vehemencia, de la pasión desgarradora de quien no sabe escribir sin mancharse las manos, sin dejar en cada palabra huellas y jirones de sí mismo. E igual que su rayo, atados y sujetos por cadenas de tiempo y de olvido, también nosotros intentamos romperlas con la misma fuerza con la que su verso llega hasta nosotros. Un verso carnal y viril donde la rima solo es la consecuencia última de su voluntad de expresarse, no el ornamento inútil del métrico ni el conjuro trillado del mal escritor. En Miguel Hernández la rima golpea nuestras conciencias, nos clava y nos desclava, con el mismo tesón con el que el enamorado persigue –con o sin esperanza- al objeto último de su deseo.

Y tan intensas como la rima, sus metáforas. Sus símiles. Sus gigantescas hipérboles. Quizá por eso su poesía sigue seduciendo a cada generación de nuevos lectores, porque no hay adolescente que no se crea interpelado por sus poemas, que no se sienta rayo enclaustrado, rayo que desea salir y ser visto para escoger –por fin- su identidad. Algo parecido ocurre con quienes volvemos a sus versos. Leyéndolos sentimos cómo pugna por burlar nuestros límites el yo adolescente, el yo inconformista, el yo hiperbólico y apasionado al que hemos silenciado para ¿madurar? El yo que sobrevive debajo de la máscara del tiempo y de lo cotidiano, que se oculta tras el gris de la rutina y de las renuncias. El yo al que la felicidad de lo visible no le resulta suficiente, porque la sabe llena de convenciones y de renuncias, tímido espejismo de esa otra felicidad –esa otra vida- que fluye bulliciosa por debajo del huracán de lava y que nos impulsa a ser más libres. A asumir nuestros miedos. A desterrar la frialdad de los conceptos, para sentir, intensas e ígneas, las palabras.

Tan intensas como cada una de las poesías de Miguel Hernández. Un escritor incomparable más allá de la técnica. Del autodidactismo. De la cárcel y la persecución. Porque todos sus poemas son hijos del aliento y del desconsuelo, del amor y de la muerte, de la piel y de las sábanas de esa casa a la que jamás pudo regresar y que todavía sigue pintada –no vacía- del color de las grandes pasiones y desgracias. Poesía teñida de algo tan excepcional como la vida. La suya. La de todos. La de cualquiera que siga sabiéndose rayo o huracán y encontrando presidios de los que huir. Revoluciones que hacer estallar. Y guerras –las del día a día, las de la justicia, las de la honestidad- en las que, infatigables, batallar.

Fernando J. López

Abril 2010

2.5.10

La edad de la ira

Hace unos días tuve la suerte de coincidir con Rosa Montero en un evento literario y, al poco de conocernos, entablamos una más que amena conversación sobre un tema que no suele preocupar a nadie: la enseñanza de la Literatura en Secundaria y Bachillerato. Como es un asunto -supuestamente- carente de interés, tampoco se toman jamás las medidas oportunas que permitan fomentar el amor por la lectura y que, de paso, nos hagan salir de los tristes récords de incomprensión lectora que ostentamos dentro de la Unión Europea. Sin embargo, en Rosa encontré una oyente empática y con una enorme sensibilidad hacia este tema que, por propia iniciativa, quiso convertir en un artículo para El País Semanal.

Hoy se publica dicho artículo -aquí les dejo el enlace, pues merece la pena leerlo- y su autora ha tenido la deferencia de mencionar tanto mi nombre -sí, para los que solo conozcan mi alias bloguero, soy ese Fernando López que allí aparece- como mi nueva novela, La edad de la ira, que verá la luz en una conocidísima editorial en enero de 2011 (aproximadamente). No tenía pensado anunciarlo tan pronto, pero ahora que su título se publica en prensa por primera vez considero que no tiene demasiado sentido seguir guardando el secreto. Omito, eso sí, detalles prácticos y, sobre todo, argumentales, de los que ya hablaremos más adelante (cuando les haga publicidad nada subliminal del texto para que corran a comprarlo). Por lo demás, solo puedo agradecer desde aquí a Rosa su generosidad y su enorme sensibilidad hacia temas que, desgraciadamente, no suelen llamar la atención de casi nadie y que constituyen, sin embargo, los pilares sobre los que se vertebra nuestro nivel educativo y cultural.